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Vacaciones en Bici
Silvana Solá -
Experta Aventurarse
Había una vez tres chicas totalmente desconocedoras del
cicloturismo. Nuestra primera gran aventura nos llevó
casi un año de preparación, que incluyó
un mini viaje 'simulacro' de tres días a Sierra de la
Ventana. Finalmente nos consideramos listas. Sólo un
valiente varón argentino fue capaz de acompañar
a tres audaces y testarudas mujeres dispuestas a cumplir, con
sudor y lágrimas, un objetivo muy planificado.
Sin saber lo que nos esperaba en un mes de vacaciones sobre
nuestras bicis, 'las montain bike women' = Soledad (22), Râma
(22) y Silvana (23) -quien relata-, llegamos a Junín
de los Andes vía micro desde Buenos Aires. Allí
nos reunimos con Beto (26), un 6 de enero a las 23 horas.
En la pequeña terminal de ómnibus fuimos abriendo
las cajas y armando las bicis. Después cargamos en ellas
el equipaje y pedaleamos hasta el camping del lugar. Habíamos
previsto pasar allí sólo esa noche, pero... armamos
nuestro iglú al lado de los únicos acampantes
del lugar, Samuel y Ramiro -dos bikers rosarinos macanudísimos-
y enseguida programamos un asado para la noche siguiente (el
plato principal, matambre al roquefort, se llevó todos
los aplausos).
El domingo 7 aprovechamos la estadía en Junín
y dimos un paseo con las mountain bikes. Costeamos el río
Chimehuín (uno de los pesqueros de truchas más
importantes del mundo). Intentamos cruzarlo andando, pero...
un resbalón, un chapoteo y tuvimos que arrastrar los
vehículos hasta la otra orilla. Recorrimos el pueblo
y subimos a un cerro por un camino en camino que por momentos
nos obligó a remolcar las bicis. En la cima, junto a
una inmensa cruz, sacamos fotos y emprendimos el descenso sobre
un camino muy arenoso, apretando los frenos. ¿Para qué
nos hubiera servido una caída el primer día? ¡Nooo!
En esta región los días son larguísimos.
A pesar de acostarnos muy tarde ese domingo, a diferencia de
lo que nos pasa en Buenos Aires, el lunes madrugamos contentos,
levantamos campamento y nos despedimos de nuestros nuevos amigos.
Hicimos una última parada en el pueblo para aprovisionarnos
y llamar a nuestras familias. Ahora sí... ¡a pedalear!
Primera meta:
Parque Nacional Lanín, acceso área Huechulafquen
Algo de ruta pavimentada y... mucho ripio, más ripio
y camino arenoso, que se compensaba con un paisaje alucinante
de río y montañas. Subidas, bajadas y al final
del camino nuestro señuelo: el imponente volcán
Lanín. Luego de 26 kilómetros, pasmados por la
vista, detuvimos la marcha: 300 metros más abajo nos
esperaba el lago Huechulafquen. Allí paramos a almorzar
y cargar las caramañolas. El camino se ponía cada
vez más difícil a causa del suelo arenoso y la
pendiente del terreno; a veces costaba mantener el equilibrio.
No todos teníamos el mismo estado físico, así
que con paciencia y buena voluntad tratamos de mantener el espíritu
de equipo.
Nos encontró la noche antes de lo previsto, un poco desesperados,
en plena ruta, lejos del agua y con sólo una opción
para acampar. A tres metros del camino, un pequeño huequito
nos permitió armar la carpa. Para no gastar la escasa
provisión de agua en la cocción de alimentos,
cenamos chocolates, nueces y un caldito para combatir el frío
después de un recorrido de 40 km.
La sirena de un camión de Vialidad nos levantó
sobresaltados para corroborar que la maldita máquina
no nos pasara por encima. Más tranquilos, desayunamos
pancitos con mermelada disfrutando el aire fresco y el pintoresco
paisaje. ¡Era un día espléndido!
Otra vez en la ruta; por suerte, esta vez con muchas más
bajadas que subidas. Luego de diez kilómetros, pagamos
$ 2,50 e ingresamos al Parque Nacional Lanín. Después
de reparar un pinchazo en mi rueda trasera acampamos en un lugar
entre muchos árboles, a orillas del lago. Después
tomamos coraje para el ?baño polaco?, lavamos la ropa,
reparamos las bikes y a descansar... Disfrutamos una noche de
estrellas, fogón e historias.
El miércoles, pasado el mediodía, cargamos nuevamente
las bicis y partimos hacia Puesto Canoa. El paisaje es espectacular,
increíble; digno de ser recorrido a seis kilómetros
por hora. Los viajeros que encontramos en el camino no dejaron
de sorprendernos: un padre y su hijo, también en bicicleta
y totalmente improvisados, llegaron a conmoverme con su entusiasmo
a pesar de la distancia generacional.
Cruzando puentecitos llegamos hasta el puesto de guardaparques,
donde nos enteramos de que no podríamos dar la vuelta
al lago por su margen sur ni acceder a las picadas por peligro
de posibles incendios. Ahí mismo decidimos tomar el último
micro de vuelta a Junín de los Andes.
Esa noche nos dimos el gusto de comer una grande de muzzarella,
mientras los propietarios de la única pizzería
del pueblo -sorprendidos por nuestra aventura- nos relataban
sus peripecias de mochileros de años atrás.
Rumbo a Chile por Paso Tromen
Mientras Beto y yo jugábamos a los técnicos mecánicos
con la regulación de los cambios, Sole y Râma se
encargaron de comprar frutas y pan. Los nubarrones negros que
cubrían las cumbres de las verdes montañas nos
asustaban un poco, pero confiamos en la sabiduría de
los lugareños y encaramos la ruta 60.
El primer tramo se presentó muy poceado y con pedregullo
suelto. Avanzamos a marcha lenta, rebotando entre los cascotes
del rugoso terreno y sumergidos en ocasionales nubes de polvo.
Varias veces tuvimos que detenernos para ajustar el equipaje,
y también retroceder en busca de alguna que otra alforja
perdida en el camino.
Poco a poco el suelo fue mejorando, al igual que el paisaje.
Las pendientes eran suaves y cortas. Pasamos por un río,
cruzamos puentes y subimos cerros de todas formas, colores y
tamaños, algunos rocosos y otros con abundante vegetación.
A medida que avanzábamos, el terreno se veía más
desértico; a pesar de varias subidas penosas, el resto
se sobrellevaba todavía con entusiasmo. De pronto...
algo interrumpió el silencio y nos hizo retroceder. Despavoridos
ocultamos las bikes y trepamos una pequeña meseta de
tierra floja; desde donde vimos pasar el inmenso arreo de vacas
que casi pone fin a nuestro viaje. Después de ver pasar
al último ejemplar, un ternero descarriado, volvimos
a la ruta tras la polvareda que dejaron, sorprendidos y muertos
de risa.
Con viento en contra, comiendo tierra, temblando de frío,
con los estómagos revueltos (tal vez por la altura) y
después de 35 kilómetros recorridos, decidimos
acampar y hacer un fueguito con urgencia, antes de quedar congelados.
A la mañana siguiente tomamos coraje y enfrentamos el
frío, el viento que seguía en contra y esas trepadas
interminables. Cruzando la zona más desértica
y sin agua a la vista llegamos hasta el cartel que decía
'Parque Nacional Lanín - Area Tromen'. A partir de ese
punto, la vegetación se vuelve mucho más densa.
Pensábamos que ya no faltaría mucho para llegar
a la aduana argentina, pero a medida que pasaban los kilómetros,
con el cansancio y la ansiedad, el camino se nos hizo eterno.
En un último esfuerzo, concluimos los 34 kilómetros
del día con la caída del sol. En la aduana, los
gendarmes nos informaron dónde acampar.
A la mañana siguiente hacía frío, así
que levantamos campamento en tiempo récord y de inmediato
nos instalamos en la oficina aduanera. Mientras esperábamos
el turno, aprovechamos para desayunar y disfrutar del volcán
Lanín que, tan de cerca, impresionaba.
Una vez cruzada la barrera, el paisaje cambió por completo.
El camino de cornisa era sumamente colorido, con pinares por
doquier y -lo mejor- prácticamente todo en bajada. Pasando
la carabinera a nuestra derecha, vimos una laguna verde esmeralda
con tonalidades fosforescentes. Arroyos, ríos y cascadas
aparecían a medida que descendíamos entre los
sombríos y zigzagueantes caminos. Después de 16
maravillosos kilómetros con mucho pedregullo suelto,
nos encontramos con Puesco, donde está la aduana chilena.
Tras la papelería habitual y su estricto control de equipaje
nos confiscaron un kilo de nueces, avellanas y almendras que
resultaban fundamentales para nuestra alimentación. No
hubo manera de conservarlo.
Dos kilómetros más allá, nos detuvimos
a almorzar en una granja sobre el río Trancura. Fascinados
por ese lugar paradisíaco, nos quedamos a pasar la noche
allí, en las cabañas de Lorenzo. Todos deberían
pasar una noche en la cordillera del sur chileno: incluye un
cielo totalmente iluminado, satélites y estrellas fugaces
que jamás podrían pasar desapercibidas.
Al día siguiente pedaleamos 19 kilómetros hasta
Curarehue, un pueblito perdido en el tiempo. Por esos caminos
aún pasan carros tirados por bueyes. Allí cargamos
las bicis en el último colectivo que partía hacia
Pucón. Este micro, cubierto de polvo y con aspecto de
haber cumplido su ciclo hacía rato, nos condujo a la
pequeña y pintoresca ciudad de Pucón en poco menos
de dos horas.
La ciudad del volcán
Nos instalamos en una hostería durante cinco días,
para disfrutar todas las actividades que nos ofrecía
el lugar. Por supuesto, tuvimos nuestro merecido descanso; no
faltó oportunidad de hacer vida de playa, en la orilla
del lago Villa Rica, tomar sol como lagartos sobre la oscura
y caliente arena volcánica, bañarnos y jugar voley.
Las actividades náuticas son muchas y los precios son
accesibles. El majestuoso volcán Pucón, todavía
en actividad, humea durante el día, y por la noche pueden
verse sus llamaradas.
En la calle principal, además de negocios de artesanías
mapuches con excelente trabajo en madera, hay montones de agencias
que ofrecen la ascensión al volcán. Para los más
haraganes, existe la opción de ver la cima desde un helicóptero.
También se ofrece el rafting que se practica en el río
Trancura; nadie que veranee en Pucón no puede perderse
la adrenalina que produce esta última actividad. Nosotros
no nos conformamos con una sola vuelta; nos animamos a la segunda
y... aún queríamos más.
Otra opción es la de alquilar caballos y obviamente
mountain bikes. En los alrededores hay infinidad de parajes
donde sólo se puede ingresar con mountain bike o 4 x
4: por ejemplo, Ojos de Caburga, que se encuentra a unos 25
kilómetros de Pucón. Es aconsejable salir por
la mañana y llevar alimentos sustanciosos, pues el camino
es duro pero vale la pena disfrutarlo. Puentes, arroyitos, ríos,
rápidos, remansos de aguas verdes, trepadas muy duras,
descensos con suelo de ripio y tramos arenosos acompañan
a algunas pocas casitas de ensueño, comunidades mapuches
y variada fauna y flora. Si bien es un paseo para disfrutar,
a la vez se trata de un circuito algo técnico, por lo
que se recomienda llevar casco, guantes, antiparras y equipo
de auxilio mecánico.
De vuelta a Argentina: la ruta de los Siete Lagos
Por falta de tiempo, salteamos una parte del diagrama planeado
y decidimos ir a San Martín de los Andes en micro. Allí
pasamos sólo una noche; a la mañana siguiente,
previa parada en la Secretaría de Turismo para pedir
información y mapas, encaramos la tradicional ruta de
los Siete Lagos, que nos llevaría hasta Villa La Angostura.
Para tomar la Ruta 234 se comienza bordeando cuesta arriba el
lago Lácar. El camino es firme, con algunos tramos serruchados
y otros asfaltados. El tránsito automovilístico
es insoportable; las piedras y el polvo que levantan vuelven
difícil disfrutar del paseo. Por otra parte, para quien
ame como nosotros la tranquilidad esta no es la mejor alternativa,
ya que además de los buses y minibuses con turistas de
toda índole, en cada lago confluye una invasión
de mochileros, ciclistas y acampantes en general. Conviene buscar
lugares más apartados y tranquilos -siempre dentro de
las áreas permitidas por los guardaparques- para ser
sólo uno y la naturaleza.
En Villa La Angostura
Luego de la habitual telefoneada a familiares y amigos, hicimos
las averiguaciones pertinentes para decidir dónde acampar
a gusto; ya que habíamos resuelto pasar cuatro o cinco
días en La Angostura.
Una vez instalados, limpios y con los estómagos llenos,
reorganizamos las alforjas e intercambiamos elementos entre
Beto y nosotras. El único varón del grupo se iría
al día siguiente, a primera hora, pedaleando sin compañía
los ochenta kilómetros que lo separaban de Bariloche.
Allí lo esperaba el micro con destino a Buenos Aires.
Al día siguiente, y luego de la usual despedida con la
mano en alto, las tres nos miramos. Por un momento nos preguntamos
¿y ahora qué? No fue más que la primera
sensación, ya que en realidad todo estaba más
que bajo control.
A falta de un hombre, continuamos las vacaciones poniéndole
el pecho a la aventura. No faltaron los machistas que desacreditaron
nuestra capacidad de supervivencia, pero se embromaron: no les
resultó fácil superarnos. Tuvieron que conformarse
con pedalear a la par de nosotras, y más de una vez nos
pidieron auxilio técnico-mecánico.
Aprovechamos los días de La Angostura para lucir nuestras
biquinis al sol, hacer trekking por los bosques y olvidarnos
del tiempo. Tanto que, entusiasmadas por la pesca de truchas
con una mosca prestada, salimos de día y nos atrapó
la oscuridad sin linterna, sin velas ni sol de noche. ¡Qué
susto! ¡Qué difícil encontrar el camino
de vuelta a nuestra carpa-hogar! Lo peor es que la única
trucha que parecía haber en la lagunita huyó cuando
ya la teníamos casi atrapada, y nos dejó sin cena.
Camino a Bariloche: el final de la aventura
Juntamos los bártulos y saludamos al dueño del
camping. Silbando bajito subimos a la ruta; nos esperaban ochenta
largos kilómetros totalmente asfaltados hasta Bariloche.
El sol pegaba fuerte, y en las bajadas el viento molestaba.
Los colores del paisaje desbordaban nuestra emoción.
Casi todo el recorrido bordeamos el Nahuel Huapi, hasta que
se abrió ante nuestros ojos una bahía desde donde
se veía la ciudad de San Carlos de Bariloche. Paramos
dos veces para comer y cargar las caramañolas.
Los últimos veinte kilómetros antes de llegar
a Bariloche son realmente peligrosos, hay que tener precaución
y circular por la banquina. La ruta angosta, la gran cantidad
de vehículos que la atraviesan (principalmente tránsito
pesado) y el fuerte viento pueden generar accidentes mientras
no se tomen las medidas pertinentes en protección a los
ciclistas.
Al llegar al final del recorrido, después de instalarnos,
descontracturar los músculos y sacarnos el polvo del
camino bajo la duchita caliente, pusimos a descansar las bikes.
Decidimos salir a recorrer el Centro Cívico, como lo
hacen los estudiantes.
Durante un par de días vimos nevar en pleno febrero.
Compramos chocolates y souvenirs con los pocos morlacos que
nos quedaban. Hicimos sociales, y... tomamos aliento para enfrentar
el regreso a la vida cotidiana en Buenos Aires: el smog, el
trabajo, el estudio y las pálidas económicas que
nos dejaron en rojo. Cada una había roto el chanchito
para disfrutar de la más digna aventura: treinta días
de cicloturismo donde aprendimos de todo.
Recomiendo estas vacaciones a cualquiera. Es saludable, económico,
ecológico y enseña a enfrentar la otra aventura
de todos los días con una filosofía renovada.
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Carreras
de Aventura por país
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