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Diario
de viaje: Abra del Acay 2002,
parte II
Ulises
Luna -
Aventurero
En
la primera parte de esta nota, les contaba un poco el significado
de este viaje, que es para mí un sueño cumplido.
Además de tratarse de la travesía más
alta del Continente, tuve el placer de realizarla junto
a ese referente que es Mariano
Loréfice. Además, narré algunas
de las experiencias aventureras y humanas más importantes
de los primeros días de travesía. Finalmente,
en la Negra Muerta, a 4200 metros y con un frío de
aquellos, despedimos el 1° de mayo, con felices sueños
bajo un cielo estrellado como pocos (Ver: Diario
de viaje: Abra del Acay 2002, parte I). Durante
esa noche hizo -8ºC, los arroyos estaban todos congelados,
y nosotros ansiosos por llegar al Abra del Acay, el tan
soñado objetivo. Pero antes nos esperaba una subida
de 12 kilómetros, que tendríamos que sufrir
mucho para treparla.
Antes
de salir de la Negra Muerta nos vinieron a visitar unos
burros y unas llamas. Algunos burritos eran amigables, así
que nos sacamos unas fotos. Comenzamos el pedaleo hacia
el Abra, atrás nuestro venían los importados.
Nos estaba esperando la chata arriba, con Conrado,
que no pudo hacer la segunda parte de la subida, pero igual
hizo un esfuerzo gigante. Además, ya era la segunda
vez que participaba de esta travesía.
Saludos,
abrazos, besos y felicitaciones mutuas, a medida que íbamos
arribando a la cima. Sacamos muchas fotos, de todos los
ángulos, y no es para menos, porque desde el lugar
se podía ver el majestuoso Nevado del Acay, una preciosura.
A lo lejos, se divisaban las Salinas Grandes de Jujuy. Conrado
nos explicaba algunas otras cosas de lo que se veía
desde el lugar.
Después
de permanecer un rato allí, donde el viento era fuertísimo,
y contemplando el paisaje sensacional, emprendimos el descenso.
Teníamos que llegar a San Antonio de los Cobres y
faltaban 46 kilómetros.
El
descenso era espectacular, en caracol. Pero lo hice tranquilo,
observando los paisajes, sabiendo qué venía
y cuidando a Gasparín que le sacaba humo a los taquitos
del freno. La cosa era que le tiene miedo a la velocidad
y principalmente a los precipicios.
Llegamos
al lugar del almuerzo. Al costado del camino había
ruinas de una casa. Comimos arroz con ensalada primavera.
¡Buenísimo! También allí pararon
a comer los importados.
Seguimos
nuestro pedaleo hasta donde se juntan las rutas 40 y 51,
y desde ahí hasta San Antonio de los Cobres. Antes
de llegar al pueblo hay una bajada kamikaze. Nos alojamos
en el cuartel del ejército, nos pudimos bañar
con agua caliente; una risa, porque el agua caliente dura
sólo 10 minutos, después hay que esperar media
hora para que se caliente de nuevo, y Fernando entró
a los nueve minutos. ¡Se terminó lavando en
la pileta con agua fría! Y a Vanesa había
que hacerle custodia porque era el único baño
y, por supuesto, de hombres.
En
la puerta del cuartel nos esperaban varios chiquitos que
nos regalaban piedritas y apenas las agarrabas te enganchaban
para venderte unas llamitas de lana: Amigooooo, cómpreme
una llamita
.
Merendamos
en la cocina del cuartel, fuimos a recorrer el pueblo. Algunos
decidimos hacer llamadas telefónicas y otros fueron
a comprar aspirinas. Después, todos a un restaurante,
en donde cenamos. A Mauro le dolía un poco la cabeza,
así que le pidió a Bob Marley un té.
Me encargó un té de pupusa. Es
una planta de la zona que usan para apunamiento. Cenamos
unas ricas empanadas de carne y de queso, miramos un poco
de televisión y a dormir.
Viernes
3: El camión del horror
Teníamos
la mañana libre. Después de desayunar en el
cuartel nos preparamos para un paseo. En la calle seguían
los niños insistiendo con sus llamitas, no se daban
por vencidos. La gente del ejército, muy amablemente,
ofreció un camión para ir hasta el Viaducto
La Polvorilla, lugar en donde termina el recorrido del famoso
Tren a las Nubes. A las 9:30, aproximadamente, nos dirigimos
hacia el camión. Era una reliquia de la segunda guerra
mundial: un Unimov de 6 ruedas, grandísimo, espectacular.
Mariano
y Gustavo se quedaron, según ellos, a preparar
los sándwich para el mediodía; ¡mentira!,
¡sabían lo que nos esperaba!
Ibamos
los trece sentados atrás, enfrentados tipo servicio
militar. El camión se puso en movimiento y emprendió
viaje. A los pocos minutos el camino se puso duro, con serruchos.
El milico que manejaba no le aflojaba al acelerador y encima
se olvidó de ablandarle la Rock Shock. ¡No
tenía amortiguación ese monstruo! No se pueden
imaginar lo que saltaba ese camión. Parecíamos
trece marionetas. No nos podíamos mantener sentados.
Nos despegaba de la madera en la que íbamos sentados,
increíble...
Y
para completarla, por la parte trasera se metía tierra
a través de la lona y parecía que estábamos
en una batidora. Al principio nos moríamos de risa,
pero con el transcurso del tiempo la cosa se ponía
un poco densa. En medio del camino se paró el motor
y demoraron unos minutos para repararlo. Un alivio..., aunque
empezamos a preparar las zapatillas. Llegamos, por fin,
a La Polvorilla y nos encontramos con esa obra de ingeniería
impresionante, algo fuera de lo común.
Fuimos
a una feria de artesanías, donde venden tejidos,
yuyos y algunas otras cosas fabricadas por ellos. Había
una llamita bebé que se llamaba Ulises. ¡Mi
tocaya!... cara la loca
porque te arrimaban $ 1 para
sacarte una foto.
Recorrimos
el lugar, sacamos algunas fotos, subimos hasta el viaducto,
un lugar hermoso. Lo bueno fue verlo a Gasparín (les
recuerdo que sufre pánico a las alturas). ¡Se
movía con tal soltura y confianza ahí arriba
que parecía que estaba en Gualeguaychú!
La
vuelta fue un poco más tranquila, o será que
ya estábamos acostumbrados. Ya en San Antonio de
los Cobres abandonamos el camión y a preparar las
cosas para empezar a pedalear. La joda era que nos iban
a llevar en móvil hasta el cruce de las rutas 40
y 51; ¡¡pero otra vez el camión no...!!
Si antes íbamos incómodos, imagínense
ahora con las catorce bicicletas. Encima sufríamos
viendo cómo se rayaban. Fue una tortura.
Comenzamos a pedalear por la Ruta 51. Hicimos un tramo de
ripio hasta Muñano. Luego de ahí, el asfalto.
Tuvimos una pequeña subida, hasta Abra Blanca, lugar
donde almorzamos unos sándwich de jamón, queso
y tomate riquísimos.
Después
del almuerzo nos esperaba lo mejor, la bajada. Era todo
llano o en descenso. Pasamos por algunos pueblitos. La ruta
va siempre costeando el Río Toro y las vías
del Tren a las Nubes, es un paisaje hermoso.
Marino
paró a juntar el grupo. Tuvieron que esperarnos,
porque con Gasparín llegamos como 20 minutos después.
¡Cuando paró se le acalambraron los dedos de
las manos de tanto frenar!
Seguimos
bajando tranquilos hasta Santa Rosa de Tastil, donde haríamos
campamento. Nos pudimos lavar un poco en un baño
público, merendamos y armamos las carpas. Nos vino
a visitar una amiga, la llama bidet. La guacha
nos lamía todo el cuerpo. Cuando llegamos de pedalear,
se instaló con nosotros y no se movió hasta
el día siguiente
una joda. Los importados también
armaron campamento junto con nosotros.
Aquí
se encuentran unas ruinas, creo que de la época preincaica.
Es espectacular cómo se mantienen. Se nota, además,
que era una ciudad grandísima.
Fueron
al bar a tomar una Coca-Cola, con Fernando y demás,
y se pusieron a jugar al sapo. Fue divertido, ya que es
un bar típico del lugar, muy lindo. Cenamos en el
campamento, contamos algunos chistes y después otra
vez al bar a tomar una gaseosa, escuchamos un poco Los Nocheros
y a dormir.
Sábado
4: Un recuerdo imborrable
El
pueblo estaba lleno de gente que va a un curandero. También
hay un museo en el que dicen que hay una momia de los aborígenes.
A pedalear nuevamente, era nuestra última etapa.
Nos despedimos de la llama bidet y salimos, otra vez cuesta
abajo. Después de un tramo de pedaleo comenzó
el ripio. Otra vez teníamos el verde de la naturaleza,
la humedad y la vegetación tupida en las laderas
de la montaña. Todo el camino nos acompañaban
las vías del Tren a las Nubes a nuestro costado.
Las cruzamos varias veces. Hay varios puentes que están
muy buenos. El camino de ripio es todo de polvo blanco.
Parecía que estábamos entalcados.
Llegamos
a Campo Quijano, una localidad muy bella y muy bien arreglada,
con una plaza llena de maquinarias agrícolas de hace
varios años. Gustavo armó una picada con salamín,
queso y aceitunas. Nos sacamos fotos y nos despedimos de
los importados, que agarraban otro rumbo.
Para mí la travesía terminaba en ese lugar,
puesto que Mariano me pidió que me adelantara en
la camioneta con Gustavo para preparar el hospedaje de Salta.
Y los chicos otra vez a pedalear hasta Salta ciudad, por
una ruta bastante transitada, otra vez en fila india. En
el camino, pasaron por el aeropuerto y por varias casas
de fin de semana, pues es la zona de los ricachones de Salta.
Ya
en la urbe, comenzaron a respirar el humo de los caños
de escape, a enloquecerse con los ruidos de la ciudad. Se
metieron por una bicisenda al costado de una avenida, donde
los autos van a mil. Se había terminado esa tranquilidad
que tuvimos durante días y días. Hasta que
llegaron a la plaza principal de Salta. Abrazos, saludos
y felicitaciones mutuas arrancaron una lágrima a
más de uno. Fotos con el Cabildo como fondo, fotos
con el grupo
en fin, la travesía había
culminado.
Ya
en el hospedaje, nos bañamos y dimos una vuelta por
el centro. Revelamos algunas fotos y nos dirigimos al Patio
de la Empanada, lugar de la cena de despedida. Gran cantidad
de empanadas y algunas humitas, mientras intercambiamos
mails y teléfonos para mantenernos en contacto. En
el hospedaje les pedí que todos los que tengan ganas
de escribir algo en mi libro de viajes lo podían
hacer, así que tengo escrito un recuerdo imborrable
de cada uno de mis nuevos amigos, los que me hicieron emocionar
hasta las lágrimas con las frases que me dedicaron.
Cerró el libro de viaje Mariano con su dedicatoria.
En un fuerte abrazo traté de agradecerle todo lo
que hizo por mí, aunque yo sé que es impagable.
A
las 5:00 de la mañana del domingo 5, nos levantamos
y abordamos la chata para emprender el regreso a casa. Mariano
se quedó en la terminal de Salta, pues se iba hacia
Bolivia a realizar el reconocimiento para la travesía
Altiplano Extremo.
El
viaje fue tranquilo, charlando y tomando mates, conversando
con Gustavo, que tenía que manejar hasta La Plata.
Paramos en una estación de servicio a desayunar y
después en otra a almorzar. Por suerte la embocamos
en Santiago, ya que e bastante difícil dar con la
ruta correcta. Descendí en Rafaela, donde tomé
un micro hasta Santa Fe y luego el final hasta Santo Tomé.
Todo
esto que alguna vez fue un sueño hoy es realidad.
Y no terminó, porque lo recordaré el resto
de mi vida. Esto me enseñó que es bueno soñar
despierto, porque quizás alguno se cumpla, uno nunca
sabe, y que soñar con viajes en mi bici y conocer
a alguien es muy bueno. A mi entender los sueños
alimentan el espíritu, por eso seguiré soñando;
quizás en alguna otra oportunidad, quién sabe
cuando y dónde, se desprenda del cielo una luz que
haga realidad otro sueño, ¿no?
Nota:
e-mail:
ulisesprofe@yahoo.com
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