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Por los lugares más fríos del mundo
Mariano
Loréfice -
Experto Aventurarse
Para sentir frío no hace falta ir al Artico, ya que
se puede sufrir de hipotermia sin necesidad de que el termómetro
baje de 0º C. Alcanza con una temperatura de 10º C
y una lluviecita. Sin embargo, aunque el termómetro marque
varios grados bajo cero y estemos en peligro de morir congelados,
podemos pedalear sin sentir frío.
Si encaramos rumbo a Nordkapp en verano, cruzando el Artico,
con un poco de suerte llegaríamos con 5 o 10º
C y sol durante las 24 horas al punto extremo norte de
Europa, ubicado a los 72º de latitud norte (en
el Hemisferio Sur la latitud equivalente estaría
a unos 1000 km. al sur de las bases antárticas
argentinas). Si hiciéramos esta travesía
en invierno, las condiciones cambiarían radicalmente.
Tendríamos que administrar nuestro esfuerzo para
regular la temperatura aún con más eficacia.
En la Patagonia
En la Argentina se pueden encontrar casi todas las condiciones
climáticas y geográficas. En lo que podríamos
llamar "el país de los cinco continentes",
es posible obtener un buen entrenamiento y la capacitación
adecuada para luego enfrentar situaciones más difíciles.
En la Patagonia, el clima puede ser frío sin llegar
a ser extremo, pero el viento hace que las condiciones
sean verdaderamente hostiles. Los pésimos caminos
de ripio de la ruta 40, intransitables debido a los violentos
empujones del viento, hacen que uno se sienta solo en
la interminable distancia que separa los pueblos entre
sí. En esas circunstancias, uno descubre el poder
de la voluntad, necesaria para levantarse de cada tropezón,
y aprende a agachar la cabeza y superar obstáculos
que, con paciencia, son sólo cuestión de
tiempo.
En el desértico tramo de Bajo Caracoles a Tres
Lagos (en la provincia de Santa Cruz), 340 kilómetros
sin ninguna población, pasé la noche sobre
la ruta 40, con mi carpa llena de rocas para que no se
volara...
El viento hacía trabajoso mantener la bici parada
al detenerme. Recuerdo la sorpresa que me causó
un hospitalario señor que quiso tentarme, camino
a Río Mayo, al esperarme con las puertas de su
camioneta abiertas. Me despedí de él acostado
con el insuficiente reparo de mis alforjas, mientras saboreaba
las dos naranjas que me había dejado y veía
cómo el viento robaba mi pan.
Etapas de 170 kilómetros, tratando de pegarme al
piso y mantener el equilibrio durante más de catorce
horas para hacer promedios de once kilómetros por
hora! Todo esto bajo la constante bofetada de un viento
con el que finalmente me amigaba, y con los guanacos como
curiosos espectadores que advertían su mimetizada
presencia con misteriosos silbidos o relinchos.
¡Qué decir del resbaladísimo hielo!
En tramos como el de Calafate - Glaciar Perito Moreno
(Santa Cruz) me encontraba, en el final de los descensos,
con vados en los que a veces el hielo se quebraba hasta
terminar en una brusca caída.
En Paso Garibaldi (Tierra del Fuego), el hielo, lavado
por una tenue lluvia, me impedía caminar sin resbalar,
y debía buscar la nieve para avanzar en una esforzada
pero posible marcha.
La Patagonia fue una buena maestra. La admiro no sólo
por su dureza, sino también por su belleza. Pero
ante todo fue la prueba que me permitió afianzar
mi gusto y convicción por encarar aventuras de
difíciles características.
De Alaska (Estados Unidos) a Yukón (Canadá)
En el interior de Yukón, luego de pasar por White
Horse, las temperaturas descendieron mucho más
que en Alaska, que al tener cerca el mar la temperatura
se regula y no es tan frío como el interior de
Canadá. Las nevadas no me perdonaron y todo se
hizo mucho más difícil. Las únicas
ventajas eran que no me picaban los millones de mosquitos
ni me molestaban ninguno de los quince mil osos del Yukón,
de los que me hubiera tenido que cuidar en verano.
Travesía de Canadá en invierno: lo
más difícil.
Fueron 28 etapas con nieve, con sensaciones térmicas
de 35 a 67 grados bajo cero. En la vuelta al mundo del
'96, después de haber cruzado toda Asia, volé
de Pekín a Vancouver para enfrentarme al durísimo
invierno de uno de los lugares más helados del
planeta. Pisar de vuelta tierra canadiense (la mayoría
del tiempo fue hielo) y reencontrarme con uno de los países
que más quiero me produjo una enorme satisfacción,
acompañada del sentimiento de triunfo de haber
podido con el exótico oriente. Ese sentimiento
triunfal me permitía estar psicológica y
espiritualmente fuerte para encarar un desafío
que el año anterior me había espantado un
poco y, en ese momento, parecía relativamente fácil.
En British Columbia: cruzando las Rocky Mountains
El 19 de diciembre empecé desde Vancouver, con
mucho optimismo...
Cuando apenas había recorrido 75 kilómetros,
se hizo de noche y la policía me advirtió
que debía salir de la ruta por la gran cantidad
de nieve que caía y el peligro que significaba.
En la jefatura de policía, un veterano me dijo
que el tiempo no mejoraría hasta la primavera y
que en esas condiciones era imposible andar en bicicleta.
Terminó ofreciéndome su casa para que esperara
hasta marzo o abril.
En mi segundo día de travesía, tuve que
colocar cadenas en las cubiertas para poder pedalear en
la nieve o no resbalar en el hielo.
Cruzar esas montañas significó tener que
ascender varios puertos de primer nivel, con trepadas
de 35 a 40 km. El más difícil fue Roger´s
Pass. Mientras subía, me mantenía calentito
y debía evitar transpirar, ya que cuando llegaba
a lo más alto disminuía el esfuerzo y la
transpiración se congelaba rápidamente.
En el descenso, a veces se me formaban placas de hielo
en el pecho. En esos momentos, tomar velocidad podía
resultar mortal, no sólo por el peligro de patinarme,
sino por el de morir congelado. Había que resisitir
el congelamiento de pies, manos y cabeza regulando la
velocidad y rogando que la subida viniera pronto. Era
más agradable bajar a quince
que a cincuenta kilómetros por hora, y aún
más placentero subir a
diez kilómetros por hora, y aún
más placentero subir a 10 km. por hora. La velocidad
no contaba, cuanto más lento, mejor! De eso dependía
mi vida...
Me
sentía "Iceman ", el hombre de hielo. ¡Todo se congelaba!
La
capacidad de
mis termos era insuficiente para transportar el
agua, y la distancia de un pueblo a otro era larguísima.
En ocasiones, usé el "camel back" (mochila
para transportar agua) entre la ropa, pero luego de chupar
por la manguerita, el agua se congelaba y tapaba el conducto.
Instantáneamente, el vapor que exhalaba al respirar se
congelaba y soldaba mi barba con hielo al pasamontañas,
formando estalactitas que me colgaban hasta el pecho. Para descongelar
el hielo, que no me permitía bajar el pasamontañas
para comer, tenía que usar agua caliente. Las estalactitas
de mi barba eran cosa de todo los días. El vapor tampoco
llegaba a salir de mi última campera, se congelaba y
se endurecía. Las antiparras se empañaban, y al
congelarse me impedían ver. En ocasiones, cuando tenía
viento en contra y no podía usar las antiparras, en mis
pestañas se formaba una cortina de hielo.
Cuando nevaba mucho, la visión se hacía pésima
y los autos despistados eran una advertencia del camino patinoso
y peligroso. La advertencia no era escuchada y la marcha continuaba...
Un día, mientras esforzándome abría huella
por la nieve de la banquina, producto de mi imprudencia y de
la fatalidad, fui atropellado por una camioneta que rompió
mi rueda trasera. El 31 de diciembre, en Banff, festejé
que estaba vivo, el fin de año y mi cumpleaños
número veintiocho.
A partir de ese día, tuve que incrementar la atención
al máximo. No se trataba sólo de prestar atención
a la parte más transitable y con menos nieve del camino,
sino también de fijarme en los autos que venían
de frente y de atrás a través de mi espejito en
el casco. Las bandas refractantes en la bici, mi chaleco también
refractante y mis pedales destelladores ayudaban para que no
me pisaran.
En el interior de Canadá
El clima frío continental de la provincia de Saskatcheawan
hace que la temperatura baje a -35º C y los vientos de
60 km/h. llevan la sensación térmica hasta los
-70º C. Algunas ciudades tienen nieve durante ocho meses
al año. La gente que vive en ellas me preguntaba si estaba
loco. Yo respondía que si estuviera loco habría
muerto hace tiempo y que mi estado era de lucidez y atención
a cada momento, ya que de ello dependía mi vida.
Sólo es posible resistir las durísimas condiciones
del "helado país blanco" por un tiempo, hasta
que uno sucumbe a su dureza. Pero para atravesarlo durante casi
dos meses, es necesario adaptarse hasta el punto en el cual
las condiciones más duras no se perciben como agresivas
y se disfrutan como bellas, descubriendo en la monótona
blancura mágicas combinaciones de sueños y colores.
Una convicción sin presión, que parte del gusto
indefinible por encarar desafíos, es el ingrediente más
importante que se necesita para enfrentar y realizar proyectos
difíciles. Por suerte, este ingrediente mágico
no se vende. Y no se puede comprar con una bicicleta súper
sofisticada. La bici es linda porque, gracias al entusiasmo
que no se congela, se puede llegar a casi cualquier lugar.
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Carreras
de Aventura por país
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