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Cicloturismo en Uruguay :
Alrededor de la Reserva Ecológica "La Laguna", en Aguas Dulces

Silvana Solá
- Experta Aventurarse

Pocos lugares en el mundo tienen tan variados paisajes en un radio de tan cortas distancias. La Reserva de la Biósfera La Laguna, área protegida y declarada por la UNESCO, fue el lugar elegido como punto de partida para realizar diversas travesías.

Sin lugar a dudas fue la mejor elección para pasar mis pocos días de descanso. Allí pude experimentar todo tipo de turismo alternativo, siempre acompañada por mi Haro Bike, que debió pasar por distintos terrenos y se sometió a grandes pruebas con un rendimiento sorprendente.

Como era de suponerse, la llegada de mi ?chiva? (así es como los charrúas denominan a las bicis) al pintoresco Aguas Dulces dio que hablar a los gurises del pueblo. Minutos más tarde, conocí a los anfitriones y dueños de la reserva, Claudia y Daniel. Después de saludarnos cargamos mi equipo en la camioneta y partimos.

Para ingresar hay que trasponer el monte entre dunas y pinachas durante un kilómetro y medio. Llegar al lugar por primera vez de noche y sin guías es una aventura casi imposible de realizar.

Una vez instalada en la choza, a la luz de una vela, armé mi cama como pude y, casi instantáneamente, el sueño me venció en medio de un concierto de grillos, ranas y sapitos. Al despuntar el alba, me di cuenta de que había amanecido en un lugar encantador.

La reserva agreste, con construcciones rústicas, agua caliente y hamacas paraguayas, recuerda la Isla de Gilligan o el estilo Robinson Crusoe. Actualmente posee ocho cabañas construidas en madera y techo de paja, con muebles de tronco, calefacción a leña e iluminación con velas. Ideal para sustraerse del eterno estrés producido por las tumultuosas ciudades y la rutina diaria.

En la reserva se pueden realizar variadas actividades náuticas, desde remar en una balsa de troncos hasta navegar en un liviano bote a vela o pasear en hidrobike. Y si esto no fuera suficiente, se puede optar por complementar con la contemplación de la flora y la fauna acuática, o participar en forma activa tal como lo hace Claudia. Desde hace años, pensando en preservar y convivir con la naturaleza en un mismo ecosistema, alimenta mañana tras mañana a los peces de la laguna (colita colorada, dentudos, castañetas y bagres que solo rondan el muelle de noche pudiéndoselos ver con la luz de una linterna). Poco a poco, con migas de pan que sostiene al ras del agua, logró que los peces se acercaran a comer. Se amansaron a tal extremo de que algunos hasta se dejan acariciar. Cuenta Claudia que los más pequeñitos, que medían apenas un centímetro hace un tiempo, ahora ya son adultos de casi 25 centímetros.

Otros moradores de la laguna que se encuentran en su hábitat natural son los caracoles de aguas dulces, tortugas, lobitos de río y carpinchos.
Entre algunas especies de la flora de las islas flotantes de la laguna podemos apreciar los curupíes, extraños en el lugar, ya que los árboles no son frecuentes en las islas flotantes.

Este no es un lugar común, no son las habituales vacaciones donde no se conoce a nadie. Aquí el tiempo se pasa entre amigos de principio a fin. Uno puede planificar con antelación el itinerario a recorrer durante la estadía o conocer el lugar con la guía que ofrecen en la reserva.


Primer circuito: Reserva Monte de Ombúes

A pesar de haber proyectado previamente parte de la ruta, me encontré con una isla que poseía más opciones que el mapa. Comencé a pedalear junto a Mía, una experta baqueana, con destino al Monte de Ombúes. Desde La Laguna cortamos camino durante tres kilómetros por los campos vecinos a la reserva, hasta que no encontramos con la ruta 16. A pocos metros empalmamos con la ruta 10, y tras pedalear durante quince kilómetros llegamos hasta el puente del Arroyo Valizas. En el puente están las barcazas que hacen el cruce hasta el Monte de Ombúes, navegando durante cinco kilómetros por un hermoso recorrido. Otras opciones ecoturísticas son recorrer el bañado costeando el arroyo a pie, a caballo o también en bicicleta. Realizar esta travesía en bici no es nada sencillo; los más aventureros deben estar preparados para las eventualidades mecánicas y la inevitable mojadura.

Al llegar a la reserva, el monte de ombúes más grande del mundo, es fácil encontrar guías para recorrerla. Con ellos se aprecian las distintas especies de esta solitaria hierba gigante, que cuentan, en muchos casos, con hasta 800 años de vida. Los añosos troncos se retuercen para tallar las sombras más extrañas sobre el suelo uruguayo.

De regreso, al desembarcar en el puente del arroyo, Mía me condujo a uno de los puestos de comidas tradicionales, donde saboreamos exquisitas empanadas de cangrejo cuando ya casi oscurecía. Conectamos las luces y en no más de sesenta minutos estábamos nuevamente en Aguas Dulces.


Segundo circuito: la playa y el pueblo

Desde la reserva hay otro circuito que permite sacarle el jugo a la mountain bike. Es un recorrido totalmente natural, sin señalizar, corto pero muy explosivo; con partes trabadas, técnicas, mucha arena y hasta con dos rústicos puentecitos para cruzar. Para recorrerlo es necesario internarse en el monte por el sendero principal, que lleva al pueblo. A mitad de camino se encuentra el cauce de un río prácticamente seco; quien lo siga con la precaución de no perder la huella chocará con un gran médano a menos de dos mil metros. La misma intuición lleva a treparlo raudamente y, una vez arriba, ¡guauuu! Una vista panorámica del mar abierto de Aguas Dulces, enormes y desiertas playas, a lo lejos las casitas del pueblo y más allá los gigantescos médanos de Barra de Valizas. A esa altura, con la entrada en calor que uno trae, ni el frío ambiental es obstáculo para darse un chapuzón en esas cálidas y transparentes aguas.

Para regresar hay dos alternativas. Una es desandar el camino de ida (unos dos kilómetros y medio); la otra, seguir por la costa hasta el pueblo (dos kilómetros) para después recorrerlo y desde allí pedalear otro tanto hasta llegar a la reserva.

Aguas Dulces tuvo su origen en las cabañas que los habitantes del cercano Castillos, principal poblado de la zona, construían frente al mar. Aunque en los últimos años ha recibido una sostenida corriente turística, sigue conservando ese aire de pueblerino de entonces, con su calle central paralela al mar y, sobre la misma playa, una línea de ranchos de madera.

Al terminar mi visita al pueblo, retomé unos metros por la calle del boulevard (ruta 16), doblé a la derecha por la calle del Policlínico, seguí hasta el fondo y volví a la reserva por el camino principal, que atraviesa el monte durante un kilómetro y medio. Por fortuna, después de la ardua fatiga me esperaba una sabrosa comida casera. Para completar el resto de la tarde, disfruté un descanso con todas las posibilidades que brinda La Laguna.


Tercer circuito: la zona de Castillos

Uno de los amigos que gané en estas vacaciones es Pablo –popular ciclista de ruta en Uruguay– quien no dudó en guiarme en una travesía de 50 km por las afueras de Castillos.

Esta ciudad está situada a doce kilómetros de Aguas Dulces, en línea recta hacia el oeste. El paseo también puede contratarse en la reserva, con servicio de guía, vehículo de apoyo, traslado de las bicis hasta el punto de partida y almuerzo tipo vianda.

Yo recomiendo hacer una entradita en calor antes de encarar los abruptos repechos de la ruta 16, que va desde Aguas Dulces hasta Castillos, continúa por los caminos de Las Cuchillas de la Carbonera y La India Muerta y regresa por el Camino del Indio. Casi todo el recorrido se pedalea sobre ripio bien apisonado, suave y rápido, con excepción de un tramo de pastizales y un sector de sendero marcado por el paso de algunos vehículos.

En general, el paisaje es de cerros, con suaves repechos de hasta 500 metros y aglomeraciones de palmares de butia. Esta especie es autóctona de Uruguay, y alcanzan los grados de concentración más elevados del mundo en la zona de Rocha.

Muchas leyendas se tejen entorno a la verdadera antigüedad del palmar. Ultimamente se encontraron coquitos en los cerritos (tumbas de indios que datan de hace tres mil años).

En los meses de marzo y abril, los frutos de las palmas están maduros. Con la pulpa de butia, los lugareños elaboran dulces y licores artesanal que luego venden en puestitos al costados de la carretera.


Cuarto circuito: Punta del Diablo y Parque Nacional Santa Teresa

Esta salida la compartí con Paula, digna mujer uruguaya al manubrio, una multideportista (handball, natación, pedestrismo, y surf) con currículum suficiente, predisposición y voluntad como para bancarse semejante aventura de destreza física. Paula no tenía bicicleta, y lo único que le conseguimos fue una ?mountain chiva? tan precaria que no tenía ni frenos. Nadie se imagina las peripecias que tuvo que hacer para frenar en los descensos, cada vez que a mí se me ocurría la brillante idea de sacar una panorámica del camino.
Después de la madrugada, equipamos las bicis y partimos rumbo oeste por la ruta 16. Pedaleamos durante diez kilómetros hasta la intersección con la ruta 9; allí tomamos el rumbo norte.

La 9 es excelente, tiene una banquina muy prolija de veinte metros de ancho. Desde la intersección de las rutas pedaleamos treinta kilómetros hasta Punta del Diablo; buena parte del camino, a la vera de la Laguna Negra. Desde el ingreso mismo de Punta del Diablo hasta la costa hay cinco kilómetros de camino mejorado con serruchos. Este es un verdadero pueblo de pescadores, y sus habitantes permanecieron durante años aislados, abocados a la pesca del tiburón.

La arquitectura informal y atractiva con la que creció el pueblo le da continuidad a ese aire rústico de aldea marina. En el extremo de la punta rocosa, numerosos puestos de artesanías trabajadas sobre vértebras de tiburón le dan un toque aún más pintoresco al conjunto.

Después de la obligada cervecita -previa zambullida en las aguas verde-azules- volvimos a la ruta 9 para superar los últimos cinco kilómetros que nos separaban de la playa de Laguna Negra. A nuestra derecha se abría el inmenso Parque Nacional Santa Teresa, de tres mil hectáreas pobladas por más de dos millones de árboles. Allí hay una enorme variedad de lugares para visitar: entre ellos, el Invernáculo, la Pajarera, el Sombráculo, el Chorro, la Capitanía, las costas con médanos y morros. Sin embargo, lo que más se destaca es la antigua Fortaleza de Santa Teresa, el mayor monumento histórico de Uruguay. Esta construcción portuguesa de mediados del siglo XVIII es hoy un museo; su estado de conservación es impecable, y merece ser recorrida en toda su extensión. Completa una hectárea de historia con muros de doble piedra, balas de cañón, material de alfarería, antiguos uniformes, muebles y objetos de antaño.

El parque cuenta, además, con una zona de camping con todos los servicios, baños con agua caliente, agua potable, luz eléctrica, recolección diaria de residuos, bomberos, transportes y teléfonos.

Luego de 51 kilómetros de recorrido, ya entrando la noche, regresamos en micro hasta Castillos, desde donde –de regreso a Aguas Dulces– pedaleamos los últimos once kilómetros a la luz de la luna, las estrellas, las luciérnagas, el destellador trasero de mi bici y lo poco que quedaba de carga de mi luz delantera.

Al llegar a la reserva, lo único que restaba era una buena ducha y la cena casera que Daniel preparaba, musicalizada por el concierto de grillos en el parador flotante.


Quinto circuito: Barra de Valizas, Cerro Buena Vista y Cabo Polonio

Otras excursiones para no perderse son las de Barra de Valizas, el cerro Buena Vista y el mágico Cabo Polonio. Pueden realizarse también combinando cabalgatas, bicis y caminatas; para llegar a estos puntos hay de infinidad de formas. Por la playa tenemos cinco kilómetros, ideal para cabalgar (alquiler de caballos en la reserva). Si la arena está bien apisonada, la bici es otra buena alternativa para quien se anime. Sorteando algunos baches por la ruta 10, se pedalean siete kilómetros hasta la entrada a Barra de Valizas; ahí quedan cuatro kilómetros y medio de suelo mejorado con serruchos hasta la desembocadura del arroyo.

Este es el lugar para dejar el transporte. Si la Barra está cerrada y forma una piscina natural, se puede cruzar el arroyo caminando a pie. En caso contrario, los aventureros pueden nadar; también está la opción de cruzar en bote, por apenas unas monedas.

Una vez del otro lado se camina incesantemente por más de una hora, un poco por la costa y otro tanto escalando médano tras médano hasta la cumbre del cerro Buena Vista. Esta es la duna más alta de Sudamérica; está a sesenta metros sobre el nivel del mar, y desde allí se puede ver el Cabo Polonio y la Laguna de Castillos. Mucho más al norte de Aguas Dulces, se pierde la imagen de las dunas, y se empieza a divisar una serie de islas con formaciones rocosas en la línea del horizonte. Encontraremos varias más si continuamos la caminata hasta el Polonio, a tres largas horas de allí.

La típica actividad económica de los pobladores de la zona es la pesca del camarón, que se lleva a cabo en el arroyo Valizas y la laguna de Castillos. Ver las docenas de lucecitas de pescadores que esperan impacientemente atraer al camarón es todo un espectáculo.

Otra posibilidad para llegar a Cabo Polonio es a contratar vehículos especiales, o carros tirados por caballos. Para el biker kamikaze, desde la intersección de la ruta 10 y la entrada que lleva a ese místico pueblo de pescadores (algo más de quince kilómetros) hay ocho kilómetros de duro recorrido. El andar se aliviana si se ingresa en bici después de una lluvia y siguiendo los pastos.

En Cabo Polonio encontramos una de las reservas de lobos marinos más importante del mundo. Se dijo muchas veces que el lugar conserva su aureola de paz y de intensa naturaleza a causa de su inaccesibilidad en automóvil. Sus pobladores se resisten a que llegue hasta allí no sólo una carretera, sino también la red eléctrica.

Como en otros lugares de interés ecológico, el turista que llega debe llevar siempre consigo una bolsa, para arrojar sus desperdicios y no contaminar el entorno. Por supuesto, también es importante respetar a los lobos marinos mientras duermen su apacible siesta sobre las rocas.


En resumen:

Unas vacaciones para relajar el alma, la mente y los
músculos sin perder el entrenamiento. ¡Bah!; en realidad, sin achancharse.


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