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Mi
primera experiencia: ascenso al Villarrica
Teresita
Baglivo - Aventurera de Zapala, provincia de Neuquén, Argentina
Todo
comenzó después de escuchar relatos de quienes serían mis compañeros
de viaje. Sus experiencias de escalada a volcanes de la provincia
de Neuquén, como el Lanín y el Copahue, y el ascenso al Domuyo
(el más alto de la Patagonia), me hicieron pensar:"¿por qué no
yo?."
Me puse en contacto con Norberto, médico traumatólogo amigo, a
quien llamamos Poqui, y le pregunté cómo tenía que entrenarme
para escalar, ya que en ese momento quería ascender el Lanín.
Me contestó que debía hacer mucha actividad aeróbica, sobre todo
resistencia, como andar en bici, caminatas y trote.
Luego de contarle lo que quería hacer, él me propuso subir el
Villarrica, en lugar del Lanín. Si aceptaba el desafío, él también
se prendía, porque ese volcán en particular lo atraía y quería
escalarlo.
Como para mí era la primer experiencia en ascensos, acepté, ya
que me daba lo mismo cualquier volcán, con la promesa que algún
día llegaríamos a la cumbre del Lanín. Así fue como empezó todo.
A fines de agosto de 1999 comencé a entrenar. Primero en bici,
y los días de mucho viento salía a caminar. A medida que pasaba
el tiempo me animé a trotar. Como vivo en Zapala (provincia de
Neuquén, Argentina), que es una zona precordillerana, todos los
caminos tienen subidas y bajadas, con distintas pendientes y dificultades.
Eso hace que el entrenamiento sea bien completo, aunque al principio,
bastante agotador. Llegué a hacer 32 kilómetros en bici y a correr
(entre trote y caminatas) 11 kilómetros.
Cuando estaba de vacaciones en Necochea, caminaba todos los días
20 kilómetros por la orilla del mar. En ese lugar uno siente que
las energías se renuevan, y el mar es el causante de ese maravilloso
estado. Nuestras vacaciones familiares terminaron una semana antes
del gran día. Por lo tanto no podía dejar de entrenar y ¡qué mejor
que caminatas a la orilla del mar!
La
semana previa al ascenso, se agregó Alejandro, otro de mis compañeros.
El es kinesiólogo y fue uno de los que me entusiasmó, cuando me
relató sus experiencias, para que hiciera la travesía. Me dio
mucho ánimo y apoyo.
Fue así, que, con asados de por medio, organizamos la excursión.
Las esposas de ellos (Paty y Cintia) y mi marido, no quisieron
saber nada del ascenso. Ellos (tal para cual) estarían felices,
esperándonos, en Pucón, disfrutando del sol, el descanso y el
cuidado de los chicos. Cuando nosotros regresáramos, festejaríamos
juntos. La verdad es que nos complementamos perfectamente.
Llegó el día
El viernes 21 de enero a las 10.30 partimos las tres familias
rumbo a Pucón. Salimos de Zapala y llegamos al Paso Tromen (fronterizo
con Chile) a las 13.30 aproximadamente. Allí, luego de hacer todos
los trámites de la aduana argentina, almorzamos con el Lanín delante
nuestro, en toda su majestuosidad y belleza. Era un día de sol
radiante. Los 250 kilómetros que separan Zapala del Paso Tromen
son, en su mayoría, desérticos. Tienen algunas ondulaciones y
no se encuentra vegetación alguna.
Al llegar al Parque Nacional Lanín, uno se vuelve a maravillar
al ver esa espectacular vegetación que va aumentando hasta llegar
a los bosques de araucarias, esos árboles que denotan sus miles
de años por su altura y grosor de tronco. Se siente que las araucarias
vigilan y cuidan la maravillosa Patagonia, guardan todos sus secretos
y hasta cuentan la historia del lugar.
El
camino que une la aduana argentina con Pucón, de unos 70 kilómetros,
es sinuoso y bellísimo. Está rodeado de araucarias, lagos, arroyitos,
cascadas, amancays, aljabas, mutisias, y otras tantas variedades
de flores, que parece mentira que crezcan libremente en la montaña.
El paisaje es conmovedor; es una zona selvática.
Llegamos a la ciudad a las 17.30, ya que al hacer aduana en el
lado chileno, tardamos mucho, pues revisaron los autos y todo
lo que llevábamos. Además, como el camino es de ripio y sinuoso,
no se puede ir rápido; también hay que darse tiempo para disfrutarlo.
Al llegar a Pucón nos instalamos en unas lindísimas cabañas y
nos fuimos a contratar la excursión para el día siguiente. Merece
un párrafo aparte la organización de los chilenos en todo lo que
a excursiones turísticas se refiere. Nos proveyeron de todo lo
necesario para el ascenso: mochila, buzo, pantalón impermeable,
botas pre-esquí, grampones, guantes, polainas, piquete y máscara
(para quienes no soportan el olor sulfuroso al llegar a la cumbre).
Nosotros sólo debíamos llevar la comida y el agua.
Esa noche, salimos a cenar unas buenas pastas. La luna se mostraba
imponente, el volcán Villarrica se veía espectacular, con su fumata
constante y el reflejo de la luna en su cumbre nevada. Todo preanunciaba
un día maravilloso.
Así
llegamos al 22 de enero. A las 7 de la mañana teníamos que estar
en las oficinas de la agencia para emprender el viaje. A las 7.30
horas, el día se nubló por completo y nos desilusionamos un poco,
pero los guías nos dieron ánimo cuando explicaron que las nubes
eran bajas y que a mayor altura el volcán estaría totalmente despejado.
Con entusiasmo, emprendimos el ascenso hasta la base. Al principio
subimos en un micro. Luego de atravesar las nubes, empezamos a
ver nuevamente la cumbre del Villarrica, totalmente despejada.
Para ese entonces ya nos había vuelto la sonrisa.
En la agencia de turismo éramos 56 personas. Había australianos,
japoneses, estadounidenses, chilenos, argentinos (no muchos),
israelitas y franceses, que conformaban una buena mezcla de nacionalidades.
Además ascendieron otras agencias, con varios turistas más. En
la montaña éramos más de cien personas.
Comienza el ascenso
Alrededor de las 9 llegamos a la base, a unos 1400 metros sobre
el nivel del mar. Desde allí ascendimos 800 metros en aerosilla
y comenzó la caminata junto con la emoción. Cuando íbamos en la
aerosilla, le comentaba a Alejandro (que subía conmigo), lo increíble
que es el silencio en la montaña. Le decía: "escuchá el silencio,
porque es mágico, y porque no siempre se escucha, parece que solo
por momentos". Y son momentos que no se olvidan más; uno siente
que pasa un ángel.
Cuando bajamos de la aerosilla, empezaba mi experiencia y llegué
a preguntarme: ¿qué pasará?, ¿cómo será esto?. El día anterior
había estado leyendo un libro llamado "El camino de las nubes
blancas", de Osho, y en un pasaje dice que uno se tiene que dejar
llevar como la nube blanca, no oponer resistencia, no fijarse
ninguna meta, que las metas son ahora, aquí, cada momento que
se vive, y como tal hay que vivirlo plenamente, disfrutando cada
momento porque esa es la meta que estamos cumpliendo. Todo esto
me llegó tanto (realmente uno no lee las cosas casualmente) que
me acompañó todo mi ascenso, e hizo que disfrutara cada paso que
fui dando. Al mirar la cumbre, no la veía como algo lejos y que
no sabía cuando iba a llegar; simplemente la observaba como parte
del paisaje mientras disfrutaba del ascenso.
La
caminata se hizo lenta por la cantidad de gente que subía. Además,
algunos no tenían una buena preparación física. Como nosotros
tres estábamos bien entrenados, disfrutamos plenamente cada momento
de la aventura.
A mitad de camino, paramos a almorzar en un lugar que parecía
un balcón en plena montaña, al que llamamos "el patio de comidas
del Villarrica". Comimos nuestros quesos, bananas, chewys, pasas,
almendras, y tomamos mucho agua para emprender la caminata con
las energías renovadas.
Todo ese trayecto es sobre nieve y se hace mucho más llevadero,
ya que no hay peligro de desprendimientos de rocas. Por momentos
parecía que estábamos caminando sobre las nubes, ya que tapaban
todo el paisaje.
Un momento emocionante
Cuando
faltaban 300 metros escuchamos un ruido que nos hizo detener.
Era el sonido de las erupciones del volcán, semejantes a un trueno.
Acto seguido vimos cómo el humo salía de la cumbre.
Ese último tramo es bastante complicado porque es todo de piedra
y con mucha pendiente. Hubo que avanzar con sumo cuidado para
no resbalar pero, después de tanto esfuerzo, llegamos a la cumbre,
donde comenzaba el verdadero espectáculo.
Mientras caminábamos sobre un terreno plano, comenzamos a sentir
un olor fuertísimo, sulfuroso, que nos hacía toser y lagrimear.
Allí estaba el cráter. Nos acercamos hasta la orilla del gran
agujero y allí abajo nos encontramos con ¡¡¡el infierno!!!. Es
difícil expresar con palabras lo que se siente al ver "el centro
de la tierra", burbujeante, incandescente. Uno se queda paralizado;
se siente nada ante la inmensidad de la naturaleza pero, a su
vez, más vivo que nunca, por el solo hecho de estar apreciando
ese espectáculo inconmensurable.
No
habíamos salido de nuestro asombro cuando comenzamos a oír un
ruido cada vez más fuerte, como un trueno, y tras él la lava.
Ese agujero incandescente hizo que me tomara fuerte de mis compañeros
y llorara de la emoción. Para algunos fue como una amenaza; para
mí una bienvenida. No tuve miedo, sólo me emocioné profundamente,
porque ese bramido lo escuché y lo sentí en todo mi cuerpo, como
si subiera por mi pies y trepara hasta explotar en mi pecho.
El viento, el ruido, el olor, el color tan rojo es casi imposible
de describir, hay que vivirlo. Lo recomiendo a toda persona sensible
a los placeres que nos ofrece nuestra madre tierra.
Luego
vendrían dos erupciones más y listo. Estuvimos allí por más de
una hora, y no volvió a suceder. ¿No fue entonces, la bienvenida
que nos dio el volcán? En la segunda erupción, ya más preparados,
sacamos fotos. En la primera, la del gran impacto, Ale pudo filmarla,
porque traía la cámara abierta, ya que estaba haciendo tomas del
cráter. Poqui, muy emocionado, decía: "sólo por ver esto,
vale la pena haberlo subido". Y sinceramente, es lo más maravilloso
del Villarrica, más allá de los bellísimos paisajes que se ven
desde allí arriba.
Estuvimos allí más de una hora, y luego de un largo rato pude
recién despegarme de ese lugar. Pasé un largo rato contemplando
esa incandescencia, junto con los aros de humo y gas que se desprendían
de él. No sólo por ese rojo incandescente y burbujeante digo que
es lo más parecido al infierno, sino también por las piedras humeantes
que lo rodean.
Alrededor de las 15.30 horas comenzamos el descenso, y nos divertimos
como niños. Para acelerar el mismo, han hecho unos "toboganes"
en la nieve y nos tirábamos por allí. Metros y metros bajábamos
por esas canaletas, en las que uno va como ellas quieren. Parecía
que volvíamos a tener 12 años.
El regreso
Ya
en la base, el viento frío se hizo notar. Allí estaban los micros
esperándonos para regresar a Pucón. Yo me sentía doblemente feliz;
era mi primer ascenso y todo había sido un éxito, y además, había
compartido con dos amigos esa misma emoción que se genera por
la energía que transmite la montaña. Vibramos por igual ante la
majestuosidad que la naturaleza nos regaló.
Llegamos a Pucón alrededor de las 19 horas. Fuimos a la cabaña
y compartimos con nuestras familias la maravillosa experiencia.
Brindamos con unas cervezas heladas, y luego de un buen baño festejamos
con una linda cena.
Al día siguiente emprendimos el regreso a Zapala, con el dulce
sabor de haber vivido una experiencia fascinante. Resultó tan
enriquecedora que, pasada una semana, no lograba "bajar de
la montaña". Fue mágico; me costó volver a la realidad del trabajo
y la casa. Es más, ahora mismo estoy nuevamente en la montaña.
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