Una bicicleteada por la Patagonia
Laura
Urrutia -
Aventurera
Hacía
tiempo que con mi hermana Cecilia queríamos conocer la
Patagonia. Decidimos que la mejor forma de hacerlo sería
en bicicleta, porque el contacto con la naturaleza se
vive a pleno.
El lugar que elegimos para recorrer fue el sur de Chile.
Salimos el 3 de enero en avión desde Buenos Aires con
destino a Bariloche, para visitar amigos y encontrarnos
con el tercer integrante de la bicicletada: Sergio.
Al llegar nos vimos involucradas en un horrible espectáculo:
el micro que traía a Sergio, había dado marcha atrás y
se dirigía directo hacia nuestras alforjas, sin que el
chofer se diera cuenta que las estaba aplastando. Debido
a la imprudencia del conductor perdimos alimentos, algunos
materiales y toda la carga de combustible que Ceci y yo
no pudimos llevar por avión. Shit! Al súper a gastar más
plata para comprar lo que perdimos.
Decidimos
partir hacia Puerto Montt al día siguiente ya que, por
suerte, las bicis se encontraban en perfecto estado. A
pesar que las condiciones de equipamiento no eran las
adecuadas para esta aventura, decidimos arrancar y arreglarnos
con lo que había; la bronca que sentíamos nos dio más
fuerza para comenzar.
Para llevar a cabo la travesía contaba con mi mountain
bike Haro Vector de 21 cambios. El equipamiento total
se encontraba en las dos alforjas traseras que contenían
la mayoría de las provisiones que habíamos tenido que
comprar nuevamente.

El equipo de acampar que llevamos con mi hermana estaba
compuesto por una carpa North Face v25 (que vale lo que
pesa), bolsas aislantes para dormir de Duret y conjuntos
impermeables.
Para estar seguras sobre las dos ruedas, teníamos el casco
siempre puesto y controlábamos que las luces traseras
y delanteras no fallen nunca. El reloj cuentaquilómetros
fue también un complemento de gran utilidad.
En nuestra primera etapa recorrimos Ancud, un pequeño
y pintoresco pueblo pesquero que, a su vez, es el punto
más cercano de la Isla de Chiloé, famosa por su mitología
y sus leyendas, entre ellas la de la Pincoia (patrona
de los pescadores) y el Trahuco (que supuestamente es
el responsable de los embarazos de las chicas solteras
de la zona).
Estuvimos en el Museo de Ancud, en el Fortín Viejo, y
en la Biblioteca, que guarda todos los recuerdos de la
zona. Disfrutamos muchísimo pedaleando por este pueblo
de tan hermosos paisajes y atractivos sitios históricos.
Además, nos castigamos de lo lindo comiendo pailas marinas
y curanto, la especialidad del lugar. La paila marina
es una sopa de mariscos muy rica y el curanto es una comida
regional hecha con salsa de tomate, maíz, carne, mariscos,
y arroz fuertemente condimentados. Se acompañan con vino
tinto porque cuesta mucho digerirlas, pero proporcionan
las calorías necesarias para soportar el clima frío.
También aprendimos a bailar cuecas chilenas. Al principio
lo hicimos de una forma penosa, pero después de dos o
tres "navegaos" (vino caliente con clavo de olor y canela)
ya bailábamos hasta samba bahiana.
A
esa altura, de tanto festejar, prácticamente nos habíamos
olvidado del objetivo de la excursión. Para no permitir
que eso suceda del todo, descansamos el tiempo necesario
para reponernos de los estragos que ocasionó la bebida
y seguir con la vuelta cicloturística.
Viajamos toda esa noche en el ferry que une Chiloé con
la parte continental. Amanecimos armando alforjas en el
selvático y mojado puerto de Chaitén. Se escuchaba "Selva",
un viejo tema de "La Portuaria" (una banda de rock argentina
que hace poco se disolvió), que sonaba desde la Capitanía
de Puerto.
El
clima no nos acompañó y, para colmo, el camino de ripio
estaba lleno de saltos. Entre risas nerviosas nos acordamos
de un versito chileno que dice: "cuando la pincoia canta:
llueve...". Y evidentemente cantó mucho, porque durante
todo el trayecto para llegar al pueblo de Amarillo, soportamos
una lluvia constante. Desde llovizna hasta precipitaciones
fuertes, que nos obligaban a hacer un alto en nuestro
recorrido.
Amarillo es un pequeño poblado donde no es común que haya
turistas en bicicleta. Ello tal vez explique la gran amabilidad
de los lugareños al recibirnos. El trato fue de primera
y nos convidaron con un chivo asado. Comimos tanto que
ya habíamos recuperado todas las energías que perdimos
por la inclemencia del tiempo, aunque nuestros estómagos
no estaban en muy buenas condiciones para subir a las
bicis nuevamente. Ya parecía una constante en esta travesía.
Al anochecer llegamos a Puerto Cárdenas, donde al parecer
hacía meses que los carabineros de la zona no veían una
mujer. Y menos en bicicleta. Preocupadas por los "acosos",
salimos pedaleando con toda la fuerza de nuestras pantorrillas.
A todo esto... llovía.
La siguiente etapa fue Villa Santa Lucía, donde descansamos
y comimos rodeados de ovejas. "Para variar", mirábamos
como seguía lloviendo desde el "ábside" de la carpa.
Al rato, tuvimos un lindo encuentro con dos alegres y
descompuestos montañistas alemanes, y con otro ciclista
canadiense que venía en dirección contraria escuchando
"Circo Beat", de Fito Páez. Hablamos un rato, nos tomamos
una "once" (merienda) y nos preparamos para seguir camino.
Por fin llegamos a Futaleufú, muy cansados, el último
punto chileno antes de pasar al lado argentino. El paso
fronterizo nos recibió con un sol radiante. Con tanto
ripio suelto, con las muñecas y las colas doloridas, y
luego de tantos días de lluvia ese "solcito" nos pareció
una delicia. Pero mi felicidad no iba a durar mucho.
Diez
kilómetros adentro pinché la cubierta delantera, con mis
amigos a bastante distancia y (por supuesto) sin la llave
Allen que necesitaba. Me quedé esperando que pasara alguien
para darme una mano. A los pocos minutos frenó un auto
y su conductor se ofreció gentilmente a ayudarme. De la
alegría le dije: "Don, a usted me lo mandó Dios", y él
me respondió: "claro, yo soy el Pastor de la Iglesia Evangélica
de Trevelín, el pueblo que sigue...".
Dos días pasamos en Trevelin, una pequeña ciudad, realmente
hermosa. Todo un paraíso. Es ideal para quedarse un par
de días, pero lamentablemente, tuvimos que arrancar hacia
Esquel.
Para esa altura, luego de tanta diversión, el tiempo apremiaba.
En tres días teníamos que volver. Para apurarnos optamos
por la salida más rapida: tomaríamos un micro hasta El
Bolsón y seguiríamos pedaleando hasta Bariloche.
A El Bolsón llegamos muy tarde, dormimos en un camping
y al amanecer seguimos rumbo a Bariloche, nuestra última
etapa. Allí dedicamos un día y medio para visitar amigos,
comer asado y dormir. Como el clima era agradable, tomamos
sol en Villa Mascardi, al lado del lago, y escalamos lo
que pudimos, sin más equipo que nuestras manos y pies.
Así
llegué al final de mis vacaciones. Una de las más importantes
de mi vida. A pesar de que el buen tiempo no nos acompañó
en los veinte días que duró la travesía, es una aventura
que se la recomiendo a cualquier persona que quiera conocer
y divertirse, en contacto con la naturaleza.