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“De Extremo a Extremo”, Isla de los Estados: misión posible
Guillermo Tibaldi - Experto Aventurarse

Todo el equipo se sentía invadido por una corriente de ansiedad y exitación. Ya estábamos viendo la marca de la cúpula del Faro del Fin del Mundo... había soñado durante muchos años estar en ese lugar, hacia apenas unos minutos habíamos comenzado a transitar por la que por el 1899 llamaban “Avenida Piedra Buena”, un camino de lajas que unía la primera Subprefectura del país con el antiguo faro de San Juan de Salvamento. Me embargaba una gran congoja... suspirando, inspirando profundo para contenerme y no largar un llanto descontrolado de emoción avanzábamos los últimos metros de los más de 150 kilómetros que estimábamos haber recorrido. Fue una maravillosa sensación que nunca podré olvidar.

El portal de internet Aventurarse.com siguió esta expedición on line y creo que no puede faltar un relato de lo que fue para mi comandar la Expedición de la Armada “De extremo a extremo”, el primer cruce longitudinal a pie de la totalidad de la Isla de los Estados.

El desafío propuesto fue atravesar la Isla de los Estados desde su extremo oeste, Punta Cuchillos, a su extremo este, Punta Leguizamo. El trayecto, que es de 65 kilómetros en línea recta sobre un mapa, se vería triplicado en extensión por las diferencias de altura del terreno y los rodeos que se deben realizar cuando se torna imposible la circulación por el trayecto trazado sobre una carta de una escala poco favorable.

Los preparativos

Desde que se me ordenó preparar la expedición había estado ajustando los detalles para plasmarlos definitivamente en una orden de operaciones. Sabía que una planificación detallada nos serviría para llegar a dilucidar el mínimo cotratiempo, además de dar la mayor seguridad a las posibilidades de éxito y confianza a los que pudieran tener dudas del riesgo de lo que se proyectaba hacer.

Se confirmó quienes serían los participes de esta experiencia inedita: el Suboficial Segundo Buzo Táctico Gustavo Pérez, el Cabo Primero Buzo Táctico Adrián Nuñez, Julieta Rimoldi, profesora de Educación Física de la Escuela Naval Militar, Verónica Schro, cronista de Gaceta Digital, Antonio González en representación del Instituto “Luis Piedra Buena” y yo. Faltaban cuatro meses para la fecha prevista y comenzamos nuestros entrenamientos en conjunto, en la zona de las sierras de Balcarse. Nuestra finalidad: entrenar en terreno escarpado, aunque lejos estaría de lo que íbamos a encontrar. No obstante era necesario conocernos a fondo. El complemento de las capacidades de cada uno de los expedicionarios sería fundamental para el éxito del emprendimiento.

La expedición perseguiría varios objetivos: en principio homenajear al Cte. Don Luis Piedra Buena en los 170 años de su nacimiento y 120 de su fallecimiento. Qué mejor manera de reconocer el memorable trabajo y valor de este prócer nacional, que recorrer los terrenos que a él pertenecieron hace más de un siglo, observar la misma vegetación y sortear los mismos abatares topográficos y climáticos que él debió sortear. Por cierto también otro objetivo sería la exploración del interior de la isla. Recorreríamos algunas de sus lagunas interiores para relevar sus carsacteristicas, efectuar análisis de agua, etc. Fotografiaríamos y filmaríamos lo realizado para la edición de un documental..., nunca se había filmado el interior de la isla.

Hacia el sur

El 20 de enero de 2004 estábamos zarpando de la Base Naval Mar del Plata en el Buque Oceanográfico A.R.A. Puerto Deseado. La sirena de todos los buques en la dársena, los familares, amigos y los medios de prensa despidiéndonos fue un marco que erizó la piel de todos nosotros. Formados en el alerón del puente les murmuré al resto de los expedicionarios... ”después de esto, más vale que logremos cruzar la isla...”

Aprovechamos la navegación para revisar minuciosamente el equipo completo, teníamos que contar con lo necesario pero intentando minimizar el peso. Sin embargo las mochilas acusaban del orden de los 30 kilogramos.

Cada mochila contenía una bolsa de dormir, elementos para el armado de las dos carpas, un juego de ropa de recambio, alimentos, dos teléfonos satelitales Globalstar, cámaras fotográficas y de video y algunas herramientas que se podrían utilizar durante el cruce de la isla.

La dieta que se llevaría a cabo fue cuidadosamente estudiada para lograr un buen equilibrio nutricional con alimentos secos y de escaso volumen. El compromiso alimento versus peso transportado en la espalda, fue un tema largamente tratado.

Solo desayunaríamos y cenaríamos. Leche con chocolate, mate cocido, galletitas con mermelada o dulce de leche, conformaban los desayunos. Los hidratos de carbono en forma de arroz, fideos, puré y polenta serían los alimentos más ingeridos por la noche, que se acompañaban de vez en cuando con algo de proteínas y grasas en carne o pescado enlatado. Durante la marcha comeríamos algunas barras de cereales, caramelos, chicles, pasas de uva y frutas secas. Para tomar llevabamos jugos y bebida isotónicas en polvo.

El 25 de enero, con las primeras luces, subí al nido de cuervos del Puerto Deseado (casilla en lo más alto de los palos del buque), esa noche casi no había podido dormir, quería encontrarme cara a cara con ese monstruo marino que emerge de las gélidas aguas australes. Había pasado por el radar del puente y estaba tan solo a 30 millas. Avisté, entre la bruma que la envuelve habitualmente, las cumbres de la Isla de los Estados.

Pié en tierra

Con toda la calidad de una dotación bien entrenada, en tres oleadas, los seis expedicionarios desembarcamos en una de las dos playas de arena de Bahía Crossley. Allí permanecimos tres noches, la aclimatación sería necesaria. En parte pues había expedicionarios que nunca habían navegado y si bien el mar no nos trató tan mal y la navegación fue siempre favorecida por los vientos del norte, era lógico que se marearan y debilitaran un poco. Por otra parte comenzar a adaptarnos a caminar bajo la lluvia, convivir con el viento y las características del que sería en las próximas semanas nuestro lugar de vida, nos sirvió a todos.

Nuestras caminatas en Crossley no solo sirvieron de ejercicio físco, además permitieron interesantes descubrimientos.

Se localizaron restos de maderas y hierros de “la Fábrica de Aceite” de Luis Piedra Buena. Allí Don Luis y su gente colocaban en barriles el producido de la caza de lobos y pinguinos. Por aquella época, 1873, aquél recurso era considerado INAGOTABLE. También localizamos una construcción semidestruída, que en 1933 sirvió de alojamiento a los expedicionarios de la Armada Argentina que permanecieron un mes en esa bahía para realizar el primer registro de mareas que se realizara.

Estábamos ya listos a ingresar en el mismísimo corazón de aquella locura geológica que señala el fin del mundo. Partimos entonces hacia Punta Cuchillo, extremo oeste de la Isla de los Estados, desde donde iniciaríamos el intento del primer cruce longitudinal completo. Fue un día duro, en realidad no sabíamos lo que nos esperaría más adelante. Acampamos a unos dos kilometros del extremo oeste e iniciamos el ataque a nuestro primer objetivo Punta Cuchillo.

Como ceremonia de inicio hicimos flamear la bandera argentina acompañada por el estandarte de la expedición “De extremo a extremo”, rezamos la plegaria a la Virgen Stella Maris, nos fotografiamos y filmamos mientras intentábamos que el viento no nos volteara; había más de cuarenta nudos.

Los miembros de la expedición congeniábamos muy bien y conservábamos alta la moral. No solo disfrutamos de nuestra compañía, sino que todos nos respetábamos. Como comandante, tenía siempre tiempo para decidir y preferí siempre someter las decisiones a concenso. Sin duda contaba para esta misión con un grupo de alta experiencia y capacidad.

El día 28 de enero por la tarde comenzamos a caminar hacia el primero de los destinos, “Caleta Lacroix”.

Más allá de que conocíamos las características de la zona, la dureza del clima y la vegetación se hizo notar. El paso se tornó dificultoso debido a la densidad de la turba que cubre el suelo de la isla, solo interrumpido por trayectos, de terrenos muy bajos, pantanosos y algo de lastenia, una especie de pasto duro, verde intenso, donde es un placer caminar... ya casi no lo encontraríamos al comenzar a ganar altura hacia el este.

Lo cierto es que la lluvia no dejaría de caer durante toda la travesía, de los veintidos días que estuvimos en la Isla, llovió veinte. El frío y el agua es la peor combinación para la supervivencia del hombre. Temperaturas bajo cero y el aumento en el peso de las mochilas por la mojadura iban poniendo condimento al avance.

En toda esta zona relativamente baja del oeste, los primeros paisajes se vieron adornados por cientos de cabras y ciervos que solo se encuentran en este sector de la isla. Las primeras fueron introducidas por Luis Piedra Buena hace más de dos siglos como medio de subsistencia de su gente, los ciervos fueron introducidos en 1973 (solo 6 hembras y dos machos).

Luego de un día de marcha llegamos a la “Caleta Lacroix” en Bahia Franklin, lugar donde las últimas investigaciones concuerdan en que se produjo el naufragio de Luis Piedra Buena a bordo de la goleta “Espora”.

Durante los tres días que permacimos en esta zona, realizamos un minucioso relevamiento de la caleta. Se ubicó el lugar donde se encuentran los restos de la posible “Espora”. Otro hallazgo que nos sorprendió fue que encontramos un palo que podría ser el pico de una vela cangreja de la embarcación que tanto utilizó Piedra Buena para la defensa de nuestra integridad territorial en el sur de la patria. Todo concordaba con las medidas que teníamos estimadas del barco y el tipo y estado de madera era el mismo que la del casco que yace en la playa.

Recorrimos mucho aquella zona. Existe un bosque muy próximo que estimamos es el “Bosque de los curvones” del cual Piedra Buena pudo haber extraído las maderas para la fabricación del “Luisito” (en solo 70 días, sin duda una de las más grandes epopeyas de la náutica nacional) luego del naufragio de la Espora. Alli los árboles, al estar contínuamente expuestos a los fuertes vientos, toman una forma curva muy marcada; solo falta saber que pieza de madera queremos para poder cortarla a medida.

Otro de los hallazgos, fue el descubrimiento de un sector de la costa en donde varios delfines piloto habían quedado varados.

Luego de realizar el relevamiento de la “Caleta Lacroix” partimos hacia la zona de la “Bahía Cánepa”.

Las características del terreno se fueron haciendo cada vez más complicadas a medida que se avanzaba hacia el este. Se comienza a recorrer un área de pendientes que llegan a los 500 metros de altura. La altura se gana y se pierde en muy poco espacio, lo cual marca una impresionate abruptes en el terreno. Un simple resbalón nos hubiera lanzado, con toda seguridad, hasta en mismo pie del acantilado.

En la mayoría de los casos el lado este de las elevaciones cae en precipicio, lo que significaba subir una cuesta pronunciada hasta la cima, para tener que bajar en busca de la media pendiente. Otras veces la turba adherida a las paredes de los paredones nos permitía bajar, miramos atrás y nos parecía increible haber pasado por allí. La tensión, escalar con tanta cautela, agota...

Asi, poco a poco fuimos comprendiendo mejor la que bautizamos la “Isla de las Sorpresas”. Comenzamos las exploración sin mochilas cada vez que lo veíamos necesario, siempre, para ver si había una ruta alternativa.

La isla posee más de 150 lagos y lagunas. El análisis de algunas de ellas fue uno de los motivos centrales de esta expedición, y esta tarea fue realizada durante toda la travesía.

El fuego por las noches era la única oportunidad que teníamos para secar las ropas. Encendero, con todo mojado, era todo un tema. El calentador multicombustible, que trabaja como un verdadero sopolete, permitía lograr el preciado elemento.

Llegamos asi a la zona de más altura de la Isla de los Estados: los Montes Bove, cuyo pico más alto ronda los 850 metros. Por la noche las carpas rugían por el viento, pero quería relevar el Lago Vázquez, Vargas García y Reguera, para luego, caer sobre Puerto Parry.

En camino hacia allí, topamos con un precipicio de unos docientos metros. Allí abajo estaba el Lago Vázquez, más de 3 horas estuvimos explorando para encontrar un paso que nos permitiera bajar para seguir camino. Fue imposible. Inmersos en un viento gélido y frío, las dudas más sombrías me invadieron. ¿Podríamos pasar hacia Parry?Sabía que nos habíamos aventurado a uno de los lugares más duros de la patria, pero tenía a mi favor un magnífico equipo de gente.

Hubo que tomar la dificil decisión de volver, debimos desandar un día completo de marcha, por lugares muy complicados, hasta que la loca topografía nos permitió el paso por el sur hacia Pto. Parry.

Primer tercio cumplido

En el Puerto Parry se encuentra el apostadero de la Armada Argentina que lleva el nombre de Comandante Dn. Luis Piedra Buena, está siempre habitado por cuatro personas, un oficial y tres suboficiales que se renuevan cada 45 días. Sería el único contacto con otras personas durante la travesía, allí nos reabastecimos de víveres y nos despojamos hasta del mínimo elemento que generara un peso innecesario.

Al retomar la marcha luego de un par de horas de salir de Parry, se hizo presente Titina, la perra del apostadero. No fue posible hacerla volver. Habría una nueva compañera, y racionada, que continuaría con nosotros por el resto de la travesia.

Los días posteriores a la salida de Parry, nos mostraron un nuevo desafío. El aumento temporario de la temperatura generó una densa niebla que dificultó de manera notable la visión. Nos estaba siendo imposible avanzar y eso me precupaba. Los viveres estaban bastante justos y quería cumplir el planeamiento de días previstos. Avanzar en el irregular terreno sin ver, era incompatible con nuestra consigna permanente... la seguridad. Dejar el través de la Bahia de Basil Hall, realmente costó.

El tiempo demorado por la niebla debía ser recuperado, el objetivo era llegar al puerto Cook y completar asi las dos terceras partes de la expedición, ese día se marchó durante 14 horas. A las a las 22:30 hs., con las últimas luces del día arribamos a Cook.

Los Puertos de Cook, por el norte y Vancouver, por el sur, están ubicados en la zona más angosta de la isla, se encuentran separados por sólo 500 metros. En ese lugar, sobre Vancouver, Luis Piedra Buena, en 1862, había construido una pequeña cabaña donde se brindaba refugio a los desafortunados marinos que naufragaban en esa zona. Don Luis en 1863 escribió en el Cabo de Hornos, “Aquí termina el dominio de la Republica Argentina. En la Isla de los Estados se socorre a los naufragos” NANCY- 1863.

Puerto Cook es uno de los lugares con más historia en la Isla de los Estados. Allí funcionó también entre 1899 y 1902 un presidio militar. Este fue clausurado y trasladado a Ushuaia, por ser considerado el menos humanitario del mundo. En este lugar acondicionamos algunas de las de tumbas que allí se encuentran. Revisando los pocos restos que quedan del Presidio, hicimos un curioso descubrimiento, levantando la turba encontramos los WWCC...

Queda solo un tercio

Luego de Cook llovió cuatro días sin parar. Ponerse la ropa mojada para salir nuevamente empieza a ser habitual. La travesía estaba llegando a su punto cúlmine, pero la isla no se estaba poniendo nada fácil, el desgaste psicológico de las contínuas caidas en la turba mina las fuerzas con extraordinaria rapidez, ascender trabajosamente por una cuesta de turba (más blanda que la arena), vegetación cerradísima, desordenada, con troncos caídos en proceso de descomposición, en una pendiente continua dificultaban cada día más la marcha.

Se estaba dando fe de lo que decía en su libro de viajes en el año 1790 el comandante británico George Anson: “Es un territorio de horror, con cumbres de prodigiosa altura y terribles precipicios, es difícil imaginar nada más salvaje y sombrío”. Por otra parte nosotros ya no eramos los mismos que habíamos salido, teníamos más experiencia pero también menos fuerzas y unos kilos menos.

Comezamos a festejar cada cuesta, cada logro, olvidándonos un poco de la obsesión de la meta final. Tardamos exactamente 4 horas para avanzar 1,5 kilómetros. Lentamente avanzábamos, el extremo este, “Punta Leguizamo”, se encontraba cada vez más cerca. El viento soplaba continuamente a casi 90 km/h, lo bastante fuerte para hacer perder el equilibrio; allí voló Julieta, la más liviana. Realmente era dificil sentirnos a gusto.

Finalmente llegamos a lo alto de la Península Aguirre, sería nuestro último campamento.

En el extremo

El día 14 de febrero por la mañana los seis expedicionarios partimos con mochilas livianas desde Península Aguirre hacía Punta Leguizamo, donde arribaríamos luego de 5 horas de caminata. La llegada fue un momento muy emotivo, flameamos emocionados la bandera argentina y prendimos una bengala humosa, concretando de este modo, el primer cruce total de la isla. Nuevamente el viento fue el protagonista, ayudó a hacernos saltar algunas lágrimas.

El sabor de la tarea cumplida nos estaba haciendo olvidar de las inclemencias del tiempo, el frío, la lluvia, los dolores en las rodillas y las espaldas, las noche casi en vela por las formas del piso, los días y noches que vivimos mojados y con el alimento justo.

El campamento que había quedado armado en la mayor altura de Península Aguirre nos alojó la noche del 14 de febrero.

Sólo faltaba un último tramo para alcanzar el objetivo final, el Faro del Fin del Mundo.

El camino hacía el faro fue más duro de lo esperado, el recorrido en bajada presentaba mucho riesgo y la vegetación estaba más cerrada que nunca. Lo cierto es que ya estábamos bien acostumbrados a levantar los pies a más de 30 centímetros a cada paso, pero el tiempo corría. A esta altura la adrenalina y endorfina de nuestra sangre hacía que ya nada duela.

En el camino pudimos recorrer el Cementerio de la Subprefectura, presidio y el Faro que funciono 15 años, entre 1884 y 1899. Aun con la utilización de luces químicas para conseguir avanzar en la noche y utilizando todas nuestras fuerzas debimos detener la marcha a las dos de la madrugada. Esa noche no se armaron las carpas, se durmió a la intemperie en las bolsas de dormir debido a que queríamos seguir a primera hora.

Desperté con otra imagen imborrable, el resplandor rosado del amanecer recortado sobre el perfíl ondulante del ingreso al Pto. de San Juan de Salvamento. Esto me indicó que ya podíamos partir, habíamos descansado apenas 4 horas bajo el nylon de una bolsa de residuos.

Las ocho y cuarto de la mañana del día 16 de febrero no se borrará nunca de las mentes de todos los expedicionarios, en ese momento llegamos al Faro del Fin del Mundo ubicado en la Península Lasserre del puerto de San Juan de Salvamento.

Ese monumento con tanta historia, que tantas vidas había protegido con su luz, y que había motivado hasta la escritura de una novela, era ahora espectador de la emoción que nos embargaba.

El avistaje de la lancha rápida “ARA Intrépida” ingresando al puerto nos indicó que debíamos partir hacia Parry donde finalizaría esta inolvidable travesía con una ceremonia en homenaje al máximo procer patagónico.

A modo de conclusión

Avistamos Parry en el radar, el ingreso fue a tientas, la niebla era espesa. Formaron en tierra la dotación del Apostadero, parte de la dotación de la Lancha Rápida y los expedicionarios. Cantamos a capela el Himno Nacional, entregamos al apostadero la bandera que nos acompañó en toda la travesía y pronuncié una alocución que creo sirve de colorario a este artículo.

Hace algo más de 4 meses la Armada decidió rendir un merecido homenaje al máximo prócer patagónico, el Comandante Dn. Luís Piedra Buena. Se cumplieron los 170 años del nacimiento y 120 de su fallecimiento.

Fueron solo 50 años de vida, donde brillan increíbles actos de coraje, arrojo, humildad y amor a su patria. Piedra Buena fue el primer argentino en ejercer nuestros derechos soberanos en la Patagonia Austral. Fue el primer argentino en izar el pabellón nacional en esta Isla.

Salvando náufragos, cazando lobos y pingüinos, defendiéndose de los loberos extranjeros, fue tomando posesión del Mar Austral, alejando múltiples intereses foráneos de estas ricas zonas.

La Armada quiso rendir un homenaje diferente, asumiendo los riesgos de un desafío, a realizar por 6 hombres y mujeres, militares y civiles. Atravesar por primera vez a pie la totalidad de esta Isla que fuera propiedad del prócer naval- arquetipo del marino-.

Aquí estamos con la tarea cumplida.

Quiero aprovechar estas palabras para agradecer a todos los que han hecho que esta expedición haya sido posible: A las autoridades de la Armada, que confiaron en nuestra capacidad, al Area Naval Atlántica, al Area Naval Austral, a la División Comunicación Institucional del Comando de Operaciones Navales, al Buque Hidrográfico Puerto Deseado, a la Dotación de este Apostadero, a la Lancha Rápida Intrépida, al Instituto Luis Piedra Buena y a nuestros familiares y amigos que con su sentimiento nos alentaron a seguir y a nuestra Virgen protectora Stella Maris que no dudo nos acompañó en todo momento.

El homenaje está por finalizar.

No se trató de levantar un busto para recordar al prócer, sino que creo que, simbólicamente, hemos caminado la escabrosa ruta que él supo trazarnos. Difícil pero posible. La única ruta posible para realizar objetivos ambiciosos, la ruta del esfuerzo, la permanencia y el trabajo en equipo.

Con esta ceremonia doy por finalizada la Expedición Homenaje al Comandante Dn. Luís Piedra Buena “De Estremo a Extremo”.

 


Nota:

Toda la información de la travesía "De Extremo a Extremo" está en el Informe Especial que se publica en el portal.



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