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Volcán
Arenal: la furia de un coloso
Carlos
Hernán Zubiaguirre - Aventurero
En
mayo de 1998 pasé unas vacaciones en Costa Rica. Estaba
paseando por el centro de San José, la capital, cuando me
enteré que el cercano volcán Arenal había entrado en actividad.
Esto me produjo un gran asombro. Sólo en ese momento pensé
que debía estar allí para poder apreciar ese tremendo fenómeno
natural.
Los ticos (como se llama a los nativos de Costa Rica) andaban
alborotados buscando mayor información. Volví al hotel tan
rápido como pude y me encontré con mi amigo Guido, que ya
sabía la noticia. Fue así que no tardamos más de una hora
en armar las mochilas para salir muy temprano al día siguiente.
El bus arrancó a las 7, llevando a Diana (de California),
Peter (de la República Checa), Guido, María Clara y yo (argentinos).
Tras un caluroso y largo viaje, que tomó cinco horas para
recorrer apenas 130 kilómetros, llegamos a La Fortuna, ciudad
situada al noroeste de la provincia de Alajuela. Al bajar
del bus pudimos observar la imponente y humeante imagen
del volcán Arenal, de 1.633 metros.
La
historia cuenta que en la mañana del 29 de julio de 1968,
el que todos conocían como "cerro Arenal" entró súbitamente
en actividad explosiva, y devastó todo a unos quince kilómetros
a la redonda. Dos localidades, Pueblo Nuevo y Tabacón, fueron
borradas del mapa, y más de 80 personas murieron.
Después de almorzar y recorrer el pequeño pueblo, tomamos
una combi rumbo al Hotel Tabacón, próximo al volcán, donde
se obtienen las mejores vistas. Fui el primero en bajarme
del vehículo y no pude creer lo que estaba viendo: era la
imagen de un gigante quebrado por el fuego.
Fueron muchas las fotos que sacamos, una más real que la
otra. Sobre el volcán se veían caer rocas incandescentes,
casi constantes. El sol comenzaba a caer y el rojo de las
rocas se hacía más fuerte. Todo parecía un documental, pero
¡no! era la vida real. Como dicen los "ticos", pura vida.
El
guía nos juntó a todos y nos propuso acercarnos a la colada,
la olla natural donde se depositó toda la lava al salir
del volcán. Todos expresamos un temor con mezcla de asombro.
En ese momento le pregunté si no era muy peligroso; él sólo
me contestó que el riesgo en nuestras vidas está a cada
momento, y que cada uno elegiría que hacer. No lo pensé
mucho, tomé una linterna y comencé a caminar detrás de él
como cada uno de los chicos.
Caminamos la mayor parte del recorrido, unos tres kilómetros,
por la zanja que había dejado el río de lava en la erupción
de 1968. Ya totalmente de noche, nos internamos por el bosque,
sin saber a qué nos exponíamos. Luego de la extenuante caminata,
llegamos a casi 200 metros del destino de las rocas.
La noche totalmente estrellada contrastaba con el furioso
rojo de la lava. Todos estábamos mudos y asombrados. A los
25 minutos de estar allí, una roca gigante que salió del
cráter y chocó con otra fija produjo el efecto de un gran
fuego de artificio. Luego, una gran lluvia de piedras incandescentes
cayó muy cerca nuestro. Esto movilizó al guía, quien nos
hizo recoger todas las mochilas para luego retirarnos del
lugar.
El
descenso fue un tanto acelerado, ya que esa mezcla de temor
y asombro se había apoderado de nosotros una vez más.
Horas
más tarde, con tremenda experiencia detrás, no pude dejar
de pensar en lo diminutos que somos en este mundo, al lado
de esta tan inmensa y todo poderosa naturaleza.
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