Expedición Cordón del Plata 2002, parte
I
Gabriel
Esquivel - Aventurero
Quisiera
reflejar que, en este ambiente deportivo del andinismo,
he conocido mucha gente en mis experiencias de montaña.
Entre ellos puedo citar a aquellos de personalidad extrovertida,
introvertida, los que disfrutan cuando logran una cumbre;
los reservados, que se escalan todo y tratan de pasar
desapercibidos, aquellos que cometen errores en la montaña
y cuentan que la pasaron muy bien, aquellos que han hecho
cumbre y miran desde un peldaño más alto
a quienes no lo lograron, inclusive dentro de su equipo;
los que, si te ven mal, te alientan para que te reestablezcas
y sigas ascendiendo. He conocido a extranjeros, montañistas
de países que lideran este rubro deportivo, quienes,
luego de hacer cumbre, muestran que para ellos sos la
misma persona de siempre, hayas o no hecho cumbre. Existe
también una diferencia, una actitud impuesta por
algunos que hacen escalada en roca hacia aquellos que
hacen ascensión y/o trekking, y lo he visto con
mis propios ojos.
En lo que respecta a mi primera expedición al Cordón
del Plata, en Mendoza, la elaboré en forma precisa
y explícita, siguiendo mis experiencias. Traté
de no dejar nada librado al azar y, por sobre todas las
cosas, mi intención hoy es contar la historia de
un viaje, basada en mi vivencia, que tiene como protagonistas
a la naturaleza con su orden de reglas que gobiernan este
mundo y a seres humamos interactuando en ella en su rol
de andinistas. En parte, durante este viaje me dediqué
a observar a quienes conocía y a los que no, cómo
fueron evolucionando en su faz personal y profesional
en un clima riguroso de montañas y altura. Este
relato, por lo tanto, lo escribí en parte desde
el punto de vista de un observador, más que nada
porque en un momento determinado, en plena expedición,
me descuidé y, por verse mi salud afectada, no
me quedó otro recurso que limitar mis esfuerzos,
error éste que representó un punto de inflexión
en mi viaje. Así, un resfrío y el mal de
altura (a 4200 msnm) limitaron mi ascenso y no me quedó
otra alternativa que bajar a los 3500 metros y esperar
a mis compañeros de equipo, quienes fueron a intentar
la cumbre del Cerro del Plata.
Por
esta razón, verán que mi experiencia no
fue tan técnica como me hubiese gustado, ni tampoco
enfrenté la otra mitad de camino, la más
difícil en el aspecto psicológico y físico.
No había otra, las cartas estaban echadas.
Quiero
agradecer a Mario Rodríguez y Ceferino Báez
(andinistas) por los consejos que me brindaron sobre el
montañismo. En especial a Ceferino Báez,
que ocupó gran parte de su tiempo en el gimnasio
entrenándome e instruyéndome sobre los procedimientos
a seguir en una montaña. También, mi agradecimiento
a la gente de "Tierra Sur" (Pablo Bravo, Mauro
Núñez y mis compañeros del Muro de
Escalada). Espero que disfruten este relato, y, para aquellos
que recién se inician en este deporte, que les
sirva de algo mi experiencia.
El
Cordón del Plata
El
Cordón del Plata forma parte de la Cordillera Frontal
Andina y comprende varias cumbres de 5000 y hasta 6000
metros sobre el nivel del mar. La más elevada,
con 6000 metros, es el cerro Plata; le siguen otras como
el pico Plata, Vallecitos, Rincón, Lomas Amarillas,
etc. El Cordón del Plata no pertenece ni a la cordillera
del límite o Cordillera Principal, donde está
el Aconcagua, ni a la antigua Precordillera, sino que
está entre ambas, constituyendo, junto a la Cordillera
del Tigre, la denominada Cordillera Frontal. Es geológicamente
la más nueva; por eso sus montañas son las
más esbeltas de los Andes Centrales.
Por
sus características, el lugar es considerado una
"escuela de alta montaña" y es utilizado
para la aclimatación por muchos escaladores argentinos
y extranjeros, que luego intentan ascender el Aconcagua.
Estas montañas son uno de los únicos paisajes,
para decir literalmente, "alpinos" del país;
donde, la combinación de altitud, grandes montañas,
hielo y verticalidad forman un sólo objetivo: alcanzar
la cumbre.
Viaje
a la aventura
Viernes
1 de febrero de 2002. Muchas idas y venidas, contratiempos,
gente que vendría y luego no pudo, compra de equipos
a última hora, gastos imprevisibles, listado de
alimentos a llevar, cronograma diario de nuestros ascenso
y alimentación, etc. A mi hermano Claudio lo tuve
medio día llevándome con su camioneta a
varios supermercados, ya que algunos alimentos característicos
para la montaña no se consiguen así nomás.
Por fin, el equipo lo integramos Christian, Victoria y
quien suscribe, Gabriel.
Partimos
de la Estación de Ómnibus de Retiro, Buenos
Aires, el viernes a las 16:00. El viaje a Mendoza fue
relativamente bueno, con un par de películas cómicas
y con una cena que nos sirvieron en una parada intermedia
del viaje, que consistió en un poquito de puré
y dos albondiguitas, y aunque la cantidad fue más
que insuficiente, llenó nuestros estómagos
de tal manera que, al menos, a mí me costó
relajarme y dormir a causa de la mala digestión.
A
las 08:00 del sábado llegamos a la terminal de
micros de Mendoza. Bajamos nuestras mochilas cargadas
al máximo de equipos y alimentos, para pasar unos
doce días en las montañas. Nunca en mis
viajes tuve que cargar tanto peso, a tal punto que prácticamente
no podía subir solo mi mochila.
Salimos
de la terminal de micros y cruzamos hasta un pequeño
restaurante, donde nos tomamos un buen desayuno que consistió
en un café con leche y medialunas, mientras esperábamos
a Ricardo, con quien contratamos el servicio ida y vuelta
en combi al Centro de Esquí Vallecitos, punto de
partida de nuestra expedición. Finalmente, apareció
Ricardo, cargamos nuestros equipos y fuimos hasta la casa
de un amigo mío, Daniel Estévez (andinista
mendocino con varias cumbres en el Aconcagua), quien me
prestó su carpa de alta montaña, debido
a que la mía no era apropiada y menos para afrontar
climas extremos.
Luego
fuimos al negocio de Daniel Pierobón, quien vende
y alquila equipos de alta montaña, a quien le alquilé
un par de botas plásticas. De más está
decir que aparte de su excelente atención al cliente
y preocupación, pude observar dentro de su negocio,
entre los equipos, una cantidad de cuadros dedicados a
él, de andinistas de distintos puntos del país
que agradecían así su amistad y colaboración.
De
allí seguimos el viaje directo hacia Vallecitos.
A medida que nos acercábamos a nuestro punto de
partida, veíamos cómo en el horizonte se
agrandaba la enorme figura del Cordón del Plata.
A medida que esto sucedía, nuestro interés
se centraba en la información técnica del
lugar que nos brindaba Ricardo.
Luego,
ya en las afueras de la ciudad de Mendoza, nos adentramos
en un camino ascendente hacia nuestro destino. La ruta
que transitábamos era de piedras y más piedras
y su trayecto era en forma de caracol con continuas idas
y venidas en el ascenso. El camino demandaba un esfuerzo
y prudencia del conductor, debido a que en algunos lugares
el camino se angostaba. Llegamos al Centro de Esquí
(ubicado a 2800 msnm), bajamos nuestros equipos, nos despedimos
de Ricardo y comenzamos el preparativo de nuestro ascenso
al primer campamento.
Ascenso
al campamento "Las Veguitas"
Nuestro
primer lugar a acampar era "Las Veguitas", a
3200 metros. El camino que transitábamos no presentaba
mayores dificultades, ya que sólo debíamos
bajar una pendiente de unos ciento cincuenta metros, cruzar
un arroyito y luego seguir el trayecto final en ascenso,
bordeando un arroyo y sus cascadas hasta llegar a Las
Veguitas. La geografía del lugar está dominada
mayormente por vegetación y algunas flores que
soportan las temperaturas extremas. Este pequeño
trayecto al campamento, de aproximadamente una hora y
media de duración, nos demandó llevar no
sólo el peso de las mochilas. Yo tuve que cargar
con otra mochila en mi pecho y esto ocasionó la
demora en mi ascenso, porque no tenía buena visibilidad,
en especial para ver dónde pisaba, así que
me las tuve que arreglar para tantear y/o adivinar parte
del camino que estaba transitando.
El
día estaba nublado y a mitad de camino me senté
a descansar sobre una roca y, de pronto, pasó Christian
corriendo a mi lado como un rayo, en sentido contrario
a nuestro ascenso y me gritó "¡la bota,
la bota!". Claro, cuando me levanté, observé
que una de sus botas de plástico para caminar sobre
hielo (sin estrenar todavía) se le había
desprendido de su mochila y estaba siendo arrastrada por
el torrente de agua. Qué cara de desesperación
tenía el pobre. Me acerqué y le alcancé
uno de mis bastones de trekking y con un poco de maña
y suerte alcanzó a sacarla de entre unas rocas
del arroyo, donde había quedado atascada. Luego
del susto, seguimos camino y alcanzamos Las Veguitas.
Armamos nuestras carpas al lado de una gran piedra que
servía de reparo contra los vientos, a muy pocos
metros de un arroyito. El día estaba nublado.
Este
campamento tiene la particularidad natural de contar con
agua a pocos metros del acampe, que corre en pequeños
surcos, proveniente de lomas y pequeñas elevaciones
del terreno, de glaciares subterráneos que nacen
en las montañas más altas de la zona. Pasaron
las horas. Christian y Victoria armaron su carpa y yo
la mía. Llegó la noche y preparamos la cena,
que consistió en unos ricos y gustosos fideos para
renovar las reservas energéticas que gastamos en
el ascenso a ese lugar. Es importante remarcar que en
este lugar, el agua que se consume carece de minerales
necesarios para la nutrición del cuerpo humano,
así que para sustituir la falta de los mismos llevamos
jugo en sobrecitos (en polvo) para diluir. Esa misma tarde,
antes de la cena, conocimos a dos andinistas mendocinos
con quienes compartimos una charla, con mates de por medio
y de los buenos (cebados por mí). Luego, con otros
andinistas. Christian (tocayo de nuestro amigo, al que
de ahora en adelante llamaré Christian II) nos
contó que estaba acampando con un ruso (Alexander
Danilevich, Alex de ahora en adelante), con quien compartía
la carpa. Nos contó, también, que hizo amistad
con Alex y dado que tenía buenos conocimientos
en montanismo, Alex le ofreció la oportunidad de
compartir su carpa y proveerle alimentos.
Luego
nos acostamos. Por la noche salí tres veces afuera
de la carpa, por razones "fisiológicas"
y, quizás, porque a esa altura me costaba dormir.
Había luna llena y el cielo estaba estrellado.
Con asombro observé a mis espaldas el espectáculo
de algunos picos nevados iluminados por la luna de esas
horas. Era una combinación de luna llena, noche
estrellada y picos de cerros iluminados en medio del silencio
de la noche, ¡y a esa altitud! Quién iba
a decir que ese sábado por la noche o domingo por
la madrugada iba a estar parado, solo, en silencio, contemplando
todo a mi alrededor, en medio de un mar de tranquilidad.
Luego me acordé que debía ir a dormir de
nuevo.
Nos
levantamos a la mañana siguiente, a eso de las
9:00, y desayunamos algo bien calentito, sin olvidar que
todos los días necesitábamos hidratarnos
con mucho agua. Aún si no teníamos sed,
pero obligatoriamente debíamos tomar mucha agua,
al menos unos cuatro litros por día. Llegó
la noche y arreglamos con Alex y Christian II que al día
siguiente iríamos juntos al próximo campamento,
ellos primero y luego nosotros, ellos para instalarse
y nosotros para subir una parte de los alimentos.
El
porteo
Así,
al día siguiente porteamos alimentos en nuestras
mochilas hasta el siguiente campamento, llamado "Piedra
Grande", ubicado a 3500 metros. La idea, dejarlos
almacenados en algún lugar, para que al día
siguiente nuestro traslado con todo el equipo no se tornara
tan agotador debido al peso en nuestras mochilas. El viaje
fue relativamente corto. Comenzamos a ascender por una
loma de pendiente cada vez más aguda, bordeando
un arroyo con muchos saltos de aguas y piedras de todos
los tamaños. A medida que ascendíamos, la
vegetación se iba ausentando debido a la altura
y las temperaturas más bajas.
A
mitad de camino teníamos que elegir un lugar seguro
para cruzar el arroyo, debido a que los saltos de agua
eran más grandes y no había piedras grandes
que ofrecieran seguridad para pisar. Fue así que
al final encontramos un paso por donde optamos cruzar.
Les puedo decir que, aunque no llevaba el peso completo
en mi mochila, la altura comenzaba a hacerse sentir y,
si bien no estaba a los 3500 metros, me empezaba a agitar
así que mi cadencia de pasos cambió abruptamente,
parando casi a cada momento para retomar aire y continuar.
Adelante iban Alex, ambos Christian y Victoria. Yo, último.
Cruzamos
el arroyo para seguir la misma pendiente, pero esta vez
desde la otra orilla, hasta llegar a un acarreo de piedras,
un lugar que cada vez se tornaba más llano y donde
la vegetación desaparecía poco a poco. Nuevos
cerros se presentaban a medida que ganábamos lugar
en el horizonte. Era impresionante ver la pendiente pronunciada
que tenían, además de sus piedras de color
hierro.
Llegando
al final del llano en que caminábamos, tuvimos
que ir hasta el pie de los cerros descriptos y bordear
su base hasta llegar al siguiente campamento. En el lugar,
ya llano, la base de esos cerros estaba compuesta por
piedras o rocas de gran tamaño, que servían
de reparo para las carpa de los andinistas en algunos
casos. Luego de caminar un rato más, pude divisar
a pocos metros las primeras carpas del Campamento "Piedra
Grande", donde estaban ambos Christian, Victoria
y Alex.
Una
vez en el campamento, nos quedamos un rato para acomodar
nuestros alimentos debajo de una pequeña cueva
hecha por la erosión del viento al pie de la gran
piedra que identifica al campamento. Luego, retornamos
a Las Veguitas. Este pequeño viaje nos sirvió
para aclimatarnos un poco a esa altura, de modo que al
día siguiente, al instalarnos definitivamente allí,
la altura no nos afectaría demasiado.
Bajamos
por el mismo lugar donde subimos. Nuevamente a cruzar
el arroyo, nos mojamos un poco nuestros calzados debido
a que el flujo y los saltos de agua estaban más
embravecidos. Finalmente llegamos a nuestras carpas. Cenamos,
nos acostamos temprano para levantarnos temprano y partir
al Campamento visitado unas horas antes.
Continuará...