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Cicloturismo en Uruguay: un nuevo circuito Colonia - Carmelo
Silvana
Solá- Experta
Aventurarse
Muy buenos motivos hay para cruzar el charco y recorrer la pintoresca
e histórica costa charrúa.
El Departamento de Colonia nos tiende una sorpresa después
de cada repecho. Las suaves ondulaciones del paisaje, profusamente
irrigadas por ríos y arroyos de cauce tranquilo, poseen
una forestación abundante de especies autóctonas
y exóticas. Esto lo hace sumamente atractivo, no sólo
por su belleza natural, sino también por sus maravillosas
reliquias arqueológicas y la cordialidad de su gente.
Así fue como un domingo, muy temprano, Beto (mi compañero
oficial de viajes) y yo embarcamos en Puerto Madero rumbo a Colonia
del Sacramento, adonde arribamos poco antes del mediodía.
Primer objetivo: Buscar un restaurante para festejar y brindar
por el inicio de una prometedora semana de vacaciones sobre nuestras
ya cascoteadas bicis. Primer percance: A pocas cuadras, saliendo
del puerto, la rotura de mi cadena ocasionó, que con paciencia
y voluntad, experimentemos una reparación que, hasta ahora,
nunca habíamos puesto en práctica.
Ahora sí, a comer; había un nuevo motivo para festejar.
Mientras hacíamos la digestión, pedaleando suavecito
durante un par de kilómetros, llegamos a la playa Ferrando,
donde hicimos un descanso reparador.
Playas El Calabré y Santa Ana - Arroyo Riachuelo
(al este de la ciudad de Colonia)
Con un itinerario basado en algunas suposiciones y otros tantos
consejos de amigos, encaramos la ruta 1 hacia la derecha, como
yendo para Montevideo. El estado del pavimento y la banquina es
regular. A tres kilómetros nos encontramos con el primer
gran desvío (sin señalizar). Doblamos a la derecha
y siguiendo el camino de ripio durante dos kilómetros,
desembocamos en una casi desértica y selvática playa:
El Calabré.
Como la idea era acampar en Riachuelo (a trece kilómetros
de Colonia), volvimos a la ruta 1, retomando la marcha lenta contra
el furioso viento que no cedía. Al encontrarnos con el
cartel indicador nos desviamos a la derecha por dos kilómetros
de asfalto hasta el atracadero de yates, donde no permiten acampar,
sólo usar los baños. Pedimos permiso en un campo
vecino, que muy pronto estuvo a nuestra disposición. Armamos
el iglú entre los eucaliptus, a orillas del arroyo. El
cansancio nos hizo caer rendidos en la bolsa de dormir, muy temprano
y sin cenar.
En la mañana del lunes, con las bicis descargadas, fuimos
de paseo a una granja cercana, donde además de aprovisionarnos
de alimentos de elaboración casera disfrutamos de una muy
bien conservada reserva de fauna.
Regresamos al campamento, llenamos las caramañolas, guardamos
el traje de baño en la riñonera y nos untamos con
bronceador. Subimos a las bicis y regresamos a la ruta, esta vez
con destino a las playas de Santa Ana. Mientras trepábamos
y descendíamos suaves repechos, el camino nos cobijaba
con sus galerías formadas por palmeras y eucaliptus. Constantemente
las bandadas de cotorras irrumpían el silencio, como también
el tradicional bocinazo de los automovilistas que nos saludaban
alentándonos.
Nos encontramos con un pequeño letrero: ?Santa Ana?. Giramos
a la derecha por un camino asfaltado que, en pocos metros, dio
comienzo a 1800 metros de ripio, que desembocaban en la costa.
Pero ¡atención...!, en un momento el camino se abrió
en varias diagonales. Para saber cuál era el correcto,
sólo usamos la intuición. Desde Riachuelo hasta
este balneario hay 1660 kilómetros. Tiempo empleado: una
hora con siete minutos.
Unas pocas casitas sobre las barrancas frente al río. Un
balneario desolado. Arenas blancas y firmes. Aguas calmas y descontaminadas
que nos invitaron al chapuzón. Unas cuantas brazadas y
a recostarnos a contemplar el cielo. Sesión de fotos como
postales de ensueños. Nada que envidiarle al Caribe.
Luego de la terapia desestresante, nos cambiamos la malla por
las calzas y volvimos al campamento. Después de almorzar,
le hicimos una visita a la cantera de piedras (quince metros de
profundidad) que se encuentra detrás de los baños
del atracadero, a unos doscientos metros. Por supuesto, no sólo
nos bañamos, sino que también practicamos saltos
ornamentales.
Al final de un día tan deportivo, bien nos merecíamos
una ducha caliente y una fogata nocturna.
Colonia
del Sacramento (fundada
por D. Manuel Lobo en 1680)
El martes a primerísima hora, y entre mate y mate, desmontamos
el campamento. Con el bulterío a cuestas y escoltados por
tres perros aquerenciados, dejamos atrás Riachuelo y regresamos
a Colonia, donde nos instalamos en el camping municipal ubicado
en el Real de San Carlos. Aquí detuve la computadora, que
indicaba 17,20 kilómetros en un tiempo de 1:05 hs.
Rápidamente armamos la carpa y un tendal de ropa húmeda.
Luego de quitarle todos los bultos a las bicis, salimos del camping
y pedaleamos cinco kilómetros bordeando la costanera, hasta
llegar al centro. Nos detuvimos para almorzar en una pizzería.
Más tarde pasamos por la Secretaría de Turismo,
donde nos colmaron de información, y llegó entonces
el momento adecuado para recorrer el Barrio Histórico.
Callecitas angostas, anchos muros de piedra, techos con tirantes
de madera bien dura, cañas, barro, tejas y quizás
su indudable atracción, su ?no sé qué? dado
por la antigüedad, por la armonía de su edificación
y la presencia, allí, del río y su espesa vegetación.
Definitivamente, ver su historia es entrar en un libro de cuentos.
Retomamos la avenida principal Gral. Flores hasta la avenida Roosevelt,
donde giramos a la izquierda una cuadra y luego hacia la derecha
por la calle L. Cassanello, donde a 300 metros nos encontramos
con el Parque Ferrando; se trata de un bosque de eucaliptus y
de pinos, con caminos de arena y tierra, con ondulaciones apenas
pronunciadas, curvas y contracurvas, ideal para circular con la
mountain bike.
Volvimos a la calle Cassanello y seguimos la señalización
durante más o menos un kilómetro. Arribamos al balneario
Ferrando, dejamos las bikes y caminamos hacia la derecha algunos
metros entre los juncos, hasta llegar a una grandísima
cantera de piedra con aguas cristalinas, en un marco de belleza
inigualable.
Casi con el atardecer, disfrutando la vista desde la Av. Rambla
Costanera, volvimos al camping.
Rumbo a Conchillas
Miércoles, 9 de la mañana. Luego de aprovisionarnos
de algunos víveres, pedaleamos tres kilómetros hasta
la rotonda que señala la ruta 21. El estado de el camino
es malo y no tiene banquina; por suerte el tránsito es
escaso y, obviamente, como en cualquier pueblo la gente es muy
respetuosa.
Poco a poco el campo fue mostrando su máximo esplendor,
al tiempo que los repechos de la ruta agudizaban su altura. Pasamos
el Parque Anchorena, al que no pudimos ingresar porque permanece
abierto sólo de jueves a domingos y se debe pedir un permiso
con diez días de anticipación para visitarlo. Después
de trasponer el Puente del Pelado, que cruza sobre el río
San Juan, el paisaje se ve mucho más bonito, por la panorámica
que ofrecen los cerros del mismo nombre.
Cuando nuestras colas nos reprochaban el trayecto de cuarenta
kilómetros, pudimos ver que en un pequeño letrero
decía ?Conchillas?. A pocos metros tomamos el camino de
balasto que se abre a la izquierda, casi todo es en bajada y con
tramos no muy buenos, pero transitables. A 7,60 kilómetros
apareció el pueblo, y con él el asfalto de la calle
principal, donde doblamos a la izquierda.
Sumamos seis kilómetros más hasta llegar al camping
y atracadero Copyc, a pocos metros de la costa. Sus dueños,
Mabel y Roque, son muy amables, y conversar con ellos fue sumamente
enriquecedor. Esa tarde, después de haber armado el campamento
a orillas del arroyo San Francisco, caminamos por los alrededores.
El puerto, las pequeñas playas, dos barcazas muy antiguas
de madera encalladas a escasos cien metros y un seductor sol de
atardecer despidiéndose en el horizonte componían
una pintura perfectamente equilibrada. Disfrutar de este espectáculo
bien justificó los 54 kilómetros recorridos en 3:18
hs.
El jueves hicimos honor a las vacaciones. Además de aprovechar
para emparejar, en la playa, las marcas de sol que nos habían
dejado las prendas ciclísticas, realizamos un tour por
el pueblo. Nos impactó una vieja factoría inglesa
de 110 años con casas de gruesas paredes de piedra asentadas
en cal o en barro, revocadas y pintadas de amarillo, con techos
-color rojo- de zinc a dos aguas. Singular por su estilo de edificación
y características arquitectónicas, nos hizo acariciar
la idea de conservar el lugar en su supremo valor de reliquia,
antes de que los retoques del modernismo destruyan su autenticidad.
Rumbo a Carmelo
El viernes saludamos a nuestros anfitriones y bajo un sol muy
tibio nos fuimos alejando de Conchillas. Siguiendo el camino principal,
totalmente asfaltado, tras 12,30 kilómetros tomamos la
ruta 21. Doblamos a la izquierda y sumamos 18,90 kilómetros
más, hasta la desviación que indica ?Calera de las
Huérfanas?. Para llegar hasta allá pedaleamos cuatro
kilómetros, acompañados de una paz inigualable y
la belleza de los viñedos a ambos lados de la carretera.
La capilla de la Calera, en total abandono, casi en medio de la
nada, pero todavía en pie desde el año 1741, se
encuentra dentro de la Estancia de las Vacas. Sus muros encierran
una singular historia que une los dos países del Plata.
Siguiendo por la misma calle durante 1600 kilómetros, nos
chocamos con una estancia. La entrada está cubierta por
una verde alfombra de césped más que tentadora.
Comimos, tomamos una siestita y reparamos una inesperada pinchadura.
A esa altura el asfalto había terminado, de modo que doblamos
a la izquierda por el camino de balasto, en muy buenas condiciones.
Entre trepadas pequeñas y descensos largos y rápidos,
en seguida vislumbramos el cerro de Carmelo, dentro de un paisaje
espectacular, que realmente no imaginábamos.
Al cruzar el puente del arroyo de Las Vacas vimos las primeras
casitas de la pequeña población El Cerro. Ahí
nomás, sobre la izquierda, se encuentran las canteras de
piedras (hasta treinta metros de profundidad). A unos pocos metros
-después de huir de una banda de chicos que nos perseguían
gritando al salir de la escuela, como si hubieran visto dos marcianos-,
doblamos varias cuadras a la izquierda, luego a la derecha y otra
vez a la izquierda un kilómetro, y cuando ya estábamos
mareados de tanto ?yirar? se terminaron los 11 km de tierra. Ya
estábamos en Carmelo, y en cinco kilómetros más
cruzaríamos el tradicional puente giratorio. La leyenda
dice: ?Todo aquel que lo cruza, regresa... siempre regresa?.
Sólo dos kilómetros más allá, llegamos
a las playas y la zona de camping libre, con baños públicos,
con duchas de agua fría y encargado las 24 hs, donde no
cobran ni un peso. Una ducha helada (demasiado para mi gusto...)
y unos mates bien calientes mientras recordábamos los 53
km recorridos en un tiempo de 3:15 hs cerraron la tarde.
Playa Zagarzazú - Estancia de Narvona - Punta Gorda
(al oeste de Carmelo)
El sábado, sin apuro alguno, volvimos a equipar las bicis.
Dimos algunas vueltas, compramos artesanías de cuero y
almorzamos en un restaurante. Más tarde, con la panza llena
y el corazón contento, montamos nuestros vehículos
y seguimos las señalizaciones hasta tomar nuevamente la
ruta 21 en dirección oeste. El estado de la ruta es bueno,
además se estaban realizando tareas de ensanchamiento.
En los primeros tramos continuaban las cepas de la industria vitivinícola.
A los ocho kilómetros doblamos a la izquierda, un kilómetro
más para llegar al balneario Zagarzazú (lugar recomendado
por Lourdes, personaje de Carmelo). Fue una muy buena idea visitarlo.
De todas maneras, antes de instalarnos, preferimos continuar con
el recorrido planeado y retomar la ruta surcando las lomadas charrúas,
cada vez más pronunciadas. El paisaje, cambiante, muestra
grandes médanos y bosques de diversas variedades de pinos,
hasta llegar, tras cuatro kilómetros y medio, al puente
Castells, sobre el arroyo Las Víboras. Al cruzarlo aparece
a la derecha una desviación de ripio que debimos trepar
durante dos kilómetros para llegar a la Estancia de Narvona.
Al volver la vista hacia el recorrido que dejábamos atrás,
veíamos el llano, la carretera y en la lejanía el
trazo azul del Plata, con la esmeralda alargada de la isla Juncal.
La casona y la capilla fueron declaradas Monumento Histórico
Nacional. Escondidas entre el monte, pegándose al cerro,
ocultándose como resentidas por el abandono y olvido al
que las relegaron, son uno de los testimonios más antiguos
de la época colonial.
Otra vez a la ruta: seguimos casi tres kilómetros y a la
izquierda nos encontramos con la entrada asfaltada a Punta Gorda
(no vimos ningún cartel indicador). Desde allí hasta
el parador hay seis kilómetros de durísimas trepadas
sobre los cerros de Darwin.
Disfrutamos la vista desde el mirador mientras merendábamos.
Más tarde regresamos a Zagarzazú justo a tiempo
para ver el atardecer.
Gustavo, el encargado del balneario, se brindó desinteresadamente
para todo lo que necesitáramos. Felices de haber armado
el iglú sobre las rubias arenas y al reparo de los eucaliptus,
el domingo prometimos no tocar las bicis, cosa que respetamos
religiosamente.
El lunes, apenados por el hecho de volver a Buenos Aires pero
satisfechos de haber superado los objetivos, desmontamos por última
vez el campamento y pedaleamos los nueve kilómetros finales
hasta llegar a Carmelo. Al revisar mi computadora, el odómetro
marcaba 282 kilómetros de recorrido total en siete días.
Los últimos momentos que nos quedaban los aprovechamos
para visitar la plaza Artigas y el Templo del Carmen. Cuando no
quedó más remedio, abordamos la lancha que en menos
de tres horas atravesó el Delta y arribó a Tigre,
donde terminó nuestro viaje.
Resumiendo, este país hermano conserva los recursos naturales
casi intactos; esto lo hace sumamente atractivo para la práctica
del cicloturismo. Por sus cortas distancias, su cercanía
con Buenos Aires y el cómodo traslado, de equipaje y bicis
en ferris o lanchas, permite recorrer varios sitios en el día
o en un fin de semana. Por ejemplo: este viaje se podría
fraccionar por lo menos en tres salidas cortas.
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Carreras
de Aventura por país
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