De
La Paz a Arica en bici
Omar
Zarzar Casis -
Experto Aventurarse
Mi
sobrina se casaba. Qué alegría. Cuando mi hermana me dio
la noticia, me alegré por la familia, pero también porque
se me presentaba una maravillosa posibilidad para volver
a Arica, en el norte de Chile, por una ruta nueva para
mí. Además, en la ocasión me encontraría con mi hijo,
a quien no veía hace unos tres meses ya que vive en Lima.
¿Por qué viajar en medios de transporte tradicionales
si tengo mi bicicleta? Decidí acercarme desde Cuzco, Perú,
donde vivo, hasta La Paz, la capital boliviana, vía bus,
ya que anteriormente había hecho la ruta de Copacabana
a La Paz en bici. Desde allí emprendería una travesía
en solitario a través del altiplano boliviano-chileno,
que me depositaría unos días más tarde en Arica. Una nueva
aventura estaba en puerta.
El primer día, todo salió bien. Salí de La Paz, dejé el
área urbana y pedaleé casi sin parar durante cinco horas
en dirección suroeste. Circulaba por una ruta muy transitada,
la que une La Paz con Oruro, también conocida como "Ruta
de las Iglesias" gracias a que sus atractivos principales
son iglesias construidas en el siglo XVI, declaradas monumentos
nacionales por el valor histórico, arquitectónico y artístico
que presentan en sus construcciones. Iba bien preparado
para la travesía: llevaba unas barras energéticas , pan
con queso, plátanos deshidratados y una buena provisión
de agua. Además de un anisadito para el frío, claro.
Esta carretera es una de las principales de Bolivia y
como tal está totalmente asfaltada. Aproximadamente cada
30 kilómetros se pasa por poblaciones pequeñas. Mientras
los nevados paceños iban quedando atrás, el camino se
desarrollaba suavemente a 3800 metros sobre el nivel del
mar, con ligeras subidas y bajadas para que no se aburran
los ciclistas.
A los 85 kilómetros pasé
por la localidad de Viscachani, conocida en la zona por
sus baños termales y por la producción de agua mineral.
Finalmente, un poco más tarde llegué a Patacamaya, el
punto clave para todos los que unen La Paz, Oruro y Arica.
Como estaba agotado por el intenso día de viaje, encontré
un hostal de una estrella, cené temprano y me fui a dormir
enseguida.
De Patacamaya a Curahuara
Al día siguiente salí muy temprano, dispuesto a enfrentarme
con otros cien kilómetros. Estos serían más fuertes que
los anteriores, ya que abandonaba una carretera principal
para adentrarme en la parte más alta del altiplano. A
medida que avanzaba, los poblados dejaron de verse, y
enseguida comprendí que en esa zona las lluvias y granizadas
caen en cualquier momento. La temperatura variaba bruscamente:
en lo mejor del día llegaba a veinte grados, pero descendía
hasta cero cuando granizaba.
Pasé
cerca del poblado de Puerto Japonés y poco después dejé
el Estado de La Paz e ingresé al de Oruro. Después de
seis horas y cien kilómetros de pedaleo llegué a Curahuara
de Carangas, un pequeño pueblo muy pintoresco a 4000 metros
de altura habitado en su mayoría por pastores de ovejas,
llamas y alpacas. El orgullo del pueblo es su antiquísima
iglesia, levantada en el siglo XVI, que exhibe en su interior
murales de estilos barroco, popular y renacentista, pintados
entre los años 1500 y 1800. Allí pasé la segunda noche
de mi travesía.
El Volcán Sajama
El
tercer día, la falta de tiempo me llevó a aceptar la amable
oferta de un camionero que conocí en Curahuara y viajar
con él hasta Tambo Quemado, la última localidad boliviana
antes de la frontera con Chile. Ese fue un día muy especial,
ya que pasamos frente al Parque Nacional Sajama, la primera
área protegida de Bolivia y uno de sus principales atractivos
turísticos hoy en día. El parque lleva este nombre en
honor al imponente Nevado de Sajama, que con sus 6542
metros gana los títulos de pico más alto del país y a
la vez uno de los volcanes más altos de Sudamérica.
El parque ocupa unas 200 mil hectáreas de la Cordillera
Occidental volcánica, y corresponde a la región ecológica
de la Puna. El majestuoso Sajama, reflejándose en las
lagunas del parque, constituye su carta de presentación,
ya que forma una imagen de una belleza difícil de olvidar.
Además, el parque se caracteriza por sus bosques de queñua
a 5200 metros, la formación leñosa más alta del mundo.
En la región vive abundante fauna andina, como vicuñas,
quirquinchos, pumas y una gran variedad de aves.
El
parque resulta atractivo también por su valor arqueológico,
ya que alberga sitios de gran valor histórico para las
culturas precolombinas de la región, como los "chullperios"
o necrópolis. Además, es un punto insoslayable para los
amantes del andinismo y la aventura, gracias a sus lagunas
altoandinas y sus rutas codiciadas para el andinismo.
Tras unas horas inolvidables admirando esos paisajes,
mi amigo el camionero me dejó en Tambo Quemado.
En tierras chilenas
Pedaleé
un poco más hasta llegar al punto más alto, ubicado en
lo que podríamos llamar "tierra de nadie", en plena cordillera
de los Andes. El paso fronterizo está a 4670 metros y
la altura se hace sentir en el organismo. Después de cruzar
alcancé La Laguna Chungará -el primer puesto chileno-
y pedaleé durante ocho horas más. Recorrí 170 kilómetros
en medio de los Andes, cruzándome constantemente con camioneros
(¡nunca con cicloturistas!). La primera zona que pedaleé
en Chile corresponde al Parque Nacional Lauca, y continúa
el ecosistema del altiplano, con llamas que se cruzan
imprevistamente por la ruta en cualquier momento. Después
de la enorme Laguna Chungará asoman las lagunas más pequeñas
de Cotacotani, y enseguida disfruté de la visión soberbia
de los Payachatas, los cerros gemelos de Pomerape y Parinacota,
de más de 6.000 metros. El camino se volvía sinuoso a
medida que descendía. El desnivel es fuerte: sólo a doscientos
kilómetros del paso fronterizo de montaña estaba Arica,
mi destino, un puerto de mar.
Esa noche, rendido, me detuve a dormir en el poblado de
Lecherías. Las subidas y bajadas se habían repetido constantemente
hasta agotarme, pero también estaba contento: había pasado
por paisajes lindísimos.
Al
día siguiente me desperté renovado. Ya estaba cerca de
mi destino. Por mucho rato, pedaleé con la única compañía
de los cactus. Iba por la ruta internacional 11. Finalmente
llegué al final del Valle de Lluta y emprendí los últimos
kilómetros que me separaban de Arica, una ciudad hermosa,
con playas y palmeras que contrastan fuertemente con el
Altiplano. Habían sido apenas 50 kilómetros en dos horas
de pedaleada cuando entré por las avenidas de la ciudad
con mi bici. ¡Misión cumplida!