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Volcán
Lanín a pleno
Ariel
Loscerbo - Aventurero
La
pasión por realizar una actividad como el andinismo en la
Cordillera de Los Andes nació allá por el año 1987 cuando
mi padre me llevó a El Bolsón de visita a unos tíos y escalamos
el cerro Piltriquitrón, una cadena de picos de la precordillera.
Si bien fue un trekking de día completo, con almuerzo cerca
del refugio y ascensión hasta la cumbre, fue una experiencia
que marcó mi vida a tal punto que adopté a la escalada,
desde ese momento, como hobbie. La sensación de pequeñez
que se siente al mirar el vasto valle y la cordillera que
te llama a gritos, es más que suficiente para darte cuenta
que Dios existe y que es grande.
El domingo 7 de febrero de 1999 llegué a la base del Volcán
Lanín a las 23:00 y lo único que abierto en el cruce de
la ruta y en la ruta de entrada al volcán era gendarmería.
Como mi compañero Aldo Casella estaba acampando en el Lago
Tromen, a tres kilómetros de ese punto, y no tenía forma
de ir a pie por la avanzada hora y porque la entrada a ese
camping estaba cerrada, decidí quedarme en gendarmería.
Los muchachos me facilitaron un catre en un galpón que tenían
a unos 100 metros del lugar. Entre el olor a humedad y el
miedo de que las ratas me saquen de paseo, pasé una noche
sin sobresaltos pero con bastante frío que penetraba por
una ventana sin vidrios.
La luz y el frío que entraban por esa ventana, me despertaron,
la mañana del 8 de febrero. Empaqué lo que me quedaba fuera
de la mochila y, una vez que agradecí a los gendarmes, tomé
el camino que lleva al Lago Tromen, en la cara norte del
volcán.
Caminé
casi 3 Kilómetros con la mochila en la espalda -aproximadamente
38 Kilos- y la carpa de alta montaña en la mano derecha.
Luego de una caminata de unos 45 minutos se abrió a mis
pies el Lago Tromen. De agua fresca y clara, en él se vuelcan
las aguas del Arroyo Correntoso y el Río Turbio, ambos provenientes
de los glaciares superiores del Lanín.
Eran las 8:00 de la mañana y en el camping, que es agreste,
sólo había despiertos un par de pescadores de truchas, que
se veían en el lago. Luego de un rato se levantaron mi compañero
y su esposa que lo estaba acompañaba y desayunamos una suculenta
leche con granola, almendras y pasas de uva mientras preparábamos
las mochilas para la ascensión.
Ya eran las 11:00 cuando cargamos el auto y encaramos a
los guardaparques para la rutina de los permisos. Una vez
realizada la parte legal salimos por el sendero que comienza
en las proximidades de la seccional del guardaparque, pasando
detrás del puesto de Gendarmería.
Luego de cruzar un bosque de lengas se llega fácilmente
a la base del volcán que se encuentra a 1000 metros sobre
el nivel del mar y, a las 12:00 comenzamos la ascensión.
La marcha comenzó normal, sobre la ruta principal que nos
llevaría a la espina de pescado, ruta que íbamos a tomar
para hacer noche en el C.A.J.A. (refugio del Club Andino
Junín de los Andes). Durante más de una hora estuvimos subiendo,
con las ocasionales paradas a "mojarnos los labios" y poco
antes de las 14:00 paramos a comer.
Como no andábamos con muchas ganas de cocinar abrimos un
par de latas de lentejas y porotos preparados y las terminamos
enseguida, mientras admirábamos las formaciones rocosas
y el Arroyo Turbio, que bajaba varios metros por debajo
de nosotros. Luego, seguimos camino hasta el cruce y tomamos
la Espina de Pescado. Después de un buen rato el camino
se tornó mucho más tortuoso y escarpado e hicimos varias
paradas lógicas para tomar agua y sacar algunas fotos a
las rocas y la cascada que formaba el arroyo de deshielo
de los glaciares. Pronto lo avistaríamos desde más cerca
.
La
subida se hacía difícil, por el equipo que estábamos llevando
y el exceso de comida. Pero no era imposible, gracias a
los bastones y nuestro continuo zigzagueo. Cerca de las
17:00 horas distinguiríamos a lo lejos el refugio del Ejército
Argentino, que se encuentra en la ruta de la espina de pescado
a unos 2400 metros. Allí nos encontramos con un grupo que
había comenzado a subir temprano en la mañana.
Descansamos un rato y cargamos agua en el glaciar, que estaba
en pleno deshielo, a unos 100 metros del refugio. Una vez
repuestos seguimos por el filo derecho de la lengua del
glaciar bordeando una pared natural de 90º que se alzaba
a nuestra derecha.
El
camino era angosto y el cansancio estaba tratando de hacernos
equivocar, pero al final llegamos al C.A.J.A. descargamos
nuestras mochilas y nos dispusimos a descansar. Eran las
18:15 y pronto llegó un grupo de siete personas, tres de
los cuales se quedaron a pasar la noche en nuestro refugio.
El resto siguió camino hacia abajo.
Hicimos
amistad con nuestros compañeros de refugio, y nos dispusimos
a comer -fuccile a los cuatro quesos- que cociné adentro,
con un fueguito del calentador que calentó el ambiente en
unos pocos minutos. Por no ser cocinero a Aldo le tocó la
peor parte: lavar la olla con hielo, cosa que hizo que los
dedos, luego de unos días, comenzaran a pelársele.
Nos
fuimos a dormir a eso de las 21:30 mientras nuestros compañeros
de refugio cocinaban, no sin antes poner el despertador
a las 5:00 de la mañana. Afuera había viento y mucho frío.
Sonó el despertador, y me despertaron todos para que lo
apagara.
Tomamos
un mate cocido y, dejando algunas cosas innecesarias en
el refugio, partimos a las 6:00, abrigados hasta los dientes
con los polares y camperas. Tomamos pronto una lengua de
hielo donde nos calzamos los grampones y comenzamos a subir
por cuanto manchón de nieve se nos cruzara. Esto hacía que
nuestra subida sea más segura y tranquila. Mientras íbamos
subiendo comíamos chocolates, almendras y pasas de uva para
que nos dé calorías suficientes para la ascensión.
Luego
de un buen rato de escalada, nos superaron dos suizos que
venían a gran velocidad, y luego los perdimos tras unas
rocas. Subíamos por la ruta que estaban haciendo los suizos,
pero no tuvimos la suerte de encontrarlos y luego perdimos
la ruta, cosa que nos desviaría hasta la cara oeste. Esto
iba a dificultar un poco más la subida, pero no la iba a
hacer imposible.
La
ascensión se tornaba cada vez más empinada y dimos con una
pared que no teníamos ni idea por donde subir. Buscamos
la forma de sobrepasarla y luego de un rato de ascensión
encontramos el arroyo que nos había acompañado por los comienzos
de la ascensión, con la diferencia que en este punto era
sólo un hilo de agua, donde cargamos agua y descansamos
un poco. Desde ese lugar pudimos ver el descenso de unos
militares que nos indicaron por dónde subir.
Estábamos
a un paso de la falsa cumbre, así que tomamos nuestras cosas
y seguimos el ascenso. Y allí estaba. La falsa cumbre, que
dejaba ver a sus pies el inmenso glaciar que cubre la cumbre.
Tomamos camino por el glaciar con sumo cuidado, con los
bastones siempre hacia delante para descubrir las grietas
que se nos presentaban. Y de repente estábamos en la cumbre.
Una sensación intensa, que emociona el alma y empequeñece
al ser humano. Allí es donde Dios se ve más cerca, donde
el hombre se da cuenta de lo poco que es en tanta inmensidad.
Al
sur se alzaba el Tronador, casi imperceptible por la bruma
de la distancia y a nuestros pies los lagos Huechulaufquen
y Paimún. Al oeste estaban el Villarrica y el Volcán Partido
del lado chileno. Al noroeste podíamos ver el Llaima en
actividad y al norte muy pero muy lejos el Volcán Domuyo,
que sería al año siguiente nuestro punto de encuentro.
Luego
de varias fotos comenzamos el descenso por el acarreo, que
se hizo bastante más sencillo que la ascensión. Fuimos siguiendo
las huellas de los militares que bajaron antes de nosotros
y tomamos por el sector de las piedras sueltas. Luego de
un rato bastante largo, tomamos por las lenguas de hielo
por donde habíamos subido, lo que nos facilitaba la bajada,
porque se hundían nuestras botas en la nieve blanda.
A
eso de las 18:00 llegamos al C.A.J.A. Tomamos nuestras pertenencias
-las que habíamos dejado para una mejor subida- y continuamos
camino hacia la base.
Llegamos
hasta el refugio del Ejército Argentino y seguimos por la
ruta de la Espina del Pescado, pero con tanta buena suerte
que nos desviamos hacia el oeste un poco, lo suficiente
como para tomar la ruta de la canaleta, que zigzagueando
nos llevó hasta el cruce de las rutas Espina de Pescado
y Mulas. Todo transcurría mientras el sol se ponía a nuestras
espaldas. De pronto descubrimos que una de nuestras linternas,
la mía, se había roto, así que apelamos a nuestro instinto
y nos aferramos a nuestros bastones, que apenas podíamos
ver gracias a la pequeña linterna de Aldo que, por fortuna,
funcionaba.
Así
llegamos lentamente hasta la base del volcán a las 23:00,
ya extenuados, y donde nos esperaba la esposa de Aldo con
sus dos hijas para devolvernos a las orillas del Lago Tromen
donde pasamos el día siguiente descansando y disfrutando
de momentos inolvidables.
Recomendamos
esta aventura, pero no se olviden nunca de la seguridad
y el entrenamiento previo.
Ariel
Loscerbo: Andinista de San Martín, Buenos Aires, Argentina.
e-mail:
aloscerbo@hotmail.com
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