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Desafío
Quilmes - Cruce de los Andes de Villa Pehuenia (Argentina)
a Icalma (Chile)
Federico
García Hamilton -
Aventurero
El
Desafío
Quilmes de los Andes 2003 fue una carrera de aventuras
en la que se cruzó la cordillera de los Andes desde
Villa Pehuenia (Argentina) hasta Icalma (Chile), recorriendo
unos 90 kilómetros de trekking de montaña,
entre los días 14 y 16 de febrero. Participé
de la misma integrando con Tony Casanova el equipo Team
del Aconquija, y a continuación intentaré
reflejar todo lo que sentí durante estos inolvidables
días.
Villa
Pehuenia es una villa turística en desarrollo (se
fundó en febrero de 1989) situada en una península
sobre el lago Aluminé, el más septentrional
del corredor de los lagos, a la altura de la ciudad de Neuquén.
El
privilegiado marco geográfico en que se encuentra
está conformado por los lagos Aluminé y Moquehue
y por las montañas que los rodean, en las que abundan
bosques de distintas especies características de
la Patagonia Andina, pero principalmente de araucarias,
árbol milenario llamado pehuén
por los mapuches y que da nombre a toda la región
de Pehuenia. Ambos lagos están unidos entre sí
por una angostura de unos 500 metros de largo y 20 de ancho,
sobre la cual hay un puente que permite cruzar de un lado
al otro.
Llegamos
a Villa Pehuenia con Tony y Luis Terán, un amigo
al que invitamos para que nos acompañara, el jueves
por la mañana después de un largo viaje en
auto (perdimos 4,5 horas en Catamarca por un piquete y hubieron
200 kilómetros de la ruta 40 tan destrozados que
no pudimos superar los 40 Km/h). El día no podía
ser más lindo, con un sol que brillaba tanto que
hacía olvidar el cansancio del viaje.
Dimos
una vuelta para conocer la villa y sus alrededores, almorzamos,
y a eso de las tres de la tarde fuimos al campamento (que
se encontraba sobre una bahía espectacular en la
costa norte del Aluminé), ya que si bien la carrera
comenzaba a las nueve de la mañana del viernes era
obligatorio estar el día antes para la charla técnica,
así como dormir esa noche en el campamento. Al llegar,
fuimos a la carpa de la organización a llenar los
papeles, retirar nuestro container, chalecos
y demás, y luego nos indicaron dónde armar
nuestra carpa.
Nos
sorprendimos cuando al lado del lugar asignado estaban armando
otra y nos dimos con que casualmente era el otro equipo
tucumano que participaba de la competencia, y al cual no
conocíamos. Pero mucho mayor aún fue la sorpresa
cuando después de presentarnos nos pidieron que seamos
sus testigos de casamiento, ya que se casaban al día
siguiente (obviamente era un equipo mixto). Nos comentaron
que en realidad habían viajado a Villa Pehuenia para
casarse el día anterior, pero no les permitieron
hacerlo pues necesitaban cuatro testigos y no los tenían,
así que tuvieron que postergarlo y se haría
durante la competencia.
Una
vez que armamos la carpa y nos acomodamos, retiramos una
de las canoas que había llevado el Club de Corredores
y salimos a remar y nadar por las transparentes aguas del
Aluminé. Más tarde, para no abusar del sol,
fuimos a conocer la comunidad mapuche Puel que
se encuentra cerca de La Angostura y por la cual atravesaríamos
durante la carrera. Regresamos al campamento para la reunión
técnica, que se hizo a eso de las 20:00 hs. al aire
libre y sobre la playa. Mientras Sebastián Tagle
(Director de la prueba) daba las indicaciones correspondientes,
disfrutamos de un atardecer espectacular y de la luna casi
llena que aparecía sobre las montañas.
Después
de la reunión el clima precarrera se
vivía con más intensidad, la adrenalina era
cada vez mayor y se escuchaba a cada equipo planificar la
estrategia para el día siguiente (¿Nos
ponemos calzas cortas o largas?, ¿Llevamos
campera de montaña o rompeviento?, Cuántos
litros de líquido cargamos?, ¿Arrancamos
corriendo o caminamos de entrada?, etc., etc.). De
todos modos, había que estar descansados para la
mañana siguiente así que a comer y a tratar
de dormir...
Primer
día
El
viernes amaneció con mucho frío y totalmente
nublado (increíble, ya que cuando por mi ansiedad
me desperté a las tres de la mañana, salí
de la carpa y el cielo estaba cubierto de estrellas) así
que en general todos los equipos decidieron correr abrigados.
La largada se hizo a las 9:15 hs. desde el puente de La
Angostura, a unos 1500 metros del campamento, lo cual permitió
ir precalentando un poco los músculos. Había
que cruzarlo hacia el sur y seguir por unos tres kilómetros
el camino que conduce a la comunidad mapuche Puel. Con Tony
decidimos caminar, ya que el objetivo que nos habíamos
fijado era llegar, de modo de recuperarnos del
dolor de haber tenido que abandonar en la Eco
Peugeot de Salta.
Por
lo tanto, en el arranque de la competencia quedamos -al
igual que en Salta- entre los últimos. De todos modos,
ese día había que subir dos montañas
con pendientes fuertes y es allí donde sabíamos
que recuperaríamos puestos. Un rato después
de largar apareció el sol y subió la temperatura,
por lo que paramos unos minutos a desabrigarnos.
El
camino tenía subidas y bajadas (a éstas las
trotamos con ritmo suave) y luego de cruzar una barrera
continuaba -ya dentro de la comunidad mapuche- unos dos
kilómetros más, pasando por el costado de
tres lagunas muy lindas y algunos arroyos con agua de deshielo,
hasta llegar a un puesto mapuche en el que había
que tomar hacia la izquierda para ingresar a la senda.
Esta
tenía ascensos y descensos de poca pendiente que
cruzaban un cerro bajo, después del cual empezaba
la primera trepada fuerte hacia la cumbre del cerro Mocho,
de unos 1900 metros de altura. Esta parte fue bastante difícil,
especialmente en el último tramo que sumaba a lo
empinado de la cuesta un suelo muy blando en el que costaba
avanzar. Efectivamente -y tal como habíamos planificado-
fue allí donde empezamos a recuperar algunas posiciones
y llegamos a la cumbre en muy buenas condiciones.
Otra
vez la temperatura había bajado mucho (el termómetro
me marcaba cinco grados) y comenzó a lloviznar, por
lo que hubo que abrigarse con todo lo que uno tenía
a mano (confieso que en mi caso no estaba muy preparado
para el frío, ya que siempre había pensado
que cuando el Club de Corredores en sus cartas previas hablaba
de temperaturas altas hasta el riesgo de deshidratación
y bajas hasta el de hipotermias, exageraba para generar
una mayor expectativa entre los participantes). Por suerte
Tony había encontrado un guante que alguien había
perdido y me lo dio para que me protegiera de a ratos cada
una de las manos, mientras la otra dolía,
al igual que la cara. Después en el campamento encontré
a la dueña y se lo devolví, espero no muy
estirado.
Una
vez alcanzada la cumbre, la vista hacia abajo era espectacular,
abarcando toda la cuenca de los lagos Aluminé y Moquehue,
las lagunas de la comunidad mapuche y los cerros del frente.
A partir de allí se avanzaba por los filos y laderas
de distintas montañas, y un poco más adelante
se cruzaba un arroyo que permitió reabastecerse de
agua. Durante todo este tramo hubo que luchar no sólo
contra las cuestas arriba sino contra las inclemencias del
tiempo, con una temperatura cada vez más baja y un
viento que por momentos oponía más resistencia
que la más pronunciada de las subidas. Más
adelante incluso comenzó a nevar, lo que para mí
era preferible ya que además de ser más lindo
es menos agresivo que la lluvia. En la altura el terreno
era muy blando y sin ninguna vegetación, dando más
la impresión de que se corría por las dunas
de Pinamar que por las cumbres de los Andes, excepción
hecha del clima.
Una
vez atravesadas las cumbres del cerro Mocho, comenzaba el
descenso hacia el otro lado, en parte algo técnico
(aunque sin exagerar) por la presencia de piedras y pendientes
fuertes en la senda, que llevaba hasta un arroyo en el que
aprovechamos para parar cinco minutos, tomar un Ensure
Plus y sacarnos las piedras de las zapatillas (llevábamos
3:20 horas de carrera).
A
partir de allí venía la parte más dura
de la primera etapa, con el ascenso al cerro que creo se
llama Bandera. La diferencia de altura a enfrentar era de
700 metros, con pendientes muy fuertes y suelo difícil.
En esa trepada nos cruzamos con el equipo de La Plata con
el que hicimos parte del trekking de la Eco de Salta, y
nos acordamos entre bromas del sufrimiento compartido
en ese momento.
Otra
vez recuperamos algunas posiciones en la trepada -ya se
veían síntomas de cansancio en muchos competidores-.
Al llegar arriba se despejó por unos minutos, suficientes
para permitirnos disfrutar de la excelente vista al lago
Moquehue y la villa del mismo nombre, así que aprovechamos
para sacar unas fotos (dado que como dije antes habíamos
salido a llegar, nos detuvimos varias veces
para sacar fotos en esta etapa, perdiendo por supuesto algo
de tiempo).
El
recorrido continuaba por la cumbre de esa montaña,
siguiendo por una senda con rocas que dificultaban el avance
hasta poco después de comenzar el descenso, en el
que incluso en un tramo corto y muy técnico
la organización había colocado cuerdas de
seguridad, pues de lo contrario hubiera sido imposible atravesarlo,
al menos sin alto riesgo.
Al
concluir ese tramo de rocas se veía el campamento
(ahora situado en el extremo oeste del lago Moquehue) lo
cual elevaba la motivación de los participantes,
y comenzaba un fuerte descenso a través de un bosque
de lengas achaparradas, que son las mismas lengas
que crecen como árboles en zonas más bajas
de la cordillera y que en la altura se transforman en una
especie de árbol rastrero para protegerse
del viento. Ese tramo fue muy divertido, lo hicimos corriendo
a buena velocidad por un terreno muy arenoso y con mucha
pendiente, que me recordó un descenso que hice en
el cerro Otto siguiendo la línea del funicular en
septiembre, durante un inolvidable atardecer sobre el Nahuel
Huapi.
Al
llegar abajo se pasaba por el frente de algunas cabañas
de veraneo y se seguía por la costa del lago Moquehue
más o menos un kilómetro hasta el campamento,
previo cruce de un río de agua helada, para el cual
me saqué las zapatillas pues no quería empezar
el día siguiente con los pies mojados, ya que arrastro
una lesión en los dedos que me duele mucho hasta
entrar en calor.
Cruzamos
la meta en 4:54 horas, lo que consideramos muy bueno dado
que nuestra expectativa era hacerlo entre 5 y 6 horas. Además,
el puesto 154 no estaba nada mal para nosotros considerando
que habíamos recuperado poco menos de cien lugares
desde la largada (después nos comentaron que por
razones de seguridad la organización había
rescatado a los últimos equipos que venían
retrasados).
Armamos
la carpa al borde del lago, almorzamos, Tony se quedó
a dormir la siesta y Luis (nuestro acompañante) y
yo salimos a hacer algo de turismo por Moquehue.
Al
volver al campamento a eso de las 19 continuaba lloviendo
y todo el mundo estaba bajo la gran carpa comedor, ya que
había corrido la noticia de que habría un
casamiento antes de la reunión técnica.
La
verdad que el casamiento, lejos de ser algo íntimo
como los novios habían previsto, se transformó
en una ceremonia totalmente surrealista que terminó
levantando el ánimo del campamento, algo decaído
por la tarde horrible, la lluvia y el frío.
En
efecto, como además de los 500 competidores y sus
acompañantes habían muchos medios de comunicación
cubriendo la carrera; motivada por uno de los movileros
del programa de Matías Martin (creo) se organizó
un improvisada despedida de soltero a Bernardo -el novio-,
quien tuvo que atravesar la carpa mientras lo bañaban
en cerveza hasta llegar a la mesa donde estaba la jueza
que los casaría. Mientras tanto, alguien consiguió
un ramo de flores y María -la novia- ingresó
con la marcha nupcial simplemente tarareada
por los competidores. La jueza -que se esforzaba por mantener
un mínimo de formalismo- los casó en medio
de todas las bromas imaginables y los gritos de los noteros
de TV, siendo testigos el intendente (o delegado comunal)
del pueblo, la locutora de la radio local (eran los dos
únicos vestidos para casamiento), Tony
y yo.
Creo
que ni Gacía Marquez podría haberlo imaginado
así, y que Bernardo y María deben ser los
únicos atletas de la historia que largaron una carrera
solteros y la terminaron casados.
Después
del casamiento se pasó un video con una excelente
compilación de imágenes de la carrera, que
nos hizo revivir lo que con tanto sacrificio habíamos
realizado esa mañana; y al finalizar se hizo la reunión
técnica en la cual Sebastián Tagle anunció
el cambio de recorrido para el día siguiente; ya
que originalmente estaba previsto subir el cerro La Bella
Durmiente, pero como a esa hora las cumbres ya estaban totalmente
nevadas, se vieron obligados a reemplazarlo por un circuito
más bajo, en los alrededores del lago Moquehue.
Esa
noche hizo un frío bárbaro y corría
un viento por momentos tan fuerte que nos obligó
a trasladar la carpa a un lugar más protegido. Dormimos
poco y mal, porque se nos cayó el farol dentro de
la carpa y la chapa caliente nos pinchó las dos colchonetas,
así que además de helados estábamos
incómodos.
Segundo
día
La
largada al día siguiente se hizo más tarde
(a las 10:20 hs.) y con cielo despejado (increíble
la velocidad con que cambia el tiempo en esta zona). Se
partía del mismo punto de la llegada del día
anterior, por lo que a 300 metros de la largada había
que cruzar el mismo río y después otros (todos
con el agua helada, y pensar que el día anterior
me había sacado las zapatillas para arrancar
seco...). Se avanzaba por la costa del lago, luego
se tomaba por una calle, se cruzaba una precaria pista de
aterrizaje, se cruzaba el mismo río (esta vez aguas
arriba y por un puente) y se tomaba un camino con una pendiente
muy fuerte y bastante larga que conducía al Mirador
de Moquehue (hasta acá habíamos corrido
y empezamos a caminar -como casi todos- ya que de lo contrario
se hubieran quemado piernas cuando todavía
faltaba la casi totalidad del recorrido).
Después
había que seguir por ese camino un par de kilómetros
en los que se repitieron las subidas y bajadas fuertes,
y -como hacía un rodeo- se regresaba al mismo puente
al que había que cruzar hacia el otro lado para acercarse
a la costa del extremo oeste del lago Moquehue (que es alargado
en dirección oeste-este) y a partir de allí
seguir por un sendero en dirección este, hacia el
otro extremo del lago, en el que se encuentra el puente
de La Angostura que lo une al Aluminé.
Toda
esa costa da contra un cerro por la ladera del cual avanzaba
el sendero, con subidas y bajadas que en algunos tramos
llegaban incluso hasta pequeños sectores de playa.
Tanto el sendero como las vistas hacia el Moquehue y la
isla Lepén que está en el medio eran impresionantes,
con un fuerte contraste entre el azul del agua y el verde
de las montañas que la rodean. Igualmente espectacular
era el bosque a través del cual se avanzaba, que
si bien estaba compuesto de especies autóctonas y
características de la zona, nos recordó mucho
al circuito de cross country al pie del cerro San Javier
que con Tony tantas veces hicimos.
De
hecho, a partir de ese punto esta etapa más que un
trekking de montaña fue un cross country y Tony,
que ahí es donde más cómodo se siente,
tomó la delantera y me llevó a un ritmo que
me costaba seguir (él es un poco más rápido
que yo). Lo hicimos corriendo casi en su totalidad, excepto
en las subidas muy fuertes. En uno de los descensos Tony
se torció el tobillo pero me dijo que no había
sido nada (acabábamos de pasar a una chica a la que
los médicos estaban atendiendo por una esguince).
En esta etapa nos convencimos de que debíamos aspirar
a más que sólo llegar y por lo
tanto nos exigimos mucho más que el primer día
e incluso casi no perdimos tiempo en sacar fotos.
En
un momento dado auxiliamos con Gatorade a una pareja que
estaba al borde de la deshidratación, y poco después
llegamos hasta el puente de La Angostura a muy buen ritmo
(siempre para nosotros), lo cruzamos y a partir de allí
se bajaba a la costa del Aluminé, restando 1,5 kilómetros
en los que se rodeaba una bahía que conducía
hasta el campamento, que estaba en el mismo lugar de la
primera noche. En este último tramo Tony empezó
a caminar y ante mis presiones para que siguiéramos
corriendo pues no quería que nos pasaran varios equipos
que venían cerca, me confesó que no aguantaba
el dolor en el tobillo, que sí se había lesionado
cuando se lo torció pero no me lo había querido
decir para que no bajáramos el ritmo.
Por
supuesto dije que entonces caminemos, pero como igual le
dolía unos pocos metros más adelante él
mismo comenzó a correr. Lo seguí, y así
llegamos a la meta en el puesto 122 y con un tiempo de 3:27
horas, que dadas nuestras expectativas considerábamos
excelente y nos motivaba para encarar la última etapa.
Por
suerte el día seguía espectacular, así
que como al llegar estaba exhausto y bastante contracturado
disfruté de un buen baño en el Aluminé,
a pesar de lo fría que estaba el agua. Almorzamos
y salimos con Luis a dar una vuelta mientras Tony se tomaba
un par de bombas antiinflamatorias y se dormía
una siesta para recuperar su tobillo.
A
la tarde regresamos, hicimos aduana (gendarmería
montó una carpa en el campamento), nos tomamos una
cerveza en la playa conversando con otros competidores,
y cuando el sol cayó se pasó el video con
el compilado de ese día -otra vez muy buenas las
imágenes-. Después la reunión técnica,
comida y a dormir.
Tercer
y último día
Fue
la noche que más frío sentimos. La verdad
que lo sufrimos. Al levantarnos a las 6:30 de la mañana
el sobretecho estaba cubierto de una capa de hielo que se
iba quebrando al desarmar la carpa (había que dejar
todo listo pues era el último día). Costaba
entrar en calor y la largada que estaba prevista para las
8:00 hs., finalmente se hizo media hora más tarde.
La
etapa comenzaba por la costa del Aluminé, desandando
lo hecho el día anterior hasta el puente de La Angostura
-por lo que una vez más arrancábamos mojándonos
los pies en el agua helada-, allí se tomaba por el
camino de vuelta hacia el campamento y frente a éste
se ingresaba a la senda para empezar a subir los cerros
que están en la costa norte del lago. Todo este tramo
lo hicimos corriendo, al igual que la primera parte de la
subida, que tenía poca pendiente (unos treinta minutos
en total); y una vez que comenzaron las trepadas fuertes
pasamos al trekking.
Integrábamos
un pelotón muy grande, de unas 250 personas, por
lo que impactaba mirar toda la cuesta cubierta con una hilera
de atletas que la enfrentaban. Me imaginaba lo que habrá
sentido San Martín al ver a su ejército de
miles de hombres, más animales, cañones, etc.,
avanzar por cumbres similares.
Las
pendientes eran fuertes (algunas muy fuertes), pero ayudaba
mucho el espectacular entorno, compuesto por bosques de
araucarias milenarias y cañas lengas, que son parecidas
a las tacuaras pero mucho más bajas. Se avanzaba
siempre hacia el norte, de acuerdo a mi estimación
por la posición de las sombras.
En
los ascensos, sobre todo en los más duros, pasamos
a varios equipos ya que ese es nuestro fuerte, gracias a
que en Tucumán tenemos la posibilidad de entrenar
mucho en las montañas, donde también disfrutamos
de paisajes que si bien son distintos, no tienen mucho que
envidiar a éstos.
Una
vez alcanzada la primera cumbre, se continuaba por filos
y valles hacia el oeste hasta llegar a los 1900 metros,
ahora por paisajes totalmente distintos puesto que a esa
altura no hay vegetación y había que pelear
contra un desierto de suelo arenoso y pequeñas piedras
volcánicas, que son como trozos de piedra pómez
que no pesan nada pero dificultan mucho el avance ya que
a las piernas les cuesta traccionar, sobre todo
en las pendientes más empinadas.
Durante
el tramo por las cumbres se tenía una vista imponente
de los picos nevados de los volcanes Lanín del lado
argentino (al cual dijimos que algún día también
desafiaremos) y Villarrica del chileno.
En
un momento dado, al llegar al punto más alto, aparece
de golpe el Volcán Batea Mahuida, en cuyo cráter
inactivo se formó una laguna de aguas muy azules
y transparentes. La vista era impresionante, y ese era el
lugar que todos los competidores esperábamos
alcanzar, así que lo que sentimos en ese momento
fue indescriptible. Nos sacamos unas fotos y bajamos hasta
allí. Llevábamos 2:25 horas de carrera y estábamos
a mitad de la etapa, por lo que decidimos parar unos minutos
para recargar nuestras camelbacks y tomar unos
sportonic.
Arrancamos
nuevamente rodeando la laguna para salir del cráter
por el lado opuesto, y trepamos la última cuesta
pesada que nos permitió pasar a otros cinco o seis
equipos. Los síntomas de cansancio físico
y moral eran cada vez más visibles en algunos competidores.
Le di unas curitas a uno que tenía sus talones totalmente
llagados y que me causó dolor ajeno de sólo
mirarlos.
A
partir de allí comenzaba el descenso que terminaría
en Chile. Lo hicimos corriendo en su totalidad. Pasamos
a varios equipos más que se veía ya habían
dado más de lo que podían (entre ellos a Bernardo
y María, chiste fácil mediante pues venían
de su noche de bodas).
Nuestra
motivación era muy alta ya que considerábamos
que veníamos haciendo una excelente carrera, estábamos
agotados pero con algún resto, y después del
segundo día ya no nos conformábamos con sólo
llegar sino que queríamos hacerlo en nuestro
menor tiempo posible.
El
descenso fue muy divertido, al principio por laderas de
montañas desérticas, luego entre vegetación
baja compuesta por matas de paja a las que había
que ir esquivando (similares a las que se ven en los cerros
de los Valles Calchaquíes), más adelante por
valles de mallines, que son una especie de pastizales en
medio de terrenos fangosos y traicioneros parecidos a las
ciénegas de las cumbres tucumanas (Tony
cayó en un pozo hasta más arriba de la rodilla
pero por suerte sin consecuencias), y por último
atravesando bosques de araucarias como los que habíamos
cruzado en el ascenso.
Ya
casi a la salida de éstos bosques unos gendarmes
nos dieron aliento y nos dijeron que faltaban 4,5 kilómetros.
Sabiendo eso nos propusimos mantener el ritmo. Un poco más
adelante llegamos al camino y encontramos el cartel de bienvenido
a Chile. Nos emocionamos y sin detenernos le saqué
una foto a Tony. Faltaban sólo tres kilómetros
hasta el lago de Icalma, donde estaba el arco de llegada.
Cada persona que pasaba nos alentaba. Parecía que
las piernas no darían más pero aceleramos
el ritmo pues queríamos bajar las cuatro horas. No
lo logramos, llegamos en 4:02, pero nos sirvió el
esfuerzo para pasar a otros diez o doce equipos (qué
grata sensación!!!). ¿Cuánto
miden los kilómetros chilenos?, nos preguntábamos.
Se hacían interminables. Finalmente llegamos con
nuestras últimas energías a la meta. Nos abrazamos,
nos colocaron las medallas y sentí una emoción
indescriptible. En este momento, reviviéndolo mientras
paso en limpio mis apuntes, se me pone otra vez la piel
de gallina. Después nos enteramos que en esta etapa
habíamos llegado en el puesto 90. No podíamos
creer la evolución que tuvimos desde el puesto 154
de la primera etapa. Fuimos de menor a mayor.
Rengueando
un poco por la contractura de las pantorrillas y algunas
ampollas que recién ahora dolían, busqué
un teléfono. Quería compartirlo con Isabel,
mi mujer, con quién por suerte pude hablar.
A
partir de allí a esperar el ómnibus que nos
llevaría de regreso al campamento a retirar las cosas,
cargar el auto y emprender el viaje de vuelta, con los agradables
dolores en las piernas que certificaban que
dimos más de lo que pudimos.
Párrafo
aparte para el equipo, que funcionó a la perfección
y está muy consolidado después de varias competencias
y entrenamientos juntos; para Luis, a quién invitamos
simplemente para que vaya a pescar, pero se convirtió
en un importante y permanente apoyo; para la casi impecable
organización del Club de Corredores; y para los amigos
que uno va ganando al compartir estas experiencias.
Queda
sólo agradecer a la vida que me dio la oportunidad
de vivir este desafío que nunca olvidaré,
y esperar tener la posibilidad de seguir enfrentando retos
similares en el futuro.
Nota:
e-mail:
fghamilton@arnet.com.ar
Toda
la información del Desafío Quilmes en los
Andes 2003 está en el Informe
Especial que se publica en el portal.
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