El Portal Latinoamericano de la Aventura y el Turismo

Suscribite
 
Elegí
Aventurarse
como página
de inicio

Agregá
Aventurarse
a tus favoritos

Recomendanos
a un amigo


Pedaleando por los lugares más cálidos del mundo

Mariano Loréfice - Experto Aventurarse

Así como la supervivencia en las regiones heladas depende de la habilidad para conservar el calor, en los calentísimos desiertos la vida depende de la capacidad de adaptación y de mantenerse hidratado.
Indiscutiblemente el agua es vida, es el ingrediente fundamental en todo momento, infaltable en cualquier experiencia extrema y en la vida cotidiana, jamás se la puede obviar.

El agua cubre más de las tres cuartas partes de la superficie terrestre, y sólo una quinta parte del planeta está comprendida por desiertos que actualmente se expanden aceleradísimamente, a causa del descontrol ecológico.

Nosotros no tenemos la capacidad de los camellos ni de las plantas xerófilas como los cactus de almacenar líquido. El cuerpo humano no puede acumular reservas, ya que cualquier exceso es eliminado por los riñones. La capacidad de transporte de agua en la bicicleta está limitada a diez o quince litros de agua como máximo, y entonces es necesario recurrir a alguna de las mil millones de personas que habitan las regiones áridas del planeta. ¡Aunque a veces es muy difícil encontrar a algunas de esas personas!

Quien tenga un buen manual de supervivencia quizás pueda zafar con algún truco. Lo fundamental para sobrevivir, aparte de transportar agua, es ser prudente, conocer las posibilidades y limitaciones del propio cuerpo y haber estudiado bien la zona.


Cruzando desiertos

La sola mención del término desierto trae a la mente la imagen de un sol abrasador sobre un ilimitado horizonte de arena, donde no cabría la posibilidad de pedalear. Sin embargo, casi todos los desiertos están habitados en ocasionales y apartados parajes, donde los pobladores pueden dedicarse a la extracción y explotación de minerales y crianza de animales. El único desierto que puede considerarse inaccesible es el de Takla Makan, que se encuentra en el interior de China, protegido por altísimas cordilleras.


En el desierto de Atacama, Chile, 1995

Este desierto tiene la misma superficie que Uruguay. Aunque está lejos de alcanzar el tamaño del Sahara, que es casi tres veces más grande que la Argentina, tiene otros récords: es el más seco del mundo. ¡Estuvo 401 años sin llover! Con Rocinante, mi bici, tuvimos la posibilidad de atravesarlo en una semana del mes de noviembre de 1995, viniendo de Alaska. La experiencia fue verdaderamente alucinante, la tranquilidad sólo se interrumpía por poblados alejados 160 kilómetros uno del otro y con ocasionales minas (les dicen "oficinas") abandonadas y pueblos fantasmas. Por la mañana, cuando el calor ascendía hasta casi 50 grados, se podía escuchar resquebrajarse la salitrosa tierra. Durante la noche, a diez grados bajo cero, el cielo me brindaba uno de los mayores espectáculos del mundo.

Diez a quince litros de agua eran mi medida. Lo más difícil era mantenerla a una temperatura potable; para eso, envolvía mis caramañolas en buzos mojados y las guardaba en el interior de las alforjas. En un termo de un litro guardaba agua fría para deleitarme con ocasionales sorbitos. Antes de llegar a San Pedro de Atacama me sorprendió un tamarugal en medio de la nada con un cartel que decía "Dame agua por favor".


En los desiertos del norte de Perú y Baja California, México, 1992 y 1995

No se puede hablar de grandes dificultades, el norte de Perú es relativamente fácil si uno va de sur a norte, con vientos que casi todo el tiempo le juegan a favor. Al bajar de Alaska los vientos fueron la mayor dificultad, pero me encontré con una ruta Panamericana que contrastaba con la antigua ruta que hice en 1992 al realizar el trayecto al revés, con tramos en que se cubría totalmente de arena.

El único problema que tuve en Perú fue la epidemia de cólera del 1992, que hacía más meticulosos los cuidados para potabilizar el agua.
Los desiertos de México y Baja California fueron mucho más difíciles. El calor apretaba infernalmente; a la noche tenía que esquivar las enormes arañas que saltaban al encandilarse con la luz de mi bici y cuidarme de las serpientes de cascabel. Lo más lindo de la península californiana fueron las hermosas playas de transparentes aguas que disfrutaba desde la bici, sin necesidad de bajarme y probarlas.


En los vegetales, calientes y húmedos países de Centroamérica, 1995


Las jornadas largas, las interminables cuestas, el tránsito infernal del Salvador y los malísimos caminos de Guatemala conspiraban a veces para volver intolerable el calor. Entonces aprovechaba para descansar, beber un incomparable coco helado y jugos tropicales de la región.

La húmeda, caliente y ondulada provincia de Misiones es muy similar a Centroamérica en sus características climáticas. Una vez más, quince litros de agua por día fueron la única solución posible para pedalear etapas de hasta 250 kilómetros.


En los exóticos desiertos de Irán y Pakistán, 1996

Al viajar en bici es lindo observar las adaptaciones y cambios que sufre la gente en los diferentes lugares. En las zonas más calientes tal vez duerman la siesta en las horas más pesadas del día, se trasladan con movimientos lentos y usan vestimentas que van a tono con el lugar que habitan. La ropa holgada de mangas largas es cómoda, refrescante y cumple la función proteger la piel de los rayos del sol y su destructivo efecto. Los turbantes y túnicas no sólo protegen del sol, sino también de las fortísimas tormentas de arena. Las costumbres religiosas de Irán hicieron que tuviera que usar pantalones largos para pedalear con temperaturas que superaban los 45 grados.

Los camellos y dromedarios son un excelente ejemplo de cómo los animales se adaptan a todo tipo de condiciones, y también me sirvieron como ejemplo de dominio y autocontrol. Traté de mentalizarme para imitar el tranquilo, sonriente y despreocupado andar de los camellos por caminos que no sólo eran un infierno por el calor sino también por el tránsito endemoniado de todo tipo de vehículos.

La falta de pastillas potabilizadoras me hacía tentar cada vez que un beduino corría al camino para invitarme a tomar el té. El agua era verdaderamente intomable; el té en cierto modo disminuía el riesgo de intoxicación, ya que era una bebida previamente hervida que al estar endulzada también me aportaba energía. La ausencia de una forma eficiente y rápida de potabilizar el agua hace que uno corra peligro de infectarse, contraer alguna enfermedad o descomponerse en un lugar donde una simple diarrea puede resultar muy grave. A veces las circunstancias hacían que adorara a los hospitalarios beduinos y a sus humildes ranchitos, ya que no sólo representaban para mí necesarias casas de té sino también estaciones donde recibía buena onda y calidez humana, además de un refugio para las fortísimas tormentas de arena del desierto. En algunas ocasiones, estas implacables tormentas me obligaron a colocarme antiparras de natación. Eran un regalo de un australiano que milagrosamente se me había cruzado en el camino, y con ellas pedaleé buceando por un volátil mar de arena.


Sahara, camino a El Aium, 1998

A esta región se la denomina Sahara Occidental, y allí viven doscientos mil saharauis que desde hace tiempo le vienen reclamando su independencia a Marruecos. Cada tanto podía llegar a encontrar pastores de cabras y camellos que de alguna forma se las arreglaban para subsistir en el hostil desierto. A orillas del mar era común ver inmensas tiendas de campaña, habitadas por pescadores que de alguna forma también sobrevivían en el duro desierto, pero con los frutos del generoso océano.

A partir de Goulimine dejé atrás el Anti Atlas para penetrar en una región del desierto que denominan "hammada" (desierto peligroso), absolutamente inhóspita, 125 kilómetros de recta hasta llegar a Tan Tan. Los grandes calores los pasé al norte de Agadir, donde cumplí algunas etapas con 46 grados a la sombra, en un asfalto que superaba los 60 grados. Si bien al mediodía, cuando la temperatura superaba los 45 grados, siempre me detenía un rato más, por lo general mis paradas no superaban un ratito de quince o veinte minutos, fundamental para abastecerme de líquido y entretenerme con algún ocasional personaje. La hidratación fue fundamental y de varias formas me las ingeniaba para mantener el agua templada. Utilizar un potacaramañolas térmico fue un buen recurso, así como también el pesado termo de acero inoxidable. Las primeras horas de la madrugada eran las más frescas, y a partir de la media mañana el calor ya no descendía hasta la noche. Mi recurso era ir haciendo pequeñas paradas, siempre que pudiera, para abastecerme de agua; bebía más de doce litros por etapa. Para no deshidratarme reducía la velocidad y el esfuerzo a un mínimo, y para poder avanzar el kilometraje programado (160 a 180 kilómetros diarios) aumentaba la cantidad de horas de pedaleo. Cada tanto aparecían manchones de arena cubriendo toda la ruta: debía bajarme de la bici y arrastrarla.

La parte más linda fue la que va desde Tan Tan hasta Tarfaya, 225 kilómetros sin ningún pueblo entre medio, con acantilados y solitarias playas a mi derecha y con inmensas dunas a mi izquierda. A pesar del calor, como siempre, el viaje valía la pena.


Copyright 2000 - 2007 Aventurarse.com

info@aventurarse.com




Carreras de Aventura por país