Odisea del Himalaya en bicicleta, parte II
Mariano
Loréfice
- Experto Aventurarse
En
la primera parte de este
relato, les contaba cómo habían
sido los preparativos y primeros momentos de esta experiencia
guiada en el Himalaya. Al final del mismo nos encontrábamos
en la frontera china del Tíbet, sorteando la
burocracia policial. Fue duro, pero finalmente logramos
seguir nuestro camino. Sin embargo, por la demora policial
no llegamos a tiempo para cumplir con el control de
aduana que se encuentra al ingresar a Zhangmu. Los policías
nos dejaron cruzar al pueblo sólo con lo puesto
para pasar la noche y nuestro camión quedó
con la carga, esperando al día siguiente.
A media mañana, ya que la aduana no abría
antes de las 10:00, cumplimos con los requisitos oficiales
e iniciamos la etapa. Para salir del pueblo tuvimos
que esperar pacientemente que un rebaño de cabras
cruzara por la avenida principal. Ese día la
demora no importaba, ya que se trataba de una corta
etapa de aclimatación. Teníamos previsto
ascender desde los 2.300 hasta 3.700 metros sobre el
nivel del mar, en un ascenso ininterrumpido de 35 kilómetros.
El paisaje espectacular en todo momento, más
agreste y despoblado, marcaba una diferencia con el
país que dejábamos. El camino se presentaba
como una angosta huella con tramos semi derruidos y
en reparación, donde algunos ciclistas debían
bajarse de las bicicletas con cascadas a los costados
y precipicios que, a modo de balcón, nos deleitaban
con el panorama.
A medida que fuimos ascendiendo los pinos desaparecieron
y empezamos a sentir la desolación del altiplano.
La temperatura fue disminuyendo. El lugar que elegimos
para acampar era como un mirador entre las nubes, detrás
de las cuales podíamos ver gigantescos picos
de nieves eternas. Las carpas quedaron cerca de una
vivienda tibetana y por la tarde nos encontramos con
una manada de yaks que bajaban de la montaña.
Campamentos helados
La
segunda etapa de pedaleo en Tíbet fue una lenta
y tranquila jornada de aclimatación, en la cual
fuimos adaptando nuestros ritmos al enrarecido aire
del altiplano. Era importante tomarlo con mucha calma.
Esa noche dormiríamos a más de 4000 metros
y al otro día nos esperaba el paso de La Lung-La,
de 5120 metros. La adaptación a la altura dependería
de cómo se administraran las fuerzas en estas
primeras etapas. Para la mayoría de los participantes
cada día era un triunfo y una satisfacción.
Pasar la noche en alta
montaña puede ser quizás más duro
que pedalear durante el día. Si uno se sobreexigió
físicamente, es casi seguro que tenga una torturante
noche con la presencia del mal de montaña.
Teníamos carpas
para dos personas, que armábamos alrededor de
una gran carpa comedor y del camión. Por la noche
la temperatura bajaba a algunos grados bajo cero y el
hielo invadía los campamentos. El consejo era
dormir con la caramañola dentro de la bolsa,
para que no se congelara, y beber todo lo que se pudiera.
Si les dolía la cabeza, se recomendaba aumentar
el espesor de la almohada y elevarla todo lo que fuera
posible.
En el comedor se ofrecían
bebidas calientes y un espacio para el que quisiera
"trasnochar", siempre y cuando se levantara
temprano para colaborar en la preparación del
desayuno. Algunos grandes ciclistas resultaban muy malos
madrugadores y se veían obligados a realizar
el mayor esfuerzo del día: dejar la bolsa de
dormir. En esta travesía quedó bien claro
que para cruzar el Himalaya en bicicleta no sirve ser
solamente el "rey del pedal". Es necesario
ser un buen campamentista, tener espíritu de
grupo y ser buen compañero. Cansancio, frío,
apunamiento, uno los puede soportar fácilmente
en solitario, pero lo meritorio es cuando los sufrís
y te solidarizás con un compañero. Creo
que en ese aspecto el perfil de todos era destacable.
-"¡Las sábanas
están sucias y la toalla usada!" Alguno
se tomaba en broma que en el "hotel", de un
paraje que con suerte se podía llamar pueblo,
sucediera esto. "¡La comida del restaurante
es muy picante!". Aunque se escuchaban estos comentarios,
ninguno quería volverse a casa.
Aguas termales a mitad
de la jornada
Superar
exitosamente el primer paso, de 5100 metros, merecía
un premio que bien se habían ganado. En la cuarta
etapa recibieron la sorpresa de Tsamda: un par de casas,
u hotel estilo tibetano, que a 400 metros del camino
se mimetizan con el paisaje. Quién hubiera creído
que en el patio de esas construcciones fluían
aguas termales, en un país donde el polvo cubre
como un maquillaje constante a la gente y el agua helada
de los ríos quema la piel. Estas fuentes se presentan
como un tesoro. Algunos se animaron y se bañaron
en esa misma agua que también corría por
el cuerpo de los curtidos pastores. Un verdadero bautismo
a una cultura ya no tan extraña.
A los pies del Everest
Llegar
a los pies del Sagarmatha, como lo llaman los nepalíes,
o Chomolungma, que en tibetano quiere decir "Diosa
Madre", fue un hito muy importante para algunos
de la expedición. Como quiera que se llame a
esta montaña, es la más alta del mundo
y centenares de personas dejan la vida o fortunas por
ascender hasta los 8.848 metros de su cumbre. ¿Qué
es lo que atrae a la gente? ¿Hay algo mágico
en ella o es sólo el hecho de llegar al techo
del mundo? El trekking al Campamento Base del Everest
es uno de los más importantes del mundo, tanto
por el lado de Nepal como por Tíbet, aunque desde
Nepal lo hacen en forma mayoritaria. Miles de personas
quieren caminar hasta los pies mismos de este gigante
y contemplarlo desde lo más cerca que se pueda,
a una distancia desde la cual imaginar tocarlo no es
tan difícil.
El trekking de 8 kilómetros
lo iniciamos en Rongbuk (5030 metros), temprano por
la mañana, con un helado viento en contra y alrededor
de -15º C. Para algunos de los ciclistas, haber
dejado la bicicleta y caminar, fue más duro que
pedalear. Otros argumentaban que el viaje en camión
hasta Rongbuk había sido inhumano y que la caminata
no lo era tanto. Los optimistas se divirtieron con el
camión y en todo momento se compenetraban con
la aventura. El esfuerzo y la experiencia de estar ahí
tuvieron un significado personal que para todos será
más o menos trascendente.
En esta época el Campamento Base se encontraba
despoblado y apenas unas diez tiendas de campaña
constituían toda la población. El poco
movimiento que había, daba una triste sensación.
Era lógico, ya estaban fuera de temporada y esta
ruta es más difícil que la Ruta Sur, o
de Nepal.
En Rongbuk se encuentra
un monasterio que funciona como refuerzo de un vecino
albergue. No dan abasto de capacidad y trabajan en condiciones
precarias que, por cierto, para algunos fueron un lujoso
recurso. La vista desde ese lugar vale muy bien la pena.
Gyatso-La, 5220 metros: prueba superada
Al
iniciar la etapa, algunos sintieron mucho el frío.
A pesar del excelente calzado, hubo quienes se bajaron
de la bici para caminar y entrar en calor. La noche
anterior no había sido buena para Raúl
B., el médico del grupo, que tuvo fiebre, ni
para Braulio, que se sintió ahogado. Al levantar
el sol, el entusiasmo era generalizado y hasta los que
habían estado enfermos pudieron pedalear en toda
la cuesta. La gente ya estaba adaptada a la altura.
Cinco años atrás realicé todo este
ascenso en solitario. Al llegar a la cumbre estaba hambriento
y me encontré con pastores que me invitaron con
su único pedazo de pan. En ese despojado lugar
de la tierra, donde un montículo de piedras con
banderas de oración no alcanza como reparo, un
gesto así resulta inolvidable.
Esta vez los muchachos
también estaban ahí, pero yo tenía
la compañía de un grupo y de un camión
del cual descargué una abundante provisión
de galletas y comida. Los papeles se habían invertido.
Una aventura con riesgos
En Shigatse nos tuvimos que despedir de tres participantes.
Ellos se acercarían a Lhasa y nos esperarían
allí. Uno de ellos tuvo la desgracia de no poder
aclimatarse y hacía una semana que venía
sufriendo en el camión. Sin importar la condición
física, hay gente que jamás se adapta
a la altura. La mujer de éste lo quiso acompañar,
prescindiendo de pedalear los últimos 360 kilómetros.
A esta pareja se les sumó otro más, que
por una peligrosa e inoportuna lesión no podía
viajar en el vehículo de apoyo.
Camino a Gyantse
Además
de Lhasa, Shigatse y Gyantse son las dos ciudades más
importantes del Tíbet. Los chinos se encontraban
trabajando en mejorar la comunicación entre ellas.
Para asfaltar era necesario realizar movimientos de
tierra y construir nuevos puentes. Esta región
está poblada por agricultores y posee una vital
red de riego, la cual tenían que respetar. Los
conductos fluviales entorpecían mucho el trabajo
y también nuestro andar. Nos encontramos dentro
de una enmarañada red de caminos pedregosos,
huellas arenosas, campos arados y vados que superar.
"Vamos por allá... No, mejor por acá...",
fue un poco la síntesis del recorrido.
No podemos negar que
esta jornada fue de las más divertidas. Fuimos
descubriendo el corazón del Tíbet y vimos
cómo la gente aún realiza las tareas agrícolas
con métodos muy primitivos y manuales. En todo
el recorrido tuvimos la compañía del río
Nayang Chu, que utilizábamos como referente para
no perdernos.
Cuando nos quisimos acordar
se nos hizo de noche. Según el programa previo,
esta sería una etapa de recuperación y
descanso. Sin embargo, se transformó en una larga
jornada de 110 kilómetros de cross country.
Tres
pasos para el triunfo
El
día 22 de octubre, cuando ya llevaban 13 jornadas,
el grupo se sintió cansado. Para algunos resultó
dura la etapa de la noche anterior a Gyantse. Al llegar
al primer paso se encontrarían con la vista de
un sorprendente lago de aguas turquesas. El camino descendió
a sus costas, el humor de la gente mejoró y finalmente
acampamos en un angosto valle. Esa noche festejamos
con una torta el cumpleaños para Raúl
B. y Jorge M. El día 14 (23/10), casi como un
trámite superamos el Karo-La (5050 metros) y
descendimos al lago Yamdrok. A este lago, que por su
curiosa forma también se lo llama "escorpión",
se encuentra a 4500 metros sobre el nivel del mar.
Al ver embarcaciones
me vino a la memoria el Titicaca que, a 3700 metros
sobre el nivel del mar, tiene la errada fama de ser
el lago navegable más alto del mundo. Los tibetanos
están ajenos a éste. Para ellos es un
lugar sagrado y lo visitan peregrinos desde alejados
parajes del Tíbet. Para nosotros fue un hermoso
lugar donde acampamos y para los chicos del lugar nuestra
presencia fue trascendente: ¡les lavaron la cara!
Ese día, igual que en los anteriores campamentos,
se nos acercó un grupo de chicos curiosos que,
como todos en esta región, tenían la cara
cubierta de un espeso maquillaje de polvo. Fue Raúl
B. quien sintió curiosidad por verles la cara
y se atrevió a limpiárselas con toallitas
higiénicas. Los pibes, más que espantarse,
se divirtieron con la paternal actitud y se prestaron
con muy buen humor. Las sonrisas, con la cara limpia,
les resaltaron más que nunca.
Día 15 (24/10).
En esta última etapa teníamos previsto
llegar a Lhasa, siempre y cuando pudiéramos pedalear
los 130 kilómetros que nos separaban del destino
final. Temprano y a modo de entrada en calor, se nos
presenta el último paso de la travesía:
Kamba-La, a 4800 metros.
Como premio a nuestro esfuerzo, las rampas del ascenso
se nos ofrecían como un balcón a las mejores
vistas de la travesía. En la cumbre, algunos
se sintieron en el cielo y disfrutaron de la gloria
tras haber completado la gran travesía. Se abrazaban
y felicitaban recíprocamente.
Llegada
a Lhasa: polvo, viento y frío
Parecía
todo muy fácil. Veinticinco kilómetros
de bajada y luego ochenta de asfalto, bordeando el río
Brahmaputra. Pero todo cambió. Antes de llegar
al río se nubló, como si se viniera el
gran diluvio y se desató una fuerte tormenta
de viento y polvo. Este tipo de tormentas son habituales
en Tíbet. El grupo había sido advertido
de las mismas y resistió lo como a un pequeño
obstáculo más. "¡Por fin llegamos!"
En Lhasa, como en todos los pasos de alta montaña,
Raúl L. elevó su bicicleta triunfalmente.
A partir de Lhasa y días
restantes, veríamos si detrás de ese nombre
que tanto misterio insinuaba, había algo especial
o simplemente la ciudad de los lamas tibetanos se transformaría
en el final de un triunfo deportivo.
Qué
nos quedó del Himalaya
En
las calles de Lhasa eran mayoría los chinos,
poco simpáticos y muy buenos comerciantes. Le
han cambiado el perfil a la ciudad. A pesar de la invasión
china, los tibetanos conservan su religiosidad y en
los monasterios se pueden encontrar centenares de lamas.
Para ir a esos lugares es necesario pagar una entrada,
regulada por el departamento de turismo chino, la que
a veces es exagerada. En Lhasa visitamos santuarios
del budismo tibetano y el ostentoso Potala, antigua
residencia del Dalai Lama que encierra tesoros difíciles
de describir.
Los lamas ingresan al monasterio desde los 7 años
y recién a los veinte toman los votos de monje.
Para las familias es un orgullo tener un hijo monje.
Para algunos de nosotros el contacto con los lamas había
sido parte del motivante de la travesía.
El sentimental y fuerte fervor religioso se puede ver
en los peregrinos. Ellos no paraban de hacer abluciones
y recitar oraciones enfrente al Potala y Jhokang. Algunos
daban vueltas a los lugares sagrados, arrastrándose.
Otros habían venido a pie y también a
rastras, desde las montañas más lejanas.
Creo que en esos inolvidables rostros curtidos se manifiesta
el propio retrato del Tíbet. Gente que vive en
"la morada de los dioses" y es capaz de cruzar
varias veces el Himalaya por amor a sus dioses.
Si alguno de nosotros pensaba realizar una proeza deportiva
o algo parecido, después de ver a estos peregrinos
no le quedará más que meditar en lo ricos
que somos materialmente y lo pobres que somos en espiritualidad.
Nuestro esfuerzo es incomparable al de esta gente, pero
probablemente después de esta "Odisea del
Himalaya en bici" todos hayamos crecido un poco
en humildad.