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Trekking pasado por agua
Mariano
T. Rodríguez Ribas - Aventurero
La camioneta se fue por el ripio levantando polvo, cruzó
el puente y enseguida desapareció. Eran las nueve y cuarto,
el día estaba muy nublado y hacía frío. La altura sobre
el nivel del mar era de 1080 metros y había nervios en
el ambiente. Cargamos las mochilas al hombro sin mirar
al cielo encapotado por nubes, ajustamos alguna que otra
correa, nos aseguramos de tener agua en las caramañolas
y nos metimos en el bosque siguiendo la picada "los guías".
Darío iba a la cabeza, después seguíamos en este orden:
yo, Ana Ibarzábal, Agustín Ibarzábal, Fernando Ibarzábal,
Santiago Ibarzábal, Tonio Rodríguez Ribas (mi viejo) y
cerrando la tropilla, Gerardo. Íbamos en fila india a
paso lento buscando las macheteadas en las lengas que
marcaban el sendero. El bosque se iba tornando más silencioso
y nuestras voces se perdían con el ruido del viento que
hacía crujir las lengas.
Caminamos
alrededor de dos horas hasta que llegamos a un pequeño
cañadón donde un arroyo nos proveyó de agua. En el bosque
de lengas, entre hongos, orquídeas y maitencillos el silencio
se hacía cada vez más distinguible. Atrás y abajo, quedaba
la ruta del Paso Internacional Puyehue (ahora Cardenal
Samoré) y los autos se sentían cada vez más ajenos al
entorno. Era el Domingo 14 de Marzo de 1999.
No era un domingo cualquiera, era "el" domingo que comenzaba
nuestra travesía Paso Puyehue-Brazo Blest. Mi viejo, Fernando
y Ana venían organizándola desde enero. Semanas antes
de partir, nos juntamos en casa para dividir las compras
y calcular los pesos. Alrededor de 5 kilos por cabeza
correspondían a la comida para los seis días y sumándole
la bolsa de dormir, las carpas, y algo de ropa llegamos
a los
10
kilos. Solo pensar en esos números nos ponían nerviosos,
y se empezaron a escuchar frases como "yo a eso no lo
aguanto ni por dos cuadras" o "¿llegaremos?. Pero cada
uno, en el fondo, sabía que haría lo imposible para lograr
el objetivo.
Cuando llegamos a la casa de los Ibarzábal en Villa la
Angostura, empezamos a armar el equipo. A la mañana siguiente
el remise nos pasaría a buscar a eso de las 7:30 para
ser los primeros en cruzar migraciones. Viajaríamos Fernando,
Ana, Agustín, Santiago, Papá y yo, para levantar a Gerardo
Saldivia (uno de los guías) en el ACA del pueblo y luego
pasar por lo de Darío Remorino (el otro guía).
Esa noche todos dormimos poco. El miedo de olvidarnos
algo y los nervios nos despertaron más de una vez en medio
de la noche. El tiempo no estaba nada bueno. Mientras
el barómetro bajaba (indicios de mal tiempo), nuestra
ansiedad crecía. Tomamos un lujoso desayuno que sumado
a la panzada de la noche anterior tenía que durar por
seis días. Todos sabíamos que esa "última cena" sería
recordada en cada cucharada de polenta, arroz o fideos
durante el campamento.
Como Gerardo se quedó dormido y llegó quince minutos tarde,
las cargadas y los chistes se hicieron presentes. Por
un rato nos hicieron olvidar del peso de las mochilas
y del mal tiempo.
Después de descansar durante veinte minutos en un arroyo
que encontramos en el medio del bosque, seguimos subiendo
hasta llegar al timberline (que es la línea donde termina
el bosque y comienza el suelo de arena volcánica) a 1443
metros de altura. Las nubes eran bajas y la visibilidad
comenzó a reducirse mucho. La emoción era fuerte y la
aventura recién empezaba.
Un cóndor, dándonos la bienvenida a "su" montaña, sobrevoló
nuestras cabezas al aparecer adelante nuestro. Aunque,
más que bienvenida fue un susto porque volaba bajo y no
nos vio hasta estar a siete metros de nosotros. Imaginen
estar volando en el medio de la nada y encontrarse de
golpe con ocho personas disfrazadas con vestimentas de
colores, caminando en fila india y además con la boca
abierta. Se asustó tanto que empezó a aletear como loco
para alejarse y se perdió entre las nubes tan rápido como
había aparecido.
A medida que subíamos, se veía menos y determinamos navegar
con la brújula, el GPS y la carta (mapa). Sabíamos que
al sur-este estaba el volcán Pantojo, donde debíamos dirigirnos.
Si lo hacíamos en línea recta teníamos que subir y bajar
pequeños valles y si lo hacíamos por el filo, era una
subida leve y poco empinada que demandaba menos esfuerzo.
Por eso, a pesar de sufrir más cansancio, no nos quedaba
más remedio que guiarnos con la brújula.
Caminamos así por un término de media hora, hasta que
por suerte, encontramos unas huellas; resultaron ser de
los gendarmes chilenos que hacía diez días habían hecho
ese recorrido para controlar los hitos. Es un control
que llevan a cabo una vez al año.
Sin
poder creer nuestra suerte, seguimos viaje rumbo al hito
Pantojo Nuevo a 1780 metros aproximadamente, donde almorzamos.
El imponente volcán Pantojo, fue en su momento un cono
de 2000 metros con la misma forma del Lanin, donde la
lava del interior se endureció y formó un cono batolítico.
Luego, con la erosión del agua y el viento sus laderas
fueron desapareciendo hasta formar un plató (superficie
plana de aproximadamente un kilómetro cuadrado) a su alrededor.
Por eso el volcán surge en el medio de una planicie y
es lava volcánica pura.
Durante el almuerzo, las nubes seguían bajas hasta que
en un claro pudimos apreciar el volcán. Fue impresionante
ver algo tan grande cerca nuestro. Pero el espectáculo
duró pocos minutos; las nubes se lo llevaron enseguida.
Después
de atravesar el "plateau" comenzamos nuestro descenso
hacia el valle Millaqueo Uno, donde pudimos ver la punta
del Brazo Rincón perteneciente al Lago Nahuel Huapi. También
observamos lagunas suspendidas en los valles chilenos
y la naciente del río Machete por donde bajamos.
A eso de las seis de la tarde llegamos al valle donde
acamparíamos. Armamos las carpas, encendimos el fuego
y como el tiempo no pintaba lindo armamos un "Vivac" que
pasaría a ser nuestro comedor y sala de reunión en caso
de lluvia. Todos estábamos agotados y cuando empezó a
hacer frío nos abrigamos bien y nos preparamos para comer
un rico arroz primavera. Ana, por ser la más experimentada
en el tema, hizo el papel de cocinera. Fue el arroz más
rico que comí en mi vida (tal vez porque estába muerto
de hambre). La noche terminó con una ronda de mates y
a las diez y media ya estábamos todos en las carpas dentro
de nuestras bolsas de dormir. El termómetro acusaba cinco
grados y las nubes seguían pasando bajo y amenazantes.
A las seis de la mañana empezó a llover y no paró hasta
las diez, por lo tanto, los guías decidieron que ese día
no íbamos a seguir caminando, como estaba planeado desde
un principio. Después de tomar el desayuno, a eso de las
diez, cargamos una mochila con agua y energizantes (nueces,
almendras, pasas de uva, orejones etc.)
Darío y yo partimos hacia el valle del "Millaqueo dos"
donde buscaríamos un paso para evitar tener que subir
y bajar una montaña de 1900 metros. Los demás se quedaron
en el campamento y cuando mejoró un poco el tiempo fueron
hacia el este, por donde bajaba el valle, hasta unas formaciones
de granito que son las más antiguas de todo el parque
nacional.
Caminamos
más o menos una hora hasta llegar a una planicie que dividía
los valles Millaqueo uno y dos. Después, bajamos un poco
al valle del Millaqueo dos, donde tratamos de ladear la
montaña de 1900 metros entre las lengas y las rocas, pero
la pendiente era muy dura. Si nos parecía dificil de subir
aún sin equipos, iba a ser imposible para el grupo entero
con las mochilas y todo el equipamiento. No nos quedaba
más remedio que subir y bajar.
Ascendimos nuevamente a 1500 metros. Nos comunicamos por
radio, tal como habíamos acordado. Eran las doce y el
viento corría fuerte; nos resguardamos atrás de unas rocas
y le avisamos a los demás que no había ninguna novedad
y que alrededor de las tres estaríamos de vuelta. Tomamos
un poco de jugo preparado en el momento, comimos energizantes
y emprendimos nuestro regreso.
A la vuelta, en lugar de bajar y volver a subir el valle,
lo ladeamos por los filos divisorios de agua donde vimos
un pequeño ventisquero de hielo y el hito Millaqueo dos.
En el llano que dividía los dos valles Millaqueo encontramos
huellas de Puma. El animal, seguramente pasó por allí
minutos después que lo habíamos hecho nosotros, porque
a la ida no vimos sus huellas. Además, parecía que el
puma estuvo persiguiendo una liebre ya que las marcas
en el suelo se confundían con pisadas de menor tamaño.
Llegamos al campamento y después de almorzar nos fuimos
a dormir una siesta porque empezó a llover y no había
mucho que hacer. Por la noche, Ana preparó una polenta
riquísima mientras, un zorro pasaba cerca del campamento.
Llovía, y la temperatura bajaba hasta llegar a los cero
grados.
La noche terminó con una ronda de mates, ideal para Agustín
y yo, que tomábamos nota de lo sucedido. Papá había decidido
dormir afuera porque la noche anterior había tenido asma,
ocasionada por las plumas de las bolsas de dormir. El
comedor, convertido en una sala de estar, pasó a ser también
su cuarto.
Al
tercer día nos levantamos con frío: hacía tres grados
de temperatura y como el tiempo no había mejorado, nos
retrasó un día más. Durante la noche había llovido donde
estaban las carpas, pero unos metros más arriba de nosotros
una linda nevada cambió el paisaje por completo.
A eso de las dos de la tarde, partimos con Darío y Gerardo
para el cerro Ceniza desde donde trataríamos de comunicarnos
con Villa La Angostura para que nos den el parte meteorológico
de los próximos días.
Ya habíamos decidido que la travesía no la podíamos concretar.
Estos dos días de retraso nos dejaban sin víveres para
poder continuar sin riesgo. Subimos al cerro sin hacer
cumbre ya que desde uno de sus picos más bajos nos pudimos
comunicar sin problemas.
Darío llamó al Cerro Bayo donde nos dijeron que el tiempo
no iba a mejorar. Estaba pronosticado lluvia para los
tres días venideros. Llamé a casa con el celular mientras
la nieve caía sobre mi cabeza. Comenté que estaba todo
en orden y que no tenían por que preocuparse. Ni bien
paró de nevar bajamos al campamento donde dimos las malas
noticias. A la mañana temprano estábamos obligados a partir;
el pronóstico indicaba que en La Villa iba a estar nublado,
y seguramente nevaría donde nos encontrábamos nosotros.
Todo se agravó cuando advertimos que la nieve de la noche
anterior había tapado las huellas por las que vinimos.
Para alegría de todos, el viento cambió de nor-este a
sur, y las condiciones climáticas mejoraron. Pero no había
tiempo para correr riesgos: teníamos que volver. A la
tarde el cielo empezó a poblarse de estrellas mientras
el agua para los fideos hervía en el chispeante fogón.
Ya entrada la noche y con la panza llena nos juntamos
rodeando el fuego. Entre chistes y comentarios las rondas
de mates se alargaron.
La
noche estaba muy tranquila, aunque el frío del viento
sur congelaba hasta las llamas del fuego. El valle estaba
iluminado por el brillo de las estrellas y como despedida,
nos juntamos a mirarlas con detenimiento mientras fumábamos
unos habanos. Tratamos que esos momentos queden adentro
nuestro. En el medio de la nada rodeados por todo; dando
bocanadas de aire, suspiros eternos donde nos tragábamos
la historia, haciendo más largos los segundos.
Los momentos pueden ser efímeros, o como estos, que duran
quedan en el recuerdo para toda la vida. Esa noche fui
a dormir afuera con papá. Pusimos unos cuantos leños en
el fuego para que duren y mirando las estrellas nos quedamos
dormidos...
Al amanecer, el sol se levantó justo en la punta del valle
y sus rayos empezaron a descongelar el piso blanco de
pasto helado. Tomamos un buen desayuno y emprendimos el
regreso. Las nubes subieron y el sol trataba de calentarnos
mientras el viento
helado hacía subir la nieve casi congelada. El paisaje
era impresionante. A diferencia con el viaje de ida, esta
vez se veía el horizonte. Pudimos ver el Cerro Tronador,
el Lanin, el Puntiagudo y todos los demás volcanes y cerros,
tanto del lado argentino como del chileno.
Los cóndores salieron a tomar sol y a curiosear volando
cerca de
nuestras cabezas. Llegamos a almorzar al "Timberline"
o filo de lengas y a eso de las seis y media ya estábamos
en la ruta. Atrás, dejamos cuatro días de experiencia
en la montaña donde aprendimos que la que manda es ella
y que Mahoma va a la montaña si la montaña quiere.
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