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La montaña y el hombre: pasado, presente y futuro

Christian Vitry - Experto Aventurarse

La montaña ha ejercido siempre un gran atractivo para el hombre, un misterio sin respuestas y todos los que transitamos por ellas lo sabemos, tenemos conciencia de la magnificencia de la montaña en todo su esplendor, como de la pequeñez y fragilidad del hombre cuando los elementos naturales se desatan con fiereza. MONTAÑA… qué sublime palabra que nos llena de vida interior cuando recordamos los momentos vividos en ella, cuántas enseñanzas, lecciones de vida y reflexiones que en la ciudad son impensables. La montaña… toda una fuerza material y simbólica atesorada en sus entrañas.


Esto que hoy nos ocurre a muchos montañistas, sin duda aconteció a los habitantes prehispánicos de América, quienes veneraban a los cerros, dotándolos de poderes y propio existir. Era parte vital de su realidad y devenir, fue la vida misma, pues en ella se generaban las arterias que nutrían la sedienta tierra, de la cual dependían y a la cual se debían. La montaña era presente, pasado y futuro, religión, sociedad, política, tradición y poder. Fue, es y será siempre sinónimo de excelsitud.

Dioses como Pachamama (madre tierra), Tunupa (dios del trueno), Illapa (dios del rayo), Inti (sol), Quilla (luna), entre otros, se encargaban de ordenar y regular la vida social y espiritual de nuestros antepasados sudamericanos; seres sobrenaturales sincretizados en elementos materiales como montañas, lagunas, ríos, cavernas y fenómenos meteorológicos. Dioses ecológicos y sociedades respetuosas del medio ambiente. La montaña… ¡Cuántas riquezas atesora en sus entrañas y qué poco sabemos de ella!

En la Cordillera de los Andes existen cientos de montañas con restos arqueológicos legados por los Inkas y otras culturas anteriores. Ocurre lo mismo en América del Norte, donde se comprobó la existencia de más de treinta montañas con construcciones u objetos prehispánicos, dados a conocer por el eximio montañista chileno Dr. Evelio Echeverría. En México, el amigo y colega Arturo Montero García y su equipo estudiaron una gran cantidad de sitios arqueológicos de casi todas las montañas de ese país. Todavía no se realizaron estudios arqueológicos profundos en cordilleras de otros continentes, pero bien sabemos que las montañas poseen un sentido religioso de total vigencia, sino recordemos lo acontecido hace un año en el Himalaya, en el Monte Kailas, donde el montañista español Jesús Martínez Novas debió renunciar a su objetivo por la fuerte oposición del budismo, llegándose a pronunciar formalmente el propio Dalai Lama (véase Revista Desnivel de junio de 2001).

Nuestras montañas tienen esa característica distintiva, ese valor agregado de la carga simbólica y cultural de gran profundidad histórica y con total vigencia en los tiempos posmodernos que vivimos. Estos datos nos obligan a reflexionar sobre la dimensión cultural de los macizos, a respetar -o por lo menos conocer para no dañar- el patrimonio que nos pertenece a todos, fundamentalmente a las futuras generaciones.

Una oportunidad histórica

El patrimonio es el legado de nuestros ancestros, que debemos entregar a nuestros sucesores, preferiblemente en un mejor estado. Es un recurso social, cultural y también económico; para su utilización es imprescindible la puesta en valor, es decir, su identificación y estimación social, para lo cual es necesaria la investigación y socialización de la información. En los tiempos actuales, donde la práctica del montañismo está empezando a tener cada vez más adeptos, el riesgo de deterioro patrimonial es inminente. Por ello, la correcta difusión de los bienes culturales es de trascendental importancia, ya que sirve para reforzar la identidad y diversidad en este mundo globalizado que tiene como paradigma la homogeneización.

Existen muchos actos vandálicos en los yacimientos arqueológicos de los cerros, pero también existen personas dispuestas a cuidar y proteger el patrimonio cultural: éstos somos los montañistas, quienes transitamos permanentemente por las alturas y los lugares inhóspitos, produciendo permanentemente descubrimientos arqueológicos que generalmente son desconocidos por los científicos. Como arqueólogo y montañista conozco ambas realidades y estoy convencido que es más viable capacitar y concientizar a los montañistas para que colaboren con la protección del patrimonio, que entrenar arqueólogos para que suban a las montañas: lo primero siempre será más expeditivo que lo segundo.

Por último, pensemos en el patrimonio como recurso económico. Ahora que existen numerosos guías de montaña y cada vez mayor demanda internacional por conocer nuestra cordillera, ¿no les parece que la visita a ruinas arqueológicas en las montañas puede resultar un complemento para el ya atractivo paisaje? Obviamente que sí. Pero si no cuidamos celosamente ese recurso, se destruirá para siempre y se perderá la posibilidad de disfrute por parte de generaciones de montañistas y de información sobre nuestros antepasados por los arqueólogos, y sobre nuestras espaldas caerá la responsabilidad de no haber hecho nada para impedir que la prehistoria se nos escape de las manos.

Sería realmente una pena no aprovechar esta oportunidad histórica de empezar a cuidar y valorar lo nuestro, de poder decir con orgullo que en la Cordillera de los Andes tenemos hermosos sitios arqueológicos en las cumbres de las montañas altas y bajas; que nuestros cerros fueron, son y serán santuarios; que los primeros montañistas del mundo posiblemente hayan sido los antiguos americanos, cuando ascendieron hace más de 500 años alturas superiores a 6700 metros.

Sería fantástico poder decir eso y mucho más, sin correr el riesgo de que personas inescrupulosas e ignorantes dinamiten los santuarios en busca de tesoros que nunca encontrarán. Amigos montañistas y lectores, prestemos atención a este llamado de la montaña y empecemos a conocer, cuidar, respetar y disfrutar de la fuerte personalidad nuestros gigantes silenciosos que tienen mucho por decir.

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