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Un
nido de sensaciones
Carrera:
"Buscando el Nido de las Rocas" (22/09/2002)
Alejandro Theill - Aventurero
Un inmaculado jardín verde custodia
la Sierra Alta, justo donde el campo se hunde, por detrás
emerge el imperio de las piedras. Es temprano, la mañana
se apura para ordenar los colores, mientras el rocío
resiste entre la tierra y los yuyos. Estamos a minutos de
una nueva fecha, la sexta, del circuito de carreras de aventura
El Espíritu de los Dioses del año
2002, en Tandil (Buenos Aires, Argentina).
Dicen
que cuando los Dioses convocan, la naturaleza busca su mejor
vestuario, damos los primeros pasos fuera del auto, el primer
contacto con el aire intenso que irremediablemente terminará
escaseando al final del recorrido. Compartimos los últimos
comentarios, murmullos y pisadas se complementan, es el
momento de chequear el equipo, controlar los cordones, semblantear
al compañero e inmediatamente pasar a formar parte
de la jauría ansiosa de aventura que suplica por
liberarse, los Dioses aceptan y partimos en búsqueda
del nido de las rocas.
Comienza
el reto
El
camino al principio conserva la estabilidad, luego sube
progresivamente, la cortina verde no cede por ninguno de
los dos costados, aquí el mundo es propiedad de los
árboles, doblamos a 90º grados y nos recibe
el campo abierto, el único testimonio del hombre
durante todo el trayecto, un cuadro de trigo brillante sostiene
la sierra próxima. Cruzamos la tranquera, el arroyo
que precede las piedras desarma la hilera interminable,
estamos viendo la quebrada y la marcha disminuye el ritmo,
el desnivel arquea espaldas y mochilas, las rodillas permanecen
dobladas mientras los pies husmean en los huecos que no
toca el agua que baja mansa.
Las
sospechan se confirman, el cerro sigue subiendo después
del escalón más alto, mirando hacia atrás,
los equipos componen una interminable soga humana que se
cuelga de la quebrada y se pierde más abajo. El camino
hacia la cumbre va quemando los muslos, una pirca rodea
el banco de hierro que señala el punto más
alto que también funciona como la segunda puerta
de control. Comienza el descenso hacia otra quebrada, las
sierras se ordenan delante nuestro y la vista no alcanza
a ver el final, atravesamos un antiguo corral de piedra,
luego un sendero mínimo que dejan las piedras y que
nos anticipa el retamal.
Girando
casi a 90º grados nos internamos en las galerías
de retamas, el rumor del agua anuncia el arroyo que se acuesta
en el pedrero, sobre el claro la piernas eligen la piedras
más firmes para asegurar la marcha, vamos contra
la corriente, mientras el cañadón se cierra
delante nuestro. Las paredes altas solo permiten un paso,
el agua aprovecha la soledad para apurarse sobre los escalones
que marcan el desnivel, es imposible no mojarse, cuando
el cañadón le permite al agua quedarse quieta
la profundidad crece, el chapoteo se mezcla con los gritos
de aliento. La sierra sube, las ramas suben, el sendero
del agua debe tener un origen que nuestras piernas se niegan
a conocer. La salida sobre un pedrero que sostiene la antigua
entrada a una cava marca el tercer puesto de control, el
próximo destino es un pared oscura ubicada en el
final de la quebrada que mezcla en su falda partes iguales
de pastizales y verdeos de los manantiales.
En
pleno desafío
Estamos
enteros luego de tanta exigencia de los Dioses, bajamos
hacia la pampita verde, por senderos anchos, un cerro con
paredes redondas va quedando sobre la izquierda, atravesamos
un arroyo que más arriba presume con varias cascadas,
las señales suben y sobre la punta del lomo, un profundo
cañadón abierto que termina en pared escarpada
sobre el otro lado. Parece la última prueba, pero
el control de la puerta nos indica que aún faltan
5 kilómetros de marcha hasta el final.
El
pasto corto de vez en cuando se interrumpe con el barro
de los manantiales, cruzamos un zanjón con islotes
de tierra, un lote de pastizales quemados, otra quebrada
chica con agua y una pampa larga que permite ver todos los
verdes del campo. El morro grande se nos viene encima, hay
que subir hasta la bandera, hay que controlar las fuerzas
para asegurarnos la llegada, a esta altura los Dioses nos
están ganando la partida.
El
morro esconde un sendero estrecho entre piedras redondas
y caprichosas, del otro lado baja suavemente y enhebra el
morro más chico con un sendero largo de pastos raleados.
Sobre un rincón de los pinos más abajo se
observa la llegada, la visión es oportuna para convencer
al cuerpo de no quedarse en este lugar para siempre.
Antes
del morro, por supuesto que hay un zanjón con agua,
pastos altos y el cerro que desnivela mucho más que
el primer cálculo de la vista. Nos llama el control
agitando la bandera. Es el último puesto, sobre la
cima del morro las piedras se achatan y forman mosaicos
gigantescos y remotos.
El
final
Enfocamos
la llegada justo en el ángulo que forman árboles
y sembrados, el cerro baja como queriendo devolvernos más
rápidamente, sobre el campo la tierra es blanda y
negra y el contraste de los verdes lo tenemos al lado. No
es el momento de mirar sino de pedir el último esfuerzo,
hace rato que los músculos entregaron todo, la certeza
de llegar es nuestra única motivación. Final,
momento de recuperar aire y sensaciones.
Buscamos
vanamente el nido de las rocas, y caímos en la trampa
de los Dioses, dicen que la búsqueda es un ardid
para que ellos puedan quedarse con las almas exhaustas.
También dicen que a cambio los Dioses entregan un
espíritu indomable que siempre reclama el contacto
con la naturaleza para desafiar a su dueño.
Nota:
e-mail:
info@gruposierras.com
web: www.gruposierras.com/espiritudelosdioses/
Toda la información del circuito El Espíritu
de los Dioses está en el Informe
Especial que se publica en el portal.
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