Remada a la isla Martín García en canoas canadienses
Lucas Miguez
- Aventurero
Cuando se planifica un viaje de este tipo, se organiza
con mucho tiempo de anticipación, aunque el día de salir,
siempre queda algún detalle pendiente. No era la primera
vez que íbamos a Timoteo Domínguez o Martín García a remo,
pero sí la primera que íbamos en dos canoas construidas
por nosotros.
Una
vez que logramos dejar nuestros temas laborales, nos reunimos
en mi casa, tiramos dos de nuestras canoas en el Río Reconquista
y cargamos los equipos. Ya eran casi las tres de la tarde
del día viernes y si no nos apurábamos a salir, la noche
nos iba a alcanzar en zona de costas bajas, poco propicias
para armar campamento. Es curioso y a uno le llena el
ego cuando sale a remar en este tipo de embarcaciones,
(que son toda una novedad para la zona), la gente te detiene
y te pregunta con asombro: "¿De dónde son?" o "¿Cómo
hiciste para traerlas de Canadá?", y cuando uno les dice:
"No, las construimos nosotros", creo que muchos no nos
creen. La confusión es lógica porque para fabricarlas
nos basamos en clásicos modelos del norte de América,
de la zona de los grandes lagos. Siempre procuramos
mantener el diseño original y las hemos adaptado a nuestras
exigencias como raidistas, para el Delta y otros ríos
similares.
El primer tramo de nuestro viaje fue por ríos angostos,
un recorrido muy ameno desde Tigre hasta el Paraná de
las Palmas. Aprovechamos este trayecto para llevar las
dos embarcaciones juntas y poder ir charlando de bueyes
perdidos. En una de las canoas iban Ricardo y Mauricio
y en la otra Alberto y yo, los cuatro con una vasta experiencia
en travesías por ríos. Delante nuestro se alternaban un
sinfín de gamas de verdes, y los primeros tonos de amarillos
y ocres anunciaban el inicio del otoño, una de las estaciones
más pintorescas para descubrir el Delta. Cerca de las
18:00 PM dejábamos atrás los pequeños arroyos para "sumergirnos"
en el imponente hermano del mar, el Río Paraná. La corriente
a favor nos facilitó este tramo hasta el Canal del Sueco
y los Bajos del Temor. En ese momento, el sol se ocultaba
a nuestras espaldas, regalándonos un paisaje que ameritaba
unas fotos. Ya quedaban pocos minutos de claridad, y la
necesidad de armar campamento era primordial. Cerca de
la desembocadura de los Bajos del Temor encontramos la
entrada de un pequeño arroyo, que lo más probable era
que se extendiera sólo unos metros más adentro.
Cuatro horas y media después desembarcamos y nos distribuimos
las tareas. Sacamos las canoas a tierra, armamos las carpas
y preparamos la comida. La cena fue un suculento guiso
a cargo de Beto, muy necesario después de una jornada
de actividad física prolongada.
Por la noche el agua comenzó a subir, y el terreno a inundarse,
algo muy común en la zona, por eso uno ya va mentalmente
dispuesto para ese tipo de percances. Levantamos campamento,
juntamos todo el equipo y lo colgamos de los árboles,
le sacamos los asientos a las canoas, las tiramos al agua
y las atamos a la costa. Luego, cada uno tomó su bolsa
de dormir, subimos a las canoas y nos echamos a dormir.
Los botes tienen 5,60 mts. de eslora (largo) y 0,90 mts.
de manga (ancho), un espacio cómodo para que dos personas
puedan recostarse. El resto de la noche fue tranquila
a no ser por algún que otro ronquido molesto...
A las 5:30 AM comenzamos a preparar el equipo, el agua
ya había descendido, y después de un desayuno de café
con leche, algún mate y galletitas, zarpamos rumbo a Timoteo
Domínguez. La segunda etapa fue un poco más dura, porque
había que realizar dos cruces importantes y las corrientes
no son siempre a favor. El primero de los cruces, el más
largo (1 hora, 40 min. aproximadamente), es desde la boca
del Barca Grande a la Isla Oyarvide. Afortunadamente,
el clima estaba de nuestro lado. Esta isla es de reciente
formación, repleta de juncales con apenas una parte de
tierra firme. Una vez que se realizó el cruce, hubo que
bordear la isla hasta quedar frente a Martín García, imponente
por sobre todas las demás. Es un gran macizo granítico,
último afloramiento del Macizo de Brasilia, su altura
es de 27 metros sobre el nivel del mar. Lo que la hace
resaltar por sobre las demás es su formación sedimentaria.
Y se da una curiosidad cuando uno ve Martín García desde
lejos: no se alcanza a divisar Oyarvide a pesar de que
se encuentre por delante de la primera.
Finalmente, desde Oyarvide se cruzó a Timoteo Domínguez,
una pequeña isla pegada a Martín García. Timoteo Domínguez
es un gran banco de arena, con algunos cipreses y sauces
plantados por el hombre. Después de haber recorrido 70
km., llegar a una playa de arena fina no es poca cosa.
Desde la isla se ve bien calara la costa uruguaya, apenas
a 5 km. de distancia.
Una
vez en el lugar, retiramos las canoas del agua y antes
de acampar, como ya era pasado el mediodía, cocinamos
arroz blanco con unas latas de atún y un par de cebollas
y morrones a las brasas. Durante el resto del día cada
uno disfrutó de la isla a su manera, pescando, durmiendo
la siesta o tomando unos espumosos mates. Las canoas se
habían comportado como esperábamos; la velocidad crucero
fue mayor a la de un kayak de travesía, y habían respondido
muy bien a la marejada del último cruce, sin contar que
nos habían permitido descansar durante la noche, cosa
imposible si hubiéramos salido en kayak. Otro detalle
importante es que al ser canoas construidas íntegramente
en cedro y timbó, brindan una excelente flotabilidad,
y permiten una amplia capacidad de carga con relación
a una canoa plástica.
Al atardecer nos sentamos en la playa para ver el espectáculo
de la puesta de sol y tomar unas fotos. Ni bien oscureció
cenamos unos fideos con tuco acompañados de un buen vino
tinto enfriado en el río y nos fuimos a dormir temprano,
nos esperaba un día largo, el regreso a Tigre iba a ser
en un solo día.
Durante
la noche, nos despertó un fuerte viento y las luces de
una tormenta eléctrica que se aproximaba. Nos levantamos
para asegurar el equipo de manera que nuestro sueño no
vuelva a ser interrumpido por algún inconveniente que
la tormenta podría llegar a traer con ella. Desde ese
lugar, donde no hay nada que cubra el horizonte en ninguno
de los puntos cardinales, ver acercarse una tormenta es
por un lado un espectáculo digno de apreciar , y por otro,
bastante inquietante...
Por la mañana temprano, la gran duda: el tiempo estaba
inestable y había que tomar la decisión de cuándo salir.
Dejamos pasar un par de horas y cerca de las nueve, nos
dimos cuenta que si dejábamos pasar más tiempo, no nos
iba a alcanzar el día para regresar de un tirón.
Durante todo el recorrido tuvimos lloviznas un tanto molestas
pero tolerables. De igual forma, se remó con los trajes
de agua puestos y en los cruces largos se sumaron los
salvavidas. El primer tramo hasta la entrada de los Bajos
del Temor fue rápido, el agua estaba muy baja, y como
el Río de la Plata es de poca profundidad (salvo en los
canales), tuvimos que navegar muy atentos esquivando los
bancos de sedimento y buscando zonas de mayor profundidad.
El riesgo en estos casos es quedarse varado y tener que
descender de las canoas a empujar hasta volver a encontrar
un canal.
Cerca del mediodía bajamos en
un limpio en la costa, seguramente hecho por pescadores de la
zona. El almuerzo fue una tararira que había pescado Mauricio
el día anterior y que ya habíamos cocinado. Creo que ni las
escamas le perdonamos...
El regreso fue
largo, 13 hs de remo incluyendo la parada de una hora para comer
y relajarse. El último tramo que es desde el Paraná hasta Tigre,
lo realizamos prácticamente de noche, utilizando destelladores
y linternas por seguridad. El río de noche tiene su encanto,
el agua por lo general está planchada como un espejo, alumbrada
por alguna que otra luz de los muelles. El trayecto fue un placer,
no cruzamos ni una lancha, en parte por lo lluvioso del tiempo
y en parte por la hora que era.
Una vez en Tigre,
y más allá de lo cansados que estábamos, quedaba todavía la
parte del viaje que a nadie le gusta, pero que es tan necesaria
como cualquier otra: sacar las canoas del agua, limpiar el equipo
y guardar todo hasta el próximo viaje, y por supuesto, no podían
faltar los últimos mates en casa para charlar un poco de la
experiencia que habíamos compartido, poner puntos en común y
reírnos otro poco.
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