El Portal Latinoamericano de la Aventura y el Turismo

Suscribite
 
Elegí
Aventurarse
como página
de inicio

Agregá
Aventurarse
a tus favoritos

Recomendanos
a un amigo


Paseando por el Ausangate
Omar Zarzar Casis - Experto Aventurarse

Hace algunos años realicé uno de los viajes más duros que haya hecho, ya sea por la altitud como por la topografía del terreno. Todo comenzó cuando me encontraba en Cusco, creando nuevas rutas para mi agencia de cicloturismo. En tal circunstancia estaba cuando decidí probar si era o no posible andar cerca del nevado más alto del Cusco: el Apu Ausangate, de 6350 metros, y donde, cada año, los días de junio se realiza la fiesta más alucinante de todas. Se trata del Qoyllority; los Ukukos (hombre oso) suben hasta el nevado y, motivados por una fe a prueba de balas, extraen un tremendo pedazo de hielo que colocan y amarran a sus espaldas, para luego retornar a la capilla donde los esperan todos los fieles que allí fueron, lo que es ya en sí mismo toda una aventura.

El día primero. Salgo del Cusco en bicicleta por la ruta que va hacia Puno. Tras 50 Kilómetros de pedaleo llego al pueblo de Urcos, después de pasar por bellas lagunas; la de Huacarpay y la de Urcos. También, por Tipon, Piquillacta (ruinas de la cultura Wari) y Oropesa, donde los españoles pesaban el oro. Allí espero por un camión de los que siempre hay muchos, pero que nunca se sabe a qué horas saldrán. Estoy con suerte y sale después de dos horas. Son las 12 PM.

Apenas partimos, el camino toma una fuerte pendiente, la que no cesa hasta alcanzar los 4300 metros sobre el nivel del mar. Luego aparecen un descenso considerable, un plano y otra vez vuelve a subir. El paisaje visto desde la tolva del camión es bellísimo. Tenemos un día claro y soleado. El Ausangate y los nevados que lo circundan se ven imponentes y cada vez más cerca.

Pasamos por los poblados de Ccaqa, y Ocongate, este último el más grande e importante de la región. Después de seis horas hemos llegado a Tinki, pequeñísimo poblado al lado del camino que tiene dos hostales, pues es allí donde comienzan todos los tours para el trekking o caminata alrededor del nevado. Algunos toman seis días, pero también los hay de doce, lo que definitivamente no será mi caso pues llevo alimento para dos días y todo mi equipo de campamento sobre la bicicleta (o eso creía).

Me bajo del camión, medio molido y bastante empolvado. Me dirijo al hostal que se encuentra a la izquierda (teniendo como punto de referencia la pista que va hacia Maldonado), pues el otro hostal está enfrente. Escojo bien. El dueño me dice que conoce un buen guía. Entonces, a dormir y esperar que todo salga bien.

El camino del Qoyllority

Al día siguiente, partimos Pilpinto -el caballo-, el señor Rufino Turpo -guía-, mi bicicleta -la Klein de siempre- y yo. Con un sol esplendoroso, el camino inicial es por una fuerte subida, que dura sólo unos 30 o 40 minutos, para después continuar por una "carretera" de ligera pero constante subida, que no terminará hasta que pasemos uno de los pasos a casi 4600 metros. Con Pilpinto llevando mis bultos, la subida es más llevadera; pero no es sencilla. Después de varias horas en las que sólo paramos para comer algo y tomar algunas fotos, el camino se torna más complicado.

Intento mantener el equilibrio, pues las champas (mezcla de pasto en bloques, con agua alrededor) no son fáciles de atravesar. En eso estoy por casi una hora y media, a una altura promedio de 4400 metros. Las fuerzas me abandonan a veces y tengo que parar unos instantes, porque me caí o simplemente porque nos cruzaron algunas de las vizcachas que viven en la zona.

Este es el camino que recorren los grupos de caminantes o jinetes cuando retornan del tour al Ausangate. El recorrido les toma dos días, desde donde nosotros llegamos hasta Tinqui.

No puedo obviar aquí la agradable sensación que produce bañarse a los 4000 metros sobre el nivel del mar o más de los baños termales de Pajchanta. Estos se encuentran a unas dos o tal vez cuatro horas de Tinqui. Adentro, unos 50 grados centígrados. Afuera, unos escalofriantes 5 grados.

En la primera parte del camino, pasando la empinada subida, yo les llevaba unos 100 o 200 metros de ventaja a Rufino y Pilpinto. Al poco rato me alcanzaron y continuábamos casi juntos, hasta el final. Ellos caminaban, yo pedaleaba. Sobre todo, las dos últimas horas, a partir de las 3:30 PM, ya no daba más. Habían pasado siete horas.

Rufino me indica que estamos cerca del campamento de su abuelo, quien se encuentra pastando su rebaño. Y así es. Al poco rato llegamos. El abuelo tiene noventa y tantos años, unas manos gigantes y una sonrisa que lo comprende todo.

Le invito una botella de pisco que llevo conmigo para matar el frío y se la bebe en dos tragos. Esto sería suficiente para toda la amabilidad y comida que recibiera (claro no tan variada como en un restaurante pero muy sana y caliente). Me apresuro a montar mi carpa y empieza a granizar. Extraño el pisco, pero lo reemplazo por un rico chocolate.

Después de cenar y charlar con los parientes de Rufino -más tarde llegaría su padre- me acuesto entre montañas nevadas y estrellas, que parecen pintadas por Dios.

Fin de viaje

Al otro día, después de casi 12 horas de reparador descanso y una suculenta sopa de chuño (papa cocinada al frío) y moraya, partimos. Es otro día soleado, que agradezco ya que así se va derritiendo la nieve o hielo que dejó el granizo en la madrugada. Entonces, luego de una foto familiar junto a las tres generaciones de la familia Turpo, salimos rumbo a una de las caras del Ausangate.

La altura cuando partimos de nuestro campamento era de unos 4700 metros, cargando la bicicleta por partes y pedaleando en otras. Continuamos luego por una zona que sube y baja durante unas dos horas. Entonces le comento a Rufino que "me gustaría llegar hasta la nieve de aquel nevado". Su nombre: Maria Huamanticlla. Es vecino del Ausangate y se lo divisa muy, muy cercano a donde nos encontramos. Según Rufino, se halla a dos horas de camino. Como yo no le creo -terco citadino-, le apuesto que es mucho más corto de lo que él pensaba.

Después de dejar a Pilpinto amarrado y a mi fiel compañera recostada, partimos caminando, trotando y a veces hasta corriendo. Claro, él tenía toda la razón, ya que de esta manera llegamos en una hora y casi treinta minutos. ¡Ah!, la nieve tan blanca y pura como nada; unas fotos, unas bolas de nieve, un descanso y a volver otros 90 minutos de trote o quizás un poco menos, pues veníamos de bajada.

Luego tomamos un camino tipo singletrack, el cual corta una montaña en la mitad, desde donde se puede observar al Ausangate en todo su esplendor y a una "supuesta" corta distancia. Debajo de éste, tres hermosas lagunas.

Tras pasar por este espectacular paraje, otra vez a pasar por los lugares pedregosos, las vizcachas, las champas, alguna que otra casita y muchas alpacas, para después encontrar la "carretera" hacia Tinqui.

Esta vez Rufino y Pilpinto sólo me verían partir. Llegue a Tinqui en 45 minutos y a casi cincuenta kilómetros por hora, dejando una estela de polvo y asombro por donde pasaba. En más de una ocasión pasé al lado de un rebaño de alpacas, pero tan rápido que ni se movieron, o si lo hicieron fue más tarde y yo nunca lo supe.

Feliz y hambriento llegué al hostal de Tinqui, donde me bañé, almorcé y dormí un poco. Unas tres horas más tarde llegarían el guía y su fiel caballo. Conversamos y cenamos juntos. Luego, él se iría con una promesa de mi parte: cuando vuelva le mostraré las fotos y haremos otro tour.

El retorno al Cusco fue más fácil y en menos tiempo, pues funcionan unos pequeños buses que recorren esta ruta, no todos los días, pero uno sí y otro no, a 15 soles promedio.

Aconsejamos realizarlo en los meses de mayo a octubre. Esperando que lo hayan disfrutado, me despido hasta la próxima aventura. ¡Ah!, los dejo con el relato del periodista Jesús Washington Rozas Alvarez, de la revista BienVenida (www.bienvenidaperu.com), acerca de la fiesta del Qoylloriti.

Fiesta del Qoylloriti, por Jesús Washington Rozas Alvarez

En los Andes del Sur del Perú, entre los nevados del Ausangate y el Sinakara, se ubica el Santuario de Qoylloriti, conocido por la población de la zona como Taytacha Qoylloriti (Señor de la nieve resplandeciente). Para la gente andina, los cerros y las montañas tienen atributos de sacralidad. Se trata de deidades llamadas Apus (Señor) poseedores de kamaq (fuerza vital), dueños del ganado, cuyo poder se extiende sobre un extenso ámbito geográfico.

El Apu Ausangate, el más poderoso de la zona, es la pakarina (lugar de origen) de las alpacas y llamas, controla la fecundidad de los animales y su autoridad se irradia en toda esta región.

El origen del santuario se explica a través de una leyenda. Según la versión más conocida, un niño mestizo de cabellos rubios y tez clara, ayudó a un pastor de alpacas a cuidar su ganado para mejorar su producción. El hecho llegó a oídos del padre del niño pastor. Al comprobar lo sucedido y en agradecimiento por la multiplicación de su rebaño, decidió comprarle un traje nuevo; dado que la tela del traje era especial (ornamental) se despertó el interés del obispo del Cusco, quien también se interesó por conocer al niño mestizo y ordenó al párroco de Ocongate investigar la situación. El niño, al ser descubierto por el párroco, desapareció y el pastor murió de pena. En el lugar donde fue enterrado, apareció la imagen de un Cristo crucificado reflejada en una roca. Allí se construyó el templo del Señor de Qoylloriti.

Cada año, días antes de la fiesta católica del Corpus Christi, se dirigen a este lugar miles de campesinos indígenas, trepando hasta el límite de la nieve, a unos 4700 metros, donde se desarrolla una fiesta en homenaje al Señor de Qoylloriti. La organización de la misma corre a cargo de las hermandades o cofradías que acuden al santuario.

Los peregrinos ascienden la montaña desde el día sábado, víspera del domingo de la Santa Trinidad. Los fieles recurren al Señor Qoylloriti por salud, para propiciar la fecundidad de sus animales o para garantizar la cosecha agrícola del año. Acuden en grupos "naciones", provenientes de decenas de comunidades indígenas de la región, acompañados de bailarines para ofrecer sus danzas a la divinidad. Las danzas más conocidas son: chuncho, qolla, cachampa, etc. Cada conjunto viene escoltado por los pauluchas, bailarines infaltables en dichas fiestas; son personajes que representan alpacas de color negro, seres intermediarios entre los hombres y el Señor Qoylloriti. Por eso deben escalar a la cuatro de la mañana al glaciar de Sinakara, invocando para lograr el incremento de los rebaños. Al retornar, cargan un bloque de nieve en las espaldas para purificar las impurezas de los hombres. También están encargados de conservar el orden y la disciplina en el santuario. Los pauluchas, mitad hombre mitad alpaca, son muy respetados. Un requisito importante para recibir la iniciación de curandero, es haber bailado de paulucha durante tres años consecutivos para el Señor de Qoylloriti.

Durante la fiesta, los peregrinos se acercan a la urna de la Virgen de Fátima, y en su entorno juegan a los negocios, escenificando su vida cotidiana en la actividad comercial y pidiendo a la Virgen que estos deseos, expresados en el juego, se cumplan en el futuro.

Los Q'eros, etnia quechua que habita en Paucartambo, tienen la costumbre de festejar al Señor de Qoylloriti el día martes, cuando las demás "naciones" retornan de su peregrinación. Ingresan al templo, para reverenciar al Cristo, bailando y pidiendo para que aumenten sus rebaños.

El final de la peregrinación hace girar el centro de sacralidad cusqueña de las montañas a la zona urbana. A continuación, el estallido de música y color tendrá como escenario las calles y plazas de la antigua capital incaica: se avecinan las procesiones del Corpus Christi.

 




Copyright 2000 - 2007 Aventurarse.com

info@aventurarse.com




Carreras de Aventura por país