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Momentos para siempre
Maximiliano Jacquenod - Aventurero

Maravilloso.

Era el sábado 14 de octubre de 2000. Dicen que Dios descansó un sábado. Seguro que no fue este.

Estábamos observando el horizonte desde un alto morro en Punta Norte, en la Península de Valdés, Chubut; el mejor lugar de la Patagonia atlántica argentina. Buscábamos encontrar una aleta dorsal negra, característica de las orcas que van a alimentarse a esa costa que da al mar abierto. Muchos elefantes marinos yacían en la costa inmóviles; parecían casi muertos. Era un tanto aburrido dirigir ese poderoso binocular fijo, atornillado a un grandioso pie de acero, hacia ellos. Claro, estábamos en Argentina y si no lo retenían de esa forma, el binocular corría serios riesgos de desaparecer. Lo que me llamó la atención fue que no tuviéramos que poner una moneda para poder usarlo, ni siquiera tenía la ranura. ¡¡Algo gratis y en funcionamiento!!! Pero no vimos ninguna aleta.

Seguimos viaje para Caleta Valdés, faltaba un largo trecho por ese camino de ripio, que hacía unos minutos nos había marcado el parabrisas con una de sus no tan pequeñas piedritas. El auto era alquilado, con seguro con franquicia. ¿Nos saldría muy caro? No nos preocupamos mucho; estábamos de vacaciones.

A nuestra izquierda se veía una inmensa playa solitaria de rojas piedras redondas, y allá lejos el mar verde. Buena combinación si se trata de una hecha por la Madre Naturaleza. Nada que envidiar a las aguas del caribe... bueno, salvo la temperatura.

Decidimos parar el motor, para escuchar los sonidos del desértico lugar. Nos pusimos a caminar hacia la costa, que estaba lejos. El terreno es más fácil para caminar que la arena, pero más movedizo. La paz que se aspiraba por ahí era sedante, pero a la vez el viento resultaba violento. El espejismo confundía el horizonte. Hacia allá caminamos unos metros, cuando en la orilla lo vimos tomando sol. Ahí estaba el elefante de mar, sin cercos ni rejas que nos separaran. Estamos mal acostumbrados, como hombres de ciudad.

En ese instante me di cuenta que eso era lo que buscábamos en nuestra travesía. Me acerqué sin sobresaltarlo para ver sus ojos. Justo en ese momento, decidió acomodarse un poco más lejos de las olas que enfriaban su soleada siesta. Eso me llevó a dar unos saltos hacia atrás, de seguro, no por miedo, sino para dejar su camino despejado.

Me trasladé algunos pasos y divisé una manada de elefantes, que reposaba tan pacíficamente como los que ya habíamos visto en Punta Norte. Al menos, aquel había dado señales de vida. Luego sabríamos que estos animales no se pueden mover mucho porque generarían calor y por su gruesa capa de grasa, no podrían disiparlo convenientemente.

Esta manada era un harén; un macho con sus cinco bellas, aunque pesadas hembras. Una costumbre no saludable para nuestra especie... especie de cultura. Las hembras suelen pesar alrededor de 500 kilos; su macho puede llegar a los 2500 kilos en cinco metros de largo.

Hasta entonces todo era tan bello que nos sentamos a mirarlos. De repente un macho, ajeno a esta paz y a esta manada, salió del mar entre las blancas y espumantes olas. Se acercaba amenazante. El sultán del harén, sin dudarlo, dio media vuelta y le puso el pecho al desafiante elefante. Se irguió hasta más de la mitad de su cuerpo, ante amenazantes sonidos graves del retador. Fuertes golpes y mordiscos en el cuello y en el pecho intentaron convencer al macho dominante a emprender la retirada, pero el "sultán" no había reparado en su tamaño. Todo derivó en una rápida y victoriosa lucha sangrienta para el visitante. A pesar de que el "sultán" hizo un buen movimiento y alcanzó a rasgarle el cuello a su oponente con sus filosos colmillos, tuvo que ceder terreno retrocedió hasta el mar. Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse.

Sus mujeres se olvidaron rápido de él, ya que el flamante jefe visitante comenzó a cortejarlas con nuevas y diferentes caricias y mimos, sin intención de hacer analogías ni nada menos. Y ensangrentado como estaba giró entorno a todas las hembras y una por una fue manchándolas de sangre y haciéndose reconocer como el abnegado por sus amores. Cosa que no aguantaba un pequeñín que, desde al lado de su madre y con sonidos bien chillones, sólo podía ser un agitado espectador del recambio de patrón.

Estábamos extasiados por el espectacular show, que no se compara en ningún punto con lo que pueda ofrecer la televisión o las películas. Sin aplaudir, nos empezábamos a ir cuando nos dimos cuenta que el telón no bajaba; por el contrario, se sumaban actores estrellas a este escenario magnánimo de la naturaleza, sólo nuestro.

Ella no se podía quedar afuera de este, su lugar. La ballena franca austral apareció frente a nuestros ojos en todos su esplendor. Lleva el nombre que le pusieron los irracionales hombres de mar de aquellos años, los mismos que la cazaban con facilidad por su incapacidad de permanecer largos períodos bajo el agua sin respirar.

En sólo diez minutos ya eran muchas las que estaban allí, en la superficie, respirando y emitiendo esos chorros de aire que se ven a la distancia, blanco franco de los arpones balleneros.

Yo quería pararme ahí. Ser parte de todo. Entre la ballena vedette,... el elefante soberano... y el delicado vuelo de la gaviota... Ahí estar yo. Un simple y pequeño hombre, mezclado con la grandeza de este mundo. Es fácil creer en Dios, si en alguna forma intervine en el equilibrio del ecosistema tan cuidadosamente organizado.

Gracias por compartir ese momento conmigo.

Maxi




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