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Aventuras
a la vuelta de mi casa
Carrera: "El Sendero Milenario"
(22/04/2001)
Gustavo
Iturrioz - Aventurero
Un amigo es una de las mejores excusas para
ejercitar el verbo compartir, si además podemos participar
juntos de una aventura, ¡mejor todavía! Entre
tantas aventuras en islas desiertas y remotos lugares paradisíacos
que muestra la televisión, acá nomás
en el patio de la ciudad es posible vivir un encuentro cercano
con la naturaleza que incluye adrenalina y peripecias suficientes
para sentirnos tan protagonistas como los modernos héroes
mediáticos.
-Nos
anotamos en "El Espíritu de los Dioses"-,
antes de saludarme Sergio me estaba comunicando la decisión
tomada unilateralmente que yo por alguna razón que
no alcanzaba a entender estaba esperando. El nombre del
evento me llamó la atención, la forma de disputa
y esa particular interpretación de nuestra geografía
terminaron por convencerme inconscientemente y solo a Sergio,
mi amigo le comenté que buena idea sería participar
para ponernos a prueba, dejar por un momento una realidad
complicada y de paso desempolvar nuestra capacidad de asombro
frente a un entorno que generalmente desconocemos. Debo
reconocer cierta pretensión exagerada en cuanto a
las sensaciones a experimentar pero la oportunidad y la
oferta eran tentadoras. - Tenemos que llevar mochila, que
incluya remera, rompevientos y agua para hidratarse. Uno
de los dos debe agregar un botiquín de primeros auxilios.-
Sergio continúa monologando totalmente influenciado
por el espíritu de no sé que Dios, pero resulta
a esta altura un potencial aventurero dispuesto a saltar
cualquier obstáculo.
No
teníamos mucho tiempo, sin ser cultores devotos del
sedentarismo, tenemos alguna inquietud por el trote, regulares
aunque esporádicas visitas al gimnasio y un disimulado
cuidado ante las tentadoras vituallas de cada día
(a veces). Con el compromiso asumido y la decisión
tomada, pactamos una salida conjunta portando rigurosa mochila,
con la sierra entre ceja y ceja y en horario de escasa luz
natural por las dudas para no deschavar nuestra futura participación.
Recabando
datos
La
próxima meta, -después nos enteramos que es
casi un deporte paralelo- pasa por averiguar cual será
el terreno elegido por los Dioses para esconder su espíritu,
debo reconocer que escuché tantas versiones que terminaron
con mi curiosidad. Sergio en un llamado telefónico
espontáneo y dedicado exclusivamente a los Dioses
me espeta, -preparate que es de noche y con linternas- ¡a
la flauta!, mi primera reacción fue pensar en las
pilas que le faltan a mi linterna y si todavía funciona,
después la razón me regaló unos segundos
de cordura y repregunté... ¿estás seguro?
, Sergio termina su versión -mi cuñada que
corre con la compañera de trabajo me dijo que la
amiga le dijo que se hace en vela y de noche.
Confieso
que no tenía incorporadas estas vicisitudes aventureras,
lejos de volver hacia atrás pensé que la misma
dificultad que tendríamos Sergio y yo corriendo a
oscuras la tendrían todos los demás y me lamenté
de no poder contemplar el paisaje prometido, pero bueno
si la aventura era con linterna, nosotros seríamos
acomodadores de la naturaleza.
Afortunadamente
la incógnita se develó con rapidez, nada de
nocturnidad, se larga a las 9 y media de la mañana
y desde el Club Los Cardos, el diario no calma la ansiedad
pero nos entrega algunas pistas, el cordón de Animas
nos espera y mentalmente tratamos de recuperar todos los
espacios reconocibles de ese emblemático conjunto
pétreo que siempre sorprende primero a los turistas
que levantan su vista desde la ciudad.
¿Las
zapatillas serán las apropiadas?, ¿necesitaré
mucho agua durante el recorrido?, - vamos a salir tranquilos
vaticina Sergio, a ver que pasa. En realidad los dos sabemos
bien "que pasa", salimos con ritmo alegre dominados
por el entusiasmo y el oxígeno disponible, para claudicar
pronto y pasar a la fase B del plan que aplicaremos hasta
el fin, este plan casi de emergencia solo contempla la posibilidad
de llegar como sea y en el estado que sea, tratando de buscar
desesperadamente un centímetro cúbico de aire.
De todos modos y sabiendo casi con seguridad nuestro derrotero,
cada uno de nosotros sueña con el desafío
frente a las rocas instaladas desde el principio del mundo.
Los
preparativos
La
noche anterior, -ya en posesión de plano y pechera
provistos por la organización-las incógnitas
aumentan, por dónde habrá que pasar, seguramente
alguno irá delante nuestro que marque el sendero
milenario. Lo que no puedo contener de frente al sueño
que convoco es la ansiedad, reviso la mochila y su contenido
una vez más como si de eso dependiera el éxito
de una delicada misión de cumplimiento inminente;
me calzó las zapatillas y camino para determinar
el ajuste correcto, Diana, mi mujer, acompaña con
algunas indicaciones que conviene escuchar para no transformar
la aventura en sacrificio; -cuidado con las medias, que
no tengan dobleces, los cordones atalos dos veces, las correas
de la mochila ajustalas bien, llevá vaselina y un
abrigo para cuando termines. Si bien los consejos resultan
apropiados a veces se mezclan con comentarios que pueden
traer desazón como por ejemplo, ¿están
seguros que van a llegar ustedes?
Es
tarde para instalar alguna duda, incluso la pregunta acicatea
aún más nuestro orgullo y retempla los músculos
para la travesía que nos espera.
La
noche no es tranquila, pero se duerme, Sergio anticipa por
teléfono a las 7 de la mañana que está
listo y preparado.
Ultimo
repaso de todas las cosas, Diana pregunta desde la cama
si se puede llevar mate, le contesto que no vamos a tener
tiempo de desatar el nudo de la mochila, sin darme cuenta
que hablaba de ir con una amiga a ver el final de la carrera.
El
viaje sirve para hablar del día, las nubes amenazantes
y lo imponente que se ven las sierras cuando las tenemos
encima. Casi todos los autos marchan en fila hacia el campo
de deportes, se encolumnan prolijos formando una calle donde
se supone que alguien pasará luego. Comienza el multicolor
desfile de indumentaria, los cuerpos que se estiran, se
doblan, empujan los troncos de los árboles como si
quisieran tumbarlos, el lugar se llena de pecheras blancas
salpicadas y decenas de porteadores dispuestos a realizar
un viaje frenético y en casos como el nuestro, iniciático.
Llegó
el momento
La masa humana se compacta frente a una hilera de pinos
oscuros de frente a un pequeño cerro salpicado de
cavas, se canta la cuenta regresiva como quién se
da ánimos antes de un combate, se estiran las sílabas,
el ruido del motor del helicóptero le pone cierta
densidad al escenario, ¡vamos! ¡vamos! reconozco
a mi lado el grito ahogado de Sergio, ¡¡¡¡uuuuno!!!!
y el corazón lucha por no escaparse, los brazos empujan,
los pies se hunden en la humedad y el contorno del horizonte
se llena de cabezas bamboleantes que buscan el sendero.
La
primera pirca despareja, piedras grandes acomodadas con
descuido, una pequeña hondonada, un hilo de agua
se resiste a bajar hacia el valle vecino. Comienza la trepada,
un alambre intentó vanamente detener a los primeros
intrépidos, miro hacia atrás Sergio viene
a 5 metros. Seguimos subiendo, no parecía tan empinado
el cerro mirado de lejos, se navega en zigzag esquivando
piedras manchadas por el tiempo, se recorta la primera puerta,
se alcanza a ver una quebrada ancha, el cordón principal
se nos viene encima.
Otro
arroyo, el fachinal que nos cubre, la vegetación
roza con violencia tobillos mojados, el arroyo escondido
se cobra algunos incautos, el cauce se mimetiza y es tarde
para esquivarlo, ¡guarda con el agua! Sergio llega
tarde con el aviso, mi pié derecho se enterró
justo hasta el límite superior de la zapatilla, tres
segundos después siento el cambio de temperatura
en esa zona, estoy mojado y no llegamos ni a la mitad.
La
hilera busca un claro en el monte simétrico de un
solo verde, el sendero milenario existe, no nos dijeron
que antes que nosotros llegaron las retamas que cubren todo
el trayecto. Lugar para que pase uno solo, las ramas se
agitan como látigos sobre los cuerpos, de vez en
cuando se abre la vegetación y asoma un balcón
de piedra, la panorámica justifica el viaje hasta
allí. El bosque se abre y nosotros recibimos la invitación
para comenzar a trepar, cuesta empinada hacia una torre
colgada del cerro, un nuevo giro hacia la punta Aguirre,
inmediatamente todos los que miramos hacia arriba comprendemos
el porqué de su nombre. Quizá tengamos que
doblar antes, al menos es un consuelo, no quiero chequear
mis articulaciones, me cuesta levantar las rodillas, viene
un cálculo erróneo, patino, me caigo y amortiguo
el peso con la mano, la aventura me está cobrando
y no dispongo de mucho resto. - ¿Estás bien?
pregunta Sergio, digo que sí, si digo no, ni siquiera
podría volverme solo por donde vine. Tengo una sensación
extraña, estoy al borde de mis fuerzas sin embargo
tengo el entusiasmo intacto.
Se
entrecruzan los gritos de aliento, estoy seguro que este
lugar nunca tuvo tantos visitantes apurados, la sierra tiene
una costura blanca que se extiende forma un perímetro
caprichoso.
Se
acerca otro bosque, chocamos con los árboles bajos
y gruesos, el suelo se ablanda, no veo más a Sergio,
se intuyen cientos de pisadas ahogadas, salimos frente a
una pirca, cruzamos entre las piedras y encaramos hacia
la quebrada que tiene un extremo todavía invisible
desde esta altura. El pajonal recrudece, igual que el agua,
viajamos sobre un manantial y se siente el chapoteo mezclado
con el vértigo de los pies que pueden detenerse.
Buscando
el camino
Pasamos
junto a la cascada escondida, pienso en toda la gente que
no puede vivir lo mismo que nosotros en ese momento, Sergio
perdió el equilibrio y semienterrado en la zarza
esgrime epítetos que se lleva el viento, nos detenemos
ni se nos pasa por la cabeza que tenemos un botiquín
en la mochila, ¿dónde estamos?, la verdad
no tengo ni idea, -¿muchachos es por acá?,
dama y caballero inquieren en medio del paisaje, los cuatro
portamos el mismo barro, el aliento entrecortado y escaso
equilibrio para mantenernos en pie. Se decide por unanimidad
seguir adelante, a lo lejos sobre el camino algunas manchas
blancas se alejan, encontramos un sendero de piedra, junto
a los domos gigantescos, jardines de helechos y otra vez
un balcón natural que nos quita las pocas palabras.
El
descenso es prolongado, el sendero ahora es una huella marrón,
salimos a un camino casi plano, a la derecha la sierra es
una pared oscura, hay que girar a 90º y comenzar el
ascenso abrupto justamente a esa pared.
Llueve,
al menos me doy cuenta cuando las gotas rebotan con fuerza
sobre mi rostro, el viento copia la esquina de piedra gigantesca
y provoca una turbulencia huracanada, agarrados del alambrado
Sergio y yo ya no tenemos ninguna preocupación por
la indumentaria o cualquier inconveniente físico,
solo marchamos hacia delante. Luego de la primera pendiente
se abre una canaleta profunda hacia la izquierda, hay una
cuerda tendida para amarrarse, varios equipos se arraciman
en este punto, por lo menos estamos acompañados.
Veinte
pares de brazos asidos con enjundia a la soga roja que se
estira y un solo pensamiento emparenta imprevistamente a
todos los circunstanciales habitantes de esa porción
remota del cerro: ¿aguantará esta soga?
La
respuesta es sí y ya estamos sobre una hondonada
larga, transitando un sendero junto a una pirca que cruzamos
siguiendo una picada entre los yuyos que termina cortando
un terraplén amurallado. En este momento creo que
todos agrademos la gesta de los picapedreros, construir
caminos perfectos a 500 metros de altura sobre las sierras
hace casi un siglo es sin dudas una tarea de epopeya. Aprovechamos
el buen estado de esta solitaria calle que se retuerce mientras
baja violentamente, igual que nuestros cuerpos que se mueven
hacia los dos lados.
Quién
podrá detenernos al final de este camino, la inercia
nos empuja, la mochila se afloja, una tranquera que encierra
un monte de eucaliptos marca el límite, mientras
la antigua calle gira y vuelve a subir, nosotros nos metemos
en una picada de exuberante vegetación, un arroyo
pequeño transita disimuladamente entre el verde intenso,
un escalón de piedra y nos metemos en una larga avenida
con dos frentes distintos de árboles, todo es verde,
un árbol se murió atravesado en la avenida
y trabaja de obstáculo para las rodillas que como
la famosa pelota de Pasarella ya no doblan.
-Me
quedé sin agua... masculla Sergio entre tanta verde,
la lluvia, el piso húmedo suena extraña la
petición, agua sobra y sin embargo no sirve para
recuperar un poco el aliento. Con poca sensibilidad Sergio
busca sobre mi espalda la botellita salvadora, caminamos
otra vez.
El
cortafuegos llega a su fin, nos recibe un mallín
corto que baja hacia el viejo terraplén de las vías
que sacaban la pesada carga de la cantera. Se nota con claridad
el nivel perfecto por donde huían los trenes macilentos,
trotamos casi por instinto, abajo corre el camino encantado,
nosotros bordeamos el monte y las cavas abiertas a los costados
del terraplén.
Bajamos
en un pedrero, el suelo devuelve el agua persistente de
la lluvia y forma espejos brillantes, la cerrillada parece
de chocolate bajo los pies.
¡Llegamos!
Encontramos
el enésimo sendero y desembocamos en la última
calle, las pisadas se multiplican sobre el barro, luego
de la curva, los autos sobre la calle anticipan el final,
atravesamos la tranquera y estamos sobre la calle del epílogo.
Bajada final alguien grita, otros aplauden, ¡llegamos!.
La piel se puso blanda, cuesta despegar el equipo de viaje,
sentarnos no podemos, caminamos unos metros mirando el principio
del recorrido, escuchamos nuestros nombres seguidos de felicitaciones,
llega el tiempo de los saludos, por un momento pienso que
los náufragos deben tener la misma sensación
cuando son avistados.
Los
primeros comentarios hablan de paisajes que no se quieren
ir fácilmente de las retinas, sin preocuparnos por
el cansancio acumulado, la preocupación pasa por
poder contar el viaje lo más aproximado posible.
El
agua no dejó nada sin humedecer -sobre todo la ropa
que llevamos puesta- el barro es un cómplice de la
piel que se seca con lentitud.
Que
lástima el clima inclemente nos obliga a pensar en
la retirada próxima, pegamos la vuelta observando
la llegada de más intrépidos, la rueda de
mate se consume en el espacio reducido del auto, el premio
mayor que vale un reino es la ducha caliente que se avecina.
Para
la próxima me compro otra mochila, Sergio piensa
en voz alta, hay que llevar guantes, sigue monologando,
mañana salgo a correr, sin dudas El Espíritu
de los Dioses le produjo un impacto importante. Sin actuar
del mismo modo tengo las mismas sensaciones que mi amigo
y eso me tranquiliza.
Mientras
escucho el ruido uniforme de la ducha y el vapor inunda
lentamente el espacio, me despojo de las "últimas
herramientas " utilizadas, Diana me alcanza un toallón
y me deja la última reflexión-sentencia antes
que me pierda en la bruma blanquecina; - ustedes están
locos, terminaron muertos... el agua fogosa rebota con violencia
sobre mi cuerpo y junto con la placentera sensación
se me escapa la respuesta silenciosa que contiene una certeza
y una falsedad. Estoy extenuado y la comparación
con la muerte física no es del todo descabellada,
pero rotundamente afirmo que no estoy loco, tengo una sensación
que me genera un sano egoísmo... estoy feliz.
Nota:
e-mail:
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web: www.gruposierras.com/espiritudelosdioses/
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