Viaje al corazón de la montaña
Gustavo Vela - Colaborador
Aventurarse
Todo
comenzó cuando entre 25 interesados en ir a la
Cueva Charco, circuló un correo electrónico
con la invitación a la Expedición "Charco-Cheve
marzo 2000". Poco a poco cada uno confirmó
su lugar y finalmente sólo 21 asistimos a la búsqueda
de la tan esperada conexión entre las dos reconocidas
cuevas. El grupo se formó con alemanes, ingleses,
americanos, peruanos y mexicanos.
En
1986 dos espeleólogos de Estados Unidos descubrieron
la entrada principal a la cueva Cheve, una gran colina
de 2.720 metros de altitud sobre el nivel del mar al noroeste
del estado de Oaxaca, México. Este sistema montañoso
tiene el potencial de alcanzar una profundidad de -2.300
metros, dejando atrás a la caverna más profunda
-hasta el momento- del mundo situada en Austria, con -1.639
metros de profundidad.
Expertos
de todo el mundo ayudaron a explorar, entre 1986 y 1990,
los conductos dentro de la cueva que resultaron de difícil
factura debido a los numerosos tiros que hay que descender,
su longitud y frialdad. Para 1990 ya se habían
instalado campamentos a -400, -850 y -1025 metros y la
"cuevita" alcanzó -1.363 metros a casi
10 kilómetros de la entrada. Se colocaron tintes
en la corriente de agua y una semana después aparecieron
a 17 kilómetros más abajo, en la resurgencia
de la Cueva de la Mano, en el Río Frío de
Santa Ana, a 300 metros de altura sobre el nivel del mar,
pero ésta cueva también estaba sifonada.
En
1991 se trató de bucear a través del túnel
inundado con la esperanza de encontrar más adelante
algún conducto de aire. Se investigó a una
profundidad de 23 metros encontrando tres pasillos pero
ningún conducto con oxígeno. Por lo que
en ese año se incrementó a -1.386 metros
la profundidad de la cueva.
Cuando
la gente del Proyecto Cheve no pudo descender más
y supo que el río subterráneo que ingresa
a la cueva sale por la Cueva de la Mano, dieron por sentado
que existe un gran sistema que conecta ambas cuevas pero
sin saber con seguridad qué es lo que hay en medio
y si existe algún camino por dónde pasar.
Expediciones
anteriores
En
junio de 1988 algunos espeleólogos llevaron a cabo
el primer reconocimiento en el karst intermedio entre
Llano Cheve y Rio Santo Domingo, donde observaron algunas
entradas visibles y muy interesantes. Para marzo de 1989,
un grupo que encabezaba Bill Stone, caminó desde
el área de Chapulapa a San Miguel Santa Flor donde
tres cavernas fueron identificadas.
Exploraron
la entrada de otra que estaba a la orilla del camino al
este de San Miguel Santa Flor que tenía repisa
y agua acumulada, es decir, un charco. De aquí
proviene el nombre de la cueva homónima.
Para
1993 fueron seis personas a Charco a seguir las pistas
dejadas por el grupo de 1989. Lo que parecía ser
al final de la cueva un pasaje submarino, resultó
un charco fácilmente de atravesar que tiene varios
pasajes muy angostos, corredores para gatear y una sucesión
de pozos seguidos por delgados túneles que conducen
a ese gran tiro de 33 metros. En ese año se topografiaron
735 metros de longitud y 268 de profundidad. Sin embargo,
debido a la falta de permisos en algunas áreas,
no se pudieron explorar muchas depresiones y entradas
descubiertas en viajes anteriores.
Desafío
sin conclusión
En
marzo de 1999 se realizó otra expedición
a Cueva Charco en la que trabajaron espeleólogos
con la ilusión de conectarla al Sistema Cheve.
Si lo hubieran logrado, se sabría qué hay
en medio de las dos cuevas y así podría
recorrerse ese gran sistema tantas veces negado. Río
arriba se descubriría la ruta detrás del
gran derrumbe o del sifón. Río abajo se
trataría de encontrar un paso por el otro sifón
o por otro conducto con aire en la cueva de la Mano y
de esta manera descubrir el sistema mas grande del mundo.
La
razón de no cumplir con la meta fue porque se les
acabó el tiempo. Tuvieron que regresar los 2.7
kilómetros y -585 metros topografiados, pero con
la certeza que la cueva continuaba. De hecho, dicen que
los primeros 1.000 metros son tan trabajosos que se siente
como si el trayecto fuera más largo. La cueva es
lodosa, estrecha, húmeda, angosta, resbalosa, fría
(13 grados centígrados) y con mucho viento.
En
esta nueva oportunidad, ya se cuenta con información
de antemano y precisa como las ocho horas que insume el
recorrido sólo para llegar hasta el campamento
subterráneo, a -580 metros. Allí se aguardará
una semana para seguir topografiando la cueva y ver si
realmente puede conectarse. Los espeleólogos que
ya la visitaron calculan que a los -800 metros se enlaza
con el Sistema Cheve, pero puede ser que sea más
profundo aún.
Se
inicia la travesía
Durante
un día y medio se tuvo que esperar a las autoridades
correspondientes de San Miguel Santa Flor para poder negociar
los permisos. Después de una larga conversación
con los funcionarios y algunas personas de la comunidad,
donde se les explicó el trabajo de la espeleología
en México apoyado con una exposición fotográfica,
finalmente se obtuvo la autorización para trabajar
en la zona durante dos semanas.
Un
paisaje entre montañas y nubes fue la primera impresión
de tan hermoso lugar. Se rentaron dos casas con una ubicación
perfecta: a 3.000 metros del pueblo, a cinco minutos de
la entrada de la cueva y a tres de un espejo de agua.
Una de las viviendas sirvió para guardar el equipo
y la otra para cocinar. En las partes planas de los alrededores
se instalaron las tiendas de campaña.
Poco
a poco fueron llegando los espeleólogos al lugar
y tiempo citado. Con una entusiasta participación,
se hicieron algunos viajes a la cueva para llevar el equipo
necesario al campamento subterráneo (carburo, bolsas
de dormir, colchonetas, estufas y comida) y para cambiar
e instalar spits y cuerda.
Durante
la primera semana se realizaron este tipo de tareas, pero
cuando los especialistas conocieron la cueva, muchos se
desanimaron y emprendieron el regreso a sus países
de origen. Otros permanecieron en el campamento base sin
volver a introducirse, disfrutando de noches estrelladas
y días soleados acompañados de conversaciones
muy interesantes y unas cervezas. También se sumaron
algunos curiosos de los suburbios.
En
parejas o en grupos de tres se fueron dirigiendo al campamento
bajo tierra para iniciar los trabajos de exploración.
La idea principal era mantener en la cueva dos equipos
de cinco exploradores cada uno. Mientras uno descansaba,
el otro descendía para continuar la topografía.
Afortunadamente,
mientras más profundo se iba, más amplios
eran los túneles con excepción de algunos
pasos estrechos. Pero por desgracia, debido a que poco
a poco se incorporaban afluentes de agua al colector principal,
las cascadas en los tiros eran más frecuentes y
las pozas más hondas, por lo que la experiencia
se volvió más activa, interesante y fría.
Los
primeros viajes, de 100 a 200 metros, eran relativamente
fáciles para topografiar de manera vertical entre
los 50 y 80 metros y 100 horizontal. El campamento no
se situaba en una zona residencial de la cueva, pero era
lo suficientemente cómodo como para albergar a
seis personas. Estaba en una parte fósil seccionado
en niveles donde se encontraban las colchonetas inflables
junto con las bolsas de dormir. En la parte central estaban
las estufas, trastes, comida deshidratada, bolsa para
basura y botiquín, entre otras cosas. Como a unos
diez metros se ubicaba el dolor de cabeza de todo espeleólogo:
el inodoro, improvisado con una bolsa negra de basura.
Pasaban
los días en los campamentos y en las profundidades
se trabajaba a toda marcha: toma de mediciones, espera
en el agua fría; toma de mediciones, puesta de
anclajes para la cuerda y descenso; toma de mediciones,
comer alguna golosina; toma de mediciones, espera en una
repisa incómoda esperanzados en conectar con Cheve;
toma de mediciones y después de ocho horas de trabajo,
iniciar el viaje de regreso al campamento en otras cinco.
Entre más se descendía, más largos
y pesados se hacían los trayectos.
Mientras
en la superficie se sucedían los días soleados,
la comida en abundancia y las cervezas frías eran
moneda corriente, los espeleólogos aguardaban ansiosos
por saber que pasaba en el interior. Había equipos
que terminaban su trabajo y salían al exterior
llevando las ultimas noticias y los datos recopilados.
Para
conectarse al sistema se necesitaba que la cueva se orientara
hacia al oeste y así lo hizo por un tiempo, pero
luego cambio el rumbo al noroeste -paralela al sistema
Cheve- y quizás lograba corregirlo más adelante.
En
el seno de la cueva, se mantenía entre los espeleólogos
la esperanza de que la exploración seguiría,
pero comenzaba el desánimo cuando la comida y la
cuerda empezaban a escasear y la traza se hacia cada vez
más profunda.
Al
séptimo día, en el campamento subterráneo,
los últimos ocho espeleólogos que aún
permanecían decidieron salir si al cabo de 12 horas
no llegaba un nuevo relevo de exploradores con alimento
y sogas.
Pasó
el tiempo estipulado y cuando se preparaban para abandonar
sus puestos, llegaron tres expertos frescos preparados
para continuar los trabajos. Uno de los que se iban en
retirada decidió unirse al último esfuerzo
y así los cuatro espeleólogos tratarían
de encontrar la tan esperada conexión.
En
la superficie, quienes ya habían dejado la cueva
se recuperaban de los esfuerzos realizados entre días
soleados, cálidas conversaciones y especulando
si rebasaría los -1.000 metros de profundidad.
Se
analizaron los datos topografiados en la computadora y
se vio que la última estación estaba a -930
metros y a más de 4.5 kilómetros de la entrada.
Miedo
en lo profundo
A
muchos de los espeleólogos no les gustó
nada trabajar en la cueva, pero a mi sí. Sólo
tuve una experiencia no apta para claustrofóbicos
en las famosas arrastraderas donde hay que meter la cara
en el agua lodosa y avanzar totalmente acostado.
Resulta
que estaba en la última parte de ese tramo y había
señales en la grava de que algunos se habían
arrastrado por el lado izquierdo y otros por el derecho.
Tenía que escoger uno de los dos. Trate de recordar
por dónde había pasado cuando anteriormente
lo crucé en un viaje con Matt, pero no logré
recordar cual era el indicado.
A
la derecha estaba más bajo el techo pero había
menos agua, y a la izquierda era ligeramente más
alto el techo pero la corriente era fluida. Dado que quise
parar los escalofríos que sentía por el
cuerpo, decidí tomar el lado derecho lo cual terminaría
por ser un grave error. Al principio me costo trabajo
arrastrarme, pero más adelante me fue imposible
avanzar.
Me
di cuenta que estaba en el camino equivocado. Adelante
era tan angosto que decidí regresar pero ya no
pude retroceder ni tampoco continuar hacia el frente (seguramente
una cinta del arnés o una costura del overol era
lo que impedía moverme). Estaba totalmente atorado.
Al comprender que no podía desplazarme, la respiración
empezó a acelerarse y mis ideas habían desaparecido.
Mientras
más minutos corrían, menos claro podía
pensar. El frío se incrementó en mi cuerpo.
La piedrita que tenía en el empeine me causaba
una ansiosa comezón que no podía saciar.
El cuello estaba cerca de un calambre debido al peso del
casco. El agua que me había entrado en el oído
era cada vez más molesta a causa de la posición
lateral de la cabeza. La espalda chocaba con el techo
y el estómago y el pecho lo hacían con el
piso. La desesperación fue creciendo a tal grado
que cada momento me costaba más trabajo conservar
la calma. Me faltaba el aire.
Pedí
por algunos de los compañeros que estaban delante
de mí, pero fue inútil. En ese momento milagrosamente
se normalizaron mis emociones y me pregunté ¿para
qué los quiero aquí? Si yo que soy delgado
y de estatura media, no me puedo mover, ¿qué
podrían hacer por mí? Este lugar es tan
estrecho que dos personas seguro no caben. Escuchar una
voz me dio algo de tranquilidad. Empecé a respirar
más pausado, la claridad regresó, me quite
el casco y el cuello descanso un poco, con la mano que
no estaba atorada empecé a mover poco a poco la
grava, logré avanzar unos centímetros por
lo que entré en calor. Entre pujidos y lamentos
logré recorrer ese metrito que me separaba de la
gloria y pude sacarme el agua del oído.
Termine
de recorrer la arrastradera y me encontré con una
sonrisa de uno de mis compañeros. Me dio un trozo
de chocolate y por fin me saqué esa piedrita asesina
del empeine,
Cuando
llegó Bill con la libreta rápidamente se
introdujeron los datos en la computadora y para gusto
de todos los exploradores, se llegó a -1.019 metros
de profundidad y 4.711 de longitud.
Cuando
terminaron de salir los demás espeleólogos
fue una gran alegría.
Cohetes,
mariachis, música, aplausos, fanfarreas, premiaciones
y una gran comida, era lo que a todos los espeleólogos
agotados les hubiera gustado escuchar y saborear por ese
octavo -1.000 metros. Pero se tuvieron que conformar con
las cervezas, algunos guisados sintéticos, las
buenísimas canciones improvisadas de historias
espeleológicas que Mike Frazier interpretaba con
su mágica guitarra, que se recogieron en el campamento
de la superficie y decidieron que el próximo año
regresarían al lugar.
La
cueva continúa en una fisura estrecha con un pasaje
activo, varias desescaladas y descensos de cuerda. No
muestra ningún ramal a los lados del pasaje con
posibilidades de explorar. Aunque Charco no indica hasta
el momento la posibilidad concreta de conectarse con el
Sistema Cheve, es una cueva respetable por sí misma.
Es de agradecer que la gente se moviera con cautela y
precaución porque nadie salió herido, ya
que en Charco sería prácticamente imposible
un rescate.