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La Patagonia en bici, entre Argentina y Chile, parte II
Christian Riffo y Marco Müller - Aventureros

"Al llegar, un cartel anunciaba un camping. Salimos de la ruta para ir al lugar. Al llegar, un cartel indicaba "Camping Municipal". No había nadie en el lugar. Como siempre hemos tenido problemas en ellos, decidimos entrar al pueblo. En un mini mercado nos tomamos un jugo, consultamos algún hospedaje y nos enviaron a lo de Maria Elsa Parada Bustos: Restaurante La Lomita. Camino del Muelle s/n. Puerto Guadal".

Así finalizaba la primera parte de nuestro relato por el Sur de Argentina y Chile. Una experiencia que hasta el momento nos había deparado de todo, en especial, alegría y mucho, pero mucho cansancio. Y allí estábamos, en Puerto Guadal, listos para descansar algo antes de continuar esta aventura. Una casona vieja en la colina, un lugar donde cenar y dormir en una cama caliente. La ducha sería por partes, ya que el agua estaba fría (helada). Nos lavamos lo que pudimos. La cena fue carne con ensalada y arroz con arvejas, pan y jugo de frutas. Tras la cena nos fuimos a la cama. Christian puso a cargar las baterías, escuchamos un poco de música y nos dimos tiempo para escribir un poco acerca del día vivido. Acostados y bajo un par de frazadas, por fin nos quedamos dormidos.

Viernes 25/01

A la mañana nos levantamos temprano, preparamos las bicicletas, fuimos a desayunar un café con leche pan y mermelada. A las 7, y con 9º C. de temperatura, como siempre, emprendimos la marcha. El camino siguió por unos 10 kilómetros todavía bordeando el lago. A llegar al final de del camino escuchamos un sonido extraño; un auto no era, moto tampoco; un hidroavión estaba aterrizando en ese paradisíaco lugar. Al llegar no vimos cabaña alguna. ¿Qué haría el hidroavión allí?

Lo vimos despegar nuevamente, sacamos fotos en ese lugar de aguas claras, con infinidad de piedras de todos los colores y tamaños. Descansamos unos minutos más. Debíamos proseguir la marcha.

Llegamos al empalme del Maitén, viendo dónde estábamos en el mapa, cuando una camioneta salió justo de uno de los caminos. El conductor nos invitó a conocer a Mimi, de Suiza, ciclista que se quedó allí a trabajar por un tiempo, ya que en marzo se le acababan las vacaciones. Cómo no. Así que compartimos un corto encuentro y tomamos un jugo, en medio de una charla verdaderamente interesante. Pero teníamos que seguir. Los kilómetros que habíamos hecho para llegar allí los tuvimos que hacer de regreso. Con nuevas fuerzas seguimos el viaje. Ahora teníamos que llegar a Puerto Beltrán, por un camino que sube en algunas partes; suavemente en unas, con empinadas pendientes en otras. Desde el camino, se puede ver una parte del Lago Beltrán que es un brazo del Lago General Carreras.

Faltando pocos kilómetros para llegar, pensamos que no podía ser que el camino siga subiendo más, ya que el lago debería estar cada vez más bajo y todo el agua de estos lagos sale por este. Tras una curva hacia la derecha el camino por fin se normalizó y comenzó a bajar lentamente. Nosotros, con las ganas de llegar, le dábamos más velocidad; las curvas y las bajadas siguieron hasta el lago mismo. Allí, nos deleitamos en un buen restaurante con dos platos de lentejas y unas cervezas para calmar la sed, para continuar luego con unos minutos de descanso en el muelle.

Primero tocó una pequeña subida, que decidimos hacer caminando para no perder la cerveza ya desde el principio. El ondulado camino, a partir de allí, fue un sube y baja, y eso nos dio ánimos para seguir pedaleando. Un jinete nos acompañó por un trecho bastante largo. En un momento lo dejamos atrás, pero luego paramos a sacarnos ropa y él nos pasó. A los minutos lo volvimos a pasar, pero nuevamente paramos, esta vez debajo de un árbol a descansar y tomó la delantera una vez más. Por fin, lo volvimos a pasar, pero esta vez fue definitivo, ya que venía una recta en la cual aprovechamos para tomar más velocidad, en un valle donde se juntan dos ríos.

Allí comenzaría el trayecto que le habían comentado a Christian en Puerto Beltrán: diez kilómetros de subidas muy pronunciadas. La realizamos a pie, siempre cruzándonos para tomar la curva abierta, es decir por el lado de afuera. Ya era difícil subir por allí, imagínense por adentro.

Llegamos a un mirador para apreciar la unión de los dos ríos antes mencionados, que finalizarían luego en el Pacifico. El sol iba cayendo, estábamos casi agotados. Christian propuso llegar a algún lugar donde tengamos algún arroyito para conseguir agua suficiente para cocinar, para el siguiente día, y una heladera para enfriar una lata de gas oil (=cerveza).

Llegamos a lo que quizás un día fue un poblado, un camino que va hacia una estancia. Christian fue su bici a investigar, mientras yo leía un cartel. Tomé nuevamente mi bici y lo seguí. Decidimos de qué lado del camino acampar, sacamos algunas piedras del lugar que parecía hecho especialmente para nosotros, todo a desnivel. Las bicicletas entre los arbustos como un cuarto aparte, la carpa en otro sector, con una escalinata, estaba un metro más abajo.

Calentamos un poco de agua para tomar unos mates. Ya Christian me habría ganado de mano para poner a enfriar el gas oil. Luego de varios intentos de pescar una trucha, pesqué una lata de aluminio. Descansamos un poco, miramos el mapa pensando que nos faltarían aproximadamente tantos kilómetros, pero uno no puede saber cómo es el terreno hasta que uno esta allí.

El lugar se llama estancia El Manzano. No creíamos que tuviera alguien problemas para que acampemos allí. Pasaron varios autos y nadie dijo nada. Era hora de cocinar, una vez más arroz con atún y una cerveza a punto. Estábamos bien, contentos de haber realizado otra etapa. ¡Un poco de música y al sobre! Antes, unos minutos para escribir algo de nuestra aventura.

Sábado 26

Desayunamos mate con pan. Al salir de la carpa el cielo estaba todo negro. Pero eso no significa nada. El camino va desde allí por una pequeña llanura. Como la gente había dicho, eran 10 kilómetros de subida. Pensamos, entonces, que nos faltaban cinco más. Al comenzar el pedaleo nos cruzamos con algunas vacas que nos cedieron gentilmente el paso. El camino comenzaba, como de costumbre, con una subida. Curva tras curva, iba girando siempre por la montaña. En un momento, durante una subida a Marco se le trabó la cadena. Son muy rápidos los cambios que uno tiene que hacer para bajar y aprovechar el envión con la próxima subida, y estas cosas pasan. Entre los dos solucionamos el inconveniente. Algunos kilómetros más tarde nos encontramos con una camioneta que nos dice que el camino va al costado de una montaña que se veía del otro lado del cañadón.

El camino seguía al costado de la montaña al otro lado del cañadón. Tendríamos que bajar hasta el río y volver a subir. Lo teníamos que hacer para llegar durante el día a Cochrane. Bajadas cortas entre una meseta y otra, subidas y bajadas, bajada hasta el Río Chacabuco. Al estar allí no entendíamos nada, ya que el agua corría al revés de lo esperado. Cruzamos el puente. El camino comenzaba ahora con curvas largas para subir nuevamente. Encontramos gente trabajando, en una estancia. De allí no faltaba mucho para el empalme de la ruta que va a Paso Roballo. Llegamos allí. Al ver el camino que iba a Cochrane nos propusimos ir sí o sí hacia allí, ya que nos habíamos quedado sin provisiones.

Continuamos. El camino subía y subía. Parecía que iríamos al cielo. Por momentos se veía que las subidas serían imposibles, pero al realizar la primera de ellas las otras eran fáciles. Por fin, comenzó a bajar. Debíamos llegar a la altura del río. En un momento de la bajada nos pusimos los polar para no tener frío. Finalmente, llegamos donde una virgen da la bienvenida al viajero. Una colina más para superar el pueblo. Allí, tocamos asfalto y por primera vez en Chile la bici se iba sola. Qué alivio para nosotros haber llegado. Realizamos unas vueltas por la ciudad buscando un lugar para comer, oficina de turismo y llamadas internacionales por cobrar.

Decidimos ir a comer, un descanso merecido. Luego a la hora que el supermercado abre, nos instalamos en la plaza esperando que abriera sus puertas. Christian entró al supermercado y Marco puso las bicicletas bajo un techo ya que había comenzado a llover. Luego de un rato sale Christian del mercado. Se hacia tarde. El propósito era adelantar kilómetros y llegar a Villa Chacabuco (la estancia). Entre los dos propusimos alternativas. Optamos por contratar un flete que nos llevaría hasta el empalme, ya que era la subida más dura. El hombre se compadeció de nosotros y nos dejó unos kilómetros mas allá del camino, evitándonos toda la subida del empalme hacia el Paso.

Bajamos las bicicletas, emprendimos el tramo que nos faltaba hasta la estancia en Villa Chacabuco. El camino comenzaba en una planicie, con algunas leves subidas y árboles. Mirando siempre hacia atrás para ver el paisaje, pudimos apreciar que estaba lloviendo y que hicimos bien en optar por esta vía.

Calculamos que faltarían unos 10 kilómetros. Aparecían máquinas arreglando el camino. Curva tras curva buscábamos un lugar para acampar, cerca de un arroyo, pero lo que parecía uno estaba seco. Entonces, decidimos sí o sí llegar a Villa Chacabuco. Allí seguramente viviría alguien. Algunas curvas más. Se veían unas casas. Un cartel anunció el lugar. Entramos por la puerta principal, hasta la casa del administrador. Nos atendió una señora a la cual le pedimos un lugar para acampar.

Nos indicó que "detrás aquella casa estarán protegidos del viento y de la lluvia". También nos avisó que debíamos tomar agua sólo de la camilla, pues la del arroyo no se podía tomar. Armamos la carpa acompañados de dos gatitos que no nos dejaron en paz. Ese seguro era su lugar para jugar. Nos mandamos unos mates para entrar en calor. Cenaríamos fideos solos, ya que a Marco le causa acidez la salsa de tomate, con un poco de sopa de vegetales.

Anotando los datos del día, habíamos recorridos 42 kilómetros en tres horas y cuarenta y dos minutos. Sacamos los cálculos de los kilómetros que nos faltarían hasta la Aduana chilena, entre 50 y 60 en total. ¿Qué hacer? Decidimos sí o sí realizar el esfuerzo. Así, por la tarde tendríamos el tramite detrás nuestro.

Domingo 27

Como todos los días: amanece nublado. Emprendemos la salida a las 7:30. La primera subida es para entrar en calor. El camino comienza en planicie y se ve en parte destruido, ya que seguramente cada tormenta fuerte provoca que el río se lleve a la ruta piedras y arena. Esto nos obliga a ir despacio y con precaución. Aprovechamos las ráfagas de viento que nos empujan a grandes velocidades, también con precaución ya que a veces es de costado. Gracias al viento logramos por momentos poner el último cambio para recorrer el tramo en menos tiempo, ahorrando tiempo valioso para avanzar incluso más kilómetros de los planificados.

Luego de alguna caída de Marco, que se repone rápidamente, a los 52 kilómetros llegamos a Gendarmería Chilena. Realizamos ante todo los tramites. Luego, detrás del edificio abrimos una lata de ensalada de fruta, para reponer fuerza y engañar al estómago. Una llama se acerca, pero es imposible sacarle una foto.

Decidimos hacer a pie el primer tramo de los 11 kilómetros que nos separan de la Gendarmería argentina, ya que el viento es muy fuerte. Tras algunos metros, nos subimos a las bicicletas. Las ráfagas hacen que Marco caiga dos veces más. No era de atrás que el viento te tiraba. El volante era la parte más liviana de la bicicleta y por ello te empujaba hacia el borde, donde había pequeñas piedras. Allí, la rueda derraparía.

Por suerte, en ningún momento cayó tan mal como para no seguir adelante. Los dolores estaban allí, pero si se quedaba quieto dolerían más. Afortunadamente, el camino era todo en llano. Sólo una leve bajada y subidas largas sin mucha inclinación.

Llegamos a la Gendarmería Argentina. Habíamos realizado 63 kilómetros. Lo primero, realizar los trámites. Luego, descansar. Hablamos con el gendarme, a quien le informamos que queríamos ir a Bajo Caracoles y luego a la Caverna de las Manos Pintadas, para finalizar el periplo en Perito Moreno. El hizo un cálculo y nos dijo: "Tienen 110 km hasta Bajo Caracoles, otros 100 ida y vuelta a la Caverna y unos 130 más hasta Perito Moreno." Tendríamos 340 kilómetros en total, los que no podríamos hacer en tres días, ya que nuestro promedio era de 50 a 60 kilómetros por día.

Sacábamos los cálculos y el gendarme nos dice hay un camino más corto para llegar a Perito Moreno: unos 110 de ripio y 60 de asfalto. No lo dudamos más y decidimos acortar por ese camino. No descansamos. Queríamos avanzar un poco más. Según nos dijo, además, a 30 kilómetros encontraríamos con una estancia.

Salimos de la gendarmería. El camino sube allí una pequeña loma y luego baja. Hay que cruzar él río, mirando por dónde sería mejor cruzar. Decidimos sacarnos las zapatillas, ya que había muchas piedras en el fondo.

Después de ese buen baño, nos calzamos las zapatillas calientes y seguimos el camino. Curvas y más curvas nos llevaban hacia un cañadón, donde el camino va subiendo. Nuevamente, algunos tramos fueron a pie. Los músculos estaban ya duros, el cansancio nos mataba. Faltaban doce kilómetros para la estancia y debíamos hacer un esfuerzo más para llegar con luz solar y poder así descansar.

El gendarme había dicho que el camino subía y bajaba, pero nosotros no experimentábamos eso. Encendimos el GPS, que iba marcando 800 metros, y a cada curva un poco más. Llegamos finalmente a un punto hasta el cual habíamos hecho sólo 13 kilómetros desde la gendarmería. Era tarde y decidimos armar campamento.

El viento que soplaba con fuerza. Mientras uno armaba la carpa el otro la sostenía buscando piedras grandes para atarla. Las varillas se doblaban todas. Tuvimos que poner más tensores en las puntas del sobretecho. No quedaba otra que hacer la comida adentro. Como no contábamos con agua para tomar jugo, sacamos la última lata de "gas oil" un poco caliente. Suerte que habíamos calentado un poco de agua para el mate para después de cenar. Entre el cansancio y la cerveza caliente, finalmente nos dormimos. A las 24:00 despertamos y nos tomamos esos prometidos mates. A pesar del viento no pasamos frío en la noche. Ese día habíamos pedaleado 76,20 kilómetros en 7 horas.



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