Doble
Cruce de los Andes 2002, parte IV
Gustavo González
- Experto Aventurarse
Llegó
la última etapa de este viaje. La última
y, además, la más larga. Hay expectativa
en el grupo. La pregunta rondaba: "¿todos
la podrán realizar?" La técnica es
hacer tramos largos de pedaleo entre parada y parada,
para avanzar rápido. La novedad viene por el lado
de Federico (alias Homero), quien acusa su "triángulo
de marco" mordido por una rata (ver Doble
Cruce de los Andes 2002 - Tercera parte). Adentro
de él tenia barritas de cereal. Revisando bien,
otros ciclistas también acusan roturas en sus accesorios
de cordura. Por suerte mi alforja, que era nueva y que
tenía una bolsa de maní salado, no fue tocada.
Por lo menos, las ratas me respetan como coordinador.
El
precalentamiento, coordinado por María Julia, resultó
muy completo ya que incluyó toda una serie de ejercicios
y elongaciones, para evitar cualquier lesión. Por
fin se dio la orden de partida. La próxima parada
es el Bosque de pehuenes (o Araucaria araucana) y es un
tramo largo, que permite despedirnos del bosque. De movida,
una subida con una excelente vista del Lago Curruhue Grande
y subidas, bajadas, precipicios, curvas cerradas, miradores,
puentes, etc., que imposibilitan estar desatento en la
conducción de la bike.
Lo
paso a Oscar y por su mirada se nota que se muere de ganas
por ir rápido y a full en las bajadas, pero le
hace el aguante incondicional a su esposa. Les recomendaría
un "tándem" pero ya los dejé atrás.
Luego
otra parada para reparar un corte de cadena (finalmente
resuelto el problema por El Vasco), otra para sacar la
cadena que se trabó del cuadro, y así vamos
pasando cicloturistas hasta que diviso dos bicis al costado
del camino y una pequeña charla entre el bosque
de dos amigas.
Nguenechén
y el árbol sagrado
Prosigo
el pedaleo y llego hasta el bosque. Como hace mucho frío,
reparto chocolates. Por fin arriban todos a la parada.
La novedad es que apareció "El Trauco"
que es un duende del bosque que enamora a las mujeres.
Pero esta vez realizó una broma: ¿se acuerdan
de las chicas que estaban charlando en el baño?
Bueno, parece que cuando terminaron sus quehaceres volvieron
a sus bicis y una no estaba. Es decir, no estaba en el
mismo lugar sino que había sido corrida algunos
metros hacia adelante. Nadie se pudo explicar lo sucedido
y finalmente la única explicación posible
fue la del "Trauco"...
El
pehuén es un árbol milenario y aquí
encontramos un pequeño bosquecillo. El Vasco comenzó
a hablar:
"Desde
siempre, Nguenechén hizo crecer al pehuén
en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban
estas tierras no comían los piñones porque
creían que eran peligrosos. Al pehuén lo
consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando
a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre,
humo, y hasta conversaban con él y le confesaban
sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso
sin utilizarlos. Pero ocurrió que en toda la comarca
hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban
mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos.
Ante esta situación, marcharon lejos en busca de
alimento pero todos volvían con las manos vacías.
Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo
y la gente se seguía muriendo de hambre. (...)
Pero Nguenechén no los abandonó y sucedió
que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado,
se encontró con un anciano de larga barba blanca.
'¿Qué buscas hijo?' - le pregunto. 'Algún
alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de
hambre. Por desgracia no he encontrado nada', respondió.
'Y tantos piñones que ves por el piso bajo los
pehuenes - dijo el viejo-. Hijo, de ahora en adelante
los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén.
Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y
tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio,
guardadlos en silos subterráneos y tendréis
comida todo el invierno'. Dicho esto desapareció
el anciano. El joven recogió en su manto gran cantidad
de piñones y contó lo acontecido al jefe
de la tribu. Enseguida se reunió toda la tribu
y comieron en abundancia realizando una gran fiesta. Desde
entonces desapareció la escasez y todos los años
cosechaban gran cantidad de piñones, que guardados
bajo tierra se mantenían frescos durante mucho
tiempo. Aprendieron también a fabricar con los
piñones el Chaulí: bebida fermentada. Cada
día, al amanecer, con un piñón en
la mano rezan mirando al sol: 'A ti debemos tu vida y
te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no
dejes morir los pehuenes. Deben propagarse como se propagan
nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te
pertenecen los árboles sagrados' y eso según
cuenta la leyenda"...
Terminó
El Vasco de contar la historia y los invitó a recorrer
el bosque.
Este
es tu árbol
Así
emprendimos una caminata hasta el Mirador del Lago Curruhue
Grande. El viento y el frío obligaron a que nos
retiráramos del lugar. Al regresar, se realizó
una actividad por demás interesante denominada
"encuentra tu árbol". Para comenzar se
forman parejas. Un integrante se venda los ojos y el otro
miembro lo conduce hasta un árbol y le dice lo
siguiente:
"Este
es tu árbol... reconócelo, recórrelo
con el tacto, siente su olor y, si te animas, prueba su
sabor".
Luego
de un buen reconocimiento se lo marea y se lleva al participante,
con los ojos vendados, por un sinnúmero de obstáculos
(algunos existentes y otros no) hasta que finalmente se
le saca la venda. El objetivo es que el participante se
encuentre con su árbol. Parece mentira pero se
encuentra. Luego se invierten los roles.
El
juego de "encuentra tu árbol" es una
buena actividad para despedirse del bosque, ya que desde
ahora entramos en el "Ecotono" que es una transición
entre el bosque y la estepa. Largas bajadas dominan este
tramo y el viento a favor impulsa las máquinas
a gran velocidad. La pendiente a favor nos posibilita
aumentar rápidamente el promedio y consumir kilómetros
a lo loco.
El
viento levanta polvaredas que marchan por delante nuestro
y sólo se aminora un poco la velocidad para esquivar
las grandes piedras o en los tramos con serrucho. Alcanzamos,
por fin, el Lago Curruhue Chico, donde el valle se encajona
y el camino trepa la montaña. Los vientos se hacen
más fuertes y hay que pedalear con cuidado para
que las ráfagas no nos tumben.
Pasamos
una cascadita, donde algunos cargan agua, y dos miradores,
para levantar en la siguiente bajada hasta a 70 Km/h,
los más audaces. Traqueteo por el serrucho y la
aventura de pasarse de huella en huella a gran velocidad.
La pendiente comienza a disminuir porque estamos saliendo
de la cordillera. El camino se hace más ancho y
arenoso y Julio se compra un "terrenito": por
suerte nada sucede, ya que venía despacio.
Llegada
al Lolog
Salimos
del Parque Nacional Lanín y nos detenemos en Gendarmería
para hacer el ingreso legal al país. ¡Sí!
A casi cuarenta kilómetros de la frontera está
el control migratorio. Entregamos el último papelito,
la lista con las bicis, y José se encarga de hacer
pasar a Claudio y Mariano, que se habían olvidado
los papeles en el minibús. Como verán, los
abogados dan para todo.
Ultimo
tramo antes del almuerzo. En un pequeño sector
arbolado y protegido del viento nos detenemos a comer:
sopa de cabellos de ángel y el ya clásico
y siempre bienvenido arroz con atún. Comemos, descansamos
un rato y, tras explicar el tramo que falta, acordamos
la siguiente parada: puente del Río Quilquihue,
en el Lago Lolog. Es un tramo suficientemente largo como
para que el grupo de punta se separe y les saque varios
minutos a los más tranquilos.
Nos
espera una primera subida corta, que nos agarra en frío
luego de la parada. Superada ésta, viene otro tramo
de bajada no muy empinada, pero sí larga y con
viento a favor. Finalmente se llega a bordear el Río
Collun-Co, donde el camino parece estar trazado por el
antiguo lecho del río, ya que las piedras son grandes,
el serrucho abunda y la marcha se hace más lenta.
No
se superan los 10 Km/h, porque ahora el viento viene de
frente, frío y con gotitas de las nubes que pasan
por arriba nuestro. Este tramo se hace pesado, pero es
nada más una de las dificultades que hay que superar
para llegar a San Martín de los Andes.
Superado
el puente del Río Collun-Co, hay que subir una
larga cuesta. La primera parte muy empinada, y luego se
alcanza el mallín que divide las cuencas de los
lagos Curruhue Chico y Lolog, donde el camino sube imperceptiblemente,
pero lo suficiente como para parecer interminable.
Por
fin, y luego de mucho viento cruzado y esfuerzo personal,
se alcanza el punto más alto. Comienza la bajada
y desde las últimas posiciones trato de alcanzar
a los punteros. Las gotitas pegan fuerte en las antiparras,
pero no impiden la vista del Lolog, ensombrecido por los
nubarrones negros que vienen desde Chile.
Bajada
fuerte de unos 4 Km aproximadamente, pasada por un cruce
que me olvidé de avisar (espero que nadie doble)
y arribo a la costa del lago. Pedaleo a full, pero no
logro alcanzar a nadie. ¿Están todos cebados?
Voy rodeando todo el Lago, que con sus olas encrespadas
sufre los embates del viento patagónico. Por fin,
llego al Río Quilquihue y lo cruzo por su largo
puente de madera.
Todo
el grupo se ha refugiado en el comedor de las cabañas
del Lago Lolog y disfruta de bebidas calientes con tortas.
Pongo la bici atrás de un árbol para que
no se moje y hablo por teléfono a familiares, para
avisar que todo viene bien. También hablo con Cruz
del Sur (empresa de transporte) y por suerte me entero
que la carpa comedor había arribado a San Martín
de los Andes y nos esperaba en el deposito. También
hablo al camping Amigos de la Naturaleza, para confirmar
nuestra llegada.
Luego
me incorporo al grupo para tomar la merienda junto con
El Vasco (gentilmente invitados por Alejandro y Virginia).
Están todos menos José, que en sus ansias
por llegar (o por reservar una cabaña, según
opinan otros) se ha pasado de la parada.
Otra
vez la realidad
Arribados
todos al Lago Lolog, doy la orden de partida al minibús,
para que se adelante y vaya armando el último campamento.
Lentamente, emprendemos el último tramo de la travesía.
Lo primero es bastante plano, ya que el camino va por
una especie de valle. Siguen el serrucho, el viento y
aumenta el tránsito, con su infaltable polvo. Una
última subida, algo dura para nuestros agotados
esfuerzos. La bajada se avecina: primero tímidamente
proseguida de una subida que se la sube con el envión.
Luego, comienzan a divisarse la Vega Maipú y los
barrios más alejados del centro. Entonces, la bajada
comienza a hacerse más pronunciada, la rueda gira
más rápido y como el camino es recto, uno
se confía y la bajada se empina mucho más.
Cartel de curva cerrada y a frenar como locos. Hay que
disminuir de los 79 km/h casi a cero, para poder girar
en los caracoles. A casi todos les pasó lo mismo:
entre embriagarse con la bajada, chuparse la adrenalina,
cuidarse de no caer y disfrutar a lo lindo de la llegada,
a poner cara de pánico y no clavar los frenos (para
no salir despedido) sino hacerlo gradualmente y rogar
no salirse del camino.
Nos
juntamos algunos abajo. Inés casi termina fuera
del camino y Andrés sufre un palito por esquivar
un perro que lo salió a chumbar. Todos excitados
por la bajada a full, emprendemos los últimos metros
antes del camping. Ya habían llegado casi todos
y un cerrado aplauso me recibió. La verdad que
fue muy emocionante, ya que nunca me habían recibido
así.
Nos
felicitamos entre todos. Saludos y besos y esperar a los
que faltan. La ultima elongación del día
y de la travesía, nuevamente a cargo de María
Julia. Jorge y Néstor descargaron todo el minibús
y cada uno busca sus cosas entre las numerosas bolsas.
Algunos se dirigen directamente a las duchas (mi caso),
otros aprovechan para lavar sus bicis o comer algo.
Ya
cuando estaba por meterme a la ducha, siento el llamado
del handy: El Vasco necesita ayuda, porque no sé
qué le había pasado a la bici de Homero.
Ya estaba como Dios me trajo al mundo así que poco
podía hacer. Le dije que lo resuelva él,
cosa que finalmente sucedió.
El
grupo se desperdigó en sus quehaceres personales.
Algunos armaron carpa, otros se fueron a una cabaña
y un tercer grupo fue hasta una cabaña; pero finalmente
desistieron de alquilarla porque quedaba muy lejos.
Jorge
regresó de San Martín de los Andes con el
trailer ya reparado y gas-oil cargado. Luego de bañarme
me dispuse a adelantar "laburo" poniendo un
poco de orden en todo el equipo que tenía, el personal
y el grupal.
Finalmente
la cena. Nuevamente nos acompañaron excelentes
pizzas caseras. Cerveza, vino y agua fueron las bebidas
elegidas. Cerezas de la huerta de postre. Se las perdieron
Julio y Homero, quienes se fueron a ver la noche de San
Martín de los Andes.
Finalizada
la cena se armó un mini baile para festejar el
éxito de la travesía, mientras por la televisión
se difundían imágenes del último
cacerolazo en Buenos Aires, con represión incluida.
Algunos no pudieron substraerse de la realidad y cayeron
en manos de la maldita TV. Más tarde, un grupo
se fue con Jorge a tomar un café en San Martín
de los Andes y el resto a descansar.
Lo
inevitable
Día
26 de enero. Nuevamente me levanto temprano, ya que la
mañana es corta y se va de nada. El Portugués
llega temprano, como siempre, para comenzar a preparar
dos corderos al asador para el almuerzo. Luego de un rápido
desayuno con tortas fritas y pan casero, El Vasco y los
propietarios de cada bici comienzan el desarmado de las
mismas, para su posterior embalado en las cajas. Lucrecia
colabora cobrando los $ 5 de los que quieren el envío
a domicilio.
Mientras
tanto, comienzo pre-cargar el trailer: el tablón
de mesa, los banquitos, los bolsos que me van entregando,
la comida sobrante y otros bártulos. A eso de las
10:30 nos subimos al minibús para ir a San Martín
de los Andes, para pasear y disfrutar el tiempo libre.
Lamentablemente, el tiempo es más corto que el
deseado y cada uno se desperdiga por la ciudad para adquirir
algún souvenir, chocolates, realizar llamadas telefónicas.
Con
El Vasco vamos a El Valle y resolvemos el despacho de
las bicis. Se arregla que las van a ir despachando de
a poco, según tengan lugar en los micros. Además,
la pasan a retirar del camping.
El
tiempo pasó volando y la hora convenida para el
encuentro llegó. Casi todos estaban en la Plaza
Sarmiento. Esperamos un poco a los rezagados y finalmente
regresamos al camping. A eso de las 13:30 se largó
el primer cordero al asador: una delicia, una manteca.
Luego llegaron las ensaladas, con verdura recién
sacada de la huerta y de la cual yo me llevaría
una cajita bien surtida a mi ciudad, Luján. Finalmente,
el sobrante de vinos acompañó el excelente
asado. Luego atacamos el segundo cordero y con la panza
súper llena le dimos a la sandía, que fue
un excelente bajativo. A pesar del mito: "sandía
con vino, combinación letal", todos seguimos
vivos. Al final pasamos al brindis con champaña.
Uno a uno fuimos descorchando. ¡Hic! ¡Brindemos
por esto! Y te saludo por lo otro... y el alcohol fue
alegrando los corazones y nos predispuso para un viaje
largo de regreso a casa.
Terminamos
de cargar todo el trailer, lo tapamos con la lona y lo
enganchamos al minibús. Nos despedimos de los que
se quedaban, por ejemplo Horacio Pepe, quien se iría
a escalar el Volcán Lanín, Eduardo, que
regresaría en avión, El Vasco, que se quedó
para despachar las bicis. Y lo inevitable: el regreso
a Buenos Aires.
Reencuentros
Ya
en el minibús reparto la encuesta para que pongan
sus impresiones sobre este viaje. En la primera parada,
Junín de los Andes, tomo yo el volante, hasta Piedra
del Águila. El camino es muy bonito, ya que bordea
el Río Collon-Cura y el embalse de Piedra del Aguila.
Música de Enya para estar en armonía con
el paisaje -la música patagónica no me la
dejaron poner- y los pasajeros duermen, charlan o juegan
al truco. A Neuquén llegamos de noche, luego de
ver algunos vídeos de bicis y una película.
Nos dirigimos a Vista Alegre, a la chacra Los Narcisos
donde, para variar, nos esperaban con tres chivitos. Todavía
no habíamos digerido los corderos cuando, nuevamente,
nos reuníamos en la mesa para degustar los chivitos
y una entrada de humita al plato.
A
pesar del interés por llegar lo antes posible,
traté de calmar los ánimos diciendo que
el viaje todavía no había terminado y que
íbamos a llegar más o menos en horario.
Que disfrutaran del momento. Y así estuvimos como
tres horas en el lugar.
Finalmente,
a la madrugada continuamos el viaje. Por suerte en el
cruce del desierto me pude tirar al piso y dormí
un buen rato. Desayunamos nuevamente en General Acha.
El siguiente tramo es hasta el pueblo de Manuelita, Pehuajó,
y los participantes adoptan las posiciones más
extrañas en los asientos: todo sea por estirar
un poco más las piernas.
En
Pehuajó fuimos a un restaurante en el que se negocia
un buen precio. Pastas caseras o milanesa eran las opciones,
y ambas muy buenas. Chivilcoy es la siguiente parada técnica,
donde baja Augusto. La primera despedida.
Aprovecho
para empezar a leer las encuestas y, como presuponía,
todo salió de diez y el grupo está muy satisfecho
con el viaje. Las únicas críticas son referidas
a detalles como poner algo de verdura fresca en tal comida,
más fruta tal día, que "me gustaría
haberme quedado mas tiempo en tal arroyo" o que el
minibús era incomodo (y bueno, no es un coche cama
y existe la opción de viajar por cuenta de uno).
Finalmente,
a eso de las 19:00 arribamos a Florida, donde procedemos
a descargar todos los bártulos y subirlos al departamento.
Comienzan las despedidas y las promesas de reencuentro.
Atrás quedó una de las mejores travesías
organizadas hasta hoy por quien escribe. Se conjugó
el desafío de cruzar dos veces los Andes en un
marco natural indescriptible, con un grupo muy unido.
Se sacó la mejor moraleja para estos tiempos: entre
todos podemos alcanzar el objetivo planeado.
Y
el grupo siguió reuniéndose, comprobando
el dicho de Hernán Uriburu: "recibo clientes
y despido amigos". A la semana nos reunimos en la
casa de José para cenar. Varios se juntan a correr
por los bosques de Palermo. Se realizó un asado
y baile de carnaval en la Isla de Dr. Lemon (en el Delta).
Varios salen los domingos a entrenarse: van a Costanera
Sur y San Isidro. Hace algunos sábados hicimos
un pedaleo de Buenos Aires a Luján, donde disfrutamos
de una quinta con pileta y unas buenas pizzas con empanadas,
mientras volvimos a mirar por enésima vez las fotos
y recordamos los buenos momentos vividos.
Opiniones
de los participantes
Horacio: ¡Hola todos! ¿Cómo
están? ¿Regresando paulatinamente a vuestras
obligaciones y rutinas? Yo también, haciendo lo
propio. Como dice Serrat en una canción: "...y
vamos bajando la cuesta, que arriba en la calle terminó
la fiesta". Dicho sea de paso, ¿qué
buen grupo, verdad? No hubo ninguna nota disonante. Realmente
la pasamos muy bien y sin sobresaltos. En un grupo de
más de veinte personas que conviven varios días,
no hubiera sido extraño que se produzcan roces,
situaciones tensas o discusiones. En este grupo, si pasó
algo no fue trascendente, o al menos yo no lo noté.
Seguramente, todos encontramos pequeñas cositas
que nos hubiera gustado cambiar o mejorar, pero no hubo
situaciones que generen malestar general ni duradero.
Hubo sí, por el contrario, muestras de afecto y
de solidaridad, de compañerismo y buena onda en
todos.
Personalmente
me llevo de este viaje un hermoso recuerdo que ha superado
ampliamente todas mis expectativas. Conocí un lindo
grupo de gente. Cada uno a su manera me agregó
algo y me dejó algo para reflexionar. Cuántas
situaciones para recordar: el respaldo incondicional entre
Oscar y Virginia; el tesón y la determinación
de Mariano, pedaleando siempre al borde de las lágrimas;
la armonía de pareja que muestran Sergio y Lucrecia;
la chispa de "Chacabuco"; las oportunas intervenciones
de Piero; el entusiasmo y compañerismo de Dr. Lemon;
la temeridad de Alejandro, de la que se lleva marcados
los recuerdos; la solidaridad, aun a riesgo propio, de
los que rescataron a Julio; la sabia intervención
culinaria de Freddy, con unas lentejas excepcionales;
las ocurrencias fantasiosas de Eduardo; las leyendas de
El Vasco; la colaboración incondicional de Néstor;
las divertidas intervenciones de Homero, reclamando sus
rosquillas; etc. Debe haber 1000 cosas más, que
al escribir este mail no vienen a mi memoria, así
que me disculpo por las omisiones.
La
buena onda fue recíproca entre todos, incluso con
Gustavo. El aportó una coordinación impecable,
interviniendo sólo con lo justo, sin generar presiones
en el grupo. Por su parte, el grupo le respondió
con gran reconocimiento en general, y especialmente al
recibirlo y felicitarlo con aplausos en el camping, al
finalizar la travesía. De hecho, él me confesó
que se sintió muy emocionado en ese momento. Fue
la primera vez que lo recibían así.
Nueve
días intensos que tuvieron de todo, tan intensos
que parecieron muchos más. Compartimos el esfuerzo
de las pedaleadas con el de viajar en el micro (no se
cuál fue más duro). Recorrimos lugares con
paisajes hermosos, bebimos agua de los arroyos y los lagos
durante seis días, hicimos el esfuerzo de pedalear
en subidas interminables para disfrutar luego del placer
de los descensos. ¡Sí, los descensos! Alucinantes
descensos, embriagantes en extremo. Nos bañamos
en lagos, ríos, camping con duchas heladas, baños
termales, pozos de barro, zanjas llenas de algas y algún
que otro día hasta ni nos bañamos. Estuvimos
incomunicados, sin luz ni teléfonos durante varios
días, durmiendo en el piso, sin calefacción,
reciclando ropa sucia, expuestos al polvo, al viento,
a la lluvia y al frío. ¿Se puede acaso estar
mejor?
Les
agradezco a todos los buenos momentos, especialmente a
aquellos con quienes compartí los mejores y más
excitantes momentos, pues lo vivido siempre es más
agradable e intenso al ser compartido. Un abrazo fuerte
para todos. Horacio.
María
Julia: Realmente ha sido un viaje inolvidable, en
el que cada uno sacó lo mejor de sí y lo
compartió con el resto. Un viaje en el que se dio
prioridad a la tolerancia, el respeto por el otro y al
bienestar del grupo (por encima del bienestar personal
de cada uno), valores a los que hoy en día no se
les da la importancia que merecen. Me siento muy contenta
de haberlos conocido y quisiera que "nadie se pierda";
ya que hemos descubierto que tenemos intereses en común:
la vida sana, el aire libre, la pasión por el deporte,
por viajar y conocer lugares, le demos buen uso y mantengamos
esta nueva amistad.
Espero
que más allá de juntarnos para ver las fotos
y compartir un "asado de reencuentro", podamos
de aquí en más, compartir nuevas travesías
y/o destinos. Un beso grande para todos. María
Julia.
Alejandro:
Me gustaría agregar a la lista, la buena predisposición
de El Vasco, siempre atento a los que dábamos más
trabajo, el humor negro de José (¡la pasamos
del carajo!), la polenta en las subidas de Diana, las
abdominales de Eduardo al final de cada etapa, el ejemplo
y la cautela de los que llegaron ilesos, el olfato ganador
que Virginia le puso al truco, Les Luthiers en el micro,
el chivito en lo de Sandra, las ratitas "come accesorios",
las empanadas de pollo, y las mil poses para conciliar
el sueño en el micro, fotos imborrables que me
llevo de este viaje maravilloso.
Por
mi parte, para que no sea tan dura la vuelta al manicomio,
me traigo el tupper a la oficina y ando desesperado tratando
de conseguir un Undurraga para el tintos time. Saludos.
Nota
del autor: Claudio y José también adhirieron
a los conceptos compartidos. Inés, por su parte,
me hizo llegar un mail donde entre otras cosas expresa
lo bien que se sintió y la pasó con el grupo.
En sus palabras, "me permitió en todo momento
mostrarme tal cual soy".