Cicloturismo en Uruguay: Nueva Palmira - Carmelo
Silvana
Solá- Experta
Aventurarse
6:30, estación
fluvial de Tigre. Tramiterío previo al viaje con café
mediante. A las siete amarró la lancha que cruzaría
el río hasta tierras orientales; despachamos equipaje
y bicis e hicimos el obligado paso por migración. Cuando
nos quisimos acordar ya estábamos embarcados para partir,
y zarpamos apenas pasadas las 7:30.
Mariano -alias Bikerman, amigo y compañero infaltable
de travesías- prepara el mate mientras suspira por
Demetrio, que por quedarse dormido se perdió la salida.
Nueva Palmira
A las diez y media pasaditas, después de tres
horas de navegar por el Delta, arribamos al puerto de Nueva
Palmira, sobre el río Uruguay, en la vecina orilla
de la República Oriental del Uruguay.
Nueva Palmira es el segundo puerto más importante del
país hermano. Por su ubicación privilegiada
se lo llama "la Puerta del Cono Sur", ya que se
encuentra en la confluencia de tres grandes vías fluviales:
los ríos de la Plata, Paraná y Uruguay. Gracias
a esto, cuenta con una zona franca de cien hectáreas
para complejos industriales y grandes depósitos, que
trasladan sus producciones para reembarcarlas hacia todo el
mundo.
El pueblo y las playas están inmersos en una impactante
quietud. Desembarcamos a las 10:45, y tras un trámite
ultrarrápido preparamos las bicis; media hora más
tarde iniciamos el recorrido planeado. Como yo ya conocía
casi todo este circuito, mi objetivo principal era devorarme
kilómetro a kilómetro cada detalle y definir
si es posible realizar la travesía completa en un día.
Antes de dirigirnos al primer objetivo, Punta Gorda, hicimos
un pequeño paseo por la avenida Rivera de Nueva Palmira,
que bordea la costa con una vista esplendorosa. Recorrimos
la costanera con rumbo noroeste a lo largo de 1.300 metros,
hasta donde se termina el asfalto; luego desandamos el camino,
pasamos por la plaza y el monumento a Artigas, atravesamos
el puerto con dirección noreste por la calle 25 de
Mayo y desembocamos en el monolito que recuerda el 25 de mayo
de 1810. Allí mismo se encuentra el atracadero de yates,
desde donde tomamos el boulevard que sale a la izquierda y
se aleja del pueblo.
Para seguir nuestro circuito, doblamos a la derecha y luego
otra vez a la izquierda por la calle Ultramar (de balasto).
Ya habíamos recorrido 3,5 kilómetros. Por esa
misma calle, luego de andar dos cuadras, apareció un
asfalto que se abría en dos diagonales. La dirección
correcta es hacia la derecha pero tomando el camino de arriba,
o sea, el de la izquierda. Ante la duda, siempre vale recurrir
al paisano de turno. Todo es cuestión de seguir el
camino costero, pasando por toda la zona franca, las malterías
y silos.
Hasta aquí todo lindo. Pero en el kilómetro
5 nos esperaba el primer repecho; como siempre ahí,
estaban los abruptos descensos y las interminables trepadas
hasta llegar a Punta Gorda.
Punta Gorda
Mi compu marcaba ocho kilómetros y medio cuando
vislumbramos la laguna. Por supuesto, nos desviamos por la
barranca de ripio que teníamos a nuestra izquierda.
Abajo siguen dos caminos; tomamos el de la derecha, que nos
condujo a la playa a través de un atajo de arena. En
ese lugar cambié la calza de ciclista por la biquini
amarilla y me sumergí en las limpias aguas, donde no
existe rastro alguno de contaminación.
Ya eran las 12:40, de modo que decidimos por unanimidad almorzar
allí mismo. Más tarde abandonamos el sector
pic-nic tomando el camino de la izquierda y nos internamos
en el bosque, para atravesarlo por un rústico camino
de médanos que va virando hacia la derecha. Cuando
se bifurcó, elegimos por deducción el sendero
de la izquierda, que nos llevó al parador de Punta
Gorda: un mirador para regocijarse con la belleza de la vista
y un sendero de playas debajo de las abruptas barrancas. Está
situado justamente en el kilómetro cero del río
más ancho del mundo, donde el Uruguay y el Paraná
vuelcan sus aguas. El pasado histórico de la zona permanece
vigente: entremezclados con una inmensa variedad de especies
botánicas, pueden visitarse la Batería de Rivera,
la Pirámide de Solís y el rincón de Darwin.
Capilla de Narvona
Retomamos el camino principal de asfalto, como si regresáramos
a Palmira. A los 600 metros nos desviamos hacia la izquierda
y pedaleamos hasta empalmar con la ruta 21. Allí giramos
a la derecha y subimos al asfalto, sofocados por la alta temperatura.
Este tramo es bastante duro; lo ideal es realizarlo con una
preparación anterior o con mucha paciencia. Los repechos
de Darwin (llamados así por la visita ilustre que el
sabio realizó en 1833) generan altas velocidades en
sus bajadas, pero casi nunca alcanzan para completar las subidas.
Y con 38° C de temperatura, ¡ni les cuento!
A tres kilómetros del empalme encontramos el puente
Castells, sobre el arroyo Las Víboras. Sin cruzarlo,
trepamos por el camino de balastro que sale a la izquierda.
Luego de dos kilómetros llegamos a la Estancia de Narvona,
que recuerda a Juan Narvona, un español que llegó
a la zona en 1660 y descubrió las canteras de piedra
caliza. Allí nos recibió la señora María
Julia y sus mascotas. Gran conocedora de la historia, ella
fue la encargada de mostrarnos la antigua casona y la capilla,
que se mantiene en pie desde hace 280 años. Sus gruesas
paredes encierran historias de magnates, esclavos y traficantes
que huían por túneles de hasta catorce kilómetros
de largo, hoy cerrados.
Balneario Zagarzazú
Pasadas las 16, salimos del monte y doblamos a la izquierda
cruzando el puente, para retomar el camino hacia la ruta.
Por suerte, en este tramo se disfruta de la sombra, de ondulaciones
menos pronunciadas y un paisaje estrepitoso de médanos
y pinares. Sobre esa ruta se encuentra el complejo Madison,
refugio de ricos y famosos, donde pasar la noche cuesta entre
340 y 590 dólares. Ideal para cicloturistas...
Tras cinco kilómetros de pedaleada, desviamos hacia
la derecha durante 1.000 metros y desembocamos en el balneario
Zagarzazú: increíbles bosques de pinos con caminos
de pinachas y aroma fresco, que vale la pena recorrer. Es
un lugar muy poco conocido por los turistas, lo que lo hace
propicio para el descanso nómade; apenas cuenta con
unas pocas casitas de fin de semana y una cantidad mínima
de visitantes, aún en la temporada de verano.
Rumbo a Carmelo
A las 17 emprendimos el regreso, dispuestos a pedalear
los últimos ocho kilómetros hasta el pueblo
de Carmelo. Este tramo es casi todo llano; la ruta estaba
algo deteriorada, y el tránsito vehicular era abundante
pero respetuoso. Poco a poco, tras los campos sembrados de
viñedos, llegamos a la zona urbana.
Tomamos la calle Uruguay hasta la rambla Constituyentes (¡ojo
que la 19 de abril es contramano!). Allí doblamos a
la izquierda, y tras una cuadra cruzamos a la derecha sobre
el clásico puente giratorio a tracción humana
inaugurado en 1912. Existe una leyenda en el puente de Carmelo:
se dice que todo aquel que lo cruza, regresa. Yo puedo dar
fe, ya que voy por la cuarta visita.
Lo que vino de aquí en más es la recorrida habitual
de cualquier turista. Una vez pasado el puente, tomamos el
camino de la derecha y seguimos las señalizaciones
para visitar la Reserva de Fauna, el Casino, el atracadero
de yates (en esta época repleto de majestuosas y caras
embarcaciones argentinas de gran calado) y la playa Seré,
con toda su movida y su espectacular bosque. Allí se
encuentra el camping libre, que ofrece cuatro baños
públicos con duchas de agua fría absolutamente
gratis y en total orden, limpieza y seguridad, como generalmente
se da en todo Uruguay.
Nuestro viaje no terminó con los 42 kilómetros
acumulados en mi computadora. Una vez instalados en un rincón
de la playa Seré, mate de por medio, sólo quedó
esperar el atardecer y ver caer el sol al oeste, entre el
río y las islas. La luna llena se alzaba al este y
bañaba color a las bicis, fieles compañeras
e incansables guerreras que nos permiten gozar de la más
absoluta independencia y libertad.