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Parapente
Récord argentino de distancia

Luis Rosenkjer - Experto Aventurarse


Desde el jueves anterior teníamos ya todas las fichas puestas en el sábado 2 de diciembre, pues los pronósticos anunciaban un enfriamiento de las capas altas, que hasta ese momento habían estado muchos días por encima de la temperatura media. Esos días habían sido días muy estables. Nos permitían volar, pero producían térmicas débiles y techos bajos, lo que no nos permitía ganar demasiada altura. Efectivamente, después del pasaje de un frente frío, con viento sur-sudoeste, salimos una vez más hacia el despegue ubicado unos 10 kilómetros al oeste de la localidad de Catriel, en la provincia de Río Negro. Eran las 11:00 de la mañana. El día estaba algo fresco.

En el despegue, el viento estaba al límite, a unos 20 km/h. Preveíamos un aumento del mismo, por lo que programamos mudar los remolques hacia el norte, a una zona habitualmente con aire más calmo.

A las 12:00 comencé a preparar el equipo y, una vez más, Ale Pachocki, nuestro Observador F.A.I. -Federación Aeronáutica Internacional-, preparó las planillas, selló la maquina de fotos, el variómetro y otros implementos para intentar, por décima vez, un vuelo de distancia de 260 kilómetros. Lograrlo significaría conseguir un nuevo récord mundial de distancia en parapente. El gol (la llegada) estaba prevista en la localidad de Los Overos, en la provincia de San Luis.

El despegue

La baliza de partida estaba ubicada en un puesto a 2,45 kilómetros del lugar de despegue. Eran las 12:30 cuando me remolcó Eduardo. Al ratito observé que Martín Galligo, quien se encontraba también en el aire, no logró nada y se disponía a aterrizar. Entonces, decidí no soltarme del remolque hasta lograr al menos 600 metros sobre el piso. Fue una salida bastante turbulenta, subiendo casi en el lugar, pero con una fuerte deriva hacia la izquierda, pues la ruta no estaba perfectamente alineada con el viento.

Al igual que en muchos vuelos anteriores, cuando me encontraba a 200 metros del suelo, encontré una térmica interesante y la tentación de soltarme resultó más fuerte que lo planeado en frío.

Después de soltarme comencé a girar desordenadamente, lo que me derivó rápidamente hacia la baliza de partida. Logré ir en forma recta hacia allí, a unos 60 km/h., tomé la foto de rigor y justo encima, pero ya con muy poca altura, enganché una térmica suave.

No subía mucho. Pero sabía que si la perdía caería en un lugar que no ofrecía la posibilidad de un rescate coherente. Eran unos 6 a 8 kilómetros de campo con espinillo.

Afortunadamente logre subir a 1.300 metros sobre el despegue. Ya tenía altura suficiente para llegar casi hasta el Puente sobre el Río Colorado. Fui rápido a causa del viento a favor. Por momentos llegaba a los 75 km/h. Unos 2 kilómetros antes del puente, estaba otra vez muy bajo, sólo 200 metros sobre el piso, pero una térmica muy turbulenta me subió otra vez a los 1.300 metros.

Llegaron las térmicas

Durante la siguiente hora de vuelo, logré mantenerme entre los 700 y los 1400 metros sobre el suelo, girando demasiado, pero también avanzando rápido gracias el viento.

Recién a las 14:30, al norte de Puelen y cerca de una laguna, superé por primera vez los 2.000 metros de altura. El cielo era completamente azul y no había un sólo dato desde arriba. A las 16:00 ya había alcanzado los 2.300 metros.

A todo esto, el vehículo de rescate, con Matías al volante, venía a unos 30 o 40 kilómetros detrás de mí, siguiendo también los vuelos de Martín y Ale. Ellos aterrizaron a los 108 y 124 kilómetros del despegue, respectivamente. Por suerte, sin demasiada dificultad subieron a la Patrol junto con Matías.

Cuando llegaba a Algarrobo del Águila, a eso de las 17:00, el viento rotó un poco hacia el S-SE y se me hizo difícil seguir la ruta planeada para llegar a Santa Isabel, y de allí hacia Los Overos, que era el gol declarado. Decidí, entonces, abandonar ese objetivo, pues me quedaban como máximo 2 horas de vuelo. Aún faltaban 80 kilómetros, imposibles con viento de lado.

Cambio de planes

Llamé al rescate para avisar que seguiría la línea del gasoducto hacia el norte. "Estamos a 50 kilómetros, pero igual mandáte", fue la respuesta desde la Patrol. Y así fue. Ellos se las ingeniaron para seguirme. Fue entonces cuando las baterías de mi radio comenzaron a flaquear. La siguiente media hora de vuelo fue lenta. Me encontraba sobre los bañados del Atuel y el rescate llegó justo para ubicarme antes que mi radio se muera. Podía escuchar pero no emitir. Por fortuna, Ale Pachocki me seguía dando indicaciones claras y me animaba a seguir. Ellos se las arreglarían para seguir por un camino paralelo al gasoducto. En un planeo, decidí sacrificar las 4 baterías del GPS y otras 2 que tenía de repuesto para la maquina de fotos, poniéndoselas a la radio. Estaba con mi flamante Top Navigator, por lo que el GPS no era tan fundamental.

La llegada y el festejo

Al rato observé detrás de mí, a unos 15 kilómetros, la polvareda de la Patrol que venía haciendo "todo terreno". Como ya podía comunicarme otra vez por la radio, les comuniqué mi intención de seguir por el gasoducto hasta que se acabe. Ale me decía que siguiera nomás y que de algún modo me encontrarían.

Iba siempre unos 10 kilómetros adelante. El vuelo finalizó a las 19:20, a unos 2 kilómetros del camino secundario Nº 152, en la provincia de Mendoza. Cuando llegó el rescate, me abracé inmediatamente con Ale. Sabía que para él se trataba de un vuelo con tanto valor como el que tenía para mí.

El despegue había sido en Río Negro. Sobrevolé, luego, todo el oeste pampeano y aterricé por fin en la provincia de Mendoza, a 254 kilómetros de la baliza de partida. El gol prefijado quedaba más o menos a la misma distancia del despegue, pero unos 50 kilómetros hacia el este, del otro lado del río Salado, y en la Provincia de San Luis. Sigue pendiente y espero que pronto sea realidad.

Luego de haber volado tantas horas en los últimos 30 días con mi AVAX RX, me siento realmente cómodo y debo confesar que es un gran placer. De todos modos, y para ser consecuente con mis ideas sobre la seguridad y las velas de competición, he decidido no competir más, pues considero que la presión de la competencia y las exigencias de estos parapentes implican más riesgo del que estoy dispuesto a asumir.

Eventualmente, y mientras tenga la posibilidad de inscribirme, intentaré entrar en alguna PWC -Copa de Mundo de Parapente- con la vela Perfo -tipo de parapente más seguro- de turno, para no perder el contacto con ese mundillo y aprender siempre algo nuevo.

Mientras tanto, toda esa energía que no gastaré en las competencias, la dedicaré a hacer kilómetros en varios lugares. Espero sorprenderlos con algún nuevo récord durante los próximos tres meses.

 



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