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Alpamayo - Cordillera Blanca 2001
Miguel Sosa - Experto Aventurarse

¡Hola gente! ¿Cómo están todos? Por aquí nosotros muy bien. Esta vez les puedo contar que he realizado una serie de ascensiones en la Cordillera Blanca, Perú, las que quiero compartir con ustedes. Y comenzaré, en esta nota, por la primera de las experiencias, que fue en el Alpamayo. En total estuvimos once días afuera, y nos tomamos tanto tiempo porque aprovechamos para llevar a cabo y culminar el proceso de aclimatación. Normalmente las personas que van a escalar Alpamayo previamente aclimatados, lo pueden hacer todo en seis o siete días.

Empezamos nuestro camino en Cashapampa, a tres horas en auto desde Huaraz. Allí conseguimos un arriero y tres burros y caminamos unos 9 kilómetros hasta Llamacorral, a casi 3800 metros. Al día siguiente continuamos hasta el Campamento Base, a 4200 metros, por unos valles muy hermosos, pero bajo la sombra del mal tiempo. Los nevados estaban ocultos entre nubes y se divisaban nevadas y lluvias frecuentes. Para aquellos de ustedes que conocen Mérida, les comento que los valles de la Cordillera Blanca se parecen muchísimo a los de la Sierra Nevada con la única diferencia que los del Perú sufrieron una sobredosis de esteroides.

El tercer día lo utilizamos para hacer un acarreo de material hasta más o menos 5200 metros. Queríamos llegar al campamento del Collado, pero ya era tarde y la última parte es muy empinada y algo más técnica. Ya estábamos cansados y debíamos bajar de vuelta al Base. Así que enterramos el material en la nieve y bajamos.

Al día siguiente levantamos el Base y nos mudamos hasta el Campo Morrena, al borde del glaciar, a unos 5000 metros. Después de montar la carpa, seguimos subiendo y terminamos de acarrear el material enterrado hasta el Campo Collado, donde lo dejamos al cuidado de unos amigos de México. Mientras bajábamos de vuelta al Morrena, nos sorprendió una nevada.

Informaciones cruzadas

El nuevo día trajo consigo una mejoría en el clima. Por fin, los picos que nos rodeaban descubrían sus rostros y la vista era espectacular, en 360 grados. Recogimos todo para mudarnos definitivamente al que sería nuestro hogar por las próximas cuatro noches, el
Campamento Collado (Col), a 5400 metros. Nos cruzamos con muchos escaladores que descendían y las informaciones eran un poco confusas: que hubo avalanchas, que la vía estaba en buen estado, que no, que unos gringos hicieron cumbre pero todo el resto decidió abandonar, etc. De cualquier manera, nuestro plan era pasar el día siguiente descansando en el Col y observando la pared, y como el tiempo iba en franca mejoría nuestros ánimos también aumentaban poco a poco.

La vida en un campamento de nieve se puede describir, de manera simplificada, así: quedarse en la carpa hasta que te pegue el sol, despegar la cocinilla del hielo y empezar a derretir nieve para obtener agua. Si brilla el sol te achicharras y quieres quitarte toda la ropa y bañarte en protector solar. A lo que se mete una nube, todo el mundo a correr a buscar algo de abrigo. Luego vuelve a salir el sol y sigue el proceso. Entre vestirse y desvestirse queda tiempo para socializar con los colegas de la zona. Aquello parecía una convención de la ONU: México, Ucrania, Eslovenia, Austria, Alemania, Nueva Zelanda, Italia, USA, Perú y, por supuesto, Venezuela. Además, la vista es brutalmente impactante.

Todo se veía bien para el día siguiente, cuando intentaríamos el Alpamayo (5947 metros), a excepción de que un grupo alemán iba a subir con una cuerda fija que su guía había instalado durante nuestro día de descanso. Les explico el problema: esta cara del Alpamayo, en concreto, está compuesta de muchos corredores paralelos que surcan la pared de arriba abajo. Tienen unos pocos metros de ancho y están separados por altas paredes. Además, la inclinación va aumentando de unos 45 grados al principio, hasta unos 70 al final, en la parte más alta. De manera que si hay alguien escalando por encima de ti, todos los pedazos de nieve hielo y roca que desprenda, van a venir a velocidades increíbles buscando tu cuerpo. La mayoría de ellos pueden ser inofensivos, pero siempre hay alguno grande y ése es el peligro.

La madrugada más fría

Nosotros queríamos escalar de manera autónoma. Es decir, íbamos a ignorar las cuerdas de los alemanes, que estaban extendidas a todo lo largo de la ruta, y que ellos iban a usar para subir por ellas y no por sus propios medios. Así que decidimos partir muy temprano, con la esperanza de lograr la cumbre antes de que ellos llegaran a la pared. Pero, además de todo, los muy guapos iban sin casco, por lo que el resto de los equipos que queríamos escalar ese día nos pusimos de acuerdo con ese grupo en que no escalaríamos por encima de ellos, hasta que no nos pasaran, para no exponerlos a la caída de material suelto.

Así que salimos rumbo a la pared las 3:00 de la madrugada, bajo una temperatura de -18 grados centígrados. La primera parte transcurrió muy bien, porque nos movíamos sobre nieve sólida, sin cuerda y con la ayuda de las linternas. En una hora y 20 minutos, alcanzamos una grieta en la base de la pared, que marca el inicio de los corredores que te llevan a la cumbre. He de acotar que para este momento sólo uno de estos se encontraba en condiciones seguras para ascender, por lo que todo los equipos preferíamos usar el mismo.

En la rimaya (grieta) decidimos que José empezaría a escalar la pared. A partir de este punto es recomendable el uso de cuerdas para poder frenar una caída. Generalmente mientras uno del equipo escala, el otro se dedica a manejar la cuerda y permanece estático. Sumando el tiempo que nos tomó preparar todo y la primera parte de la escalada, propiamente, que todavía se realizaba bajo la luz de las linternas, me tocó pasar casi una hora inmóvil, entre las 4:30 y las 5:30, tal vez la hora más fría del día. Eso, sumado al sudor que se produjo durante la aproximación, que ahora era agua fría en contacto con mi piel, me hizo sufrir el frío más intenso que he experimentado alguna vez.

Cumbre

El grupo de alemanes alcanzó la pared cuando estábamos aproximadamente a mitad de ésta, a las 7:00, por lo que tuvimos que detenernos nuevamente a esperar que pasaran. Esta pared está orientada hacia el suroeste, por lo que el sol no la alcanza hasta bien entrada la tarde. De nuevo, un frío muy fuerte. Por fin nos pasaron y continuamos el ascenso, pero esta vez bajo una lluvia increíble de trozos de nieve y hielo que estos tipos desprendían, tanto durante su ascenso como su descenso. Gracias a Dios, para cuando llegamos a los últimos sesenta metros, los más empinados, delicados y bellos de esta ruta, ya los alemanes habían desaparecido pared abajo. Me tocó a mí ir adelante en este tramo y era mi primera experiencia sobre hielo duro y de tanta inclinación, así que superados los nervios iniciales, luego pude disfrutar enormemente la escalada.

Con solo tres metros aún de cuerda: ¡cumbre! Ya estaba sentado a caballo, sobre una arista increíblemente delgada, flanqueada a ambos lados por abismos impresionantes. El resto fue asegurar a José hasta la cima, los abrazos y fotos de rigor y emprender la parte más delicada del día: un descenso seguro. Felizmente, todo transcurrió sin novedades y a media tarde estábamos de regreso en el Col.

Las secuelas

El plan era descansar el día siguiente, para luego intentar un pico vecino, el Quitarraju (6040 metros). Esa noche empecé a sentir un fuerte dolor en los dedos de los pies y lo atribuí a que todo el día estuvimos pateando hielo duro con la punta de nuestras botas
plásticas y eso me había maltratado los dedos. En la mañana el dolor era intenso y sufría para calzarme las botas. Una pareja intentó el "Quita" y reportaron que la nieve aún estaba en malas condiciones y existía gran peligro de avalanchas en todas partes.

Un examen más detallados de mis pies reveló que había sufrido congelaciones leves en las puntas de los dedos, lo que unido a que el "Quita" parecía peligroso, nos motivó a emprender el descenso al día siguiente.

Ese atardecer fue el más espectacular de todos los que pasamos en el Col, y eso que el tiempo se mantuvo muy bueno mientras estábamos allí. Lo pasamos acompañados sólo de otros dos eslovenos, corriendo de un lado a otro, posando y tomando fotos de todo lo que nos rodeaba.

Al día siguiente, el descenso al Base fue complicado por el enorme peso de los morrales. Tuvimos que hacer anclajes de nieve y bajar los morrales con sistemas de cuerdas, lo que consumió muchísimo tiempo. Pero por fin salimos del glaciar y decidimos abandonar algo de peso en el Campo Morrena y terminar de bajar al Base más ligeros, ya que la pendiente es súper empinada y un peso muy grande podía dañar nuestras rodillas.

Teníamos todo el día siguiente, antes que volviera el arriero con los burros, para subir otra vez a buscar lo que habíamos escondido en el Morrena. Lamentablemente, José se torció fuertemente un tobillo durante el descenso y la noche nos pilló aún lejos del Base y con una sola linterna. Yo había dejado la mía arriba. Cuando llegamos abajo, nos encontramos con un guía peruano, al que conocimos arriba y alojamos durante la única noche que nevó (él no tenía carpa y planeaba dormir al aire libre en una bolsa especial) y que estaba aún en el Base, y éste tuvo la oportunidad de devolvernos el favor.

Comida, alojamiento y desayuno a la cama fueron sólo algunas de sus atenciones, que transformaron una situación potencialmente muy incómoda en una anécdota muy agradable. La suerte continuó sonriéndonos y este grupo contaba con un caballo de emergencia que muy amablemente ofrecieron a José para que bajara hasta Cashapampa, ya que él no podía caminar sin sufrir un gran dolor.

Nos vemos en Huascarán Sur

Yo tuve que quedarme una noche más, ya que el arriero llegaría esa tarde para bajar todas nuestras pertenencias al día siguiente. El tiempo empezó a empeorar rápidamente, al punto que nevó en la tarde y parte de la noche. Y la lluvia nos persiguió durante todo el descenso hasta Cashapampa. Por fin, nos encontramos de regreso en Huaraz y en período de recuperación. Nuestro siguiente plan sería el Huascarán Sur (6768 metros). La fecha de salida dependía en gran medida del tobillo de José y de mis dedos. Esta ascensión la relataré será mi próxima nota sobre estas maravillosas experiencias en la Cordillera Blanca peruana.

Aparte de las montañas, la estadía aquí también es increíble por la gran variedad de personas que se pueden conocer, y en especial los peruanos, que han resultado ser los seres humanos más amables y de buena fe que he podido conocer. Bueno espero que hayan disfrutado del relato y que aún no se hayan dormido. Un fuerte abrazo y que cada uno de ustedes pueda subir a alcanzar sus sueños. En lo que a mí respecta, nos vemos muy pronto en Huascarán Sur.

Continuará...

 

 



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