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Ascenso al Monte Makalu

Heber Orona - Experto Aventurarse

Un argentino en la quinta montaña más elevada de la tierra. Una aventura impresionante en la cordillera de los Himalayas; un mundo aparte. Notas de una expedición.

"La libertad que ofrece la montaña es solo comparable a la que regala la escritura: cimas nevadas y papeles en blanco. Los que disfrutamos con ambas cosas seguramente buscamos superar nuestros límites y nuestras fantasías" (Sir Edmund Hillary)
Una tarde, a mediados del mes de noviembre de 1997, recibí en mi casa un fax, donde, en duro castellano, me invitaban a integrar una expedición para ascender sin ayuda de oxígeno suplementario, el Monte Makalu de 8463 metros de altura, en la Cordillera de los Himalayas.

Makalu, o la Sagrada Diosa Negra, es la quinta cumbre más alta del planeta, solo superada por el emblemático Everest de 8848 m., el difícil monte K2 de 8611 m., Kanchenjunga de 8586 m. y el bello Monte Lhotse, de 8516 m. Makalu fue escalado por primera vez en el año 1954 por los franceses Lionel Terray y Jean Couzy.

En aquél mensaje se hacía mención a mi experiencia en hielo y a la adaptación de mi organismo a la altura. La idea de escalar el Monte Makalu se apoderó de mí inmediatamente, pues, además de ser la quinta cumbre de la tierra, su vía normal es bastante técnica, y sería el primer argentino en desandar sus faldeos.

Los meses desde que recibí la invitación se esfumaron entre la búsqueda de apoyo económico y varios ascensos guiando grupos en Aconcagua, que sabía me iban a servir como un paso previo en el proceso de aclimatación para las alturas de Himalaya. Ya con todo listo, el seis de abril tomé el avión hacia Barcelona, desde donde volamos hasta Kathmandú una semana después. Sacando mis ojos un poco más allá de las ventanillas del avión, alcanzaba a observar los picos de los cerros más altos de la tierra. Estábamos volando a la misma altura que esas cumbres que nosotros queríamos alcanzar un mes más tarde...

El aeropuerto de Kathmandú es un caos de gente que va y viene, que grita y ofrece sus servicios en un inglés rudimentario, casi tan malo como el mío, pero suficiente para comunicarnos. En medio del desorden generalizado apareció Dharma, nuestro oficial de enlace-cocinero-coordinador de sherpas y gerente del hotel donde descansaríamos en Kathmandú. El hotel se llamaba Thamel, al igual que el barrio donde se ubica y donde se disponen la mayoría de las empresas de servicios para los turistas.

Kathmandú es una ciudad que choca de plano y orgullosamente con los valores occidentales. Es una ciudad mística, donde la pobreza, felicidad, religiosidad y paz van tomadas de la mano. Los templos van apareciendo asiduamente y no hacen más que acentuar estos rasgos. Durante tres días nos dedicamos a recorrer la ciudad y adquirir algún elemento que nos hubiera faltado en el equipo.

Hasta mi llegada a Europa, solo conocía a Iván Loredo, el integrante mexicano que había logrado hasta entonces tres de las catorce cumbres que sobrepasan los ochomil metros en todo el planeta. Con él habíamos compartido algunas buenas aventuras en Los Andes. El jefe de la expedición, el catalán Oscar Cardiach contaba con seis ochomiles y completaban el grupo Nani Duró de Andorra y el catalán Luis Rafo Pujol.

Para el transporte de la totalidad del equipo y víveres de la expedición hasta el Campo Base utilizamos el servicio de 44 sherpas. Los sherpas son un pueblo de pastores que habitan estas montañas desde hace añares. Más precisamente desde hace 1008 años, cuando fueron guiados por los dioses (y su jefe Thakpa Tho), para llegar hasta estas montañas. Tipos bajos y de rasgos mongoles, se distinguen por su amabilidad. Pueden cargar pesos increíbles de su cabeza, con un tiento colgado en la frente que sostiene una mochila en la espalda. Hasta la llegada del turismo, los sherpas eran un pueblo al que no le importaban el dinero ni las posesiones materiales, pero el ir y venir de andinistas y caminantes, los ha ido cambiando mucho en sus costumbres.


Hacia la base del cerro

Una avioneta de la Nepal Royal Airlines nos transportó desde Kathmandú hasta la ciudad de Tunlingtar. Nos esperaban once duros días de trekking, que por un lado nos permitieron ir adaptando gradualmente nuestro cuerpo a las condiciones atmosféricas de este lugar, y además nos dieron la posibilidad de desvelar ese reino olvidado de viviendas precarias, de historia milenaria y arrozales imposibles.

Durante el trekking de aproximación, en numerosas ocasiones ascendíamos más allá de los 4000 metros, donde solo quedaba una vegetación de pequeños abedules enanos y duros pastos, para hundirnos luego en los bosques subtropicales y húmedos debajo de los mil metros. Avanzábamos descubriendo bellísimas montañas, de cinco y seis mil metros de altura, que no han sido nunca ascendidas hasta ahora, ya que muchas de ellas forman parte de los valores sagrados de este pueblo.

Veinte días después de haber dejado la Argentina, llegamos al Campo Base, donde, miramos al cielo y tuvimos que contener la respiración por unos instantes... por primera vez estábamos ante la imponencia del Monte Makalu. Comprendí porqué los sherpas llaman a esta montaña 'Sagrada Diosa Negra', y creo que recién en ese momento cobró real dimensión en mi el significado de estas descomunales moles de roca y hielo. Allí a 4800 metros de altura, el viento ya nos hacía notar algo de frío.

Con un grupo más reducido de sherpas llegamos hasta el Campamento Base avanzado, a 5600 m. de altura. Encontramos cuatro expediciones: una alemana que venía de vuelta, una rusa búlgara, una checoslovaca y otra austriaca. Tres días antes, los alemanes habían intentado la cumbre, pero solo habían podido tocar los ochomil metros, y en el regreso, ya muy tarde, no pudieron encontrar la tienda, y se vieron obligados a vivaquear por una noche a esa impresionante altura. Dos de ellos regresaron con serios congelamientos.

El tiempo no era muy bueno en estas latitudes y ningún grupo había logrado llegar a la cumbre de Makalu en toda la temporada. El viento y las fuertes nevadas no conocían de treguas hasta ahora. Nosotros necesitábamos reponernos de los largos días de trekking y un par de días de continuas tormentas nos vinieron de maravillas para ello.

En el Campo Base, los miembros de la expedición rusa, buenos tipos y muy "duros" andando en la montaña, contaban con un teléfono satelital, y con él pudimos saber algunas noticias de Argentina, y que por allá supieran que todo estaba bien (aunque, a un precio de $10 el minuto...).


En ascenso...

Tres días después, empezamos a subir e instalamos el Campo Nro.1 a 6600 metros, y bajamos en el mismo día al base avanzado, con los perfiles del Monte Everest y el Lhotse abriéndose paso entre las nubes para admirarnos y motivarnos aún más.

Repetimos los porteos al Campo 1 un par de veces más con fines de aclimatación antes de instalar el Campo 2 a 7400 metros. Camino al Campo Nro. 2 sorteamos 600 metros de desnivel con cuerdas fijas (de los 800 totales). En el Campo 2 pasamos una noche helada y ventosa, y en la mañana, bajamos sí hasta el Base Avanzado en busca de reponernos y esperar por buen tiempo para ascender nuevamente.

El 17 de mayo, veinte días después de arribar a la República de Nepal, iniciamos el ascenso franco hacia la cumbre. Un día antes habían salido Nani y Oscar, y esperábamos encontrarlos en el Campo 1, pero ellos siguieron tras los pasos de la expedición búlgara. Cuando llegamos al Campo 1, una pequeña nevada tapaba las tiendas. Hasta aquí me venía sintiendo muy fuerte y con muchas ganas de llegar a la cumbre, Iván también, pero Luis ya no se veía bien. Luego subimos al Campo Dos y al día siguiente salimos con buen tiempo hacia el Campo tres por pendientes que oscilaban entre los 40° y 45° y al final, atravesamos un difícil paso de 60° antes de montar la tienda en el único lugar posible, una pequeña repisa en un serac. Aquella noche, a 7900, nos enteramos con alegría que los dos miembros de nuestra expedición que se adelantaron, aprovecharon la cordada búlgara y pisaron la cumbre en un día espléndido.


Los dominios de los dioses

Una noche a casi 8000 metros de altura es algo complicado, aunque me sentía muy bien para semejante altura. No podía creer cuando miraba el altímetro estancado en los 7900 metros. Algunos desentendidos en el grupo nos obligaron a pasar un día más y una segunda noche aquí. Al atardecer llegó un alemán, sin tienda, y lo alojamos en la nuestra. Nuestra ansiedad era cada vez mayor porque veíamos la cumbre arriba nuestro y sabíamos que podíamos lograrlo. La cumbre estaba cerca, al alcance de nuestra mano.

En la segunda noche el tiempo parecía bueno. Nos despertamos a las dos y cuarto de la madrugada y comenzamos a preparar algo de desayuno. Iván y yo nos cambiamos pero Luis no lo hizo. Estaba muy descompuesto, deshidratado y tomó todo el agua recién derretida.

Luego de equiparnos salimos con Iván sin desayunar y dejamos a Luis en la carpa. Los primeros 200 metros de desnivel eran de nieve y hielo, y luego, cerca de 8200 metros una etapa mixta donde se habían instalado cuerdas fijas, pero en muy mal estado. No las usamos. Avanzamos en libre, pero atentos para sujetarnos de ellas si algo nos empujara hacia abajo. Esa misma geología continuó hasta una altura de 8350 m., donde empezamos a subir en roca descompuesta, pero el tiempo ya empezaba a empeorar. Las nubes, arremolinadas, se movían con rapidez hacia nosotros; desde las dos de la tarde el viento se había puesto muy fuerte y la altura ya estaba haciendo estragos en nuestros cuerpos. Mi amigo Iván ya apenas podía pensar o avanzar lentamente. Me quedaba poco menos de una hora para lograr mi objetivo, pero las condiciones eran muy duras y debía continuar solo. Iván no daba más.

A las tres de la tarde, a sesenta metros de la cumbre de Makalu y a más de 8400 m. altura sobre el nivel del mar, no sólo la responsabilidad por mi vida sino también por la de mi compañero, me llevaron a tomar la decisión de volver sin la cumbre.

La bronca, la impotencia, la desilusión y la soledad se apoderaron de mí en aquél momento, paradójicamente mezcladas con la certidumbre de haber hecho lo correcto. Una certidumbre que se hizo clara cuando, ya en la tarde, no podíamos encontrar la carpa escondida entre el fuerte viento blanco. Vimos un pequeño brillo que apenas se dejaba traslucir en la masa de nieve, y lo seguimos para dar con la escondida repisa y la carpa. Mientras el viento le seguía dando incesantes tumbos a una tela que resistía estoicamente, recordé aquellas lecciones en los primeros cursos de montaña, que me decían que las montañas sólo son ascendidas cuando ellas así lo quieren, y sobre todo, que ellas siempre estarán allí para un nuevo intento.

Pasamos una noche con nuestro amigo alemán, y bajamos primero al Base Avanzado, para de allí, con la ayuda de 25 sherpas, trasladar nuestro equipo al Campo Base, donde nos recogería un helicóptero, junto a la expedición rusa. Mientras cargábamos las dos toneladas de equipo que bajaríamos, un pedido urgente de ayuda retumbaba en la radio desde el Campo Base del Everest. Iván que tenía a su novia Carla intentando llegar a la cima del cerro más elevado del globo, primero respiró al saber que ella estaba bien, y luego aprovechó el viaje del aparato para esperar a Carla en la base.

El viento arreciaba en el Base, y antes de subirme al enorme helicóptero, eché un ultimo vistazo a Makalu. Repasé nuestros pasos a través de la Bella Diosa Negra. Y me invadió la satisfacción de haber explorado este cerro increíble, de haber podido pensar y divertirme a más de ocho kilómetros de altura respecto al nivel del mar, sin ayuda extra de oxígeno, aprender y crecer enormemente con esta nueva experiencia. Un paso más que disfruté tanto como cada uno de las montañas que escalé desde la primera, cuando era solo un niño.


Heber Orona agradece el apoyo de CTI móvil, Banco de San Juan, Mendoza Plaza Shopping, Dirección de Deportes (Mendoza) y el I.E.

A Heber lo conocí cuando hace ya unos años, cuando acababa de entrar en el grupo de los andinistas más avezados. Volvía de escalar "la Sur del Aconcagua". Y, aun en ese momento, él seguía con su humildad eterna. Una humildad por la que me costó convencerlo para realizar esta nota. Desde aquél entonces hemos sido muy amigos y compartido algunas aventuras. Antes de partir para Nepal, había ascendido el Aconcagua en 15 oportunidades, había escalado en la Cordillera Real Boliviana, e integrado otras expediciones en Chile y Argentina, al Volcán Ojos de Salado, el Mercedario y el Volcán Tupungato. Hoy el Heber llegó a casa con una nueva aventura en la cabeza, de esas que te iluminan la vista y te hielan la sangre a la vez. Y obviamente, en esta también, vamos a estar ahí, ayudando. Como los amigos de la montaña... amigos de hierro.
Javier Pia


Makalu: 8463 metros de altura sobre el nivel del mar. Posición 27°53' LatN 87°05' Long O
Integrantes de la expedición:
Luis Rafo Pujol (Tarragona-España)
Oscar Cardiach i Puig (Tarragona- España)
Nani Duró (Andorra)
Iván Loredo (Mexico)
Heber Orona (Argentina)
Duración: 1 mes y 20 días
Costo Aproximado: U$S12.000
Los permisos los otorga el gobierno de Nepal. Las expediciones solicitan los permisos con mucha anticipación.



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