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Doble Cruce de los Andes 2002, parte IV
Gustavo González -
Experto Aventurarse

Llegó la última etapa de este viaje. La última y, además, la más larga. Hay expectativa en el grupo. La pregunta rondaba: "¿todos la podrán realizar?" La técnica es hacer tramos largos de pedaleo entre parada y parada, para avanzar rápido. La novedad viene por el lado de Federico (alias Homero), quien acusa su "triángulo de marco" mordido por una rata (ver Doble Cruce de los Andes 2002 - Tercera parte). Adentro de él tenia barritas de cereal. Revisando bien, otros ciclistas también acusan roturas en sus accesorios de cordura. Por suerte mi alforja, que era nueva y que tenía una bolsa de maní salado, no fue tocada. Por lo menos, las ratas me respetan como coordinador.

El precalentamiento, coordinado por María Julia, resultó muy completo ya que incluyó toda una serie de ejercicios y elongaciones, para evitar cualquier lesión. Por fin se dio la orden de partida. La próxima parada es el Bosque de pehuenes (o Araucaria araucana) y es un tramo largo, que permite despedirnos del bosque. De movida, una subida con una excelente vista del Lago Curruhue Grande y subidas, bajadas, precipicios, curvas cerradas, miradores, puentes, etc., que imposibilitan estar desatento en la conducción de la bike.

Lo paso a Oscar y por su mirada se nota que se muere de ganas por ir rápido y a full en las bajadas, pero le hace el aguante incondicional a su esposa. Les recomendaría un "tándem" pero ya los dejé atrás.

Luego otra parada para reparar un corte de cadena (finalmente resuelto el problema por El Vasco), otra para sacar la cadena que se trabó del cuadro, y así vamos pasando cicloturistas hasta que diviso dos bicis al costado del camino y una pequeña charla entre el bosque de dos amigas.

Nguenechén y el árbol sagrado

Prosigo el pedaleo y llego hasta el bosque. Como hace mucho frío, reparto chocolates. Por fin arriban todos a la parada. La novedad es que apareció "El Trauco" que es un duende del bosque que enamora a las mujeres. Pero esta vez realizó una broma: ¿se acuerdan de las chicas que estaban charlando en el baño? Bueno, parece que cuando terminaron sus quehaceres volvieron a sus bicis y una no estaba. Es decir, no estaba en el mismo lugar sino que había sido corrida algunos metros hacia adelante. Nadie se pudo explicar lo sucedido y finalmente la única explicación posible fue la del "Trauco"...

El pehuén es un árbol milenario y aquí encontramos un pequeño bosquecillo. El Vasco comenzó a hablar:

"Desde siempre, Nguenechén hizo crecer al pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban estas tierras no comían los piñones porque creían que eran peligrosos. Al pehuén lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos. Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación, marcharon lejos en busca de alimento pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre. (...) Pero Nguenechén no los abandonó y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado, se encontró con un anciano de larga barba blanca. '¿Qué buscas hijo?' - le pregunto. 'Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Por desgracia no he encontrado nada', respondió. 'Y tantos piñones que ves por el piso bajo los pehuenes - dijo el viejo-. Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en silos subterráneos y tendréis comida todo el invierno'. Dicho esto desapareció el anciano. El joven recogió en su manto gran cantidad de piñones y contó lo acontecido al jefe de la tribu. Enseguida se reunió toda la tribu y comieron en abundancia realizando una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban gran cantidad de piñones, que guardados bajo tierra se mantenían frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el Chaulí: bebida fermentada. Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano rezan mirando al sol: 'A ti debemos tu vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados' y eso según cuenta la leyenda"...

Terminó El Vasco de contar la historia y los invitó a recorrer el bosque.

Este es tu árbol

Así emprendimos una caminata hasta el Mirador del Lago Curruhue Grande. El viento y el frío obligaron a que nos retiráramos del lugar. Al regresar, se realizó una actividad por demás interesante denominada "encuentra tu árbol". Para comenzar se forman parejas. Un integrante se venda los ojos y el otro miembro lo conduce hasta un árbol y le dice lo siguiente:

"Este es tu árbol... reconócelo, recórrelo con el tacto, siente su olor y, si te animas, prueba su sabor".

Luego de un buen reconocimiento se lo marea y se lleva al participante, con los ojos vendados, por un sinnúmero de obstáculos (algunos existentes y otros no) hasta que finalmente se le saca la venda. El objetivo es que el participante se encuentre con su árbol. Parece mentira pero se encuentra. Luego se invierten los roles.

El juego de "encuentra tu árbol" es una buena actividad para despedirse del bosque, ya que desde ahora entramos en el "Ecotono" que es una transición entre el bosque y la estepa. Largas bajadas dominan este tramo y el viento a favor impulsa las máquinas a gran velocidad. La pendiente a favor nos posibilita aumentar rápidamente el promedio y consumir kilómetros a lo loco.

El viento levanta polvaredas que marchan por delante nuestro y sólo se aminora un poco la velocidad para esquivar las grandes piedras o en los tramos con serrucho. Alcanzamos, por fin, el Lago Curruhue Chico, donde el valle se encajona y el camino trepa la montaña. Los vientos se hacen más fuertes y hay que pedalear con cuidado para que las ráfagas no nos tumben.

Pasamos una cascadita, donde algunos cargan agua, y dos miradores, para levantar en la siguiente bajada hasta a 70 Km/h, los más audaces. Traqueteo por el serrucho y la aventura de pasarse de huella en huella a gran velocidad. La pendiente comienza a disminuir porque estamos saliendo de la cordillera. El camino se hace más ancho y arenoso y Julio se compra un "terrenito": por suerte nada sucede, ya que venía despacio.

Llegada al Lolog

Salimos del Parque Nacional Lanín y nos detenemos en Gendarmería para hacer el ingreso legal al país. ¡Sí! A casi cuarenta kilómetros de la frontera está el control migratorio. Entregamos el último papelito, la lista con las bicis, y José se encarga de hacer pasar a Claudio y Mariano, que se habían olvidado los papeles en el minibús. Como verán, los abogados dan para todo.

Ultimo tramo antes del almuerzo. En un pequeño sector arbolado y protegido del viento nos detenemos a comer: sopa de cabellos de ángel y el ya clásico y siempre bienvenido arroz con atún. Comemos, descansamos un rato y, tras explicar el tramo que falta, acordamos la siguiente parada: puente del Río Quilquihue, en el Lago Lolog. Es un tramo suficientemente largo como para que el grupo de punta se separe y les saque varios minutos a los más tranquilos.

Nos espera una primera subida corta, que nos agarra en frío luego de la parada. Superada ésta, viene otro tramo de bajada no muy empinada, pero sí larga y con viento a favor. Finalmente se llega a bordear el Río Collun-Co, donde el camino parece estar trazado por el antiguo lecho del río, ya que las piedras son grandes, el serrucho abunda y la marcha se hace más lenta.

No se superan los 10 Km/h, porque ahora el viento viene de frente, frío y con gotitas de las nubes que pasan por arriba nuestro. Este tramo se hace pesado, pero es nada más una de las dificultades que hay que superar para llegar a San Martín de los Andes.

Superado el puente del Río Collun-Co, hay que subir una larga cuesta. La primera parte muy empinada, y luego se alcanza el mallín que divide las cuencas de los lagos Curruhue Chico y Lolog, donde el camino sube imperceptiblemente, pero lo suficiente como para parecer interminable.

Por fin, y luego de mucho viento cruzado y esfuerzo personal, se alcanza el punto más alto. Comienza la bajada y desde las últimas posiciones trato de alcanzar a los punteros. Las gotitas pegan fuerte en las antiparras, pero no impiden la vista del Lolog, ensombrecido por los nubarrones negros que vienen desde Chile.

Bajada fuerte de unos 4 Km aproximadamente, pasada por un cruce que me olvidé de avisar (espero que nadie doble) y arribo a la costa del lago. Pedaleo a full, pero no logro alcanzar a nadie. ¿Están todos cebados? Voy rodeando todo el Lago, que con sus olas encrespadas sufre los embates del viento patagónico. Por fin, llego al Río Quilquihue y lo cruzo por su largo puente de madera.

Todo el grupo se ha refugiado en el comedor de las cabañas del Lago Lolog y disfruta de bebidas calientes con tortas. Pongo la bici atrás de un árbol para que no se moje y hablo por teléfono a familiares, para avisar que todo viene bien. También hablo con Cruz del Sur (empresa de transporte) y por suerte me entero que la carpa comedor había arribado a San Martín de los Andes y nos esperaba en el deposito. También hablo al camping Amigos de la Naturaleza, para confirmar nuestra llegada.

Luego me incorporo al grupo para tomar la merienda junto con El Vasco (gentilmente invitados por Alejandro y Virginia). Están todos menos José, que en sus ansias por llegar (o por reservar una cabaña, según opinan otros) se ha pasado de la parada.

Otra vez la realidad

Arribados todos al Lago Lolog, doy la orden de partida al minibús, para que se adelante y vaya armando el último campamento. Lentamente, emprendemos el último tramo de la travesía. Lo primero es bastante plano, ya que el camino va por una especie de valle. Siguen el serrucho, el viento y aumenta el tránsito, con su infaltable polvo. Una última subida, algo dura para nuestros agotados esfuerzos. La bajada se avecina: primero tímidamente proseguida de una subida que se la sube con el envión. Luego, comienzan a divisarse la Vega Maipú y los barrios más alejados del centro. Entonces, la bajada comienza a hacerse más pronunciada, la rueda gira más rápido y como el camino es recto, uno se confía y la bajada se empina mucho más. Cartel de curva cerrada y a frenar como locos. Hay que disminuir de los 79 km/h casi a cero, para poder girar en los caracoles. A casi todos les pasó lo mismo: entre embriagarse con la bajada, chuparse la adrenalina, cuidarse de no caer y disfrutar a lo lindo de la llegada, a poner cara de pánico y no clavar los frenos (para no salir despedido) sino hacerlo gradualmente y rogar no salirse del camino.

Nos juntamos algunos abajo. Inés casi termina fuera del camino y Andrés sufre un palito por esquivar un perro que lo salió a chumbar. Todos excitados por la bajada a full, emprendemos los últimos metros antes del camping. Ya habían llegado casi todos y un cerrado aplauso me recibió. La verdad que fue muy emocionante, ya que nunca me habían recibido así.

Nos felicitamos entre todos. Saludos y besos y esperar a los que faltan. La ultima elongación del día y de la travesía, nuevamente a cargo de María Julia. Jorge y Néstor descargaron todo el minibús y cada uno busca sus cosas entre las numerosas bolsas. Algunos se dirigen directamente a las duchas (mi caso), otros aprovechan para lavar sus bicis o comer algo.

Ya cuando estaba por meterme a la ducha, siento el llamado del handy: El Vasco necesita ayuda, porque no sé qué le había pasado a la bici de Homero. Ya estaba como Dios me trajo al mundo así que poco podía hacer. Le dije que lo resuelva él, cosa que finalmente sucedió.

El grupo se desperdigó en sus quehaceres personales. Algunos armaron carpa, otros se fueron a una cabaña y un tercer grupo fue hasta una cabaña; pero finalmente desistieron de alquilarla porque quedaba muy lejos.

Jorge regresó de San Martín de los Andes con el trailer ya reparado y gas-oil cargado. Luego de bañarme me dispuse a adelantar "laburo" poniendo un poco de orden en todo el equipo que tenía, el personal y el grupal.

Finalmente la cena. Nuevamente nos acompañaron excelentes pizzas caseras. Cerveza, vino y agua fueron las bebidas elegidas. Cerezas de la huerta de postre. Se las perdieron Julio y Homero, quienes se fueron a ver la noche de San Martín de los Andes.

Finalizada la cena se armó un mini baile para festejar el éxito de la travesía, mientras por la televisión se difundían imágenes del último cacerolazo en Buenos Aires, con represión incluida. Algunos no pudieron substraerse de la realidad y cayeron en manos de la maldita TV. Más tarde, un grupo se fue con Jorge a tomar un café en San Martín de los Andes y el resto a descansar.

Lo inevitable

Día 26 de enero. Nuevamente me levanto temprano, ya que la mañana es corta y se va de nada. El Portugués llega temprano, como siempre, para comenzar a preparar dos corderos al asador para el almuerzo. Luego de un rápido desayuno con tortas fritas y pan casero, El Vasco y los propietarios de cada bici comienzan el desarmado de las mismas, para su posterior embalado en las cajas. Lucrecia colabora cobrando los $ 5 de los que quieren el envío a domicilio.

Mientras tanto, comienzo pre-cargar el trailer: el tablón de mesa, los banquitos, los bolsos que me van entregando, la comida sobrante y otros bártulos. A eso de las 10:30 nos subimos al minibús para ir a San Martín de los Andes, para pasear y disfrutar el tiempo libre. Lamentablemente, el tiempo es más corto que el deseado y cada uno se desperdiga por la ciudad para adquirir algún souvenir, chocolates, realizar llamadas telefónicas.

Con El Vasco vamos a El Valle y resolvemos el despacho de las bicis. Se arregla que las van a ir despachando de a poco, según tengan lugar en los micros. Además, la pasan a retirar del camping.

El tiempo pasó volando y la hora convenida para el encuentro llegó. Casi todos estaban en la Plaza Sarmiento. Esperamos un poco a los rezagados y finalmente regresamos al camping. A eso de las 13:30 se largó el primer cordero al asador: una delicia, una manteca. Luego llegaron las ensaladas, con verdura recién sacada de la huerta y de la cual yo me llevaría una cajita bien surtida a mi ciudad, Luján. Finalmente, el sobrante de vinos acompañó el excelente asado. Luego atacamos el segundo cordero y con la panza súper llena le dimos a la sandía, que fue un excelente bajativo. A pesar del mito: "sandía con vino, combinación letal", todos seguimos vivos. Al final pasamos al brindis con champaña. Uno a uno fuimos descorchando. ¡Hic! ¡Brindemos por esto! Y te saludo por lo otro... y el alcohol fue alegrando los corazones y nos predispuso para un viaje largo de regreso a casa.

Terminamos de cargar todo el trailer, lo tapamos con la lona y lo enganchamos al minibús. Nos despedimos de los que se quedaban, por ejemplo Horacio Pepe, quien se iría a escalar el Volcán Lanín, Eduardo, que regresaría en avión, El Vasco, que se quedó para despachar las bicis. Y lo inevitable: el regreso a Buenos Aires.

Reencuentros

Ya en el minibús reparto la encuesta para que pongan sus impresiones sobre este viaje. En la primera parada, Junín de los Andes, tomo yo el volante, hasta Piedra del Águila. El camino es muy bonito, ya que bordea el Río Collon-Cura y el embalse de Piedra del Aguila. Música de Enya para estar en armonía con el paisaje -la música patagónica no me la dejaron poner- y los pasajeros duermen, charlan o juegan al truco. A Neuquén llegamos de noche, luego de ver algunos vídeos de bicis y una película. Nos dirigimos a Vista Alegre, a la chacra Los Narcisos donde, para variar, nos esperaban con tres chivitos. Todavía no habíamos digerido los corderos cuando, nuevamente, nos reuníamos en la mesa para degustar los chivitos y una entrada de humita al plato.

A pesar del interés por llegar lo antes posible, traté de calmar los ánimos diciendo que el viaje todavía no había terminado y que íbamos a llegar más o menos en horario. Que disfrutaran del momento. Y así estuvimos como tres horas en el lugar.

Finalmente, a la madrugada continuamos el viaje. Por suerte en el cruce del desierto me pude tirar al piso y dormí un buen rato. Desayunamos nuevamente en General Acha. El siguiente tramo es hasta el pueblo de Manuelita, Pehuajó, y los participantes adoptan las posiciones más extrañas en los asientos: todo sea por estirar un poco más las piernas.

En Pehuajó fuimos a un restaurante en el que se negocia un buen precio. Pastas caseras o milanesa eran las opciones, y ambas muy buenas. Chivilcoy es la siguiente parada técnica, donde baja Augusto. La primera despedida.

Aprovecho para empezar a leer las encuestas y, como presuponía, todo salió de diez y el grupo está muy satisfecho con el viaje. Las únicas críticas son referidas a detalles como poner algo de verdura fresca en tal comida, más fruta tal día, que "me gustaría haberme quedado mas tiempo en tal arroyo" o que el minibús era incomodo (y bueno, no es un coche cama y existe la opción de viajar por cuenta de uno).

Finalmente, a eso de las 19:00 arribamos a Florida, donde procedemos a descargar todos los bártulos y subirlos al departamento. Comienzan las despedidas y las promesas de reencuentro.

Atrás quedó una de las mejores travesías organizadas hasta hoy por quien escribe. Se conjugó el desafío de cruzar dos veces los Andes en un marco natural indescriptible, con un grupo muy unido. Se sacó la mejor moraleja para estos tiempos: entre todos podemos alcanzar el objetivo planeado.

Y el grupo siguió reuniéndose, comprobando el dicho de Hernán Uriburu: "recibo clientes y despido amigos". A la semana nos reunimos en la casa de José para cenar. Varios se juntan a correr por los bosques de Palermo. Se realizó un asado y baile de carnaval en la Isla de Dr. Lemon (en el Delta). Varios salen los domingos a entrenarse: van a Costanera Sur y San Isidro. Hace algunos sábados hicimos un pedaleo de Buenos Aires a Luján, donde disfrutamos de una quinta con pileta y unas buenas pizzas con empanadas, mientras volvimos a mirar por enésima vez las fotos y recordamos los buenos momentos vividos.

Opiniones de los participantes

Horacio: ¡Hola todos! ¿Cómo están? ¿Regresando paulatinamente a vuestras obligaciones y rutinas? Yo también, haciendo lo propio. Como dice Serrat en una canción: "...y vamos bajando la cuesta, que arriba en la calle terminó la fiesta". Dicho sea de paso, ¿qué buen grupo, verdad? No hubo ninguna nota disonante. Realmente la pasamos muy bien y sin sobresaltos. En un grupo de más de veinte personas que conviven varios días, no hubiera sido extraño que se produzcan roces, situaciones tensas o discusiones. En este grupo, si pasó algo no fue trascendente, o al menos yo no lo noté. Seguramente, todos encontramos pequeñas cositas que nos hubiera gustado cambiar o mejorar, pero no hubo situaciones que generen malestar general ni duradero. Hubo sí, por el contrario, muestras de afecto y de solidaridad, de compañerismo y buena onda en todos.

Personalmente me llevo de este viaje un hermoso recuerdo que ha superado ampliamente todas mis expectativas. Conocí un lindo grupo de gente. Cada uno a su manera me agregó algo y me dejó algo para reflexionar. Cuántas situaciones para recordar: el respaldo incondicional entre Oscar y Virginia; el tesón y la determinación de Mariano, pedaleando siempre al borde de las lágrimas; la armonía de pareja que muestran Sergio y Lucrecia; la chispa de "Chacabuco"; las oportunas intervenciones de Piero; el entusiasmo y compañerismo de Dr. Lemon; la temeridad de Alejandro, de la que se lleva marcados los recuerdos; la solidaridad, aun a riesgo propio, de los que rescataron a Julio; la sabia intervención culinaria de Freddy, con unas lentejas excepcionales; las ocurrencias fantasiosas de Eduardo; las leyendas de El Vasco; la colaboración incondicional de Néstor; las divertidas intervenciones de Homero, reclamando sus rosquillas; etc. Debe haber 1000 cosas más, que al escribir este mail no vienen a mi memoria, así que me disculpo por las omisiones.

La buena onda fue recíproca entre todos, incluso con Gustavo. El aportó una coordinación impecable, interviniendo sólo con lo justo, sin generar presiones en el grupo. Por su parte, el grupo le respondió con gran reconocimiento en general, y especialmente al recibirlo y felicitarlo con aplausos en el camping, al finalizar la travesía. De hecho, él me confesó que se sintió muy emocionado en ese momento. Fue la primera vez que lo recibían así.

Nueve días intensos que tuvieron de todo, tan intensos que parecieron muchos más. Compartimos el esfuerzo de las pedaleadas con el de viajar en el micro (no se cuál fue más duro). Recorrimos lugares con paisajes hermosos, bebimos agua de los arroyos y los lagos durante seis días, hicimos el esfuerzo de pedalear en subidas interminables para disfrutar luego del placer de los descensos. ¡Sí, los descensos! Alucinantes descensos, embriagantes en extremo. Nos bañamos en lagos, ríos, camping con duchas heladas, baños termales, pozos de barro, zanjas llenas de algas y algún que otro día hasta ni nos bañamos. Estuvimos incomunicados, sin luz ni teléfonos durante varios días, durmiendo en el piso, sin calefacción, reciclando ropa sucia, expuestos al polvo, al viento, a la lluvia y al frío. ¿Se puede acaso estar mejor?

Les agradezco a todos los buenos momentos, especialmente a aquellos con quienes compartí los mejores y más excitantes momentos, pues lo vivido siempre es más agradable e intenso al ser compartido. Un abrazo fuerte para todos. Horacio.

María Julia: Realmente ha sido un viaje inolvidable, en el que cada uno sacó lo mejor de sí y lo compartió con el resto. Un viaje en el que se dio prioridad a la tolerancia, el respeto por el otro y al bienestar del grupo (por encima del bienestar personal de cada uno), valores a los que hoy en día no se les da la importancia que merecen. Me siento muy contenta de haberlos conocido y quisiera que "nadie se pierda"; ya que hemos descubierto que tenemos intereses en común: la vida sana, el aire libre, la pasión por el deporte, por viajar y conocer lugares, le demos buen uso y mantengamos esta nueva amistad.

Espero que más allá de juntarnos para ver las fotos y compartir un "asado de reencuentro", podamos de aquí en más, compartir nuevas travesías y/o destinos. Un beso grande para todos. María Julia.

Alejandro: Me gustaría agregar a la lista, la buena predisposición de El Vasco, siempre atento a los que dábamos más trabajo, el humor negro de José (¡la pasamos del carajo!), la polenta en las subidas de Diana, las abdominales de Eduardo al final de cada etapa, el ejemplo y la cautela de los que llegaron ilesos, el olfato ganador que Virginia le puso al truco, Les Luthiers en el micro, el chivito en lo de Sandra, las ratitas "come accesorios", las empanadas de pollo, y las mil poses para conciliar el sueño en el micro, fotos imborrables que me llevo de este viaje maravilloso.

Por mi parte, para que no sea tan dura la vuelta al manicomio, me traigo el tupper a la oficina y ando desesperado tratando de conseguir un Undurraga para el tintos time. Saludos.

Nota del autor: Claudio y José también adhirieron a los conceptos compartidos. Inés, por su parte, me hizo llegar un mail donde entre otras cosas expresa lo bien que se sintió y la pasó con el grupo. En sus palabras, "me permitió en todo momento mostrarme tal cual soy".



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