Groenlandia de costa a costa
José
Mijares - Experto Aventurarse
En
mayo de este año reuní por fin las ganas
y me puse en marcha con un viejo plan: cruzar el casquete
polar groenlandés de costa a costa. Para imaginarse
siquiera el paisaje habría que pensar en la superficie
del mar, vasta y desproporcionada, donde uno es apenas
un punto sobre el horizonte. Este viaje fue hablado largamente
con mi amigo y compañero de fatigas Heber
Orona, quien habría estado a mi lado si
las cosas no hubieran tomado luego el rumbo que siguieron;
pero no pudo ser y al final fue Carles Gel, escritor y
guía de montaña catalán, y finalmente
mi compañero. Dos cumbres en el Denali me animaron
a intentarlo de una vez por todas. El 7 de mayo nos reuníamos,
Carles y yo, en la masia que tienen sus padres a las afueras
de Barcelona para organizarlo todo y, con un importante
exceso de equipaje, volamos a Copenhague y después
a Sondre-Stromfjord, en la Costa Oeste de Groenlandia.
Sondre
es un lugar como otro cualquiera a esa latitud, con excepción
de los países nórdicos. Anodino, con ese
aire de colonia, mezcla impersonal de civiles y militares
llegados de afuera, que aprenden a convivir con los lugareños,
un poco extraviados en ese impreciso camino a ninguna
parte adonde se dirigen los últimos nómadas
del planeta.
Una
4x4 a precio desorbitado nos dejó donde nace el
hielo, a una veintena de kilómetros del pueblo,
en un lugar donde se ha construido una pista sobre el
hielo que tiene como fin llevar a un campamento de la
Volkswagen, donde prueban vehículos y riegan de
euros la economía local, que ve así con
buenos ojos el tinglado.
Allí
comienza la travesía, con unas pendientes moderadas
que nos van situando sobre el plató y dejando atrás
las montañas, única referencia en los inicios
del viaje que anuncian unos horizontes sobrecogedores
de puro inmensos.
Nuestro
viaje de cuatro semanas estaba pensado para empezar suave,
a modo de entrenamiento, e ir forzando más la maquinaria
a medida que las pulkas se hicieran más ligeras
y nuestro hambre por llegar nos forzara a salir. Del otro
lado, las montañas en el horizonte habrían
de servir de estímulo y la pendiente de bajada
de acicate, para lanzarnos locamente hacia el mar. Este
era el plan y en realidad poco cambió de nuestra
idea original, salvo que el tiempo se hizo engorrosamente
molesto y la nieve del otro lado no estaba como la soñábamos,
sino fresca. Por otra parte, la pendiente no era tal pendiente...
Reino
de viento
Durante
los primeros diez días no hizo otra cosa que sol
y una suave brisa en contra mientras subíamos a
lo alto del plató, a 2500 metros. Cada noche, al
acampar, me sentía inmensamente feliz en ese espacio
virgen y desproporcionado, donde no acertaba ni a imaginar
cómo medir distancias. Las cocinas rugiendo afuera
y el confort de la tienda eran una felicidad primitiva,
que echo de menos al rememorar ese tiempo. El viaje iba
como la seda, con etapas de 8/10 horas. Una media de veinte
kilómetros por día, nos hacía avanzar
dentro de lo previsto. Habíamos marcado un punto
sin retorno, una vieja base americana (Dye 2) de la época
de la guerra fría, un mausoleo al horror de dimensiones
gigantescas, perfectamente visible a treinta kilómetros
de distancia y donde actualmente hay una pista de aterrizaje
atendida por una simpática pareja americana.
Las
noches en la tienda se vieron interrumpidas por un gran
"frigorífico" que nos dejaron los yanquis,
donde sólo pasamos un día y cenamos una
sopa caliente con pan recién hecho que nos devolvieron
los sabores de casa.
El
coloso fue quedando atrás y desde entonces el mal
tiempo fue la presencia más notoria del resto del
viaje. El viento en contra dejó de ser una simple
brisa y las nevadas se fueron sucediendo a medida que
avanzaban los días y la esperada bajada no llegaba
nunca. A nuestro paso sólo nieve fresca, donde
las pulkas se hundían miserablemente, dejando tras
de sí una cicatriz en el paisaje, memoria de nuestro
peregrinaje por el desierto helado donde avanzar era un
trabajo duro.
Al
anochecer las cocinas ya no rugieron más a la intemperie
y nos acostumbramos, no sin incertidumbre, a tenerlas
dentro de la tienda; pusimos en práctica aquella
vieja técnica del murito alrededor y empezamos
a alargar las etapas convencidos de que de otra manera
no llegaríamos.
Un
día amaneció con un viento aún más
violento y tomamos la decisión de volver a nuestra
guarida, donde permanecimos tres largos días, con
todo húmedo alrededor y preguntándonos por
nuestro destino si las tormentas seguían aún
más fuertes. Pero una mañana, apenas se
calmó, nos lanzamos con hambre de kilómetros
hacia la llanura y dejamos tras de nosotros una huella
de 35 kilómetros. Al llegar a nuestro campamento,
algunas noches nos alejábamos de él para
contemplarlo desde la distancia, como un barco en puerto
seguro, nuestra Vaude era el único relieve teñido
de todos los colores del anochecer en el hielo, donde
el sol apenas llegaba al horizonte volvía a arrancar
con fuerza hacia el cielo inmenso y protector.
Nunca
me he sentido tan desnudo sobre la tierra entera como
en el centro de Groenlandia. Tengo ese horizonte grabado
para siempre en la retina y sólo pienso en volver
de nuevo al Ártico.
De
costa a costa
Cuando
después de 23 días vimos de nuevo las montañas
del este, no sabíamos ni qué veíamos.
¿Acaso barcos? ¿Icebergs? Qué desacostumbrados
estábamos al relieve, qué inmensa felicidad
al intuir el final, con el mar lamiendo la orilla, y qué
incertidumbre pensando cómo salir de allí.
Las últimas etapas fuimos a tope; más de
40 kilómetros y hasta veinte horas de marcha, con
caídas en los muchos ríos que se abrían
paso por el plató glacial. Este empezaba a resquebrajarse
como un melón e hizo replantearnos el camino de
bajada al mar, que fue ligeramente más al norte
de lo que hubiéramos querido; así que llegamos
al mar después de 26 días de marcha, sin
apenas comida.
Probamos
el mar pero era imposible llegar hasta la isla donde se
encuentra Isertoq. Habíamos llegado al final del
camino. Delante de nosotros, un fiordo insuficientemente
helado para cruzarlo caminando, nos obligó a tomar
la única decisión posible: llamar al helicóptero
y volar hasta Ammasalik. Habíamos salido de la
Costa oeste, donde nace el hielo, y después de
26 días estábamos a la orilla del mar, en
la Costa este, a 600 kilómetros.
Una
pareja de policías groenlandeses bajó del
helicóptero con una sonrisa pintada en el rostro
y eso fue suficiente para pensar "estamos en casa".
Ha sido un buen viaje. Es la primera vez que españoles
cruzan de oeste a este el casquete polar groenlandés
y, sobre todo, una experiencia en el Ártico, al
que me he quedado totalmente enganchado.