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Crónica del viaje al fin del mundo II
Héctor Zorzi - Aventurero

Héctor Zorzi planeó durante largo tiempo su viaje en moto por el Sur Argentino. El 29 de diciembre de 1998 llegó el momento y se largó, junto a su amigo Walter, a vivir la emocionante aventura. Pasaron por Santa Rosa, Las Grutas, Puerto Madryn y Trelew. El día 1 de enero llegaron a Comodoro Rivadavia (ver Crónica del viaje al fin del mundo I). Desde ahí su viaje continuaba hacia la ciudad de Ushuaia. Así lo relata Héctor:

2 de enero de 1999

Dejamos el hotel y buscamos algunas cosas que nos empezarían a hacer falta: pulpos y redes para reforzar el equipaje y un bidón para transportar nafta, ya que en las etapas siguientes la distancia entre estaciones de servicio sería mayor y correríamos el peligro de quedarnos sin combustible en algún tramo, sobre todo en Tres Cerros.

Llegamos Santa Cruz, la última provincia sobre el continente. Necesitamos ocho horas de viaje para llegar a Comandante Luis Piedra Buena -a las 22:30-, ciudad ubicada a orillas del Río Santa Cruz.

Llevábamos una carpa, pero decidimos parar en una cabaña al igual que en Comodoro Rivadavia por una sencilla razón: "cargar la moto nos lleva aproximadamente 1 hora y como el plan es llegar rápido a Ushuaia y allí quedarnos un par de días, dejamos para el regreso acampar y conocer esos lugares".

3 de enero

Nuestros cálculos nos indicaban que saliendo temprano podríamos llegar a la balsa que nos cruzaría a la Isla Grande de Tierra del Fuego. El tramo de Piedra Buena a Río Gallegos -220 Km.-, era el más largo que debíamos enfrentar sin estaciones de servicio, por lo que cargamos nuestros bidones al tope.

En una mañana algo fresca partimos de Piedra Buena con tiempo suficiente para llegar a Río Gallegos, tomar algo y encarar el primer tramo de ripio hasta la frontera argentino-chilena.

A mitad de camino, el aire helado y el viento cruzado nos helaron hasta los huesos. Por suerte encontramos el Paraje Coib -creo que se llama así-, donde comimos algo y tomamos una buena taza de café con leche. Arrimados al calefactor observábamos cómo el viento movía las motos, mientras escuchábamos en la radio "... vientos de 100 Km./h con ráfagas de 150 Km./h, sensación térmica 9ºC bajo cero...". Nos miramos sin hacer comentarios.

Cuando recuperamos la temperatura salimos a rutear, pero el viento, las ráfagas y la llovizna que golpeaba muy fuerte nos hicieron avanzar a 20 o 30 Km/h, tratando de mantener nuestro carril, lo que no siempre lográbamos. Tardamos casi 4 horas para hacer 100 kilómetros.

Durante el viaje fue necesario pasar combustible del bidón al tanque de La Negra y, a posteriori, un poco también para La Máquina. Llegamos a Río Gallegos al mediodía. El duro golpe del clima en esta última parte nos hizo pensar la posibilidad de no llegar ese día a la balsa.

Nuestra indumentaria no soportó la lluvia, que nos golpeó a velocidades de 150 Km/h. (en particular los guantes). Sabiendo que teníamos sólo ripio por delante, la decisión fue unánime: "Nos quedamos, el día no es de los mejores y este es uno de los últimos lugares para comprar lo necesario". Entonces, buscamos un hotel para descansar, secar nuestra ropa y salir luego a buscar provisiones.

La gente del lugar nos decía "¿viajan en moto? Cuidado con los temporales como el de hoy". Nosotros creímos que era normal este clima, pero por suerte no es así todo el tiempo.

Luego de una "buena siesta", interrumpida por mi compañero asustado al verme dormir tanto, tomamos unos reconfortantes mates y mirando la TV repasamos los mapas, las distancias y lugares a visitar. Salimos a caminar por el lugar y de paso a comprar algo de comida, pero resultó ser buena ocasión para una merecida cena: "lomo a la pimienta acompañado con fritas y un espléndido vino tinto".

4 de enero

El día se presentó soleado pero algo fresco. Compramos nueva indumentaria de abrigo y luego fuimos a la Dirección de Turismo donde averiguamos los horarios para el cruce en balsa y el estado de los caminos.

Mientras preparábamos las motos y nos disfrazábamos de esquiadores, se nos acercó un matrimonio americano que estaba haciendo el mismo camino que nosotros. Estaban demorados hacía casi un mes, a la espera de repuestos para una Kawasaki KLR.

Salimos con un poco de demora, pero el primer tramo de ripio no presentó mayores dificultades. Pasamos ambas fronteras y llegamos, a las 16:00, a la balsa que nos cruzaría el Estrecho de Magallanes para llegar a la Isla Grande de Tierra del Fuego.

Esperando que nos dieran el ok para ingresar a la balsa, nos ubicamos delante de los autos y camiones que estaban haciendo la fila, ya que nuestras motos debían entrar primero. Conversamos con un brasileño y su mujer a quienes, por desgracia, se les había quedado la moto en Río Grande y esperaban repuestos. Nos sacamos unas fotos e intercambiamos direcciones de e-mail.

Era tiempo de mate, así que fui a buscar algo de agua caliente. Un sándwich de lomo me tentó. Era una especialidad chilena llamada Barro Luco (mucho queso y pan casero). A mi regreso, Walter estaba con un chileno y ambos se rieron al verme con el termo y dos tremendos paquetes de comida, el chileno acoto: " Mira... ese tiene los dientes como morsa". Desde ese momento no he podido separarme de ese apodo. También conocimos a un mochilero que se había enganchado con una colombiana para seguir juntos por el sur. Un chico espléndido.

Luego de un rato, a las 18:00, nos dieron el ok para subir a la balsa. Me mandé primero y bastante rápido, tanto que no le di tiempo al que estaba en la balsa quien me hacía señas indicando que no subiera. Esperé a Walter que venía detrás, pero al voltear vi que le hacían dar toda una vuelta, por lo que entró casi último. El cruce del estrecho duró, aproximadamente, 20 minutos. Mientras tanto subimos a estribor o babor, qué sé yo, para observar el paisaje.

Del otro lado emprendimos viaje hacia San Sebastián, lugar de encuentro de las fronteras chileno-argentina. Por delante teníamos casi 160 Km. de ripio, así que dejé que marchara Walter delante de mí para que regulara la velocidad, ya que La Negra no se adaptaría correctamente al camino.

A las 22:00, paramos en Cerro Sombrero para abastecernos. Ese es el único punto de venta de combustible y aún restaban mas de 100 Kilómetros. Los lugareños nos aconsejaron no viajar de noche porque circulan muchos camiones y siendo esta la única ruta, la utilizan todos, de día y de noche. Haciendo caso a los que saben nos fuimos a un pueblo a 5 Kilómetros de ahí en busca de un camping o cabaña para pasar la noche. Los chilenos tienen refugios preparados para estos casos. Son galpones con divisiones en madera y con piezas de dos y tres camas. Ocupamos una. Nuestra cena fue sopa y paté con galletitas. Sin nada más que hacer, nos dormimos.

5 de enero

Unos mates pusieron la nota a la mañana, las motos estaban listas para salir. Pasada la frontera argentina, por distracción, no vimos el ACA -Automóvil Club Argentino- que está en la aduana y seguimos rumbo a Río Grande. La Negra pidió reserva. Bajamos un cambio y apretamos los dientes. Decisión unánime: ¡conseguir otro bidón!

Por delante teníamos 100 Kilómetros de asfalto hasta Tolhuin, y de allí un poco más de 140 kilómetros de ripio, enmarcado por un paisaje cordillerano de espesa vegetación y cumbres nevadas. Debido a la altura y al microclima de la cordillera se sucedía lluvia, sol y otra vez lluvia. Sobre el ripio mojado hubo que andar un poco más lento y apoyar, más de una vez, los pies para arrancar nuevamente.

Veinte kilómetros antes de llegar a Ushuaia comenzó el asfalto que nos recordó lo lindo que es andar sobre algo sólido. La ciudad se presentó grande y colorida.

Como lo veníamos haciendo, fuimos directo a la Dirección de Turismo. Allí, en pleno centro, turistas italianos se fotografiaron al lado de nuestras motos y nos contaron que en Europa eso no es algo común. En la Dirección nos informaron acerca de un glaciar que hay en Ushuaia y que es utilizado para hacer trekking. Hacia allí fuimos por camino serpenteante y en subida. Atrás y abajo quedó la ciudad.

Nos cruzamos con uno que iba en un Transalp. Para romper el hielo nos dijo: "... cuantas porquerías que traen. ¿No es demasiado?". Para rematar la frase afirmó "yo traigo lo puesto, nada de repuestos y sólo estos bidoncitos de nafta, porque hago 240 millas con un tanque". ¡Era demasiado para seguir escuchándolo! "¿240 millas o Kilómetros?" le pregunta Walter, y responde "sí, 240 millas" Nosotros sabemos muy bien lo que dura un tanque en el Transalp.

Caminamos un poco y el flaco no se despegaba. Sólo la lluvia logró el objetivo. Ya que andaba con lo puesto y nosotros estábamos con todas las pilchas para soportar un diluvio, nos quedamos. Desde allí se veía Ushuaia en todo su esplendor.

Luego llegó el momento de tomar una decisión: ir a un hotel a pasar la noche y reponernos del largo día o partir directamente hacia el Parque Nacional Bahía La Pataia, distante unos 20 kilómetros de la ciudad. Y la frase: "Y la aventura dónde está?", nos recordó que era imperdonable no ir a acampar al parque.

Buscamos un sitio tranquilo y con buen espacio para desparramar las pertenencias. El plan de darnos una ducha tenía votos a favor. La merienda fue a base de cerveza y salame, para seguir con unos mates y finalizar con fideos deshidratados.

6 de enero

El amanecer fue a pedido: el sol y una suave brisa nos recibieron en un nuevo día. Tomamos el camino que lleva al fin de la Ruta Nacional Nº 3, sitio donde decenas de turistas suelen fotografiarse junto al cartel que indica ser el sitio más austral del mundo. Nosotros, para no ser menos y para grabar un momento más de nuestra aventura, allí posamos: una, dos y tres fotos y con una simpática turista española que quería tomarse una foto junto a nosotros.

A lo largo de nuestro recorrido divisamos diques creados por los castores, tramos de la vía del tren más austral del mundo -utilizado hace muchos años para transportar a los presos hasta las canteras, para picar piedra-, una espléndida vegetación, aromas y sonidos inolvidables que conformaban un paisaje para recordar.

Todo muy lindo pero nos esperaba un largo camino hasta nuestra segunda meta: el Glaciar Perito Moreno. Suponiendo que para el regreso haríamos el mismo promedio o mejor, decidimos partir. Regresamos al camping y juntamos las cosas. En esos momentos nos inundó el desgano de partir y dejar este maravilloso lugar. Con las motos cargadas nos detuvimos un instante para contemplar todo lo que habíamos disfrutado durante los últimos dos días. De paso por la ciudad, compramos regalos. El viaje se inicio a las 18:30. La aventura viajaba al glaciar Perito Moreno.

Continuará...

Héctor

 

Ver: Crónica del viaje al fin del mundo I
Ver: Crónica del viaje al fin del mundo III

 

Más información:

e-mail: hzorzi@inti.gov.ar
web: www.geocities.com/pampa9/




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