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Cruce de la Sierra de Comechingones, Argentina
Primera parte

Diego Villafañe -
Experto Aventurarse

Partimos de la ciudad de Córdoba con la idea de realizar en bicicleta el cruce interprovincial de la Sierra de Comechingones, uniendo las localidades de Merlo y Lutti, en las provincias de San Luis y Córdoba respectivamente. El día sábado realizaríamos el trayecto entre Merlo y el mítico Cerro Aspero (mina de wolfram), pernoctando en su espartano albergue. Para el domingo nos reservábamos un trekking a la cascada del Tigre y luego el descenso en bicicletas hasta Rodeo de las Yeguas y Lutti, donde nos esperaría el móvil de asistencia y transporte.

Lamentando las clásicas deserciones de último momento, catorce pedalistas tomaron parte de lo que sería un alucinante viaje: José, Daniel, Nicolás, Tony, Gabriel, Tito, Franco, Ricardo, Claudio, Gustavo A., Gustavo R., Javier, Iván (coordinador) y Diego (guía). Como otras veces, se hace necesario pedir disculpas a los ciclistas que no pudieron participar por falta de cupo. Para disfrutar de los no tradicionales senderos y huellas en los que viajamos, la cantidad de ciclistas no debe ser mayor que dieciséis.

El clima en esta travesía acompañó bastante bien la marcha de los ciclistas. El día sábado se presentó con cielo parcialmente nublado, ventoso y con una temperatura promedio de 25°C. Por la noche apareció la lluvia, pero esta no afectó el pedaleo. El día domingo, hasta el mediodía las condiciones eran estupendas. El cielo totalmente despejado y temperatura máxima de 30°C, ideal para disfrutar la perdida Cascada del Tigre. Luego, se puso parcialmente nublado, justo lo que necesitábamos para el pedaleo final hacia Lutti. Pero, mejor será relatar los acontecimientos poco a poco.

Llegamos al último poblado civilizado que veríamos hasta el domingo: la puntana localidad de Merlo, conocida por su espectacular microclima, que de entrada nomás comenzábamos a percibir. ¡Soplaba allí un extraño viento que amenazaba arrancarnos la cabeza! En verdad, el clima del lugar es estupendo durante más de 300 días al año, lo que me ha tocado comprobar en mis varias visitas al lugar.

En el móvil de apoyo y transporte, cruzamos la villa y comenzamos el tremendo ascenso al Mirador del Sol, paraje ubicado a mitad de camino entre Merlo, a 1000 metros sobre el nivel del mar, y la divisoria de aguas de la abrupta Sierra de Comechingones, a casi 2300 metros. El nuevo camino, que costó más de 2 millones de dólares en el último tramo -desde el Mirador del Sol hasta la cima-, está magníficamente señalizado. Al ascender sus vistas nos hipnotizaban y la tremenda pendiente hacía crujir a nuestro vehículo y a nosotros, al pensar lo que nos esperaba. Pero esto es lo bueno de las excursiones. No se trata de correr carreras. Cada cual va a su ritmo, disfrutando del entorno.

Camino al mirador del Sol

Al llegar al fantástico Mirador, varios cuestionaron en voz baja: ¿ Por qué no continuamos un poco más el ascenso con el apoyo? La respuesta es sencilla. Es necesario "sufrir" una parte de la trepada, para sentirse capaz de realizar la empresa. Controlaríamos que nadie muera en el intento.

Bajamos del móvil y realizamos el pesaje de las mochilas y alforjas (para que estas no se conviertan en un lastre para los ciclistas). Me alegró verificar que el 95% había hecho los deberes y controló bien los implementos a llevar, según las indicaciones previas. Los pesos estaban mejor de lo que esperaba.

Ya todos preparados, nos despedimos de nuestro apoyo y comenzamos el duro ascenso. Les insistí a los excursionistas sobre la necesidad de regular la marcha, concentrándose en la cadencia óptima de cada uno, con un ritmo estable para no sufrir un excesivo y prematuro desgaste. Varios lo lograron. Bien. No es fácil pedalear a esas alturas. Más de uno suele preguntarse "¿Qué estoy haciendo acá? ¿ Quién me mando?"

A medida que ganamos kilómetros, el viento comenzó a hacerse cada vez más fuerte, multiplicando su velocidad y provocando un túnel de viento entre las inmensas rocas. Nuestro rumbo, entonces, se hizo muy oscilante. Nos costaba ir derecho. Por fortuna, la escasez de automovilistas en la zona nos permitió andar con cierta tranquilidad.

Finalmente, y luego de una dura lucha, llegamos a la cima, donde termina el camino. Por fin, estábamos en la divisoria de aguas de la Sierra comechingona. Una rústica tranquera de alambres marcaba el límite entre las dos provincias, Córdoba y San Luis.

Luego de algunos minutos de descanso, saltamos la tranquera. Ingresamos a la deteriorada huella cordobesa, y comenzamos el descenso. ¡Sí! ¡Descenso! Algunos pedalistas se mostraban alienados con la bajada y le daban a todas las rocas, piedras y zanjas que nos cruzábamos. La consecuencia lógica fue un par de llantazos. Iván, que cerraba el grupo, me informó entonces por radio de la desafortunada rotura del criquet del piñón (que permite la tracción) de la bicicleta de Gustavo R. Pensamos alguna solución, pero no había otra alternativa que cambiar la pieza en la ciudad de Córdoba, cuando regresáramos. Debimos confiar entonces en el temple y buen estado físico de nuestro compañero, para continuar. No tendría problemas para descender pero en las trepadas no le quedaría otra opción que caminar. Al respecto, hay que destacar que Gustavo realizó menos paradas y obtuvo mejor promedio que nosotros montados en nuestras bikes. ¡Y llegó antes a destino!

Continuamos el descenso, saltamos varias tranqueras, superamos algunos cruces y llegamos al famoso desvío a Aspero, donde la pista comenzaba a deteriorarse significativamente. Entonces, Nicolás y Tony sufrieron aparatosas caídas, aunque sin consecuencias físicas ni técnicas. Más tarde llegamos al arroyo y al ralo pinar. Repusimos energías y líquido. Nos esperaba la empinadísima y técnica trepada hasta el balcón de la Quebrada del Carbón.

Descenso al arroyo

Quemando buena parte de nuestras reservas energéticas, llegamos al balcón, desde donde contemplamos el impresionante panorama de la Quebrada (casi 400 metros de profundidad), el clásico zig-zag y Pueblo Escondido (las antiguas instalaciones de la mina de wolfram), en el fondo del abismo. El grupo quedó extasiado ante tanta belleza natural y ante ese colorido sin igual. Pero nos quedaba aún la architécnica, ultraerosionada y larguísima bajada a Pueblo Escondido. La bajada nos cargó de adrenalina. Fue sencillamente alucinante.

Panorámica desde el balcón

Aproximadamente a las 17:00 arribamos al fondo de la Quebrada, cruzamos el río e ingresamos a Pueblo Escondido. Nos recibieron Carlos Serra y José, su nativo colaborador. Serra es el propietario del lugar. Explota personalmente un original albergue desde hace varios años, considerado una meca regional del turismo de aventura.

Sin muchos preámbulos, nos arrojamos a las cristalinas y frescas aguas del río para asearnos. Luego nos precipitamos sobre la esperada merienda, preparada por nuestro anfitrión. Estábamos hambrientos luego de tanto pedaleo.

Las horas previas a la cena las aprovechamos para recorrer lo que queda de las históricas instalaciones mineras que construyeran los ingleses (afirmativo, made in england) en la década de 1940. Se nota el toque inglés en cada baldosa y ladrillo de la construcción y en la arquitectura. En esas minas llegaron a trabajar hasta unos 400 obreros durante las décadas de 1950 y 1960. Entre charlas y relax transcurrió la abundante cena. Para despedir el día se hizo presente un copioso chaparrón que nos invitó, por fin, a dormir placidamente.

Nos levantamos a las 8:00, desayunamos y emprendimos la caminata hasta la Cascada del Tigre. Salvo Franco, Tony, Tito y Gabriel, los demás partimos al trekking de dos horas y media, ascendiendo unos buenos metros. Luego de un importante esfuerzo, y al llegar al río, noté que la cascada no se encontraba en el lugar que había estimado. ¡Se me ha perdido la cascada! Pero eso quedará para la segunda parte del relato de esta travesía.

 

 



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