Transpatagonia 2002: querer es poder
Mariano
Loréfice
- Experto Aventurarse
Unir
los dos océanos por caminos y rutas no es difícil.
Pero, hacerlo a través de los Andes por senderos
y por la Meseta de Somuncurá, exige hacer camino
al andar. Para la segunda edición de la travesía
Transpatagonia, tenía preparada una sorpresa.
Quería hacer un cruce a los Andes diferente y
sólo me faltaba encontrar a los audaces que se
atrevieran. Moni Nicola, del gimnasio Pacha de Venado
Tuerto, me presentó un grupo de personas que
querían vivir una aventura y a quienes, si algo
les sobraba, eso era entusiasmo. A ellos se les sumaron
algunos participantes más y quedó conformado
un equipo de diez ciclistas, muy diverso y desparejo,
con gente que en un noventa por ciento no tenía
nada de experiencia en travesías de estas características.
¿Quiénes
están preparados?
Más
fácil habría sido ir con ellos a alguna
carrera de aventura, donde, llegado el caso, se podrían
retirar de la prueba. Pero en esta ocasión no
habría posibilidades de abandono: tendríamos
que llegar o llegar. Durante los tres días del
cruce, quedaríamos sin vehículo de apoyo
y sólo con la posibilidad de obtener eventual
y limitada ayuda de algún poblador aislado. Cada
uno tendría que pilotear su bicicleta por trabados
senderos y cargarla por escarpadas subidas, con una
mochila, bolsa de dormir y colchoneta.
Confiaba
en que las etapas habían sido diagramadas para
que les quedara margen e incluso un día de descanso.
La experiencia con otros grupos en travesías
con características extremas, me había
demostrado que tanto chicos, mujeres y veteranos pueden
hacerlo. Como ejemplo, en la edición de Transpatagonia
del año anterior, Laura Balestra, la doctora
del grupo, que no era ciclista ni entrenaba, acompañó
en todo el recorrido a sus posibles pacientes, con una
bicicleta de acero y horquilla rígida. O el caso
de Guido de Giovanni, quien, con 14 años, al
igual que Laura completó el recorrido a puro
pedal.
Siempre aparecen casos
destacables que sirven como buen ejemplo para aquél
que tiene una buena bici, entrena a diario y no se anima.
Creo que cualquiera, con un entrenamiento medio y ganas,
puede realizar las etapas. Lo fundamental son las ganas
y no se puede hacer nada ante la desmotivación
de la persona más entrenada.
El héroe de
la Patagonia
Mientras
esperábamos la balsa para cruzar el lago Tagua
Tagua, algunos descansaban, tomaban mate, sacaban fotos
y contaban historias. Pero hubo alguien que juntaba
basura. Para él la basura no era chilena: así
como el medio ambiente, era de todos y debía
ser juntada. Ese era el concepto conservacionista de
Mariano Blatt. ¿Quién sabe si cruzaría
la Patagonia?, pero a su paso dejaría la huella
invisible de quienes saben andar.
En la región cordillerana
patagónica, aún quedan pasos a Chile restringidos
a todo vehículo motorizado. Hay muchas huellas
y senderos que se pueden trasformar en un obstáculo
infranqueable para todo aquel que no esté dispuesto
a esforzarse. Pero, ¿para qué esforzarse
habiendo caminos? La respuesta la tendrán todos
aquellos que vivan la experiencia y se animen a llegar,
aunque sea empujando las bicis.
Para unir la aldea de
Llanada Grande, en Chile, con el lago Puelo y el Bolsón,
hay que descifrar una maraña de senderos que
llevan a lugares de una belleza extraordinaria. Bordeando
lagos, ríos y cruzando pequeñas pampitas,
se pueden encontrar pobladores que se describirían
como habitantes del paraíso. Como premio a nuestro
esfuerzo podríamos compartirlo con ellos.
En medio del bosque,
cuando el cansancio se siente y la luz apenas atraviesa
la tupida floresta, podés sentirte perdido. El
sendero se hace tan estrecho que apenas puede pasar
un peatón. La huella tan profunda y angosta,
es una canaleta que labró el agua y apenas deja
espacio para los pies. Las manos van ocupadas en empujar
la bicicleta y retirar las ramas para abrirnos paso.
La cuesta parece que
llevara al cielo. Interminable, nos obliga a resignarnos.
Nuestra velocidad apenas alcanza el kilómetro
en la hora. La distancia se transforma en un enigma
y los cálculos de tiempo nos advierten que de
día no llegamos. Por fin termina la subida. No
alcanzamos el cielo y lo tenemos que adivinar por encima
del eterno techo de vegetación de la selva valdiviana.
La
bici se transforma en un elemento de batalla que amigablemente
abre la cortina de vegetación y nos permite deslizarnos
en las bajadas, rumbo a lo desconocido. De una forma
instintiva, como jamás lo habíamos hecho,
disfrutamos del dominio de una bicicleta que en ese
momento descubría el verdadero mountain bike.
Jugamos, nos sentimos chicos y también nos caemos
como tales.
Lógicamente, los
integrantes del grupo tenían habilidades dispares.
Había quienes eran más fuertes en las
subidas y quienes eran más hábiles en
las bajadas. También teníamos a Dina,
sobrecargada de peso y cosas superfluas, como luego
admitió ella, y a Mario, ¡quien se había
olvidado la mochila!
Pero lo más importante era la gente y las buenas
personas que constituían el grupo. Esto fue fundamental
para formar un excelente equipo. No faltó quien
le cediera a Mario una bolsa de dormir, ni quienes se
quedaran atrás para ayudar a Dina, que por suerte
no se fastidiaba ni perdía el buen humor.
En mi caso, cargaba dos
alforjas laterales, un bolso superior y un trailer Halawa.
Mi equipaje estaba constituido por elementos de auxilio
y la comida, que era para que 11 personas comieran durante
dos días. En las angostas canaletas que a veces
teníamos como camino, y entre las piedras, el
trailer podía llegar a atascarse. Pero ahí
estaban, serviciales para desatascarlo. Quién
sabe de dónde les salía la motivación.
Todos estaban cansados, pero no dejaban de solidarizarse.
El dominio y el temple
de cada uno se pusieron a prueba. El dominio, estrechamente
ligado al coraje y a la prudencia en las bajadas. El
temple, con la garra, la paciencia y la confianza en
las interminables cuestas minadas de rocas, donde la
bici se transforma en un lastre. Nos hubiéramos
encontrado perdidos si perdíamos la confianza.
Era una prueba psicológica, en la que casi todos
debieron encontrar el poder de su fuerza interior.
Sin hoteles, hosterías, ni camping
La
primera noche la pasamos en la casa de una señora,
que amablemente nos brindó su comedor particular
y cocina. No es que resultáramos entrometidos,
pero ¡qué mejor forma de conocer a la gente
que incursionando en la propia casa! La segunda noche,
nuestro anfitrión fue el bosque, que luego de
andar un par de horas a oscuras se abrió, permitiéndonos
vivaquear debajo de los árboles. El lugar y el
tiempo eran excelentes. Teníamos a nuestro costado
un mirador por sobre 200 metros del río Puelo
y un charco de donde poder cargar agua.
No nos faltaba nada.
Teníamos todo para disfrutar de la naturaleza
"al natural". Sobraba cansancio y el grupo
se durmió enseguida. Con una certeza: esa noche
se les haría muy difícil soñar
con algún lugar tan paradisíaco como aquél
en el que estábamos.
El horizonte esconde
sorpresas
En
la Patagonia, donde el aire es tan limpio, la vista
avanza decenas de kilómetros por delante. El
camino ondulado nos permite acceder a miradores sobre
el final de cada cuesta. Podemos apreciar lejanos cerros
y bordes mesetarios, que se presentan como antiguos
castillos. Motivadoras figuras, generadoras de curiosidad,
nos inspiran a llegar a ellas. A veces aparecen bajos,
que se podrían describir como enormes cráteres
con lagunas y ocasionales pobladores que supieron descubrir
su oasis.
La
meseta de Somuncurá ("piedra que suena",
en mapuche) está llena de estas lagunas y habitantes
expertos de la vida patagónica, que me generan
mucha admiración. El cielo es fantástico.
A veces nos sorprende con curiosas nubes que el viento
contorsiona en figuras surrealistas. Los atardeceres
son inigualables. Y nosotros, pedaleando en ese filo
del horizonte, donde se une el cielo y la tierra, no
podemos más que sentirnos dichosos.
No
se trata de sufrir
En
la segunda parte de la travesía hicimos desde
El Bolsón a Puerto Madryn, cruzando la Meseta
de Somuncurá, desde El Caín. Fueron 950
kilómetros, a una media diaria de 120 kilómetros.
El paisaje se tornó diferente: para algunos,
un duro desierto donde el sol los castigaba implacablemente.
A pesar que las huellas de la meseta eran duras, el
grupo estaba muy bien mentalizado.
Contentos por haber superado
la prueba del cruce, parecía que nada los detendría.
Tampoco era lo mismo. Nos acompañaba un minibús
de apoyo y Hernán Roldán, chofer, cocinero
y habilidoso en todo lo que hubiera que hacer. Claro,
no estábamos solos y la camioneta podía
tentar a todo aquél que no quisiera pedalear.
Antes de hacer el viaje
había quedado de manifiesto que ésta sería
una travesía de placer, que no habría
porqué torturarse y como servicio ofreceríamos
el vehículo de apoyo, con sus confortables lugares.
Dina desistió de pedalear durante las horas en
que el sol pegaba fuerte y, por eso, en las siguientes
etapas lo hizo cuando lo consideró conveniente.
En
ningún momento instamos a la gente a pedalear
más allá de lo que consideramos apropiado,
e incluso hasta les tuvimos que poner freno a algunos
entusiasmados ciclistas. Hubo quienes estaban orgullosos
por su desempeño y no podían creer lo
que estaban logrando. Raúl, como ejemplo para
sus compañeros, conscientes de que hacía
sólo unos meses que entrenaba y que no tenía
antecedentes deportivos, lo atestiguaba. Mariano, que
tampoco tenía experiencia, y otros más
realizaron su historia personal.
Como lo dice la nota
al comienzo y la ya tan escuchada frase: "querer
es poder". Primero está el querer, la fuente
de motivación. Luego, el poder viene solo.
Raúl, dentro de su humildad, nos dice: "Me
da la impresión que no fui yo quien logró
lo que efectivamente logré, sino que alguien
lo hizo por mí". Esto les da la pauta que,
en ocasiones, a partir del querer, el poder viene solo.
Está oculto en todas las personas y a veces parece
que obra milagros.
Los
participantes
Dina
Vilches: Un ejemplo. Con sus 57 juveniles años,
era la única mujer de esta edición, la
mayor del grupo y se había animado a dejar su
confortable departamento en Palermo. Ya tenía
algo de experiencia.
Mariano Blatt
(18): 39 años menor que Dina. Era el más
joven del grupo y ostentaba un récord de 80 kilómetros
en un día por los circuitos asfaltados de Buenos
Aires. ¿Podría completar la media de 120
kilómetros que deberíamos realizar en
la meseta patagónica?
Raúl Widmer
(49): Su récord de distancia tampoco superaba
los 80 kilómetros y se puso a entrenar dos meses
antes, cuando se enteró de la travesía.
Antes no pedaleaba ni era habitué al deporte.
Rodolfo Paolini
(51): Con un poco más de entrenamiento que Raúl,
también debuta en la aventura.
Braulio de Ipola (52): Con la experiencia de
haber realizado el Abra de Acay y cruzado
el Himalaya.
Enrique Fasciolo (50): El y Braulio eran los
dos únicos que ya habían completado travesías
de este tipo. Participó en la edición
2000 al Abra del Acay.
Juan Cacciolatto
(31): Bombero, bicicletero y duatleta. No le faltaba
nada, especialmente entrenamiento y vocación
de servicio.
Carlos Turdó
(42): Ex campeón santafesino de ruta. Sin nada
de experiencia en travesías, resaltaba que nunca
se había ido de su casa por tanto tiempo.
Mario Lartigau (45): Entrena en bici desde hace
sólo un par de años. Humorista por naturaleza,
supo darle alegría al grupo.
Ricardo Maydana
(36): Fue uno de los primeros en apuntarse y en entrenar
a conciencia.