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Vuelta por los Valles Calchaquíes 2002, parte II
Juan Alberto Galmes - Aventurero

Martes 12 de febrero de 2002. Al despertar, acomodamos nuestras alforjas, luego desayunamos té con leche y galletas en la casa de nuestra anfitriona, Doña María, en la localidad de La Viña, lugar al que habíamos llegado al finalizar la primera etapa de nuestra travesía. Cuando nos aprestábamos a reanudar el viaje, empezó a llover suavemente, hasta ser una lluvia torrencial. Mientras tanto, pensaba "qué lastima... si esto no para, me parece que este viaje se pudre en el segundo día...". Según lo estipulado, había pensado el viaje con los días justos, cinco días en total, y no me daría luego el promedio. Este día, que representaba la segunda etapa, debíamos llegar a Cafayate.

Mientras esperábamos que pare de llover, conversábamos con Doña María, quien fue hasta su árbol de granadas y trajo tres frutos bastante grandes y nos los ofreció para nuestro viaje. Apenas menguó la lluvia, nos largamos a la ruta nuevamente, rumbo a Cafayate.

El primer pueblito que cruzamos fue Alemania. Desde lo alto de la ruta podíamos apreciar su caserío, curiosamente construido en su gran mayoría en chapa, a la vera del río Guachipas. El paisaje, a medida que avanzábamos, se tornaba más agreste, más montañoso, más ondulado, con poca vegetación y sombra. También, el día se presentaba con un cielo ahora despejado, con sol y bien celeste.

Transitando en plena bajada entre Alemania y Las Curtiembres, en velocidad y junto a mi hijo Carlos, ya que Julián se había adelantado unos 400 metros, de pronto escuchamos algo así como un "¡ppppssssssss!". Nos miramos con Carlitos y dijimos "un pinchazo!, ¿pero de quién?" Metros más adelante, ambos frenamos y ¡bingo! ¡Otra vez yo! En esta oportunidad le había tocado a mi rueda trasera, así que, a un costado de la ruta, a buscar la sombra más próxima (había pocas), a desmontar las alforjas y a efectuar la reparación. El asunto de los pinchazos, ya me estaba poniendo nervioso, más que nada, porque nunca había pinchado tanto en tan pocos kilómetros.

Al cambiar la cámara y hacer tacto dentro de la cubierta, había encontrado una pequeña espinita. Estas se desprenden de los arbolitos del espinillo de montaña, debido al viento. Estas plantas de poca altura abundan mucho y resulta inevitable pisar las espinitas con nuestras bicis, ya que ni se ven. Así que me dije que no sería la última vez, cosa que ocurrió lamentablemente. Más tarde pincharíamos: yo nuevamente, Julián dos veces y Carlos una vez.

Kilómetros más adelante, ya casi al mediodía, el sol empezaba a apretar. Para colmo, según el mapa, no había nada cerca para parar, ni árboles siquiera. El mapa sólo indicaba lo que, se suponía, debía ser un pueblo llamado Morales. Seguimos pedaleando para llegar a él, pero nada; de lejos vimos algo, un puente sobre el río Las Conchas: es el puente Morales. Ahí nomás les dije a los nenes que pararíamos a un costado del puente, donde había algunos arbolitos con una muy paupérrima sombra. Por otro lado, con el agua del río no podíamos hacer mucho. No podíamos tomar, ni entrar a refrescarnos; su color es marrón, por sedimentos y barro que vienen de la montaña.

Detrás de la curva

Apoyamos nuestras bicis contra los árboles e improvisamos un almuerzo con las tres granadas que Doña María nos había ofrecido por la mañana. Estaban calientes, aunque Carlitos y yo las comimos, porque no nos quedaba otra. Julián prefirió no comer nada y aguantar. Para colmo la única caramañola con agua era la mía, así que se las cedí a los pibes. Me decía que si hacía ese calor, siendo las 13:00, cómo se iría a poner más tarde. De nuevo consulté el mapa y les pregunté a los chicos si en vez de aguantar allí, con esa poca sombra, no se animaban a proseguir hasta un pueblo próximo denominado Santa Bárbara. Estábamos a unos 8 o 10 kilómetros de ese lugar.

Nos pusimos de acuerdo y, con no muchas ganas, cansados y con calor, volvimos a la ruta nuevamente. Acá viene lo gracioso. Montamos nuestras bicis, hicimos unos 150 metros y en una curva, de pronto y a la derecha, un rudimentario almacén. Los nenes, sin que les dijera nada, enfilaron desesperados hacia él en busca de sombra. Aunque nos mandamos los tres derecho al interior, pidiendo alguna gaseosa fresca, la mujer que nos atendió nos dijo que no tenía nada. Sólo tenía algunas latitas de gaseosa y queso de cabra.

Minutos más tarde estábamos sentados en una mesita de madera, almorzando queso de cabra con latitas de coca-cola fresca. Descansamos adentro y a la sombra, mientras mirábamos algo exhaustos hacia fuera. Veíamos la ruta y de fondo una gran montaña. Afuera, el sol estaba como nunca. El almacencito nos había salvado. Comprobaríamos luego que lo que se indicaba como Morales en el mapa, era en realidad ese almacén y/o, a lo sumo, el puente sobre el río Las Conchas.

A las 15:30, luego de un excelente descanso, con algo de viento y cielo nublado tomamos la ruta nuevamente. A partir de allí y hasta llegar esa noche a Cafayate, seríamos testigos de uno de los paisajes más bellos y espectaculares que conoceríamos. Con mis casi 42 años, debo decirles que he tenido la suerte de conocer bastante nuestro país y algunos lugares del exterior, pero les confieso que lo que hemos visto y vivido esa tarde fue lo más maravilloso que me ha ocurrido arriba de una bicicleta.

Se trata de la Quebrada de las Conchas, trazado imponente y soberbio, donde las protagonistas son montañas de impactantes formas, cuya tonalidad se revela siempre cambiante según incida la luz del sol a medida que progresa el día. Son una cosa a la mañana, otra a la tarde y una diferente a la tardecita. No me quiero imaginar cuando llueve. Realmente espectacular el paisaje, y la cinta asfáltica, de traza serpenteante, de una manera suave permite al ciclista pedalear, mirar, sentir y oler, en fin, disfrutar como se debe la quebrada.

A las 16:35, a nuestra izquierda aparece la primera imagen, escultura y formación natural, en la montaña que se ha dado en llamar La Garganta del Diablo. Luego, muy cerca, tan sólo a 500 metros, le sigue El Anfiteatro. Ambas formaciones en forma de recintos o boquetes gigantes dentro de la montaña, de más de 50 metros. Ambas formadas por el paso del tiempo y la erosión del agua sobre ellas, que las ha cortado verticalmente.

Una vez al año, orquestas de Salta y Tucumán se dan cita en El Anfiteatro con sus instrumentos, para gozar la acústica natural del magnifico lugar. A las 17:34, mientras pedaleábamos por tan bello lugar: pincho por tercera vez. Otra vez la rueda trasera.

Formas de la naturaleza

A las 18:16 llegamos a Santa Bárbara, tomamos una gaseosa y recargamos nuestras caramañolas. A las 18:29 pasamos al lado de una pequeña formación rocosa denominada El Sapo, debido al parecido con ese animalito. A las 18:35, a nuestra derecha, un cartel nos indica que estamos pasando al lado de una formación sobre una montaña, muy parecida a lo que sería un párroco parado: El Fraile. El paisaje se presenta hermoso para contemplar, el sol ya se está escondiendo tras los cerros. Observamos cómo una bandada de loros, chillando como locos, pasa a un costado nuestro en el valle y sobre el río.

A las 18:49, de pronto, delante nuestro se presentan montañas de varios colores y en franjas diagonales. Se trata de lo que ahora se indica como La Yesera. Hermosas e impresionantes, me detengo a observar una montaña en particular, a mi izquierda y muy próxima; veo cómo la misma es en su mitad trazada como por una línea que la divide en dos colores: abajo blanca, arriba bien marrón. Sencillamente, es algo increíble. En ese pequeño valle, el contorno parece el de una gran acuarela. Sus colores, lejos de desentonar, armonizan.

A las 19:29 pasamos por El Obelisco, montaña natural que sugiere esa figura. Le siguieron figuras como Las Ventanas, Los Castillos, siendo estos dos los últimos que nos ofrecía este circuito natural.

Este tramo fue rico y abundante en formas y colores de las montañas. Recuerdo piedras con las formas más diversas, algunas como afiladas y en punta, otras redondeadas como bolas; las había con agujeros como esponjas o con muchos agujeritos y en cada uno de ellos algún loro o, en su defecto, alguna parejita de esa especie. En fin, algo alucinante que jamás olvidaremos.

Cielo de Cafayate

Llegamos a las 19:54 a un cruce de ruta llamado: La Punilla. Con las ultimas luces del día, estábamos tan sólo a 22 kilómetros de Cafayate. A partir de allí iríamos alejándonos de los dos cordones montañosos que nos habían deleitado durante tantos kilómetros. Nos estábamos dirigiendo, con rectas largas y extensas, al centro del valle. La tierra a los costados se presentaba bien roja y con muy poca vegetación. A la distancia se apreciaban las luces de la ciudad de Cafayate, recostada sobre la Sierra de los Quilmes. Recorriendo los últimos kilómetros de la Ruta 68, pasamos junto a numerosas bodegas de renombre: Michel Torino y Etchart Privado, entre otras.

A las 21:03 llegamos al fin de la Ruta 68 y tomamos hacia la izquierda, por la legendaria Ruta 40. Estábamos a dos kilómetros del Centro. Llegamos al Centro de Cafayate y de inmediato nos fuimos a una bicicletería a emparchar las tres cámaras. Fue llamativo llegar a esa hora y ver gran cantidad de gente en las calles y la mayoría de sus locales comerciales abiertos.

Luego, nos dirigimos a un camping ubicado en pleno centro, donde rentamos tres camas cuchetas a $6 por persona. Nos bañamos, cenamos y luego caminamos para conocer la hermosa Cafayate, sus gentes y, muy en especial, comprobar lo que siempre se dijo: Cafayate posee el cielo más hermoso y limpio de la Argentina.

Cuando dirigimos nuestras miradas hacia el cielo nocturno cafayateño, tanto los nenes como yo quedamos mirando en silencio ese manto negro, repletísimo de estrellas y nebulosas. Nos dijimos, sí tenían razón, pues el cielo es espectacular.

-Distancia recorrida en el día: 110,86 Km.
-Tiempo de pedaleo en el día: 6 hs. 50 min. 02 seg.
-Velocidad promedio: 15,7 Km.

Tercera etapa

Miércoles 13 de febrero. Dejábamos Cafayate para encarar la tercera etapa del recorrido, que nos llevaría hasta Amaicha del Valle. Por la mañana, antes de partir nos dirigimos a la plaza principal de Cafayate y desayunamos en un barcito que disponía de mesas en su vereda y también en la ancha calle donde nos habíamos ubicado: estábamos sobre la mismísima Ruta 40. Mientras desayunábamos, observamos el cordón serrano donde se recuesta Cafayate. Las nubes parecen detenerse ahí y no pasan, permitiendo al pueblo gozar constantemente un cielo limpio, claro y celeste. Les mostraba a los nenes en el mapa, el tramo que haríamos ese día, desde Cafayate hasta Amaicha. Tomaríamos la Ruta 40 hacia el sur, en lo que sería la mayor parte del recorrido. Kilómetros antes de llegar a Amaicha, viraríamos hacia la izquierda para hacer los últimos kilómetros por la Ruta 307.

Partimos a las 10:00 de Cafayate. Durante kilómetros y kilómetros, de un lado y otro, viñedos y más viñedos. Aparentemente son de la Bodega Peñalva Frías, según rezaban cada tanto los carteles.

A las 10:52, tras catorce kilómetros llegamos a uno de los pocos pueblos de este gran valle: Tolombon. Allí, vimos a un muchacho regar el pasto con una manguera y aprovechamos entonces y le pedimos permiso para recargar nuestras caramañolas. Proseguimos el pedaleo y tal como se indica en el mapa, ahora transitamos casi por el medio del valle. Son todas rectas larguísimas y sin desniveles, llanas y planas, lo que permite incrementar más la velocidad.

Este tramo es particular por su escasa vegetación. Sólo arbustos y árboles pequeños. Increíblemente, promediando el mediodía se nos cruzan cada tanto algún zorro pequeño y a veces dos. Mientras circulamos por el llano, en dirección sur, vemos a nuestra izquierda y a lo lejos el cordón de las Cumbres Calchaquíes, mientras que a nuestra derecha, pero mucho más cerca, las Sierras de los Quilmes. A las 11:56 llegamos al paraje de La Viñita, donde está el límite entre Salta y Tucumán.

A las 12:40 llegamos a un pueblito muy parecido a Cafayate, más pequeño, tranquilo y tan bello como aquél: se trata de Colalao del Valle. Allí realizamos la parada del mediodía. Nos pusimos de acuerdo primero para comer y fuimos a un almacén donde compramos salame, queso, pan y gaseosa. Pegadita al lugar se encuentra la placita del pueblo. Allí, en un banquito largo de madera, debajo de la sombra, devoramos varios sándwich. No obstante esto, el calor se sentía aun bajo la sombra y se estaba poniendo pesado. Les propongo a los nenes regresar a un camping que habíamos visto a nuestra entrada a "Colalao", que disponía de una espléndida pileta de natación (ya la habíamos observado con cariño al pasar por allí).

La bifurcación

Volvimos sólo algunas cuadras, llegamos al camping, golpeé las manos y salió su dueño. Le pregunto si podríamos en lo posible quedarnos en el quincho del camping, sólo por dos o tres horas, y meternos a la pileta hasta que baje el sol. El muchacho asintió de inmediato. No había problemas -dijo- y sólo nos cobraría $1 a cada uno. ¡Todos contentos! Les quiero recomendar este camping que, según me contó el dueño, se habilitó hace un mes. Está muy bien ubicado, en Colalao del Valle, un Cafayate "en miniatura". Tiene pileta, parcelas, comedor y servicio de bar. ¡Ah! Los baños: un espectáculo.

El sol estaba fuerte. Tuve que sujetar a los nenes. Ya se querían meter sí o sí. Les pedí que aguantaran, aunque sea media horita. Luego de la digestión, "¡plaaffff!", los tres al agua. El agua estaba caliente arriba y fría abajo. ¡Pero qué placer! En nuestros cuerpos sudorosos y con calor, nos vino bien hacer este tipo de parada algo "especial".

Más tarde, tomamos una coca-cola sentados en una mesita dispuesta debajo de un sauce enorme, observamos cómo refusilaba y oímos cómo tronaba arriba en los cerros. Realmente se veía allá arriba todo muy gris. Habría allí una lluvia de aquellas; algo extraño, pues donde estábamos el sol rajaba la tierra.

Partimos nuevamente a las 15:35. A las 16:39 pasamos por El Bañado y veinte minutos después por la entrada que lleva a las ruinas de los indios Quilmes. Desde la ruta hacia allí debíamos hacer 5 kilómetros de ripio. Nos dijimos, cinco de ida y cinco de vuelta son diez, y unas dos horas "extra". Optamos por no hacerlo, así que seguimos de largo. Queríamos llegar temprano a Amaicha.

Kilómetros más adelante pinchó Carlitos. Perdió el invicto. Nos venia "gastando" a Julián y a mí, en especial a mí, porque siempre "interrumpíamos" el periplo con "nuestras pinchaduras". Esta vez le tocó a él, en su rueda trasera.

Llegamos a un punto de la Ruta 40 donde hay una bifurcación: si seguíamos derecho por la Ruta 40, a tan sólo 24 kilómetros teníamos al pueblo de Santa María, en la provincia de Catamarca. No conozco esa provincia y por un momento se me cruzó la idea de tomar ese camino, aunque sea para pisarla. Pero como nuestra etapa finalizaba en Amaicha, ya rumbo a Tucumán, tomamos hacia la izquierda cruzando un largo puente sobre el río Santa María. Dejamos así la Ruta 40.

Observatorio astronómico

Aquí, en este tramito de la Ruta 307 hasta Amaicha, empiezan las ondulaciones del terreno, pequeñas subidas y pequeñas bajadas. El paisaje siempre es algo estéril y con curvas y contra curvas vamos enfilando hacia las montañas nuevamente. De lejos, podemos apreciar el pueblo. Más arriba y a lo lejos, sobre las montañas, veo el Abra del Infiernillo, el paso más alto que deberemos superar el día siguiente, para llegar a Tafí. Les indico a los pibes: "¿Ven chicos? Allá arriba, donde parecen unirse esas dos montañas... mañana vamos a pasar. Fíjense: está tapado en nubes y, según me dijeron, tendremos que superar unos 3065 metros sobre el nivel del mar". A las 18:30 llegamos a Amaicha del Valle.

Esta etapa en Amaicha fue especial, ya que pararíamos en la casa natal de una vecina nuestra de la localidad de Morón (Buenos Aires), quien sabiendo de nuestro viaje nos obligó a parar en la casa de su madre, Doña Juana de Guerra. Ubicada la casa de nuestra anfitriona, ésta nos recibió con un té con bizcochos. Charlas de por medio, nos mostró sus cultivos de durazno y uvas, y su casa. Nos mostró nuestra habitación y las camas, las que ya había preparado para nuestra llegada.

Nos bañamos y cambiamos con ropa cómoda -los tres con pantaloncitos cortos y remera- y salimos a conocer Amaicha del Valle. Cenamos y luego, por recomendación de un nieto de Doña Juana, tomamos un remís hasta el Observatorio Astronómico de Ampimpa, a pocos kilómetros de Amaicha.

El observatorio se ubica allí precisamente por lo nítido del cielo por estos lugares sin contaminación. En Amaicha, el cielo es más luz que oscuridad, repletísimo de estrellas. Luego de esperar nuestro turno, porque había en esos momentos otra gente que estaba observando por el telescopio, entramos con los nenes e incluso lo hizo el remisero, que gentilmente tendría que esperarnos.

Fue así que el encargado esa noche del telescopio, girando cada tanto el techo en forma de cúpula con una ranura en el medio, nos permitió observar, por primera vez en nuestras vidas, primero Saturno, luego Júpiter y por último la nebulosa de Orión. Esa noche en Amaicha, lo que menos imaginé es que terminaríamos observando desde allí a los planetas. Debo confesar que no sabía de la existencia de este observatorio en este lugar de Tucumán. Para más datos, el viaje de ida y vuelta, con espera incluida hasta el observatorio en Ampimpa, nos salió $6. La observación, $2 cada uno. Realmente valió la pena.

Continuará...

-Distancia recorrida en el día: 71 Km.
-Tiempo de pedaleo en el día: 4 hs. 30 min. 57 seg.
-Velocidad Promedio: 15,9 Km.

 

 

Nota:

e-mail: amigosbicioeste@hotmail.com

 

Ver: Vuelta por los Valles Calchaquíes 2002, parte I
Ver: Vuelta por los Valles Calchaquíes 2002, parte II

Ver: Vuelta por los Valles Calchaquíes 2002, parte III



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