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Las
anécdotas de El Patón
Norberto
Luna -
Aventurero
El
Patón es un personaje de Santo Tomé, provincia
de Santa Fe, Argentina. Con sus anécdotas, vinculadas
a la aventura, deja a más de uno con ganas de imitarlo,
de hacer algo parecido. Es que es tanto el amor por la naturaleza,
que nos lleva a hacer verdaderas locuras. Y digo que "nos
lleva" porque, gracias a Dios, me tocó en suerte
ser el hijo de este aventurero de los ríos. En principio,
deseaba que fuera una sorpresa para él esto de publicar
algunos de sus viajes en el portal Aventurarse.com. Pero
fueron muchas las preguntas y, al final de cuentas, se tuvo
que enterar. Pero aun así vale la pena. Por eso,
a mi viejo que me dio lo mejor de la vida, y que es el amor
a la vida misma, es a quien le dedico esta publicación.
Ahora los dejo con sus relatos, que bien vale la pena leerlos.
Gracias. Atentamente, Ulises Luna.
Primeras
experiencias
Mi
primera "gran travesía" fue en abril de
1994, cuando realicé mi primera experiencia en solitario
y me largué en la piragua de mi hijo Ulises desde
la ciudad de La Paz, Entre Ríos, la que matriculé
en Prefectura Naval Argentina (P.N.A.) con el nombre de
CAPIBARA. Todavía no contaba, digamos, con la suficiente
picardía náutica, pero me sobraban ganas.
Así realicé mis primeros 200 Kilómetros
por el Paraná, en cuatro magníficos días.
Todo era, entonces, novedad para mí. En fin, llegué
al Club Náutico Sur de la ciudad de Santa Fe, donde
me esperaba mi querida familia.
Me
había sacado el gusto, pero me estaba dando cuenta
que esa cosa que se llama aventura había prendido
en mí. Entonces, quería saber cómo
era un poco más arriba, e inmediatamente empecé
a planificar otro viaje para octubre del mismo año.
En esa nueva oportunidad, me largaría desde Goya,
Corrientes, y el viaje llevaría por nombre "Aniversario
P.N.A", quien es la encargada de brindarme todo su
apoyo y me certifica mi libro de viaje.
Al
tener viento sur se me hacía dificultosa la remada
y más si tenía en cuenta que remaba con pala
simple. Un pescado de la zona me aconsejó que remara
por el arroyo El Soto. Así, saldría al Paraná
en horas de la tarde. Luego de consultar mis cartas náuticas
y ubicar el arroyo, comencé a navegarlo. Parecía
que estaba en el paraíso. El viento había
desaparecido por el gran reparo que tenía de la frondosa
arboleda, compuesta en su mayoría por sauces, laureles
y timbó. Fueron
doce días de navegación, para realizar 350
Kilómetros. Muy grande fue mi emoción cuando
entré al canal de acceso y me estaba esperando el
G.C. 94 de la Prefectura, que me escoltó hasta la
cabecera norte de puerto de Santa Fe, donde me esperaba
más personal de prefectura y donde, además,
me obsequiaron una hermosa plaqueta.
Ya
restablecido de mi viaje, comencé a sacar muchas
conclusiones. La más importante era que tenía
que cambiar de embarcación. Quería más
velocidad ya que la piragua era sin dudas para dos tripulantes.
Para mí solo era demasiada lenta y con viento se
volvía muy complicada. Todavía a mis aventuras
les faltaba algo más "picante".
Cambio
de velocidad
En
el astillero del "Negro" Verón nació
el Capibara Tuyha, matrícula SAFE 923, construido
especialmente para mí, pues soy amputado de mi pierna
izquierda por encima de la rodilla. Este sí me deparó
grandes aventuras. Tal es así que para inaugurarlo
me largué desde la localidad de Puerto Bermejo, Chaco,
distante de mi ciudad 900 Kilómetros. Mientras me
lo construían comencé a planificar mejor mi
viaje, incluso en lo referente a la alimentación,
basada en cereales, jugos, leche en polvo y miel. Llegó
el día, entre septiembre y octubre del año
1997. A este viaje lo llamé "Mis Hijos".
Me esperaba el hermoso río Paraguay y los muy largos
900 Kilómetros de recorrido. ¡Todo un desafío!
La
primera jornada de remo, para acondicionarme al kayak, sería
en la localidad paraguaya de Humaitá, lugar histórico
que fue el escenario de la sangrienta guerra de la Triple
Alianza. Luego vendría Puerto Las Palmas, pasando
la noche en las instalaciones de Prefectura Naval Argentina.
Después, la Isla del Cerrito, donde el río
Paraguay desemboca en el majestuoso Paraná.
Me
propuse navegar de un solo tirón el tramo Isla Del
Cerrito - Empedrado (Corrientes), de unos 110 Kilómetros.
Después de hacer el correspondiente rol en prefectura,
donde también estuve alojado, comencé a remar
las 6:00 de la mañana y a las 10:00 "le di a
la pala" con más fuerza. No era para menos,
pues adelante divisaba la gigante silueta del puente General
Belgrano, que une las capitales de Corrientes y el Chaco.
Al medio día llegué a P.N.A. en Corrientes,
donde nuevamente hice el rol. Allí, luego de hacer
mi primera llamada telefónica a mi casa y almorzar
un suculento plato de tallarines, zarpé nuevamente
a las 13:30, con destino a Empedrado. Pero, ¿llegaría?
El
kayak avanzaba. Mientras devoraba Kilómetros y Kilómetros,
las horas se sucedían y el sol lentamente perdía
su brillo. Linterna en mano, me puse el chaleco salvavidas,
tomé unas frutas secas, un jugo... ¡y a darle
duro!.
Todavía
faltaba y ya era de noche. Pero navegar, y con una inmensa
luna, es algo maravilloso. Lo único que se escuchaba
era el sonido de mi pala acariciando con fuerza el agua.
Aguas abajo, a lo lejos divisé una luz roja y una
inmensa alegría me invadió. Empedrado estaba
allí, frente a mis ojos. Eran las 20:00 cuando llegué
a la costa, donde fui recibido atentamente por personal
de Prefectura. En casi diez horas de puro remo, había
recorrido 110 Kilómetros. Había diferencia
con la piragua, ¿no?.
Sustos
y alegrías
En
el trayecto de Empedrado a Bella Vista me pasó algo
que no estaba en mis planes. Era la hora de la siesta y
yo estaba completamente desorientado. Esta es una zona de
un gran delta. Los arroyos son gigantes y el calor, agobiante.
Escuché en un momento el característico "taca
taca" de un motor Villa, pero no lo distinguía.
De pronto vi que salía de un arroyito y comencé
a seguirlo con todas mis fuerzas. Después de no sé
cuánto tiempo, y mientras hacía sonar mi silbato,
el amigo se detuvo en la costa. Me presenté y le
pedí que me indique dónde está el Paraná.
Este sujeto resultó ser un cazador, típico
islero de la zona. "Hacia allá vamos" fue
su respuesta y desemboqué nuevamente en el Paraná.
Todavía no me orientaba, hasta que gracias a Dios
me encontré con una lancha "voladora".
Fue muy grande mi emoción, pues resultó ser
"El Negro" Raúl Verón de Astrada,
guía de pesca, junto a dos cordobeses que me preguntaban
de todo. Latita de cerveza y triples de por medio, éste
me informó que estábamos en la zona de Las
Toscas, Santa Fe. ¡No lo podía creer! ¿Tanto
me había desviado?.
Luego
llegué a una zona que se llama Puerto Piracuacito,
donde pasé la noche junto al rancho de un pescador.
Allí pude observar una vegetación hermosa,
incluso, plagada de monos Carayá.
Al
seguir navegando hacia Bella Vista, y cuando ya estaba nuevamente
orientado, una lancha de P.N.A. salió a mi encuentro:
otra alegría más. Como no tenían noticias
mías, me andaban buscando. Debían regresar
conmigo sí o sí, así que subieron el
kayak a su lancha y raudamente me transportaron hasta Bella
Vista.
Por
la noche me puse a pensar en los paisajes y la gente que
he conocido, todos recuerdos inolvidables. En Goya, por
ejemplo, me sentí casi como en mi casa. Allí
tengo confianza ya que los empleados de P.N.A. se acuerdan
de mí y compartimos interesantes charlas en ruedas
de mate.
En
la zona de Villa Urquiza, Entre Ríos, tuve una mala
experiencia. Al ver un frente de tormenta que se avecinaba
del Sur, típica sudestada, me puse equipo de agua
y chaleco salvavidas, animándome a enfrentar lo que
se venía. Primero se largó a llover copiosamente
y el viento era cada vez más intenso. Yo, en mi kayak,
iba a metros de la costa para evitar la rompiente. Hasta
ahí todo bien. Como la tormenta no pasaba, comencé
a remar y a tirarme al medio del río, hasta que entré
a la zona del canal. Allí sí, me sentí
con miedo, pues me elevaban ondas gigantes que, afortunadamente,
no rompían. Calculo que subiría unos cuatro
metros. Luego me venía en picada hasta el valle de
la ola. Pensaba que me enterraría con mi kayak. No
sé cuánto tiempo estuve luchando para poder
llegar a la orilla nuevamente y controlar mi kayak, para
que no se me salga de curso. Podía haber terminado
todo muy mal.
El
resultado fue: empapado y con un frío que me calaba
hasta los huesos. Para colmo, la embarcación no posee
cubre copit. Esto me sirvió de lección y cuando
veo un frente de tormenta enseguida me voy a la orilla,
bote afuera y a armar un buen campamento.
Mi
viaje terminó en el club "El Julepe", a
orillas del Río Salado, en mi querida Santo Tomé.
Me recibieron con bombas de estruendo y "pasarío"
(versión náutica del pasacalles, con varios
metros de largo). Fue una inmensa alegría. Incluso
estaban allí Darío Trafano y Ariel Robledo,
de la revista El Pato.
Nuevos
desafíos
Pasó
algún tiempito y vivía con el recuerdo imborrable.
Participé entonces en la famosa carrera Paraná
- Santa Fe, en la que obtuve el primer puesto en categoría
Kayak de Travesía. Para la ocasión, vinieron
palistas de toda la Argentina. Al finalizar la carrera,
los remeros del club Yapú Guazú ("mentiroso
grande" en idioma guaraní) de la ciudad de Resistencia
me hicieron una invitación para navegar desde Villa
Río Bermejito hasta Resistencia, una distancia total
de 800 Kilómetros. Me
gustó la idea y comencé a planificar la travesía,
aunque agregándole otro trayecto: Resistencia - Santo
Tomé. Recorrería 1500 Kilómetros. Para
esta altura contaba ya con bastante experiencia y tenía
un kayak realmente veloz. A este viaje le lo llamé
"Jubileo Año 2000", siendo su inicio el
18 de septiembre de 1999, y el arribo a Santo Tomé,
el 14 de octubre del mismo año. Resultó un
viaje realmente fantástico. Fui hasta Resistencia
y, con todo mi equipaje, me alojé en la casa del
doctor Enrique Cabrera, presidente del club organizador.
Con un grupo de remeros fuimos transportados por Gendarmería
Nacional hasta Villa Río Bermejito, donde armamos
campamento.
Comenzamos
a navegar en horas de la mañana, entre una flora
por demás de hermosa. El río, a causa de la
bajante pronunciada, en ciertos lugares no tenía
más de 4 metros de ancho. Una vez en el Río
Bermejo el paisaje resultó asombroso. Fueron cuatro
días de navegación hasta el Club Pirá
Yaguá (En guaraní, "perro de agua"),
donde nos esperaban con una picada, y donde pasamos la noche
y nos agasajaron con un suculento asado. Allí, pude
observar árboles gigantes con un baqueano de la zona:
Palo Lanza, Urundaí, Espina Corona.
Tuve la oportunidad, también, de ver unos troncos
ahuecados que los aborígenes de la zona usan como
canoas. Se llaman "Cachiveos".
En
un paraje denominado La Aurora, al divisar una torre de
comunicaciones muy alta, paré a orillas del Bermejo
y comencé a caminar en esa dirección. Fue
algo emocionante, pues en el rancho, que era un almacén,
había una cabina telefónica. Entonces pedí
permiso y el paisano, algo sorprendido y muy amablemente,
me hizo pasar para que me comunicara telefónicamente
con mi familia. Al terminar, estaba allí toda la
familia del hombre, con sus hijos mirándome sorprendidos.
Luego me dirigí hasta una escuelita rural y la maestra
me certificó el libro de navegación. También
me invitaron a almorzar un rico plato de guiso, ante la
curiosa mirada de un grupo de niños.
En
solitario a Santo Tomé
Seguí
navegando en forma algo apurada, pues el grupo ya hacía
un par de horas que había pasado. En horas de la
tarde pude alcanzar a los últimos. Había sido
una jornada hermosa. Se fueron sucediendo los días
y llegamos a la confluencia del Bermejo con el Río
Paraguay. La vegetación empezaba a cambiar. Hicimos
campamento en Puerto Bermejo, a causa del gran frío
y el fuerte viento, la P.N.A. no permitió que siguiéramos
con la navegación.
Por
la mañana temprano y antes que el viento cobrara
intensidad, partimos hacia la Isla El Cerrito, llegando
en horas de la noche, donde nos esperaban con unos reconfortantes
choripanes. Y se ya iba terminando la primera etapa de mi
travesía. Fuimos recibidos en el club Yapú
Guazú, a orillas del riacho Antequera, por una multitud
de personas. Con un gran asado de por medio, se entregaron
presentes recordatorios.
Al
día siguiente, luego de dar aviso por radio a P.N.A.,
comenzaba mi otra etapa, en solitario, hasta Santo Tomé.
Quedaron atrás Empedrado, Bella Vista, Goya, Esquina,
La Paz, Santa Elena, Hernandarias y Paraná. Mi última
noche en esa ciudad fue hermosa, pues me esperaban "el
Pollo" y los "Gringos", todos ellos remeros
y amantes del río. La despedida por la mañana
temprano también lo fue. Era el último tramo
y, luego de un par de horas de remo, entré en el
canal de acceso que me llevaría a Santa Fe. Al rato
ya tenía delante de mí los edificios de esa
ciudad. Grande fue mi alegría cuando salió
una lancha al mando del "Negro Verón" quién
llevaba a los periodistas Trafano y Robledo de la revista
El Pato. Ellos me acompañaron a la oficina de guardia
de P.N.A. y luego hasta el Club "El Julepe" de
Santo Tomé, dando por finalizado el raid. También
vinieron en sus botes, Chiquito Torres y su Escuela de Remo
del club "El Quilla". Llegando, comencé
a escuchar bombas de estruendo arrojadas por mi hijo Ulises
y las lágrimas de felicidad comenzaron a brotar.
Mi corazón latía con singular fuerza, pues
fue un recibimiento inolvidable. Fueron 26 espectaculares
días de remo y aventura.
La
historia no termina
En
el mes de agosto de 2000, mi amigo Raúl Boetsch quería
hacer una corta travesía. Organicé todo y
nos largamos de la pintoresca localidad correntina de Esquina.
A ésta le puse por nombre "Santo Tomé
de Aquino". Fueron cuatro días en total, y con
mucho frío, pero con el sol que por suerte nos acompañaba.
Raúl se quedó sorprendido con el gigante Paraná.
Lo más hermoso fue navegar por el riacho Espinillo
bordeando la Isla Curuzú Chalí, que es reserva
natural. Llegamos al puerto de La Paz en horas de la noche.
Esas horas de navegación nocturna y a la luz de la
luna resultaron maravillosas realmente. En la playa de Santo
Tomé nos esperó la familia de Raúl
con una buena bienvenida.
Mi
última travesía fue también junto a
Raúl, y otros 150 palistas, en la denominada "Dolores
- San Clemente del Tuyú", realizada en noviembre
de 2000. Resultó una experiencia nueva, puesto que
fue la primera vez que navegué en el mar. Al tercer
día, y en horas de la mañana, comenzó
a soplar viento del Sur. Mi kayak, al no poseer cubre copit,
se me empezó a inundar. Las olas crecían y
el frío se hacía sentir cada vez más.
En el Paraná cuando sucede algo similar uno se "tira"
a la costa, arma campamento y espera tranquilo en la carpa
a que pase todo, Pero aquí la situación era
completamente diferente. A todo esto se me acercó
un semi rígido y me cargó con kayak y todo,
por lo que debí ser transportado hasta el guardacostas
(124 - Lago San Martín) donde, una vez a bordo, fui
muy bien atendido por su personal.
Por
ahora, estas son mis travesías. Espero pronto poder
contarles otras. Y así será pues, seguramente,
en las primeras semanas de septiembre estaré de nuevo
en el agua. Será en una travesía internacional,
ya que zarpará de Corumbá, en el Mato Grosso
y cruzaré también la República del
Paraguay. Tengo todo organizado, pero si no puedo ir por
falta de recursos, tengo otra alternativa preparada. En
tal caso, largaré en la localidad de chaqueña
de El Zauzalito, bien al Norte, sobre la margen del Río
Bermejo.
Nota:
e-mail:
patonluna@yahoo.com.ar
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