Cicloturismo
en Uruguay:
Canteras del Cerro de Carmelo y Calera de las Huérfanas
Silvana
Solá -
Experta Aventurarse
Aire puro, aguas limpias, campos prolijos, gente gaucha
y pueblitos históricos son algunas de las características
que encontramos en todo el interior de la República
Oriental del Uruguay.
Parece otro mundo y está tan cerca de casa...! Es un
pequeño oasis casi inexplotado para el turismo. Mejor
aún para quienes queremos conservarlo en su auténtico
estado de conservación.
Esta es particularmente una zona ideal para el desarrollo
del cicloturismo cultural, ecológico y deportivo, dado
que tanto el circuito Nueva Palmira-Carmelo como el que aquí
presento son calificados para cicloturistas de nivel medio.
En él pueden cuajar también principiantes tenaces
y obcecados que sientan el desafío como meta por encima
de los dolorosos síntomas musculares, y ciclistas avanzados
que sepan acoplarse a un ritmo prudencial. El objetivo es
disfrutar cada secreto en las historias guardadas kilómetro
tras kilómetro.
El circuito 'Calera de las Huérfanas y Canteras del
Cerro de Carmelo' comienza en el puente giratorio de Carmelo.
Una vez que se lo cruza, la calle que sale a la derecha conduce
a las playas Seré y el de la izquierda es la Ruta 21,
todo está señalizado en un cartel donde figuran,
entre otras, las distancias a Colonia, Conchillas y Calera
de las Huérfanas (17 km) ¡ahí vamos!.
Silbando bajito por la ruta, repechito por repechito y respirando
el aire fresco de los eucaliptus.
Más o menos a los 16 kilómetros, aparece un
pequeño e insignificante letrero que indica un desvío.
Hacia la izquierda está el camino de vitumen. Luego
de tres kilómetros de un apacible recorrido entre viñedos,
daremos con el primer objetivo, situado dentro de la Estancia
de las Vacas. Es La Capilla (Calera de las Huérfanas),
donde se nucleaban hace más de doscientos años
las actividades de dicho campo, administradas por Don Juan
de San Martín hasta 1774.
También fue el lugar de nacimiento de los hermanos
mayores del libertador de nuestra patria. Luego el establecimiento
quedó a cargo de los religiosos 'de la caridad', quienes
en Buenos Aires dirigían el 'Colegio de las Niñas
Huérfanas' y a donde se destinaban los recursos de
la estancia, que lleva su nombre en honor del colegio.
Poco a poco, los resplandecientes campos decayeron hasta su
total ruina, después de fraccionarse y venderse a más
de treinta nuevos propietarios. A causa de las guerras, las
demoliciones y el total abandono, el lugar conserva desde
entonces la misma apariencia. En 1938 fue declarado patrimonio
público en carácter de monumento nacional. De
la capilla sólo quedan vestigios de paredes, cimientos
y hornos. Doy fe de que semejantes pilas de ladrillos en el
medio de la nada impresionan y sorprenden a quien conoce sus
historias y leyendas, que incluso las unen a nuestro pueblo.
Luego de esta parada cultural obligada, se debe seguir esa
misma calle; 1.600 metros más allá, una casona
de estancia impacta por lo bien conservada que se encuentra.
Allí se acaba el asfalto, y si aún está
la única señalización, indicará
que el camino de la derecha va a un pueblito llamado Campana.
Allí hay que girar a la izquierda, como si se volviera
a Carmelo. El camino atraviesa el campo y permite disfrutar
de un paisaje inesperado de cerros, a través de un
delicioso sendero enripiado, prácticamente todo en
bajada. Así se descubre el por qué de la denominación
del cerro de Carmelo.
Al cruzar el deteriorado puente por sobre el Arroyo de las
Vacas se ven las primeras casitas, que indican que ya falta
poco para llegar a la pequeña población llamada
El Cerro. Sobre la izquierda está una de las canteras
de piedra, de hasta treinta metros de profundidad. De estas
canteras se extrajeron los materiales con los que se construyeron
los más importantes edificios históricos de
nuestro país. Hoy, colmadas de agua, se conservan cristalinas,
con un radiante color azul que invita al chapuzón.
Suelen ser muy utilizadas por los clubes de buceo para el
aprendizaje de los alumnos.
Todo el entorno casi virgen de la cantera es ideal para los
amantes del buen mountain bike, pero ojo: casi no hay senderos
marcados, y sobran espinillos.
De aquí en más, siguiendo por los mismos caminos
de balasto y con un poco de sentido de la ubicación
(dado que en el medio del campo son pocas las referencias
que se pueden dar), se vuelve al pueblo de Carmelo por un
camino rodeado de plantaciones de uva. Hasta aquí la
computadora debe marcar que once kilómetros fueron
pedaleados sobre senderos de tierra. En cinco kilómetros
más, trasponiendo calles, antiguas casas con sus puertas
abiertas, bicis y motos sobre el cordón de las veredas,
plazas, iglesia, museo, algunos hoteles, almacenes de ramos
generales, y la Secretaría de Informes y Turismo, casi
sin que uno se cuenta se arriba otra vez al puerto, la rambla
y el ya famoso puente giratorio, donde concluye este circuito.