|
Buceando
en las islas Galápagos
Fernando
Ros - Aventurero
Las
islas Galápagos se encuentran en el Océano Pacífico a unos
1000 kilómetros de Ecuador. Debido a su posición, justo
en la línea del Ecuador, hacia ellas fluyen dos corrientes
marítimas: una de Panamá, caliente, y otra de Perú, fría.
Al unirse, se desvían hacia el océano, creando un verdadero
río de movimiento de agua que se aleja de la costa continental.
Eso ha evitado que durante la época de navegación a vela
fueran muy visitadas. Sólo los piratas recalaban en sus
costas, en busca de las famosas tortugas gigantes y para
alimento de la tripulación, lo que ha provocado la desaparición
de esos animales en algunas islas.
A causa de dichas corrientes, las travesías desde el continente
a las islas duraban unos cinco días y los regresos más de
veinticinco. Eso si había suerte y soplaba el viento. Sumado
a ello, muy pocas islas tenían agua potable, la espesura
de sus matorrales era inmensa en unas y el desierto era
total en otras. Todo esto hacía de las Galápagos un lugar
poco recomendable.
A principios de siglo se usaron como cárcel y sólo al final
de la segunda guerra mundial empezaron a colonizarse para
el turismo. Su lejanía de la costa y su poca habitabilidad
hasta entonces, hicieron de ellas un lugar con muchas especies
endémicas (únicas de la zona), y por lo tanto de un interés
turístico elevado.
Hoy,
debido a su fuerte crecimiento demográfico, están menguando
los hábitats naturales de todas las especies y, sobre todo,
a causa de los animales de granja traídos por los colonos.
Un ejemplo de esto son las cabras, que están eliminando
la comida de las tortugas las que, poco a poco, están desapareciendo.
En la isla Santa Cruz se encuentra la Estación Charles Darwin,
promovida por varios países, entre ellos España, que intenta
preservar la zona para que siga siendo un lugar único en
el mundo.
El
comienzo de la aventura
Las
aguas del norte son mucho más calientes que las del sur
(unos 5º C más), por lo que es en el norte donde hay mucha
más vida marina y es en la isla Darwin donde se puede encontrar
con más facilidad al tiburón ballena (inofensivo para el
hombre ya que sólo come peces pequeños). Uno de los sueños
de todo buceador es nadar con junto a ellos y con ese fin
emprendimos nuestro viaje. Pero, a pesar de ser la mejor
época para verlos, por culpa del Fenómeno del Niño, las
aguas estaban a 30ºC en lugar de a los 25ºC que debían estar,
lo que produjo un pequeño cambio en la vida del lugar, afectando
a muchas especies tanto marítimas como terrestres.
De
todas formas vimos muchas más cosas que hicieron del viaje
algo inolvidable. Al llegar a la isla de San Cristóbal,
el calor era sofocante, molesto, pegajoso. No nos importó
mucho ya que empezaba nuestra aventura. Unos guías nos esperaban
y sobre la marcha nos subimos al autocar que nos trasladó
hasta el muelle donde teníamos el barco. Los bolsos y las
maletas vinieron un poco más tarde. La tripulación se encargó
de llevarlos del aeropuerto al barco.
Al
embarcar, un camarero con traje y pajarita nos sirvió unos
cócteles mientras esperábamos el equipaje. Era un pequeño
detalle de lo que iba a ser todo el crucero. La verdad es
que navegar en un Aggressor es como estar en un hotel de
cinco estrellas. ¡Así vale la pena viajar! Por las mañanas
nos levantábamos a las 7 y el desayuno era a las 7:30. Después
de cada inmersión venía el camarero, trajeado y con una
bandeja llena de dulces o sandwiches para reponer fuerzas.
A las 13:00 era el almuerzo y a las 20:00 la cena. A las
22:00 ya estábamos durmiendo.
Para
entrar en confianza
El primer día por la tarde efectuamos una inmersión de prueba
en Punta de Lobos (San Cristóbal), para probar los equipos
y el lastre. La visibilidad no llegaba a los 2 metros y
no había mucha vida, pero los leones marinos pasaban a nuestro
lado como cohetes. El primero que pasó me dio un susto tremendo,
pero al comprobar que era totalmente inofensivo me relajé
y comencé a disfrutar de la inmersión.
Me
llamaron la atención los erizos. Con sus púas tan gordas,
no había de qué preocuparse por posibles pinchazos, aunque
también había algunos pocos de púas finas. Ese primer día
ya apareció, también, la que sería compañera inseparable
en casi todas las inmersiones: la corriente. Si bien era
menor a la que tuvimos que soportar días después, se hacía
notar.
Tiburones
a la vista
El
segundo día fuimos a la isla Seymour (Santa Cruz) donde
hicimos el primer contacto con tiburones. El agua estaba
muy clara -visibilidad mayor a 30 metros- y unos cuantos
tiburones de arrecife estuvieron buceando con nosotros.
La lancha neumática del barco nos dejaba en una punta y
luego nos recogía unos cientos de metros más allá, donde
nos llevara la corriente.
Al
sumergirnos, la corriente le quitó las gafas de la cara
a Alicia, una de las chicas del grupo. ¡La pobre se llevó
un buen susto! Menos mal que Felipe Barrio, de Window Buceo,
estaba cerca y controló muy bien la situación. Fue un pequeño
aviso para que no nos relajáramos demasiado. Normalmente
se recomienda que en estos tipos de inmersiones el buceador
sea experimentado.
Por
la tarde pusimos rumbo a la isla Wolf, a 16 horas de navegación.
En algunos tramos del viaje tuvimos a los compañeros inseparables
en todas las travesías: los delfines. Se colocan en la proa
y parece que el barco los vaya a pillar, pero ellos siguen
ahí, saltando por los costados y jugando con las olas y
da la impresión que se divierten con ello.
Por
la mañana del tercer día buceamos en Wolf, un lugar lleno
de tiburones martillo. Había cientos de ellos. El problema
fue que debido a las altas temperaturas del agua, éstos
se encontraban a más de 40 metros de profundidad y sólo
de vez en cuando alguno subía a vernos. El lugar de buceo
era el lado Sur ya que es donde hay más corriente. ¡Y eso
sí que era corriente! Ni siquiera tomándonos de las piedras
podíamos permanecer mucho rato. Parecía que se iban a aplastar
las gafas en la cara. Ese no era el problema principal,
sino que por esos lugares las corrientes también son verticales.
Ellas te pueden sorprender a 15 metros y sin apenas darte
cuenta, apareces 20 metros más abajo.
En
una ocasión a un fotógrafo profesional que siempre iba con
dos cámaras y no quería tener a nadie cerca, lo agarró una
corriente vertical y se asustó tanto que soltó las dos cámaras
y salió como pudo. El valor de dos cámaras fotográficas
fue a dar al fondo del mar, con los tiburones.
Especies
únicas
Por
las rocas, a pesar de no haber coral, los tamboriles espinosos,
peces cirujano, barracudas, morenas, peces escorpión, peces
loro y morenas, entre otros, eran bastante abundantes. La
pena fue que los tiburones martillo no se dejaban ver todo
lo que hubiéramos deseado.
Muchas
especies son parecidas a las que conocemos en España, aunque
tienen sus diferencias según el lugar donde se hallen. Hay
otras que no cambian nada aún a semejante distancia. Ejemplos
de ello son el pez trompeta, el gallo o las barracudas.
Tienen la misma forma, color y rasgos que los que hay en
islas Canarias. Me imagino que habrá alguna explicación
científica para ello, pero no deja de ser curioso.
En
Wolf hicimos cuatro inmersiones y el cuarto día fuimos hacia
Darwin en busca del famoso tiburón ballena. El año anterior,
por las mismas fechas, se avistaron 21 ejemplares. Nosotros
no vimos ni siquiera uno pequeñito. El mar estaba tan malo
y la corriente tan fuerte, que la que nos habíamos encontrado
en Wolf era insignificante.
Apenas
llegamos de nuevo al barco tomamos la decisión de la mayoría.
Volvimos Wolf, a ver si, por lo menos, veíamos a los tiburones
martillo más de cerca. Y así fue, pero para ello tuvimos
que bajar hasta los 45 metros y no durante mucho tiempo
porque las botellas de 12 litros no dan para tanto. El quinto
día lo combinamos un poco entre tierra y mar. Visitamos
la Isla Plaza donde las iguanas -terrestres y marinas- campeaban
a sus anchas sin importarles nuestra visita. Con el calor
que hacía estaban todas calentándose al sol.
Los
cactus parecían pinos. Sólo de pensar que la mayoría de
ellas son especies únicas en el mundo, daba la impresión
de haber retrocedido en el tiempo. En esos momentos uno
se da cuenta que la naturaleza es frágil y de la importancia
que implica su cuidado. Es cierto que desde nuestra posición
poco podemos hacer. Pero, al menos, podemos cuidar el entorno
cercano que nos rodea.
Una
experiencia inolvidable
Al
llegar de nuevo al barco, nos encontramos con un visitante
inesperado. Un león marino había aprovechado que estábamos
"fondeados" para subir un rato a echarse una siesta. No
deja de ser curioso que por más que se acercaba la gente,
él ni se movía, seguro como estaba de que no le iban a hacer
daño. En vista que muchos otros estaban por los alrededores,
aprovechamos el momento para jugar un rato con ellos en
el agua. No los podíamos tocar, pero ellos sí podían tocarnos
a nosotros y lo que más les gustaba era mordisquear las
aletas.
Jaime,
uno de los guías del barco, nos comentó que ya no llevaba
el tubo respirador -snorkel-, debido a que en tres ocasiones
un león marino se le había llevado las gafas al morder el
tubo y estirar. Normalmente no le hacen nada al buceador,
pues la mayoría son crías y sólo quieren jugar. Sólo en
la época de celo son peligrosos, en especial los machos
que pueden confundirnos con machos rivales y atacar. En
caso de un ataque de león macho furioso, éste empieza a
emitir unos ladridos como un perro y entonces hay que agachar
la cabeza, como si le riñeran a uno por haber hecho algo
malo, y sin mirarle en ningún momento a los ojos, dar media
vuelta y salir de la zona. Por fortuna no me hizo falta
comprobar la eficacia del método ya que no era época de
celo.
El
buceo lo hicimos en Cousins Rock -sudeste de isla Santiago-
y fue una experiencia inolvidable. El lado norte tenía una
cornisa llena de coral negro. Había un grupo de ojones o
salemas pequeñas tan inmenso que no se veía nada más allá
de ellas. Aunque pasaras entre el grupo, se abrían pero
inmediatamente volvían a cerrarse. Únicamente salían a escape
cuando los leones marinos bajaban y se metían entre ellas.
Todo un espectáculo. El lugar era, además, muy frecuentado
por rayas águila y aunque vimos varias, sólo pude tomar
foto de una.
Dentro
de las cornisas estaba lleno de caballitos de mar. Los pobres
tuvieron que soportar una buena sesión de fotografía como
si de tops models se tratara. El lado sur era más liso y
la mayoría eran animales de paso: tiburones, tortugas, bonitos
y algún que otro bicho grande. El agua era algo más turbia
y ligeramente más fría.
La
última inmersión
El
sexto día fuimos a las Rocas Gordon, al Este de la isla
Santa Cruz. El agua estaba un poco más turbia, con unos
15 metros de visibilidad. Había buena cantidad de bichos
grandes. Un grupo numeroso de jureles ojón nos rodeó durante
un buen rato y tan rápidamente como aparecieron, se marcharon.
Varios tiburones martillo daban vueltas por el lugar. También
había un par de grandes tortugas. En el fondo del barranco,
a 40 metros, había un numeroso grupo de tintoreras de punta
blanca que, a diferencia de los tiburones, por el día permanecen
ocultas en el fondo o dentro de cuevas y cazan de noche.
Esta
fue nuestra última inmersión. Hicimos 19, en total. Aunque
el tiempo no nos acompañó mucho, la tripulación del barco
y los guías que teníamos se portaron muy amablemente y contribuyeron
a que el viaje fuera placentero e inolvidable.
El
mismo día por la tarde fuimos a Puerto Ayora en la isla
de Santa Cruz, y la verdad es que nos sentimos transportados
un poco a la época en que los barcos piratas andaban por
esas aguas. Sin un puerto definido -¡a pesar de su nombre!-,
todos los barcos fondeaban en una bahía y con las lanchas
nos acercaron a tierra. Allí fuimos a visitar la Estación
Charles Darwin. Pudimos ver a las famosas tortugas gigantes.
¡Y sí que eran gigantes! Las más grandes llegan a pesar
hasta 500 kilogramos. Allí trabajan para evitar que se extingan
y, por cierto, casi todas las tortugas de las islas Galápagos
nacen en la estación. Cuando cumplen 3 años las llevan a
la isla de sus padres. Esto lo hacen para evitar a las ratas,
que depredan a los huevos y a las tortugas mientras son
pequeñas.
Poco
quedaba. El viaje lo coronamos con cena en un famoso restaurante
de la ciudad. No es que fuera nada del otro mundo, pero
pasamos un rato agradable al fresco de la noche y fuera
del barco. Bueno, esto es todo amigos. Ojalá perdure este
recuerdo hasta el próximo viaje. Mi intención ha sido compartir
parte de esta aventura y si con ello he conseguido que no
se hayan aburrido mucho y les guste un poco más este maravilloso
deporte, me doy por satisfecho. Un saludo a todos desde
islas Canarias.
Fernando
Más
información:
web: www.fernando-ros.com
|