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Crónica
del viaje al fin del mundo I
Héctor
Zorzi - Aventurero
Alguna
vez escuche "Ushuaia, la ciudad más austral del mundo".
Como amante de la naturaleza y los viajes y desde que me
compré un Transalp, pensé que viajar hasta allí con la moto
sería una maravillosa aventura.
Pasó algún tiempo y junto a mis amigos, Walter y su hermano
Santiago, comenzamos a planificar el viaje. Primero tuvimos
que conseguir mapas actualizados de las rutas y completar
los datos con información turística de cada provincia a
recorrer.
La idea se hacía cada día más consistente. Mateadas y cenas
frecuentes fueron momentos para planificar el recorrido
y el destino final.
Transcurrió
el tiempo y Santiago tuvo que desistir del viaje por razones
de trabajo. Esta primera piedra se interpuso en nuestros
planes, anticipándose a los cientos de kilómetros de ripio
que deberíamos recorrer para llegar hasta Ushuaia.
Igualmente la idea se mantuvo en pie, ahora nos ocuparíamos
de la puesta a punto de las motos con suficiente tiempo
para que no ocurriera algún imprevisto. Dos meses antes
de la partida las llevamos al taller para la revisada obligatoria.
Yo tengo una Honda XL600V Transalp -La Máquina-, modelo
1990 y Walter una Kawasaki 750 Ltd Custom -La Negra-, modelo
1982.
Un
control general determinó que el Transalp necesitaba una
afinación, cambio de pastillas de freno, transmisión y una
mirada a las suspensiones. La Negra, por su lado, precisaba
cambio de cubiertas, pastillas de freno, embrague y transmisión.
Esta vez me tocó a mí la segunda piedra. La suspensión necesitaba
un control más severo. En fin, desarmar el horquillón trasero
para cambiar el eje que lo une al cuadro y un par de bujes
en los barrales delanteros, problema que se agravó cuando
dijeron que no había repuestos nuevos en stock. Un pedido
a Estados Unidos demoraría entre 15 y 20 días, los que finalmente
se hicieron cuarenta días. ¡Sí, cuarenta días!, para tener
los famosos repuestos en mi mano. Sólo quedaron siete días
para armar la moto, probarla y ajustar detalles antes de
partir; teniendo en cuenta la distancia a recorrer y la
escasez de repuestos de los sitios donde pasaríamos, creí
por un momento, que mi viaje se frustraba.
La partida se planeó para el 30 de diciembre a la madrugada.
El lunes 28 retiré la moto y salí a probarla. Creo que hice
cerca de 300 kilómetros por toda la ciudad. Por fortuna
estaba bien.
29
de diciembre de 1998
La
última noche antes de la partida. Fui a ver a mi compañero,
pero, para no variar, una tercera piedra se interpuso a
nuestra partida: La Negra no funcionaba bien, se ahogaba.
Pasada
la medianoche desistimos de seguir metiendo mano y decidimos
postergar la salida para llevarla al mecánico, que no apareció
hasta cerca del mediodía.
Así
fue como nuestra ansiedad superaba a la sensación térmica;
combustible sucio fue la causa del problema, "le ponemos
un filtro" dijo Cacho, el mecánico.
30
de diciembre
A
las tres de la tarde comenzamos a cargar las motos para
partir rumbo a Santa Rosa, distante a unos 600 Kilómetros,
sobre la Ruta 5. Finalmente, y aproximadamente a las 17:30
partimos de viaje.
Salir
de Buenos Aires no fue fácil, pero las cosas lindas comenzaban
a suceder: la gente que paraba a nuestro lado en los semáforos
nos preguntaba "¿a donde van?". Esta pregunta más adelante
se transformaría en "¿de donde vienen?".
El
cansancio de todo el día se hizo notar a mitad de camino
y Trenque Lauquen fue el lugar elegido para pasar la noche
.
31
de diciembre
En
la madrugada retomamos la Ruta 5 para completar el camino
que nos faltaba a Santa Rosa. Allí nos esperaban con mates.
Como llegamos con tiempo, reorganizamos el equipaje, compramos
algunos repuestos y también accesorios.
Pasado
el mediodía, después de almorzar, partimos hacia el sur
por la ruta 35 en busca de la 154 para llegar a Río Colorado,
provincia de Río Negro.
La
emoción de haber iniciado el viaje nos distrajo y fallamos
en el cálculo del combustible necesario para esta etapa.
El Km 90 fue testigo y lugar para descansar y pensar.
"¿Qué
le pasa a La Negra, otra vez el filtro?". Luego de varios
intentos por remolcarla decidimos dejarla bajo un añejo
caldén en el medio de la nada. Mientras tanto fui a buscar
algo de combustible y Walter debió esperar más de una hora
hasta mi regreso.
Cuando
finalmente llegamos a Río Colorado, comenzamos a investigar
qué sucedía con la nafta que no bajaba y nos pusimos a desarmarla
cual mecánicos. El sol nos abandonó y la oscuridad adelantó
la preocupación.
La
decisión era seguir o quedarnos a buscar un taller, pero
siendo 31 de diciembre... ¿dónde nos iban a atender? Walter
probó la moto durante varios minutos, recorriendo kilómetros
sin alejarse demasiado del improvisado taller. Parecía estar
todo bien.
Solucionado
el problema, volvimos a la ruta y llegando a General Conesa
nos sorprendió el año nuevo junto al playero de una EG3.
Brindamos con café y atacamos el sándwich de milanesa que
mi vieja nos había preparado.
Luego
de ver los fuegos artificiales y observar los festejos de
la gente, las máquinas pedían ruta. Llegamos a Las Grutas
a las 2:00 de la madrugada del 1 de enero y buscamos un
camping. Rápidamente armamos campamento. Necesitábamos descansar.
1
de enero de 2000
Por
la mañana levantamos todo, recorrimos un poco la ciudad
y terminamos en la playa tomando unos recuperadores mates.
Un
día especial para planificar el nuevo año, pero nosotros
ya teníamos planificado el día y los siguientes quince días
siguientes.
Las
Grutas quedaron atrás, también Sierra Grande, Puerto Madryn
y Trelew. Llegamos a Comodoro Rivadavia a las 11 de la noche,
luego de trece horas de dura pelea con el viento y la aridez
de nuestro sur. Valles y pampas llenas de nada. En la Pampa
de Salamanca, sentimos que un reparo nos hubiera ayudado,
pero allí hay... NADA.
El
clima hizo que cambiáramos la forma habitual de conducir.
El viento cruzado y de 100 Km./h inclinaba nuestras motos.
Tratábamos de balancear el peso y cambiando el centro de
masa sacábamos parte de nuestro cuerpo fuera de la línea
de la moto. Manejábamos más con el trasero que con el manubrio.
El
cansancio que el viento provocaba era un buen motivo para
descansar en una cama caliente y también para disfrutar
de una buena comida. Buscamos un hotel donde poder guardar
a La Máquina y La Negra sin descargarlas, ya que partiríamos
temprano al día siguiente.
El
hotel elegido fue uno perteneciente a Gendarmería. Me hacia
falta una ducha relajadora. Una vez en el cuarto me dispuse
a encender la ducha para la tan esperada ocasión, pero...
de las canillas sólo ¡salía vapor a chorros! Los caños resonaban
al compás de las explosiones.
En
instantes, el cuarto se llenó de vapor, el agua estaba como
para hacer huevos duros. Fue necesario esperar al menos
20 minutos para que se enfriaran los caños y el agua. ¡No
reventaron los caños porque era primero de año!
Continuará...
Héctor
Ver:
Crónica del viaje al fin del mundo
II
Ver: Crónica del viaje al fin
del mundo III
Más
información:
e-mail:
hzorzi@inti.gov.ar
web: www.geocities.com/pampa9/
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