Travesía sin tiempo por Latinoamérica VII
Bruno
Monfrinotti
- Aventurero
Luego
de once meses llegué a Miami, Estados Unidos. Se
terminó una gran etapa de este viaje: Latinoamérica
(Ver relatos anteriores).
Extraño tanto como siempre y los ojos están
aún más atentos hacia el sur, debido a los
acontecimientos que se producen en mi país, Argentina.
Les voy a relatar mi paso por México, país
el cual no me permití disfrutar tanto, por estar
largo tiempo con mi mente en la Argentina y los argentinos.
Pero
no hablaré acerca de los problemas, de los que,
por otra parte, los lectores compatriotas ya estarán
hartos de hablar. Intentaré distraerlos un poco
de tal sufrimiento, relatando mis últimos dos meses
de viaje. Espero lograrlo.
Nos
habíamos quedado en la Península del Yucatán
esperando a la viejita
mochilera, es decir, mi madre. Al fin llegó
y la pasé a buscar por el aeropuerto de Cancún.
Me sorprendió, pues cargaba una mochila bien pequeña
y liviana, con la que podía caminar perfectamente
largas distancias. De hecho, lo hizo desde el aeropuerto
hasta la ruta por donde pasaba el bus que nos llevaría
a Playa del Carmen desde donde, diariamente, iríamos
a conocer los demás sitios de la península.
No
les describiré demasiado esta zona, ya que es bien
conocida. Sólo les diré que anduvimos por
Tulum, hermosas ruinas a orillas del mar Caribe. Isla
Mujeres, frente a Cancún, posee muy bonitas playas,
muy bien preparadas para el turismo. Y por supuesto Playa
del Carmen, lugar preferido por mi mamá, debido
a su costa caribeña, sus exclusivas casas de artesanías,
con plata y piedras, y la ensalada de frutas que se vende
en el malecón (costanera).
Luego
de una semana en esta zona, y tras amenazar a mamá
con que cargaría ella con todas las artesanías
que comprara, seguimos camino a Valladolid, casi igual
de livianos.
Pueblo
famoso por su longaniza y los cenotes. Si bien la longaniza
no nos pareció gran cosa, el cenote Dzitnup nos
gustó un poco más. Cuando llegué
a esta zona, aprendí que un cenote es una gran
caverna subterránea con una laguna en su interior.
No salió ninguna foto del lugar debido a la poca
luz en su interior y la simpleza de mi cámara.
En
cambio, verán fotos de Chichen Itzá, antiguas
ruinas mayas a las que se puede acceder desde Valladolid.
Allí mamá se recibió de trepadora
de pirámides. Y cuando digo "trepadora"
es porque más que subirlas se aferraba fuertemente
a las rocas que componían la escalera con manos,
piernas y dientes. Debo admitir que con su estilo tan
particular pudo subir y bajar sin muchas complicaciones.
En
realidad, ya me acuerdo muy poco de la historia detallada
de estas ruinas, pero debo contarles que cuando las vi
me sentí algo efímero al saber de la antigüedad
de tales construcciones y no pude dejar de relativizar
mi vida con respecto a la historia de esta civilización.
Es imposible pensar en el viejo refrán "No
somos nada", al mismo tiempo que se toma conciencia
que la única manera de "ser algo" es
dejar nuestra obra para la posteridad, como muy inteligentemente
hizo esta gente.
Dejamos
la filosofía barata colgada en alguna piedra de
alguna pirámide y nos fuimos hacia Mérida.
Llegamos un domingo, en plena feria de artesanías.
Esta vez no pude evitar el gasto ante tan autóctonos
productos. Y no fui yo, precisamente, quien gastó.
Sabores
picantes
Allí
pudimos disfrutar de algunos espectáculos musicales
y danzas locales muy bien presentadas en la plaza principal,
y recorrer el Paseo Montejo, una especie de Champs Elysees
mexicano. No paramos de conocer nuevos platos típicos
y pedir a los camareros. ¡Sin picante, por favor!
Con respecto a la comida, no hay que subestimar a esta
gente. Son capaces de ponerle picante a lo que menos uno
se imagina. Y si a uno no le gusta la comida picante,
es preciso aclararlo muy bien aunque pida un vaso de agua.
Dejamos
Mérida para dirigirnos a Palenque, ciudad pequeña
con acceso a las ruinas del mismo nombre. La sensación
que se tiene al llegar es similar a la llegada a Chichen
Itza, con la diferencia que estas ruinas se encuentran
en una zona más selvática, lo que le da
al lugar un aire más romántico.
No
pasamos mucho allí, pues seguimos camino a San
Cristóbal de las Casas, pueblo colonial construido
en las alturas y donde el frío se hacía
sentir. Este pueblo se encuentra rodeado por comunidades
indígenas. Por lo tanto, es común ver en
sus calles a esta gente comerciando sus productos y a
los turistas comprando o escapando. Digo esto porque es
el sitio donde más nos sentimos acosados por vendedores
y pedigüeños. De todas formas el pueblo es
muy bonito y muy barato. Para los fanáticos del
ámbar este es el lugar ideal, ya que se encuentran
piezas rarísimas. Algunas contienen insectos prehistóricos
en perfecto estado de conservación.
Por
suerte conseguimos un buen lugar para comer, donde el
picante se servía aparte, por lo que rápidamente
nos hicimos fans. A mamá le fascinó este
pueblo, pero el frío nos terminó ganando
y decidimos ir hacia la costa, precisamente a Puerto Escondido.
Si bien estas playas, y en general las playas del Pacífico,
no le llegan ni a los talones a la costa caribeña
en calidad de aguas y arena, no están nada mal.
Ya más relajados y con menos ropa, nos conseguimos
un hotelucho en la parte alta del pueblo, desde donde
se veía la bahía. Hicimos un lindo grupo
de amigos y pasamos unos hermosos días de playa
y relax.
Debíamos
seguir viaje y, para evitar el frío de las alturas,
seguimos por la costa. Acapulco, ciudad y mar, nos recibió
con altas temperaturas. Clásica ciudad de vacaciones
de capitalinos mexicanos, está colmada de hoteles
y comercios que bloquean la visión directa de la
bahía, y la zona céntrica está bastante
sucia y desordenada. A nosotros no nos gustó demasiado,
pero debo admitir que mucha gente no piensa igual.
Aprovechamos
para hacer algunos trámites en inmigraciones y
huimos hacia un lugar más tranquilo. Zihuatanejo
resultó ser ese lugar. También sobre el
Pacífico, es mucho más tranquilo y propicio
para el descanso. Allí hicimos algo de vida social
y casi consigo un papá italiano dueño de
una heladería.
Fin
de año
Eran
las navidades y las pasamos con mi amigo Kevin, el norteamericano
que conocí en Costa Rica, y su familia. Para esta
época el "corralito" había empezado
a funcionar, así que no nos quedó otra que
aceptar la invitación a cenar que nos hizo tan
amable familia. También con ellos conocimos Ixtapa,
una especie de Cancún en el Pacífico muy
frecuentado por norteamericanos. Terminadas las Navidades
hicimos el último tramo en bus que nos tocaría
juntos para dirigirnos hacia el Distrito Federal, capital
de México.
Megalópolis
y centro cultural de México, la ciudad nos recibió
una madrugada algo fría. Conseguimos un hotel bien
barato en el centro o zócalo, y nos dedicamos a
caminar todos los días gastando lo menos posible,
ya que el efectivo escaseaba. Conocimos su centro histórico,
su zona rosa, algunos museos (especialmente de afuera),
el bosque Chapultepec, el laberíntico metro, el
paseo de la reforma y un domingo nos fuimos para Teotihuacán.
Poseedor
de las pirámides más grandes de todas las
ruinas -del Sol y de la Luna-, Teotihuacán es visitado
por miles de turistas todos los días. El domingo
la entrada es gratuita, así que el lugar se llena
de gente. Por lo tanto, todo tipo de magia se esfuma rápidamente,
pareciendo un parque de recreaciones de fin de semana.
Así que las recorrimos rápidamente, sacamos
las fotos correspondientes y huimos por la retaguardia.
Me
permitirán que haga pocas descripciones de esta
gran ciudad de México. Como toda gran ciudad posee
infinitas facetas y llevaría mucho más de
quince días para conocerla bien. Lo que puedo decir
a primera vista, más allá del amontonamiento
de gente y desorden que esto produce, es que esta ciudad
parece ser un centro cultural muy importante. En especial
las artes plásticas están muy desarrolladas
y si sos fanático de la pintura, no te pierdas
esta capital.
El
fin de año nos sorprendió en plena caminata,
nos metimos en unos de los innumerables restaurantes y
pedimos la cena de Año Nuevo. Así, brindamos
por nuestra salud y la de nuestros seres queridos. Por
el bienestar económico no brindamos, pues no somos
tan ilusos.
En
busca del peyote
El
primer día de enero, mamá volvió
a Buenos Aires. Nos despedimos rápidamente, para
no darnos tiempo a pensar en separaciones. Cuando me quise
dar cuenta, mamá ya estaba escribiendo desde la
Argentina. El estilo del viaje volvería a ser el
de antes, pero ahora con problemas de dinero. Me quedé
una semana más en el Distrito Federal, esperando
alguna definición de nuestro bendito gobierno.
Como bien saben, nada pasó, así que me fui
para San Miguel de Allende. Sin dudas es el pueblo colonial
que más me gustó. Es muy pequeño
y está habitado por gran cantidad de artistas que
venden sus obras, en hermosísimas casas coloniales
perfectamente refaccionadas y adornadas.
Conseguí
un albergue muy económico, donde se vivía
prácticamente en comunidad. Allí hice algunos
amigos y me volví a encontrar por séptima
vez con Carlos y Dolores, unos periodistas y aventureros
argentinos que recorren América, con los que llegué
a crear una hermosa amistad. El problema de Argentina
está en boca de todos, y quien más quien
menos sabe lo que allí está pasando. Así
que conociendo del tema, la gente del albergue me avisó
de un trabajito de tres días en el que podría
ganar unos pesos para poder seguir viaje.
Se
trataba de un comercial de cigarrillos para la televisión
mexicana. Fueron tres días duros, pero muy divertidos.
El comercial se filmaba en una zona desértica donde
el frío no perdonaba. En cambio, debíamos
bailar y divertirnos porque la alegría era lo que
se necesitaba para convencer a la gente que fume esa porquería.
Así lo hicimos y al rato estábamos bailando
una cancioncita monótona que nos hacía reír
del cansancio, o comiendo y hablando de cualquier cosa
para pasar el tiempo.
En
definitiva, lo único que se necesitaba era nuestra
imagen de fondo... bien de fondo. No pensé que
cumplirían con su parte del trato, pero lo hicieron,
en tiempo y forma (argentino desconfiado). Así
que con ciento cincuenta dólares en el bolsillo,
decidí seguir camino y me fui para Real de Catorce,
un pueblo abandonado en medio del desierto, vuelto a la
vida gracias a la magia del peyote.
Las
espinas del desierto
Sí,
Real de Catorce era un pueblo minero del siglo pasado.
A medida que las minas dejaron de ser rentables, el pueblo
fue quedando vacío. Pero en los sesenta, época
de psicodelia, muchos hippies se trasladaron a este pueblo
en búsqueda del peyote, pequeño cactus alucinógeno
muy usado por el pueblo Huichol para comunicarse con sus
dioses. El resultado es que en estos momentos, el pueblo
se encuentra semi habitado. Y a cierta hora, cuando muy
poca gente sale a la calle, vuelve a tomar la forma de
pueblo fantasma de película del oeste. Allí
me hice amigo de Luigi, un italiano con el que nos adentramos
en el desierto en busca del raro cactus.
Lo
cierto es que nos encontramos con innumerables especies
de cactus, algunos más pinchudos que otros (lo
digo por experiencia), pero del peyote ni noticias. Después
de casi seis horas de caminata por el desierto, volvimos
con las manos vacías y el orgullo agujereado como
un colador. Me despedí de Luigi y me fui para Monterrey
a pasar mis últimos días en México.
Monterrey
es una ciudad altamente industrializada, casi norteamericana.
Para mi gusto con poca personalidad cultural, pero con
muy buen nivel económico. La gente vive más
al estilo de sus vecinos del norte, pero de cualquier
forma se sienten bien mexicanos. No tengo mucho más
que decir de esta ciudad. Desde allí viajé
48 horas en bus, para llegar a Miami. Me encontré
con mi hermana Alexandra, y con mi primo y ex compañero
de viaje Sergio (Ver Travesía sin tiempo por Latinoamérica
I, II,
III, IV).
Ellos me están dando una mano hasta que se solucionen
los problemas por allá. Mientras tanto duermo,
como y me saco las últimas espinas del desierto.
Continuará...
Ver:
Travesía sin tiempo
por Latinoamérica I
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica II
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica III
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica IV
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica V
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica VI
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica VII
Nota:
brunomon@hotmail.com