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Desafío blanco: el salar de Uyuni en bicicleta

Mariano Loréfice - Experto Aventurarse

Un inmenso océano de sal sobre el que se puede "navegar" en dos ruedas, o ir a la deriva con la posibilidad de elegir cualquier camino en una opción de 360 grados. Así es el salar de Uyuni, en el altiplano boliviano, a 3600 metros sobre el nivel del mar. Es el salar más grande del mundo; cuenta con una superficie de 12.500 kilómetros cuadrados, equivalente a la mitad de la provincia argentina de Tucumán. Perderse en esa región, vecina al desierto de Atacama, puede resultar muy peligroso. La libertad de elegir una dirección en medio de esa inmensidad blanca es como jugar a la ruleta rusa o desafiar el instinto de supervivencia.

En mi travesía por Sudamérica en bicicleta, me pareció muy interesante aventurarme en estas tierras y probar una experiencia única en el mundo. Con las vivencias anteriores de pedalear por otros países iba a tener parámetros de comparación; mi llegada al salar no sería como la de un "paracaidista". El acceso a este lugar comúnmente se realiza desde el pueblo de Uyuni, donde la gente suele contratar excursiones en vehículos 4x4. Para llegar se trasladan 400 kilómetros en tren desde Potosí u otro tanto en autobús desde La Paz.

Con Rocinante, mi bicicleta, íbamos a tener la posibilidad de vivenciar el acercamiento a este remoto paraje del altiplano, utilizando solamente la energía de mi propio esfuerzo y gozando de la satisfacción de hacerlo por los propios medios.

Escasez de oxígeno, hielo y viento

Muy temprano, al dejar La Paz y enfrentar el frío de las heladas noches de la Puna, extrañé el cálido clima tropical de la región baja de las Yungas, donde me encontraba dos días atrás. Era emocionante sentir cómo, a golpe de pedal, iba haciendo que cambiaran los paisajes.

La alta capital boliviana, La Paz, se encuentra en un gran pozón a 3.700 metros sobre el nivel del mar. Al salir fui ascendiendo durante 10 kilómetros de "entrada en calor" por los barrios del Alto de La Paz, hasta alcanzar los 4.100 metros. La ciudad desapareció y la figura del imponente Nevado de Illimani se me presentó como la de un gigantesco guardián. A partir de allí el camino descendió algunos metros hasta una altiplanicie con extensas ondulaciones que suben y bajan. A media mañana se levantó viento en contra, que transformó las subidas en largas trepadas y las bajadas en lentas rectas. La novedad del granizo me castigó al mediodía, apenas dos días después de haber disfrutado un clima tropical. Entre parada y parada, en los ocasionales pueblitos, el día fue pasando con un aburrido asfalto, que pese a todo me permitió completar 235 kilómetros y llegar a tiempo a Oruro, antes de la noche y del último chaparrón.

Haciendo camino al andar

En Challapata terminó el asfalto. Me detuve a cargar el tanque con una potentísima sopa de quinua y un plato de arroz. Aproveché para mejorar mi equipo de "calefacción" y hacer más soportables las heladas: compré un pullover y medias de lana de llama.
Presentía que me esperaban caminos difíciles, así que adopté la metodología de madrugar y empezar las jornadas entre las 4:30 y 5 de la mañana. Los caminos iban de mal en peor. Los días se hicieron muy cortos y la noche se transformó en una aliada que me vivificaba con nuevas sensaciones.

Mi equilibrio fue puesto a prueba: los pozos, serruchos y arenales no se diferenciaban y era difícil precisar a qué distancia se encontraba el siguiente pueblo, Quillacas; aunque ahí, al alcance de la mano, las pocas luces del caserío flotaban en lo alto de un cerro y se confundían con millones de estrellas. El límpido cielo puneño engaña a la vista y la mejor forma de doblegar la distancia es desentenderse del tiempo. Antes de llegar a mi destino, perdí la cuenta de cuántas estrellas fugaces me saludaron a su paso.

En esa etapa de mi viaje, el destino final era Villazón, el pueblo fronterizo entre Bolivia y Argentina. Había planeado que desde allí ingresaría a mi patria por La Quiaca. Sin embargo, la atracción de cruzar el salar más grande del mundo, Uyuni, hizo que me desviara hacia el oeste. De este modo sumé más kilómetros, e intensifiqué la aventura.

Rumbo a Salinas de Mendoza, antes de entrar al salar, encontré máquinas que trabajaban en la reconstrucción del camino. Opté por tomar senderos secundarios que me salvaron de la polvareda y sirvieron como atajos. Ya de vuelta en la ruta me encontré con cortas y empinadas subidas y bajadas sobre el final de las cuales se interponían riachos secos. Al comienzo de las bajadas me embalaba para intentar pasar por los vados secos. A veces tenía suerte y lo lograba; otras veces la bici se atascaba en arenales que superaba con paciencia, bajándome y tironeando del cuadro de la bici, para luego encarar la empinada subida.

El paisaje y su gente

Una tarde detuve mi bici junto a un ranchito. Al costado de la construcción había una escuela que tenía instalado un sistema de paneles de energía solar. Después de quedarme un rato descansando y observando cómo una mujer coya, remotamente lejos del tecnicismo de los paneles solares, trabajaba en su antiguo telar, pude establecer un diálogo con ella.

Como ya empezaba a hacer frío, la coya se levantó y fue en busca de leña para prender la cocina. La familia me invitó a pasar la noche y yo me sentí feliz de vencer la timidez de esta gente, que se asombraba al escuchar que yo venía en bicicleta desde Oruro. Quizás no tuvieran la capacidad de imaginarse de qué tan lejos venía, pero yo tenia cierta envidia de verlos disfrutar de su pequeño mundo. La mayoría de las veces la gratificación no pasa sólo por ganarle a los duros caminos, sino por conectarse con la gente para conocer verdaderamente un lugar.

En el Salar de Uyuni

Camino a Jirica llegué a un abra que funcionó como mirador. Allí se me presentó el panorama del inmenso salar, de más de 150 kilómetros de extensión. La vista sólo se interrumpió con los cerros que contornean el desierto blanco. A 50 kilómetros, en la enceguecedora blancura, se encuentra la Isla del Pescador. Desde Jirica salían huellas para todos lados. Yo intuía que al descender del mirador del abra que se encuentra hasta los 3600 del salar, la isla iba a desaparecer de mi vista, así que tuve la precaución de tomar como referencia de algunos cerros.

Jirica es un pequeño pueblito donde me abastecí de suficiente cantidad de agua. Al dejarlo me encontré con un camino bien definido, que bordeaba el salar, hacia el pueblo de Uyuni y con montones de huellas que se desviaban hacia el interior del salar. Opté por el "desafío blanco". Las huellas fueron variando la dirección, y usando como referencia el cerro del que había bajado, pedaleé hacia donde suponía que en algún momento iba a ver la isla. Al no tener brújula trazaba líneas imaginarias con los grados que consideraba correctos.

Los desiertos producen sensaciones en las que se disfruta de la soledad. El inacabable horizonte en el que la blancura del salar contrastaba con el cielo azul me producían euforia, y un sentido de libertad que jamás antes había percibido. No había caminos que me limitaran y yo podía elegir hacia dónde ir, en un horizonte que se me abría a 360 grados. La cristalización de la sal produce millones de figuras hexagonales con rebordes, que le dan cierta textura a la planicie sobre la que quedaban mis imperceptibles huellas.

Como náufragos en una isla

De pronto vi dos islas en la sal, y sabiendo que al otro día tendría que ir hacia el este, preferí la del oeste. Habitualmente estas islas están habitadas por comunidades de pájaros, lagartos y vizcachas. A medida que me fui acercando distinguí los cactus o "keguayos", y para mi sorpresa descubrí un campamento de ciclistas. ¡Nada más y nada menos que veinte bomberos franceses, que con diez bicicletas dobles hacían cicloturismo por la región! Habían decidido venirse de vacaciones y filmar un documental, para lo cual contrataron a una empresa chilena que les brindaba un muy buen servicio. Me invitaron a quedarme con ellos. Aunque me hubiera gustado aceptar su invitación, yo ya había sido tentado por el salar que me invitaba a seguir.

El atardecer y el amanecer, con sus tonos anaranjados y violetas, son muy especiales en el salar, ya donde la blanca planicie funciona como pantalla. Con gusto me dejé sorprender por la noche cuando pedaleaba los veinte kilómetros que separan la Isla de Incahuasi con la Isla del Pescado. Cada tanto me encontraba con espejos de agua o pozos de los que brotaba agua proveniente de las corrientes subterráneas. Estos pozos pueden resultar peligrosos si no se los ve, pero la luminosidad nocturna me alcanzaba para evitarlos. En la época de lluvias el salar se inunda casi totalmente y se transforma en una verde laguna, que sirve como refugio a miles de flamencos que habitan la zona. Ellos se reúnen en este lugar desde tiempos inmemoriales; con los restos que dejan se ha formado la pequeña Isla de la Cáscara de Huevo.

Antes de que amaneciera levanté campamento y dejé atrás la Isla del Pescado. La mañana muy fría, con algunos grados bajo cero, le daba características antárticas al paisaje.

Caminos, bandidos y riquezas

A 62 kilómetros me encontré con el Hotel de Sal, un lugar increíble, construido íntegramente con mobiliario hecho por bloques de sal. Este es un exclusivo y económico lugar donde suelen parar turistas extranjeros. A quince kilómetros se encuentra el pueblito de Colchani, habitado casi íntegramente por mineros que viven de la extracción de sal.

Finalmente llegué a Uyuni, un pueblo que duerme en las afueras del salar. A comienzos del siglo XX, la construcción del ferrocarril que transportaba minerales desde las minas de Potosí y Pulacayo hasta Antofagasta, en Chile, contribuyó al desarrollo de la villa. Dos personajes como Butch Cassidy y Sundance Kid fueron atraídos por las riquezas de la región y según cuenta la historia, luego de intentar atracar el ferrocarril, tuvieron que huir hacia Tupiza.

Mi camino a Tupiza no fue una huida pero sí una verdadera odisea en la que me divertí mucho. Los caminos eran increíblemente malos y al comienzo, cuando me dijeron que se tardaba más de seis para recorrer el tramo de ochenta kilómetros que separa a Uyuni de Atocha, no lo podía creer. El camino a veces se encontraba bloqueado con dunas, y la única opción era salirme y cruzar por los costados como pudiera. Antes y después de Atocha, no me quedó otra posibilidad que rebuscármelas por el lecho del río. Era un viaje de contrastes: al salir de allí ascendí hasta 4.600 metros sobre el nivel del mar, por montañas muy quebradas y un paisaje con características lunares.

Un recuerdo imborrable

Las rutas secundarias de Bolivia son una aventura en la que se hace camino al andar, y en donde el esfuerzo es fundamental para avanzar. Poco después de dejar el salar de Uyuni, comencé a extrañar el suave cosquilleo de sus rebordes hexagonales y la facilidad con la que me desplazaba por la dura y firme superficie salina.

Las rutas siempre nos limitan y encierran en una estrecha franja de asfalto o huella de tierra, nos atrapan con cercos, alambrados, construcciones y nos rodean con una geografía por la que no podemos rodar. Es muy difícil extraviarse ya que el "para atrás" o "para adelante" siempre llevan a algún lugar. En el salar fue diferente: me encontré en otra dimensión y disfruté de un poder que jamás había tenido. Vivencié la libertad de una forma única, con horizontes infinitos. Ahora sé algo que no sabía antes de visitarlo: que se puede navegar en dos ruedas, y pedalear por un océano blanco.

 



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