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Diario de viaje: Abra del Acay 2002,
parte I
Ulises Luna
- Aventurero


Les escribo para contarles que cumplí mi sueño. Sí. Y no es para menos, ya que a todo deportista le gustaría estar con el mejor de su especialidad. ¿No es así? Bueno, eso es lo que todos soñamos. Soñamos despiertos con conocer a esa persona a la que admiramos mucho, pero que lamentablemente no le llegamos ni a sus talones. Se imaginan lo que representa para mí que el mejor del mundo me llame para que lo ayude trabajando en su travesía al Abra del Acay, que además constituye el paso más alto de América, ubicado a 4895 metros sobre el nivel del mar. Sí. Eso es lo que sucedió en este sueño cumplido de realizar semejante experiencia al lado de un grande como Mariano Lorefice.

Quiero compartir esta alegría, y es con ustedes porque se que siempre me apoyan y alientan en todo lo que hago. El viaje lo realicé en camioneta con otro participante, también de la ciudad de Santo Tomé, Santa Fe. Demoramos bastante porque primero pasamos por el Chaco a conocer al tercer meteorito más grande descubierto en el mundo.

Llegamos a la ciudad de Salta justo para la cena. Allí nos presentamos: Fernando Andrades (Trenque Lauquen), Guillermo Checchi (Córdoba), Mauro De Luca (San Lorenzo, Santa Fe), Ernesto Peverelli (Gualeguaychú, Entre Ríos), Ernesto Zec, Marco Zec y Carlos Galdames (La Plata), Javier Torres (Acasusso), Conrado Verberck (San Martín de Los Andes), Vanesa Barrera (Villa Gesell) y Nicolás y Raúl Botsch (Santo Tomé).

Domingo 28 de abril de 2002

A las 7:00 Mariano golpea la puerta de la habitación y todos arriba, a pedalear. Desayunamos en el hospedaje y a las 8:30 comenzó mi sueño. Salimos por la Ruta 68, que te lleva a Cafayate pasando por Cerrillos, La Merced, El Carril, todos pueblitos por los que había pasado ya en mi travesía La Quiaca - Santo Tomé. Estar de nuevo en esos mismos lugares era muy raro, parecía que mi viaje anterior recién hubiese terminado.

Salió el sol y Mariano nos dijo que protegiéramos nuestro cuerpo de sus peligros. Cuando el entrerriano se "enmascaró", quedando con el rostro completamente blanco, eso le costó caro, puesto que desde ese momento alguno lo apodó "Gasparín" (el fantasma) que adornaba su rostro con unos hermosos anteojos negros que no se sacaría ni para dormir.

Este tramo era fácil. Llegamos a Pulares y se terminó el asfalto. Comenzaba un camino de ripio, al pie de la montaña, rodeado de mucha vegetación, con arroyitos que cruzaban. Llegado el mediodía paramos en un puente de hierro sobre el río Calchaquí. Gustavo, su ayudante, conducía la camioneta de apoyo en la que llevaba de todo. Almorzamos una rica tarta y seguimos viaje. Nos encontramos con una fiesta en un pueblito. Ya la subida se hacía sentir. Llegamos a Escoipe, lugar donde haríamos noche. Por lo menos había un tinglado, pero el viento que se levantó era tan fuerte, que no se podía creer.

La cabeza era tema de conversación porque empezaban los dolores, típicos síntomas de la altura, y eso que recién estábamos a 2200 metros sobre el nivel del mar. Cenamos unos ravioles y me encargué de la limpieza. ¡No saben con las ganas que lavaba! Si lee esto mi vieja me mata. La noche se hizo sentir. Un fuerte viento azotó las carpas y varios no pudieron descansar.

Lunes 29

Despertamos a las 7:00, desayunamos y comenzamos a pedalear en una pendiente bastante dura: nada menos que la Cuesta del Obispo. Paró un auto y el hombre nos dijo "vayan despacio". Pero más despacio no podemos, le contesté, y no era para menos ya que estábamos pedaleando a unos 4,5 a 6 Km/h. Mariano me pidió que me quedara cerrando el grupo, así que de aquí en más estuve hasta el final de la travesía alentando a los que por momentos flaqueaban. El grupo se empezó a acomodar, ya había risas, bromas en un clima más de confianza, algo muy distinto al primer día, en el que nos costaba entablar una conversación.

Llegamos a Piedra del Molino, pasamos por el Parque Nacional Los Cardones y almorzamos una fantástica ensalada jardinera con fideos. Carlitos estaba medio moribundo y se fue con un viajante hasta Cachi, se tomó un té de coca y quedó como nuevo. De ahí nació Bob Marley.

La mayoría de los lugareños andan con las hojas de coca en la boca, coqueando, costumbre muy tradicional y a la que le tenemos un poco de miedo. Pero es verdad que ayuda a compensar los síntomas de la altura y el cansancio.

Luego comenzamos a descender hasta la famosa Recta de Tin Tin. Transitando la recta asfaltada (un misterio) de 20 Kilómetros, llegamos a un descenso en caracol hasta Payogasta. Cuando paramos en el cruce de las rutas, Mauro se dio cuenta que su cuadro estaba figurado. ¡Qué bajón! Faltaba una banda todavía por recorrer. Transitando la ruta hacia Cachi se podía ver, a nuestra derecha, el impresionante Nevado de Cachi.

Llegamos al camping del ACA en Cachi, un pueblito típico del Norte y donde la gente nos recibió muy bien. Fuimos a buscar folletería y pasó algo que devela la gentileza y la buena gente de tierra adentro. En el mismo lugar venden prendas confeccionadas con lanas de llama y otros animales autóctonos. Quise comprar un par de guantes y un chaleco y la mujer me pregunta: "Señor, ¿usted va para San Antonio de Los Cobres? Le respondí que sí, a lo que agregó, "compre allá estas cosas porque nosotros las traemos de San Antonio y allí seguro que las va a conseguir más baratas que si me las compra a mí" Y sin otro remedio me fui con las manos vacías.

Visitamos la feria de artesanías y el taller donde los niños aprenden a trabajar la arcilla. Nos mostraron cómo realizan sus trabajos y los hornos; la gente de la zona es encantadora en el trato a los turistas.

Paramos en un bar a tomar un café y "Bob" convidó a todos con su té de coca. Por la noche, fuimos todos a comer al comedor "El Aujero" un rico asado. Es un lugar único, que se destaca por tener un montón de radios, fotos, botellas, espuelas, que usaban los pobladores en sus principios. Nos quisieron agasajar con un show en vivo de música típica, pero estábamos tan cansados que lo único que queríamos era dormir. La noche parecía un concierto de ronquidos y todo tipo de ruidos raros. Gasparín no podía dormir y salía de la carpa a cada instante. Otros se quedaron discutiendo problemas maritales hasta altas horas de la noche.

Martes 30

Tercer día de pedaleo. El grupo que se formó es bárbaro. Nos hicimos muy compañeros y la pasamos de diez. Salimos de Cachi a las 9:00, hacía mucho frío. Transitamos la ruta asfaltada hasta Payogasta, cruzando varios arroyitos y contemplando el hermoso paisaje y los cultivos de ají y pimientos colorados que hay en las laderas. Y de pronto pinché la rueda, otra vez, pues era como la cuarta pinchadura en lo que iba de la travesía. Mauro me ayudó a repararla y quedamos rezagados, así que tuvimos que pedalear a full para conectar el grupo.

De pronto nos detuvimos y nos encontramos con dos cicloturistas, que nos siguieron gran parte del camino Eran un muchacho de Buenos Aires que iba en una MTB y una chica a la que le pregunté su nombre y con una tonada muy rara me decía que se llamaba igual que la Quilmes. Su nombre era Cristal y había venido a conocer Argentina desde Estados Unidos (su país de origen). Viajaba, según el cordobés, en una "Sinsi" plegable rodado 20. Resultaron ser buenos chicos, aunque no muy experimentados, porque no habían llevado nada para calentar comida sino sólo comida fría, con la temperatura bajo cero que hacía de noche, muchas veces Mariano les ofrecía algo caliente.

Nos desviamos unos metros hacia el río, a un lugar que conocía Mariano, donde nos sacamos unas fotos impresionantes en las rocas. Paramos a almorzar en un cañadón al costado de un arroyo, un lugar mágico, y disfrutamos allí unos ricos fideos con salsa que preparamos con el flaco Gustavo.

Pasamos luego por el volcán Los Gemelos, una zona minada de piedra volcánica. Según me contaron el pueblo fue borrado por un terremoto. Así que se formó La Poma, un pueblito que está a unos metros de la ruta. En el camino vimos muchos cementerios. Mucha gente murió en aquel terremoto.

Ya casi a la tardecita llegamos a una estancia, en el paraje Esquina Azul, donde cargamos agua y entramos a comprar queso. Fernando se lo escondió y no convidó a nadie, ¡qué guacho!

Pudimos ver como una chica traía cabras y ovejas a la estancia, desde la montaña. Fernando y Javier se pusieron a discutir cómo haría la chica para contar las ovejas. Dijo Fernando: "se tira de panza al piso, les cuenta las patas y lo divide por cuatro". Y ahí comenzó la discusión de la pareja.

Al salir de la estancia, en una subida, a la señorita del grupo se le ocurre clavar los frenos y parar a ver las cabritas, y... ¡al piso Fernando! Claro, él venía atrás. El gordo se desplomó en el ripio, se lastimó el brazo y se raspó todo.

Mariano me pidió que me adelante y llegue donde haríamos noche, así que aceleré al máximo (12 km/h) y al fin, casi de noche y con mucho frío, llegué a la escuelita de El Saladillo.

Es una escuela albergue que aloja a los chicos de la zona y dicta clases durante el primer semestre del año. Luego, ellos vuelven a sus casas por el frío. Son chicos con rasgos diferentes, piel castigada por el frío y el sol de las alturas, inocentes, pero sobre todo, con el corazón lleno de amor y generosidad. Charlamos con los maestros, el director, la gente de mantenimiento, de cooperadora, etcétera, todos personificados en Gerardo, la única persona a cargo de la enseñanza de los chicos, su esposa y la cocinera. Nos contaron sus problemas y necesidades, que no son pocas.

Nos quedamos con Mauro, Vanesa y Fernando como dos horas jugando, cantando y charlando con los chicos, que son de todas las edades. Recuerdo al más chiquito, que se llama Albino (un personaje) y a Guada, una de las hijas del maestro, una dulzura. Les preguntaba qué deporte les gustaba o a qué jugaban y todos con una gran fuerza me contestan "¡fútboooool!, y la nenas "¡voley!". ¡Qué bueno!, les respondí, ¡así que hacen deportes!; la respuesta me dejó sin fuerzas y casi se me escapa alguna lágrima ya que me contestaron que no juegan a nada, porque no tienen ni siquiera una pelota.

Los chicos pasan muchas carencias. Hacía meses que no los visitaba un médico. El maestro hace meses que cobra sus míseros $200 en bonos de la provincia y el estado no le estaba mandando los otros $200 para que irrisoriamente alimente y eduque a los treinta chicos. A todo esto hay que sumarle que un viajante que pasa cada tanto no le recibe los bonos y los alimentos ahora cuestan el doble. Este hombre sí que tiene ganado el cielo, ¿no? Qué lejos estamos de entender las necesidades de los demás, si en ningún momento no acercamos a compartir sus necesidades y les somos indiferentes.

Cenamos en la escuela unas lentejas con puré (al cordobés le gustaron) y dormimos en una de las aulas, la verdad es que se portaron 10 puntos con nosotros.

Esa noche hicimos un fondo para darle al maestro a la mañana siguiente, para que compre una pelota de fútbol y una de voley que yo les había prometido y que se las haría llegar de alguna manera. Con el resto del dinero, el más que nadie sabe lo que tiene que hacer.

Después de cenar salí un momento a mirar el cielo y pensar un poco acerca de esta realidad tan dura. Estaba realmente dolido por esos chicos y confirmé lo de siempre. Los que menos tienen son los que más dan. Y no fue nada material lo que nos dieron, exceptuando el lugar para pasar la noche. Lo que realmente me dieron es una experiencia de vida en la que uno aprende a valorar más lo que tiene y saber que siempre hay personas a las que realmente les va mal y que necesitan cosas básicas.

Miércoles 1

Feriado, Día del Trabajador, por lo que varios murmuraban que hoy no pedalearían. Teníamos que desalojar la escuela temprano, para que los chicos concurran a desayunar y luego a clases. Desayunamos y enseguida aparecieron nuestros nuevos amigos, que querían estar con nosotros antes de que nos vayamos. Charlamos un poquito, rapidito para no robarles tiempo del desayuno. Sacamos algunas fotos todos juntos y le entregamos al maestro el dinero que juntamos. Se notaba que estaba muy agradecido.

Salimos pedaleando cuesta arriba. La etapa de hoy era corta, apenas 20 kilómetros, pero muy dura. A los pocos kilómetros el cordobés se bajó de su bici y se apartó del camino. Le habían agarrado unos retortijones de los buenos. En fin, las lentejas habían hecho su trabajo. Pero, por suerte, pudo seguir.

En estos pocos kilómetros había que cruzar varias veces un arroyo. Hacía tanto frío que estaba congelado en gran parte. Algunos se dedicaron a ayudar. Se sacaron las zapatillas y los dedos de los pies se les congelaban, parecía que estaban anestesiados. Fernando era el burrito de carga, cruzaba los arroyos con Vanesa en la espalda. ¡Y eso que Vanesa tenía unas Adidas que eran anti-water!

A veces había un tronco cruzado, así que pasábamos haciendo equilibrio. En un momento el agua bajaba por sobre el camino, como 150 metros donde el río y el camino eran lo mismo.

Mariano me pide que acompañe en la camioneta a Gustavo y nos cruza en el camino una llama muy amenazadora. Paramos y se nos acerca tanto que al abrir la ventanilla se nos mete entera, llegando con su largo cuello casi hasta la ventanilla de Gustavo. No la podíamos sacar. Paramos a sacar fotos y seguimos viaje. La querida llama había salido, pero lo que nunca pudimos sacar es el olor que dejó adentro de la camioneta.

Me contaban los chicos que casi llegando se encontraron con una casa al costado del camino. Pararon a cargar agua en el río y charlamos un poco. Al llegar ahí salió del interior de la casa una cabra corriéndolos como si fuera un perro.

En esa vivienda vivía una señora con la hija y la madre, las tres solas. Les contaba que a las cabras y a las llamas les dan un terrón de sal para que laman, porque lo necesitan para su organismo. Eran las únicas en toda la zona. No vive nadie en 15 kilómetros a la redonda. La única compañía es un par de cabras, un par de perros y una radio.

Tenían un vecino a unos metros de ahí, pero había fallecido hacía unos meses. Algunos compraron medias de lana de llama, la única entrada de dinero que esta gente tiene. El problema es que pasa un turista cada muerte de obispo.

Contaba esta señora que para ir al pueblo lo tiene que hacer caminando. Tarda 8 horas hasta La Poma y 11 horas hasta San Antonio de los Cobres.

Siguieron pedaleando unos metros más y la subida se hizo tan pesada que decidieron caminarla, hasta que llegaron al paraje La Negra Muerta. Vanesa también aflojó en medio del camino y subió caminando, cortando por las laderas. La bici de ella la subió Mariano a la par. Asombrados por sus fuerzas, todos quedamos mirándolo como subía sin problemas. Y eso no es todo, porque al llegar dijo "me acalambré la muñeca", lo que despertó risas de todos, pero dijo "noooo, esto no es nada porque una vez me quebré un hueso de la muñeca y pedaleé 8.500 kilómetros enyesado; eso sí, le dije al médico que me lo haga bien reforzado par apoyar en el apoyabrazos". Ni los dos médicos podían creer lo que estaban escuchando. Tiene una fuerza de voluntad inquebrantable y un físico privilegiado.

La Negra Muerta es un lugar desolado, no hay nada, sólo unas pircas que sirven de reparo. Son las ruinas de una vieja casa. Ya teníamos todo listo con Gustavo. Almorzamos un arroz con pescado fantástico.

La altura se hacía notar. Nos encontrábamos a 4200 metros. Teníamos toda la tarde libre, por lo que Mariano se fue muy lejos y arriba. Se lo veía diminuto. Yo opté por compartir los cálidos rayos del sol con Vanesa, que para entonces y después de compartir gratos momentos juntos cerrando el grupo nos convertiríamos en muy buenos amigos.

El cordobés estaba hecho pedazos. No se podía recuperar de las lentejas, que sumado con la altura, lo convirtieron en una persona con la cara pálida, sin fuerzas, con dolor de cabeza y otros males. Ernesto (el neuquino) no dio señales de vida durante cinco horas; se metió en la carpa y desapareció.

Al regreso, y visto que frente al campamento había un cerro, que si nosotros estábamos a 4200 creo que su cumbre llegaría seguro a los 4600 metros, invité a los que quisieran seguirme a hacer un trekking que seguramente sería hermoso. Todos me tildaron de loco. Todos menos Marco, que con sus 17 años demostró su muy buena capacidad física.

Después de abrigarnos con todo, ante la posibilidad de regresar de noche, cargué el GPS y mi linterna, y partimos. Después de trepar duro y parejo hicimos cumbre. No se puede creer lo hermoso que era estar allá, arriba de todo, donde los cóndores eran los reyes que compartirían con nosotros los encantos del paisaje.

Gustavo y Mariano prepararon una sopa espectacular para la cena. Me tocó lavar todo. La capa superior de agua del arroyo estaba congelada, por lo que tenía que romperla para pasar mis manos, ¡un frío único!

Fogata en un rincón y a contar anécdotas. Nos quedábamos boquiabiertos con las cosas que relataba Mariano. Sinceramente, los dos médicos del grupo decían que es algo sobrenatural la capacidad que tiene para sobrevivir en situaciones extremas, como cuando nos dijo que había dormido a -65° C. o su récord de 600 kilómetros en un solo día de pedaleo y muchas otras historias que hacen que nadie al respecto siquiera se pueda comparar con Mariano.

Se veían las estrellas de manera clara, algunos satélites y estrellas fugaces. Conrado con su armónica nos regaló un poco de música, que venía de diez para la ocasión.

Cuando Mauro fue a la carpa, estaba Bob ahogado del olor a humo. Teníamos la fogata al lado. Se les llenó la carpa de humo, así que tuvieron que dormir con la puerta abierta. Bueno, dormir es un decir, porque la mayoría no pudo pegar un ojo. Se les partía la cabeza.

Continuará...

 

Nota:

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