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Odisea del Himalaya en bicicleta, parte I

Mariano Loréfice - Experto Aventurarse

Cruzar la cadena montañosa más alta del mundo y llegar a los pies mismos del Everest, es un tour que agencias de Nepal y Tíbet ofrecen como una gran aventura en 4x4. Hacer este recorrido en 2x2 -dos piernas y dos ruedas- es el gran desafío para muchos cicloturistas. Pedalear a 5200 metros sobre el nivel del mar puede resultar muy difícil y quizás imposible para algunos. A veces, personas entrenadas tienen peor respuesta a la altura que otras que no lo están. La adaptación a la altura es un enigma. La respuesta orgánica la descubrimos sólo "allá arriba".

El optimismo del grupo era fundamental para evacuar la torturante intriga de una descompensación por el "mal de altura". Llegado el caso que se produjera mal agudo de montaña en algún participante, éste debería ser evacuado terminando así su viaje. El mérito de los participantes se veía resaltado por el hecho de que ninguno de ellos era un gran deportista ni entrenaba de forma profesional. Sin lugar a dudas para ellos era la gran aventura y como organizador, para mí, era la travesía organizada más importante que había encarado. Es diferente planificar un evento a nivel del mar y en tu país, donde no existe el ingrediente extra de la burocracia china, quizás el detalle más infranqueable del viaje.

El grupo quedó conformado por gente que sabía a lo que se enfrentaba: temperaturas extremas, condiciones de los caminos, porcentajes de las pendientes, campamentos, comidas y hasta imprevistos. Ellos confiaban en mí y yo me guardaba un margen como para que después les pudiera brindar un poco más de lo que se había establecido. Mientras el promedio de edad del grupo rondaba los 50 años, por ejemplo, Julio S. ostentaba sesenta y cuatro. La mayoría había dejado a sus hijos expectantes, o a sus nietos viendo cómo el abuelo realizaba el sueño del pibe y pedaleaba como el mejor ciclista: rozando el "Techo del Mundo".

Comienza la Odisea

A partir del atentado terrorista a las torres gemelas, la incertidumbre por la respuesta física al Himalaya pasó a segundo plano. Yo ya estaba a punto de viajar -lo hacía veinte días antes para coordinar todo- y empecé a recibir llamadas. Las preguntas que me hacían eran: "¿Viajamos?, ¿vos estás seguro?, ¿qué noticias tenés?". Les argumentaba que lo peor que nos podía pasar es que se cerrara momentáneamente algún aeropuerto. Trataba de imaginar las escenas familiares de cada uno: "¡Vos estás loco!, ¿cómo vas a ir allá?". Sin embargo yo estaba convencido de viajar y lo hice. Había viajado con muy pocas cosas y en esos días tendría que comprar todo el equipo de campamento en un acalorado y exigente ejercicio de regateo y negociación.

Mohan Kunwar era mi contacto. El me había ayudado a entrar a Tíbet cinco años atrás y en esta ocasión coordinábamos en conjunto con una agencia china de Tíbet todo el apoyo necesario. Permisos para transitar en bicicleta, vehículos de apoyo, aéreos de regreso, etc. Todos viajaron con una tensión extra y con un estrés que influyó en la preparación psico-física. Dos días antes de volar fue derribado un avión ruso en el espacio aéreo que tenían que cruzar para llegar a Nepal. Hubo a quienes viajar a Katmandú se les planteó como una prueba de decisión y coraje más difícil que la propia de cruzar pedaleando el Himalaya.

Cuando con Mohan recibimos a la gente, se suponía que iniciábamos "2001: Odisea del Himalaya en bicicleta". Por lo que vimos, parecía que ésta ya había comenzado. Los rostros largos y cansados de los ciclistas fueron adornados por una guirnalda floral de bienvenida -así es como se acostumbra recibir a los turistas en Nepal-. Era el momento de relajarse y ya estaban con los pies sobre la tierra. Pedalear debería ser más fácil que volar.

Un mundo diferente

En Katmandú el tráfico se podría describir como un infierno de ruido y smog, en el cual cada uno carga todo lo que puede llevar encima y se mete por todo hueco por donde pueda pasar. Si sos optimista, lo podrías describir como una alegre comparsa de color donde, a pesar del aparente descontrol, todo está ordenado y siempre se mantiene la premisa fija de conservar el buen humor. Todo resulta nuevo. En el espacio superpoblado de los angostos callejones de Thamel, cada instante y cada cosa se presentan como una atractiva curiosidad. La colorida vestimenta de la gente, las facciones, los olores, los ruidos y por sobre todo la novedad de que uno se puede llegar a sentir importante a cada paso que da.

En este país jamás se es un desapercibido extranjero, como puede ser en Europa. Acá no se tienen inhibiciones y un vendedor es capaz de seguirte kilómetros en un juego de regateo donde el vender pasa a segundo plano. Por momentos se puede pensar que el regatear es el deporte nacional. Independientemente de que te quieran o no vender algo, el "Namaste" ("Hola, bienvenido"), te lo puede dar cualquier anónimo transeúnte, que lleva una sonrisa brillante a pesar de los harapos. Todos quieren ser amigos y es muy difícil detectar un mínimo bosquejo de agresión. Si aprendiéramos de esta gente a sonreír y tener paciencia, el cruce del Himalaya sería un trámite y la vida más feliz.

Visitamos la plaza Durbar, un antiguo centro religioso, con interesantes monumentos y en donde, por sobre todas las cosas, hay mucha gente: religiosos, santones, vendedores, turistas burgueses y aventureros. Todos están ahí desfilando y brindando un espectáculo digno de mirar. Es recomendable emular la pasiva actitud de una vaca. Ella parece estar ajena al "circo", rodeada de palomas que van, vienen y se le paran en el lomo. Seguramente no soy el más indicado para describir la sorpresa de alguien que recién desembarca y pasea por Katmandú, pero me viene a la memoria algo que me dijo Ricardo: "Con esto que estamos viendo, ya el viaje está pago y valió la pena hacerlo".

Mientras la gente "aclimataba" paseando, yo fui a buscar a Giancarlo, el único participante italiano (ya había hecho con nosotros el cruce de la Patagonia). No había podido hacer los arreglos aéreos y llegaba casi sobre la hora de largada. Como si fuera poco, él también había tenido sus peripecias: el día que salió de Milán, un avión chocó con una avioneta.

"Quickly, quickly"

En Thamel, a cualquier hora y en todas las esquinas se pueden encontrar taxis-bicis (rickshaw). Estos son los vehículos más prácticos y rápidos para trasladarse en la congestionada ciudad. Dentro del grupo hubo quien por necesidad y un poco por curiosidad quiso poner a prueba la capacidad de un "colega", gritando insistentemente: "Quickly, quickly" (rápido, rápido). Probablemente el tipo no se sorprendió de la exagerada impaciencia occidental. Pero se esforzó, al punto de sorprender con su maestría de conducción. Quizás se imaginó que satisfaciendo al apurado pasajero obtendría unos centavos más. No fue así, pero igual no importaba: no tenía que pagar alquiler ni impuestos. Esa noche como todas, dormiría en su bicicleta.

El chofer, un verdadero profesional de la bicicleta, tenía un interesante equipo de 120 kg: pedales modelo "Shimano de madera", acompañados de sandalias de goma, 100% respirables e impermeables, sin trabas y adaptables a cualquier superficie. La amortiguación en el asiento, a base de un grueso alambre retorcido. Frenos, a varilla, de esos que jamás se cortan. Un mullido asiento para dos pasajeros, que a su vez tenía la protección de un pequeño techo. Espejos retrovisores, bocina, unas flores de plástico en el frente del manubrio y, por supuesto, una colorida estampita de algún dios. Para la próxima edición estoy pensando en contratar media docena de estos "sherpas del pedal" para darle más confort a mis clientes.

Pedaleando en Nepal

La ruta que une Katmandú con Lhasa se llama "Ruta de la Amistad", y en su recorrido de 1000 kilómetros solamente un 10 por ciento transcurre dentro del territorio de Nepal. La salida de Katmandú la hicimos a las 6:00 de la mañana. En estos lugares la gente comienza la jornada temprano y ya a esa hora en las calles había caravanas de ciclistas. Cerca de los 15 km, el tránsito se calmó y nos encontramos en el verde Valle de Katmandú, donde casi no hay rincón sin alguna terraza o plantación. Después de algunos kilómetros de subida alcanzamos los 1500 metros y ahí comenzamos un descenso de 25 kilómetros, hasta bajar a los 500 metros sobre el nivel del mar. Por algunos días ya no tendríamos bajadas, habíamos descendido a lo más bajo de los valles del Himalaya para iniciar quizás el más largo ascenso del mundo! En los siguientes 180 kilómetros treparíamos hasta los 5200 metros sobre el mar.

El puente sobre el río Bhote Kosi, a las afueras de Dolalghat, marcaba simbólicamente la línea de largada. Casualmente, en ese punto nos encontramos con un grupo de ciclistas europeos quienes venían bajando desde Lhasa con los rostros curtidos por la dureza del altiplano tibetano. Para ellos la experiencia había sido dura y un poco dudaban que nosotros pudiéramos realizarla al revés. Dada la fuerte pendiente que hay, actualmente varias agencias de turismo aventura realizan esta travesía como un largo descenso en el cual pueden participar todos. En los últimos años creció mucho esta modalidad de viaje en la cual los ciclistas bajan todo lo que pueden y cuando se presenta una subida, ascienden al vehículo de apoyo. Es raro que a alguien se le ocurra hacer el circuito subiendo, para la mayoría de los cicloturistas lo más lindo es bajar. Algunas guías de viaje, como Lonely Planet advierten que el Departamento Chino de Turismo no permite realizar este recorrido en sentido inverso.

Costumbres del pueblo sherpa

Al ver los micros que nos pasaban nos sentíamos afortunados de ir en bicicleta. Adentro de ellos, la gente va apretujada, sin ningún tipo de pudor y la temperatura se eleva varios grados. Los afortunados son los que viajan en el exterior. Estos transportes tienen una capacidad increíble: en el techo son capaces de llevar a 25 personas con animales y carga. Están acostumbrados a hacer equilibrio y viajar colgados. Ya desde chicos se puede ver a los pibes jugar a "abordar el micro". En las cuestas donde disminuyen la velocidad, los corren y por la escalera trasera suben hasta el techo, para bajarse pocos kilómetros adelante. Algunos que no pueden trepar se divierten, corriéndolo y pegándole a la chapa.

Es raro pasar desapercibido por alguna aldea del Himalaya y que no te saluden a gritos. La gente por lo general busca acercarse y algunos se muestran orgullosos y gustosos de que les saquen fotos. Los chicos, se acostumbran a llevar grandes cargas y a esto ya no se lo toman como un juego, sino como un oficio real que irán puliendo durante toda su vida. Los sherpas siempre han sido grandes porteadores: increíblemente, con una sencilla cuerda o faja se las arreglan para llevar todo tipo de cosas. El sistema es muy sencillo: con la cuerda rodean el bulto que van a llevar y se la traban en la frente, con un trapo entre medio. Nunca los he visto engancharse las fajas a modo de mochila, parece que tanto varones como mujeres, son "cabezas duras" por naturaleza.

Esta etnia tibetana pobló la región de Nepal hace 600 años. Fue recién a partir del ascenso de Edmund Hillary al Everest, en el año 1953, que se hicieron famosos. La cumbre de la montaña más alta del mundo fue pisada por primera vez por el neocelandés y por su ayudante sherpa Tenzing Norgay. A partir de esa heroica conquista, Hillary dedicó parte de su fortuna y trabajo a ayudar a este pueblo.

En la frontera de Tíbet, tuvimos el auxilio de una grupo de sherpas. Nuestro camión no pudo cruzar el pueblo de Kodari, que queda en la frontera, porque otros transportes se habían atascado en el camino. A pesar de ser ésta la ruta más importante con Tibet, es común que se produzcan derrumbes y atascamientos de vehículos. Como algo habitual, los sherpas nos esperaban para hacer un trabajo que realizan a diario: transportar las cargas hasta los camiones chinos que esperan del otro lado. Los chinos no permiten el ingreso de vehículos de Nepal y este es un tramite habitual. Este trabajo es como una especie de carrera de obstáculos de dos kilómetros en la cual esquivan el congestionamiento vehicular, animales y personas.

Mohan reclutó una docena de sherpas que, deseosos de trabajar, ansiosamente agitaban las tiras de porteo. Dentro de la bandita se encontraban mujeres y chicos, todos con el mismo entusiasmo y profesionalismo, esforzándose por cargar todo lo que pudieran y sin importarles que por llevar una caja de más o menos, les pagaran la misma cantidad de rupias.

Chinos poco amigables

Hace cincuenta años los chinos se apoderaron del Tíbet. El Dalai Lama, líder religioso del budismo tibetano, huyó en 1959 con miles de tibetanos que aún viven en el exilio. Hace diez años que los chinos tienen una política de apertura hacia los turistas. Esta es muy limitada y para ingresar a Tíbet hay que cumplir con varios requisitos. A partir de ahí, tendríamos que sufrir otros siete controles, pero el más difícil había sido superado. Hacía semanas atrás, una agencia china con la cual trabajaba Mohan, había obtenido del Departamento Chino de Turismo, nuestros permisos de ingreso y circulación en bicicleta.

No teníamos por qué preocuparnos, estaba todo perfectamente coordinado: en la frontera nos encontramos con Nima, nuestro guía tibetano con otro camión de apoyo. El asunto venía bien encaminado y el grupo de porteadores ya había cruzado todo el equipo. Hasta que el chino del control policial descubrió una diferencia en un número de pasaporte y lo arrojó despreciativamente. El incorruptible oriental no se inmutaba ni demostraba el mínimo interés en buscarle una salida al problema. ¡Directamente, Julio se quedaría del otro lado de la frontera viendo cómo sus compañeros se iban!

En nuestra lista de grupo estaban nuestros nombres completos, profesiones, alguna referencia más y en los pasaportes las visas de China. Pero era necesario que todo estuviera perfecto y el chino veía como una posible trampa la diferencia del número de pasaporte. Todo coincidía, salvo ese número. Como todo coincidía, le supliqué que tuviera en cuenta la suma de coincidencias y viera que si de números se trataba, la fecha de nacimiento de la lista también era la misma que la del pasaporte de Julio. La espera se hacía interminable y por si el chino no entendía inglés, Nima le traducía en chino. El corazón me latía más fuerte que en la cuesta más dura y Julio increíblemente armado de paciencia oriental parecía imperturbable.


El grupo esperaba y el tiempo corría. La Aduana, ubicada a 6 kilómetros adelante, cerraba a las 16:00 y nos quedaba menos de una hora. Finalmente, el implacable policía, no por piedad ni nada parecido, sino viendo que la suma de coincidencias nos favorecía, nos dejó pasar. La policía china es muy dura. Habíamos hecho todo bien y casi no pasamos. Por suerte nos encontrábamos en la Ruta de la Amistad y la fortuna nos había favorecido. A partir de ahí, tendríamos que sufrir otros siete controles, pero el más difícil había sido superado.

Continuará...

 



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