La Patagonia en bici, entre Argentina y Chile, parte III
Christian
Riffo y Marco Müller
- Aventureros
Al
finalizar el relato anterior, nos encontrábamos,
para decirlo de algún modo, en el principio del
fin: es decir, iniciando el último tramo de esta
travesía por ambos lados de la cordillera andina.
El destino final sería la localidad de Perito Moreno.
Allí habíamos comenzado el periplo ocho
días atrás (ver
primera parte de la nota), y allí también
lo culminaríamos. En la última parte del
citado relato, tras pasar por la Gendarmería Argentina,
habíamos logrado hacer sólo ocho kilómetros
antes de detenernos a armar campamento (ver
segunda parte de la nota). Durante el día
habíamos pedaleado 76 kilómetros y al final
de la jornada el viento se tornó insoportable.
A duras penas logramos armar la carpa en la parada elegida.
Un día difícil había concluido, pero
el objetivo estaba cerca.
A la
mañana siguiente amaneció nublado, pero
el sol salía a través de las nubes para
darnos la oportunidad de sacar fotos especiales, con una
temperatura de 5º C, aunque no la notamos ya que
estuvimos en constante movimiento, desarmando la carpa
y ordenando las bicicletas. Aunque los primeros metros
fueron llanos no teníamos fuerzas; los músculos
estaban paralizados. Nos hizo bien caminar un rato hasta
entrar en calor. Finalmente, decidimos subir a las bicicletas,
porque de otro modo no llegaríamos a Los Antiguos,
objetivo propuesto para el día.
Luego,
entre cuatro y cinco kilómetros caminando; no nos
quedó otra. Quizás no eran sólo los
músculos. La moral no estaba muy alta. Había
todo el tiempo subidas y más subidas, hasta que
el altímetro marcó ya los 1400 metros. Finalmente,
llegamos a una llanura en la cual se podía ver
el camino del otro lado. Las piernas volvían a
la vida: bajadas espectaculares de varios kilómetros
de extensión. Alguna subida siempre existía,
pero ahora sería casi todo en bajada.
Kilómetro
tras kilómetro, a grandes velocidades nos acercábamos
cada vez más a nuestro destino del día.
En un momento, tras una leve bajada apareció de
frente una subida brutal. Al llegar allí, una curva
de 90 grados nos llevó por el camino correcto.
Bicicletas
enterradas
Las
bajadas y las subidas se alternaban. Pero, cuando llegábamos
a la subida el envión de la bajada anterior nos
daba el impulso para ascender. En un momento, otra curva,
esta de 90 grados y de allí una bajada hasta el
río. Había muchas piedras sueltas, verdín
y arena. Optamos, entonces, por sacarnos las zapatillas.
En ese momento el frío se hacía sentir.
Nos pusimos medias y zapatillas para que los pies se calienten.
A metros de allí, había una estancia que
estaba cerrada. No perdimos tiempo y seguimos nuestro
camino de bajadas y subidas. Al mediodía, aproximadamente,
llegamos a un arroyo. A su costado había un lugar
para acampar, muy lindo, para descansar un rato, recargar
agua fresca y poner a enfriar la última lata de
ensalada de fruta. Mientras tanto, calentamos agua para
tomar unos mates y unos pedacitos de pan con la última
mermelada.
Entre
los dos nos comimos una lata de fruta fría. Descansamos
unos minutos para retomar fuerzas y tratar de darle, ahora
sí, hasta nuestro destino final del día.
Arrancamos
unos minutos antes de lo previsto. Algunas subidas para
volver a la altura en la que circulábamos antes
de llegar al arroyo. No faltaría mucho para llegar
a la bajada. Al rato, una bajada no muy pronunciada, pero
de unos cinco kilómetros. Otra vez llegamos a un
río, con más caudal que el anterior y con
un puente de hierro de un par de toneladas.
Después
de otra subida, bastante leve por cierto, salimos del
cañadón. El camino derivó en una
planicie bastante extensa, sin ninguna subida a la vista.
"Por fin se acaba lo más difícil",
fue lo que comentamos aliviados en ese momento. Así
parecía. Al menos hasta que llegamos a un punto
en el que la tierra le cedió su lugar a la ceniza
volcánica. Durante algunos tramos era fina y el
suelo bastante duro, pero a veces llegaba a tener un espesor
de 5 centímetros o más y la bicicleta se
quedaba enterrada, lo que nos hacía incluso perder
el equilibrio. Ibamos a 20 kilómetros por hora,
pero a veces llegábamos a 2 km/h y eso nos sacaba
fuerzas. Ya queríamos salir de ese lugar. Se avecinaba
una lluvia y no sería aconsejable quedar atrapados
allí.
Suerte
que tampoco fueron tantos los kilómetros. El camino
seguía tranquilo y lentamente iba subiendo. En
una subida paramos para comer unos panecitos y tomar jugo,
para retomar un poco de energía y seguir adelante.
No estábamos seguros de los kilómetros que
nos faltaban ya que el mapa del Automóvil Club
Argentino marcaba cualquier cosa.
La subida
continuó. En un momento, mirando hacia un valle
opuesto, divisamos autos y camionetas circulando por un
camino. Sin embargo, en el camino por el que íbamos
no nos habíamos topado con ninguno. Entonces, nos
pusimos a pensar "si ese de allá es el camino
correcto, nosotros estamos en algún otro".
Al fondo del valle vimos el lago y algunas casas. Nos
pusimos a razonar y llegamos a la conclusión que
estábamos del lado correcto.
Algunas
gotas cayeron, pero sólo para alertarnos que se
venía la lluvia. Por suerte sólo fueron
unas cuántas. Llegamos a la parte más alta,
una curva aquí, otra más allá, una
bajada de algunos kilómetros y la recta final hasta
del destino. Entonces, un automovilista que nos encontramos
no indicó que faltaban 15 kilómetros. Surgió
una nueva energía de nuestro interior. En una hora
ya estaríamos llegando.
Mientras
transitábamos una recta que nunca terminaba, el
viento volvió a nosotros de costado molestándonos
nuevamente. Pero ya sabíamos que era lo último.
Era el último esfuerzo para llegar. Algunos puntos
de ceniza volcánica, serruchos, piedras sueltas
en una subida que araban las ruedas traseras de las bicis
y nos obligaron a bajar y caminar. Por fin, sólo
faltaron metros para llegar: una curva hacia la derecha
y en bajada; llegamos a hacer una carrera para ver quién
llegaba antes al asfalto, nos estrechamos las manos aún
sobre nuestros rodados. Lo primero que se nos vino a la
mente fue ir a tomar algo fresco.
En el
mismo boliche donde estuvimos la primera vez: una cerveza,
picadita, salame, queso y aceitunas. Estiramos las piernas
y nos relajamos un largo rato. Había sido el día
más largo.
Un día
más había pasado. A dormir bien, ya que
faltaba un día, aunque sería con asfalto.
El único obstáculo podría ser el
viento. Dijimos: "ya veremos mañana".
La
travesía termina, la aventura no
Salimos
un poco tarde. Era la ultima etapa. Por el momento no
teníamos viento. Estaba sí un poco nublado,
pero no llovería. Antes de arrancar tomamos algunas
fotos, en especial a una virgen que está a en la
ruta: la Virgen del Viajero. Se merecía una foto,
ya que nos acompañó durante todo el viaje.
Empezamos a una velocidad de 15 kilómetros por
hora. Tranquilamente llegaríamos al mediodía
a Perito Moreno. Pero en esta etapa del viaje había
subidas y bajadas, pero en éstas llegábamos
a los 50 kilómetros por hora. Luego de realizar
aproximadamente la mitad del recorrido, se comienza a
sentir el viento. Afortunadamente empezó a soplar
desde atrás, lo que nos ayudó a viajar más
rápidamente. Alguna subida que otra, algunas más
largas pero no empinadas y cantando alguna canción
de alegría, por pensar que ya estábamos
finalizando nuestro viaje en bicicleta.
Volvimos
a la playa donde conocimos al lago por primera vez. Ahora
sus olas eran más grandes por el viento. Realizamos
allí un último descanso para encarar los
kilómetros finales. Aprovechamos y recargamos combustible:
un pedacito de pan y jugo. Continuamos. Faltaban diecisiete
kilómetros.
Llegamos
a las 11:30, puesto que nos habíamos demorado entre
descanso y fotos. En tres horas de pedaleo dejamos los
60 kilómetros atrás. Ya en Perito Moreno
fuimos a confirmar los pasajes para el día siguiente.
Nos fuimos tranquilos al camping a dejar las bicicletas.
Raúl no estaba. Haciendo memoria llamamos a la
Terminal y nos informaron de un micro a las 15:00. Había
tiempo. Nos fuimos a almorzar tranquilos. El camping estaba
a sólo a 200 metros del bar. Al regresar al camping
ya había llegado Raúl. Recogimos los bolsos,
escribimos algo en su libro de visitas y nos despedimos
nuevamente, esta vez definitivamente. Y comenzamos nuestro
camino hacia la terminal. La travesía termina aquí
pero no la aventura. FIN.