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Lenguaje y comunicación en las travesías

Lo esencial para viajar es visible a los ojos.
Mariano Loréfice - Experto Aventurarse

Primera Vuelta al Mundo - 1996-97

Todos los habitantes tenemos las mismas necesidades, que son visiblemente obvias. Un día perdido en una tormenta de arena en el desierto de Pakistán, llegué a un casi invisible ranchito. Me encontraba casi muerto, deshidratado, cansado y con hambre, hacía muchas horas que no descansaba por no encontrar dónde y venía buceando esforzadamente por las arenas con la esperanza de hallar algún reparo. El beduino del humilde ranchito instantáneamente percibió lo que deseaba.
Asombrándose por la transformación de alegría que sufría mi rostro, no paró de darme agua. El reía al ver que yo no dejaba de beber, en mi boca se formaba barro por tanta tierra y arena recibida en la tormenta. Ese día el ranchito se transformó en el mejor palacio de la tierra y el beduino en el hombre más rico. ¡Por supuesto que para hacerme entender no siempre necesité llegar a situaciones como la de esta escena!

En el código internacional de los gestos se puede comunicar muy fácilmente que lo que se necesita es agua, comida o un lugar para descansar. Utilizando la mímica se trasmite casi la misma información que en una charla. Con limitaciones, pero con la diferencia de que, al poner énfasis en las expresiones, se puede llegar con más sentimiento. Otro recurso puede ser el papel y el lápiz para dibujar.

La presencia del ciclista viajero, con su gran cargamento, hace que la gente sienta curiosidad, en ocasiones respeto y admiración. Por eso no es extraño encontrar sorpresivos anfitriones que nos abran las puertas de sus casas: a partir de ahí la comunicación es un accidente fácil de superar. Para dar y recibir buena onda no hace faltan las palabras.

Los nombres de los alimentos se van aprendiendo con el tiempo. Yo procuraba anotarlos en el idioma del país en el que me encontraba, con la traducción al costado. También llevaba siempre una tarjetita en la que se explicaba lo que estaba haciendo, con la aclaración de que no comía carne.

En países como la India el sesenta por ciento de la población es analfabeta. En China se hablan más de 110 dialectos, pero todos manejan una misma escritura sobre la base de ideogramas.

Mi libro de viaje era un gran recurso, en él tenía los sellos de todas las fronteras por las que había pasado, sellos de embajadas argentinas y notas que dejaron todos mis anfitriones de recuerdo. Al presentar este libro se hacía más fácil explicar mi viaje, en él está todo documentado y se podía comprobar la veracidad de mi trayectoria. Ejemplo de esto fue Canadá, donde el solo hecho de mostrarlo con la helada presencia de mi persona colgando estalactitas, me abrió las puertas de casi cualquier hotel.


Cuestión de idiomas

En la Comunidad Europea y muchos otros países del mundo, el inglés básico alcanza para hacer cualquier trámite. Sin embargo, hay lugares donde esto no ocurre, y puede haber malentendidos, especialmente para entrar y salir de un país.

Una vez, al llegar a Tallin, puerto y capital de Estonia, presenté mi pasaporte y la visa para transitar por Letonia y Lituania. Según tenía entendido no hacía falta ninguna visa más. En sólo un día pedalée los doscientos kilómetros y monedas para presentarme en la frontera de Estonia-Letonia. Ahí, grande fue mi sorpresa cuando descubrí que no me dejaban salir del país; ¡querían que retrocediera para salir por donde había entrado! Según argumentaban, yo necesitaba visa para transitar por ese país y estaba en infracción. La policía de aduana hablaba poco o nada de inglés. Después de algunas horas, tras consultar con sus autoridades, me dejaron avanzar.

Antes de ingresar a Ucrania, camioneros polacos me advirtieron con gestos macabros que me cuidara mucho de la comida contaminada por el antiguo desastre de Chernobyl, y de la delincuencia del siguiente país. Los pronósticos no eran para nada alentadores... Una llamada telefónica desde Kovel a la embajada argentina hizo que la cónsul confirmara lo que me habían dicho los polacos. Entenderse con los ucranianos era más difícil que con los demás europeos del este; sin embargo, la hospitalidad no faltaba. La señora que esforzadamente me había llevado hasta el teléfono me estaba esperando para invitarme a cenar a su casa. ¡En pocos minutos me encontré sentado en su humilde comedor, con múltiples platos sin carne! 

Al transitar por las rutas me encontré con un alfabeto que para mí era novedad y me exigía a cada momento estar atento a que los caracteres coincidieran con los de mi mapa. Salir de Ucrania fue problemático. Fue imposible seguir por tierra hacia Turquía, ya que para mí no era accesible la visa de Moldavia, y opté por llegar a Estambul en barco. Conseguir un barco que me llevara se hizo muy difícil: debí negociar con los ucranianos, y en el trámite se venció el tiempo de estadía que las autoridades habían dado a mi visa. Milagrosamente, como en otras ocasiones, surgió Miguel, un valenciano que hacía cinco años que estudiaba en el país y conocía todas las mañas. El me abrió la puerta de salida al despacharme en un pequeño barquito, que demoró más del doble que los habituales barcos de pasajeros en cruzar el Mar Negro, desde Odessa a Estambul. Miguel también me ayudó a que me dejaran salir del país, ya que los policías de la aduana argumentaban que me faltaba un sello en el pasaporte por la bici. En general los trámites siempre han sido un problema, pero por suerte nunca faltan los milagrosos amigos que ayudan a solucionarlos.


En Medio Oriente

En esta región la gente es muy expresiva, y en sus grandes ojos es muy fácil ver cómo se les transparentan los sentimientos. La palabra mágica era "¡Cha, cha!", y la proferían los emocionados paquistaníes cuando se acercaban corriendo al camino para invitarme a tomar el té, bebida más común que el mate en la Argentina. Era un placer detenerme cada tanto y tirarme a "charlar" y tomar el té en las esteras de los ranchos de esta gente. Con gestos y ayuda de mi mapa les contaba de dónde había venido, los lugares donde había parado y hecho amigos, del terrible estado del camino y de las tormentas que había soportado. A través de los mismos códigos, ellos me hacían un pronóstico del camino y me daban recomendaciones. En cada lugar donde me detenía la población entera nos rodeaba, a mi bici Rocinante y a mí. No podía descuidar mi bicicleta; a veces sentía la necesidad de cubrirla, pero era evidente la docilidad de la inofensiva multitud, que sólo deseaba satisfacer su curiosidad. Mi aspecto me favorecía: gracias a mi larga barba, parecía uno más de ellos. Eso les gustaba a tal punto que a veces la señalaban, dándome una palmadita de aprobación en la espalda. En todos lados de Irán podía encontrar el retrato del líder Jomeini con su larga barba.

En una ocasión, un educado anfitrión iraní me puso en un aprieto al preguntarme en su humilde inglés "Do you like my friend?" . Me paré e hice gestos de irme. En ese país era común que los hombres fueran de la mano: yo expliqué que me gustaban las mujeres y él se disculpó dando a entender que yo me había confundido y lo había malinterpretado.

Los islámicos paquistaníes eran amigables al punto de invitarme a pasar a sus mezquitas. Podían llegar a preguntar por mi religión dibujando una cruz en el aire. Una vez un anfitrión iraní me dio a entender que no estaba para nada conforme con la tiranía religiosa de su gobierno. Yo le dije que no tenía religión, que en ocasiones generaban problemas y separaban a las personas en bandos de fanáticos. Le manifesté creer en un Dios común a todos y en la hermandad de las personas; él coincidió plenamente conmigo.

Transitar por países hinduístas y budistas tiene sus ventajas, por lo general la gente es mucho más respetuosa del hombre y la naturaleza. Gurúes hindúes, monjes budistas y lamas tibetanos transmiten la misma buenísima onda, y sin necesidad de palabras coinciden en un mismo mensaje de paz. Mi segundo día de pedaleo en Irán fue muy caliente y la necesidad me obligó a acercarme a un cuartel del ejército a pedir agua. Como siempre, señalé mi caramañola y mostré mi bandera argentina y la española, explicando que era argentino pero que venía pedaleando desde España. ¡Grande fue mi sorpresa cuando al hablarles de Argentina no reaccionaron con indiferencia, sino que me nombraron a tres jugadores de la Selección! En un país como Nepal, donde la gente va mucho para hacer turismo de aventura, es común que sepan algunas palabras en inglés; en el sur era asombroso ver a nenes muy chiquitos correr al camino para saludarme al pasar ¡Hello, hello!, ¡Bye, bye!.


En China

De todos los países fue el más difícil, en especial por la señalización de los caminos, que me costaba muchísimo trabajo traducir (o mejor dicho, hacer que los ideogramas de los carteles coincidieran con los de mi mapa totalmente en chino). Muchas veces paraba en pueblitos de los que no sabía ni cómo se llamaban. Como recurso le señalaba a algún chino el ideograma de mi mapa para que me dijeran el nombre, pero era común que una persona pronunciara un sonido y otra otro; si quería saber el verdadero nombre, ¡era necesario iniciar una encuesta!

Los chinos resultaron muy simpáticos, a veces un poco molestos; cuando cruzaba por pueblos y ciudades me gritaban "Hello, hello", "Thank you, thank you" "Okey, okey", las únicas tres palabras que sabían decir en inglés y que proferían irónicamente o a modo de gracia. Sus ojos rasgados no me permitían ver en su interior tanto como la expresiva mirada de la gente de Medio Oriente, y a veces desconfiaba.

En el interior del país hay muchos chinos islámicos. Acostumbran usar una gorra por lo general blanca que los identifica. Yo sabía que estos chinos podían ser más amables y los prefería. Al llegar a cada pueblo o ciudad, buscaba algún ciclista que me auxiliara y me llevara a algún lugar donde pasar la noche. Les señalaba los ideogramas de mi tarjetita, donde estaba escrito lo que yo necesitaba.

En resumen, en Oriente no necesité de palabras para comunicarme con la gente, pero aprendí lo importante del término "Yiyi", que en chino quiere decir 'gracias'. La bicicleta del ciclista trotamundos y su buena onda son las llaves que abren las puertas de la gente buena en cualquier lugar del mundo.

Ante todo recomiendo aprender a dar las gracias en todos los idiomas, y no perder ocasión para valorar los buenos gestos que hacen posible y le dan sentido al viaje.


 



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