Dos travesías ciclísticas en San Luis, Argentina
Christian
Riffo -
Aventurero
La
bici es una pasión que no tiene límites.
Recorrer los caminos de la Argentina tampoco. Por eso,
cada fecha que se presenta, la aprovechamos para transitar
nuevas y emocionantes rutas. Amigos del Cicloturismo de
Aventura, tal el nombre que nos identifica, es seguramente
el más ajustado para definir esta pasión.
Esta vez habíamos elegido los caminos de la provincia
de San Luis, ubicada en el centro geográfico de
la Argentina. Corría el día 29 de abril
de 2000.
Partimos
de la ciudad de San Luis -capital de la provincia- rumbo
a Potrero de los Funes, a 18 kilómetros. El primer
tramo lo transitamos por la bicisenda. Al habernos retrasado
en la partida, debimos modificar un poco el recorrido
planeado.
Durante
el camino tuvimos un inconveniente, ya que Rodrigo, uno
de los integrantes, se sentía mal debido a la falta
de entrenamiento, los vicios del cigarrillo y las trasnochadas
ocasionadas por los bailes de los fines de semana. Pero,
después de superado ese traspié seguimos
nuestro camino. Y fue en subida hasta llegar a Potrero
de los Funes, un lugar tranquilo y chiquito. Recorrimos,
entonces, sus alrededores y nos dispusimos buscar un lugar
para almorzar.
El
primer esfuerzo
La
hostería que encontramos ya estaba cerrada, pero
su propietaria nos recibió amablemente y se ofreció
a cocinar para nosotros un almuerzo muy contundente que
alcanzó para que repusiéramos fuerzas y
pudiéramos proseguir el viaje. Como habíamos
salido tarde de San Luis, a las 16:00 emprendimos el recorrido
con destino a Trapiche. Lo que no sabíamos es que
nos encontraríamos con una subida con piedras,
que nos haría transpirar bastante. Fue en el inicio
del camino de tierra que nos acompañó hasta
el ingreso a Trapiche, siempre en medio del bello paisaje
de la zona. Los últimos kilómetros fueron
de asfalto.
A
las 20:00, por fin, llegamos a Trapiche. Una vez allí,
nos dirigimos hacia el río y llegamos a una hostería
donde comimos un buen plato de sopa con un rico chivito.
Ya entrada la noche, a las 22:00, le pregunté al
dueño del local si era posible acampar en algún
lugar cerca, ya que el camping nos quedaba a 2 kilómetros
y en verdad no teníamos ganas de pedalear ni siquiera
una cuadra.
Gustosamente
nos ofreció un lugar al costado de la hostería,
de tal manera que armamos allí las carpas. También,
con amabilidad, nos cedió un baño con una
habitación, lo que permitió que nos pegáramos
una más que necesaria ducha.
Una
mañana de lluvia
Nos
sacamos la mugre y nos tomamos un cafecito. Cuando nos
dirigimos a dormir y ante el comentario de Javier, "
mirá
que lindo que está el cielo estrellado
",
creí que el día siguiente sería soleado,
perfecto para pedalear. Pero la naturaleza es así
y nos cambió los planes, el ánimo y los
kilómetros para recorrer. A las 7:00 de la mañana
empezó a llover y no paró hasta el mediodía,
lo que complicaba todo lo planeado para ese día.
Mientras desayunábamos, analizamos la situación.
Teníamos dos opciones: esperar que pare la lluvia
o preparar todas las cosas y enfrentarla. Decidimos esto
último.
Eran
las 10:00 de la mañana cuando arrancamos. Nuestro
destino era distinto al original: camino de asfalto y
lluvia. Una linda experiencia. Cuando llegamos al dique
Florida la lluvia había parado, pero empezó
el frío.
Aun
así paramos, sacamos fotos, realicé unas
tomas con la filmadora, en fin, aprovechando lo que más
se pueda ese lugar. A la vez, claro, el frío y
el hambre se empezaban a sentir, lo que nos llevó
a buscar un lugar para comer algo, algo un poco difícil.
Me acerqué a un puesto de policía. Allí
me indicaron una casa donde vendían algunas cosas
de almacén. Al no tener otra opción, hacia
allí nos dirigimos. Una vez en el lugar y ante
la pregunta "¿tienen algo para comer?",
la respuesta fue "sándwich de milanesa",
que sería, en definitiva, nuestro almuerzo de ese
día.
El
río
Como
el itinerario lo teníamos que modificar sí
o sí, le preguntamos a algunos lugareños
cuál era el camino más apropiado para salir
a Saladillo. Nos indicaron que teníamos que cruzar
el río o ir exactamente por donde vinimos. En un
minuto, junto a Fabián, decidimos cruzar la primera
opción. El camino a Saladillo era de tierra y barro,
pero transitable. Por supuesto que pedaleábamos
con la duda de si podríamos cruzarlo o no, ya que
nos recomendaron prudencia porque la correntada venía
con crecida.
El
trayecto hacia el río fue bastante lindo para pedalear.
Llegamos al lugar a 14:00. En parte parecía profundo
y traía bastante correntada. El primero en animarse
a cruzar y probar la profundidad fue Sebastián,
quien tomó un palo y empezó a caminar.
Finalmente,
el terror inicial se convirtió en joda y broma.
Cruzar el río había significado ahorrar
60 kilómetros. De no poder hacerlo, hubiéramos
tenido que dar una vuelta más larga, lo que hubiera
complicado el regreso a la ciudad de San Luis.
A
las 14:30 emprendimos el camino con destino a Saladillo,
pinchadura de por medio -le tocó a Carlitos Soto-,
que era la cuarta que sufríamos durante el viaje.
A las 17:30 estábamos llegando a Saladillo, distante
a 50 kilómetros de la ciudad de San Luis. Sabíamos
que allí no había lugar para acampar, era
el lugar hasta el que llegaríamos ese día.
Por lo tanto, había que preguntar. La suerte nos
acompaña en todas las salidas que hacemos. Eso,
claro, gracias a la gente de los lugares por donde pasamos,
que siempre nos brinda su bondad y la disposición
para atendernos.
Nos
paramos en un lugar que parecía ser un almacén
de pueblo. La señora, muy atenta, nos preguntó
qué deseábamos. Como soy el único
que se anima, le pregunté si sabía de un
lugar para comer. Ella me respondió que por ser
domingo estaba todo cerrado y era imposible conseguir
algo a esa hora. Luego me preguntó qué buscábamos
para comer, a lo que le respondí, "con el
hambre que tenemos, cualquier cosa nos viene bien".
Asado
y regreso
Crease
o no, la amable mujer se ofreció a cocinar un rico
asado con ensalada, a la vez que nos ofreció el
fondo de su casa para que armáramos las carpas
y pasáramos la noche. Pienso que estas cosas nos
motivan para seguir saliendo a conocer distintas partes
del país. El 1 de mayo, a las 9:00 de la mañana,
nos disponíamos a dejar Saladillo con destino a
San Luis, para luego retornar a Buenos Aires. En el camino,
nos cruzamos con un pelotón de ciclistas de ruta.
Iban con autos y camionetas de apoyo. Intercambiamos saludos
con la mano, algo lindo que se vive gracias a la bicicleta.
El
camino siguió sin novedades, hasta que llegamos
a El Volcán, a 20 kilómetros de San Luis.
Allí almorzamos y como es costumbre al final de
nuestras travesías, se le preguntó a cada
uno de los participantes su opinión del viaje,
qué cosas le gustaron y cuáles no. Almorzamos
y recorrimos el lugar para seguir, luego, hacia San Luis.
El
camino era en declive, así que a las 16:30 estábamos
en la ciudad y con la sorpresa de encontrarnos con un
periodista de una radio FM en la plaza principal, quien
nos hizo una pequeña entrevista preguntando los
lugares que recorrimos, desde cuándo nos dedicábamos
a esta actividad de andar por los caminos en bici, y otras.
Luego llegó la hora de partir regresar. Culminaba
así, y exitosamente, una nueva salida de los Amigos
del Cicloturismo de Aventura. Aún no sabíamos
que muy poco tiempo después volveríamos
a la misma provincia, para recorrer otros espectaculares
caminos y disfrutar de esos extraordinarios paisajes.
Una
nueva aventura
En
el mes de agosto, precisamente el viernes 18, regresamos
a la provincia de San Luis dispuestos a vivir una nueva
y vibrante aventura. Después de preparar las bicis,
y colocar los bolsos y las carpas, emprendimos viaje hacia
la Villa de Merlo (a 850 metros sobre el nivel del mar),
punto de partida elegido para la nueva travesía.
Llegamos a ese lugar a las 11:30 y descargamos las bicicletas.
Fue entonces cuando tomamos contacto con el profesor Sergio
Luis Guardia, director de deportes del lugar, quien nos
preguntó qué tipo de travesía pensábamos
encarar.
Este
nos facilitó un dato que les puede interesar a
los lectores: consultar a municipio@merlo-sl.com.ar
o a vesfe@merlo-sl.com.ar
acerca de travesías por la región y salidas
de cicloturismo por esa zona montañosa. Luego de
preguntar en la casa de turismo (también establecimos
contacto con su amable intendente) por un camino seguro
y rápido hacia Concarán, tomamos pacientemente
la ruta.
Pasamos
por la ciudad de Los Molles (donde nos tomamos una fotografía)
y continuamos el viaje hasta que llegamos a la desviación
(a 1060 metros de altura). Sabíamos que desde ese
punto aún faltaban diez kilómetros. Un cartel,
sin embargo, marcaba veinticinco kilómetros, lo
que nos predispuso un poco mal.
Afortunadamente,
nuestro estado de ánimo se modificó al observar
que el camino era en bajada. Habíamos recorrido
cinco kilómetros, cuando una integrante del pelotón,
Marcela, sufrió una caída provocada por
un pozo. Por suerte no le ocurrió nada.
Llegamos
a la entrada de Concarán, donde hicimos un alto
para almorzar. Eran las 15:00 y decidimos comprar un reparador
paquete de fideos en un almacén del pueblo. La
noche nos tomó por sorpresa, pues nuestra meta
era llegar a Puerta Colorada. Lo que nos reconfortó
fue que en esa ruta asfaltada sólo nos habíamos
cruzado con dos camionetas, un auto y una moto en una
hora y media de viaje. Por fin llegamos a Puerta Colorada
(a 850 metros) donde nos permitieron acampar.
Paisajes
alucinantes
Armamos,
pues, nuestras carpas. Desechamos los fideos y los reemplazamos
por una rápida sopa de sobre y nos dispusimos,
por fin, a descansar. Al día siguiente nos aguardaba
una jornada exigente. Agradecemos la atención y
hospitalidad de parte del señor Hilario, dueño
del rancho Puerta Colorada, quien nos ofreció su
casa para otra oportunidad. A las 7:00 del día
domingo, desarmamos nuestras carpas para emprender la
segunda etapa de la travesía.
Luego
de tomar un desayuno (galletas, tortas de vainilla y naranja,
café, mate o chocolatada), nos sacamos una foto
con todo el grupo (frente a la camioneta que cumplía
la tarea de apoyo) y tomamos la carretera rumbo a Las
Chacras. Un cartel advertía "San Isidro, 13
Km, Santa Rosa 35 Km".
Tras
pedalear 16 kilómetros, una ruta perpendicular
hacia la izquierda nos llevaría a Las Chacras (a
15 kilómetros). Desde allí el camino de
tierra, con algunos tramos de piedra y algunas subidas
bastante pronunciadas, nos ofreció una serie de
paisajes alucinantes.
Hay
que tener en cuenta que a los costados del camino crecen
arbustos espinosos que de habernos desviado, internándonos
por el campo, hubieran provocado pinchaduras en cualquier
momento. También hay que prestar particular atención
a algunas formaciones con poca agua y verdín que
es conveniente cruzar a escasa velocidad y con suma cautela.
Ultimos
kilómetros
Llegamos
a Las Chacras a las 13:00. Pasamos por la plaza principal
con su iglesia construida en 1929 y, luego, en un camping
junto al río, nos dispusimos a probar los famosos
fideos de Concarán. Una vez repuestos, partimos
hacia Intihuasi. El camino se tornó rocoso y bastante
peligroso. Eran las 17:30 cuando decidimos armar el campamento,
también a orillas de un río, a 1300 metros
sobre el nivel del mar, pues aún faltaba mucho
trecho para Intihuasi.
Armamos las carpas de nuevo y tras una picadita amenizada
con chistes y trucos de magia nos despedimos hasta el
nuevo día. A la mañana siguiente, desarmamos
nuestras carpas y reanudamos el viaje. El camino, con
cantidad de piedras sobresalientes y la niebla, muy intensa,
no impidieron que fuéramos seducidos por un paisaje
maravilloso. A lo lejos unas montañas deslumbraban
por su belleza.
Desde
el punto de partida teníamos que recorrer 20 kilómetros
y llegar a un camino perpendicular hacia la derecha (a
1480 metros). Desafortunadamente, no habíamos consultado
un mapa. Eso provocó que nos pasáramos 20
kilómetros, porque el camino no estaba señalizado
correctamente. Ya eran las 12:00 cuando la camioneta de
apoyo nos recogió para alcanzar La Carolina y,
desde allí, San Luis.
Almorzamos muy bien y barato en La Casa de Omar, al pie
de la montaña. Luego, tras un breve descanso -hasta
las 17:00-, emprendimos la marcha de 85 kilómetros
que nos separaban de la capital provincial. La lluvia
nos acompañaría en nuestro viaje de regreso
a Buenos Aires. En la localidad de Carmen de Areco, en
la estación de servicio del Automóvil Club
Argentino (ACA), tomamos un desayuno y comentamos las
peripecias del viaje.
A
las 7:10 del martes 22 descargamos los bolsos, las bicicletas
y algunos recuerdos para nuestras familias y amigos y
nos despedimos hasta nuestra próxima apasionante
travesía ciclística por el interior del
país. Por el interior de nosotros mismos.
Nota:
e-mail: cicloturismo@redesdelsur.com
web: www.cicloturismoaventur.com.ar