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Vuelta
por los Valles Calchaquíes 2002, parte I
Juan
Alberto Galmes - Aventurero
¿Quién
dijo que el Norte argentino no se puede hacer en febrero
y en bici, en pleno verano? Sí se puede, siempre
y cuando se respeten los horarios de alta exposición
solar. Si bien este viaje lo tenía proyectado para
fines de 2001, los graves problemas acaecidos en la Argentina,
por todos conocidos, postergaron mis proyectos como la de
tantos otros compatriotas. Ahora, al haber salido una promoción
de ticket aéreo (posiblemente, debido a la gran malaria),
que además coincidió con un respiro en mi
trabajo, decidí de "rompe y raje" armar
y organizar en poco tiempo este nuevo raid: unir Salta con
Tucumán. Esta vez, con una particularidad pues incluyó
la compañía de mis dos hijos, Carlos de catorce
años y Julián de doce.
Así
que, mapa en mano, calculé los kilómetros
entre ambas puntas. En total, unos 400 kilómetros.
Nos impusimos, entonces, realizar al menos un promedio de
80 kilómetros por día, lo que determinó
una travesía total de 5 días. Teniendo entonces
la cantidad de días, saqué ida aérea
para un domingo a Salta. Se suponía que pedalearía
los cinco días siguientes, por lo que la vuelta estaba
prevista desde Tucumán, el sábado siguiente.
Y así fue nomás.
¿Qué
llevaríamos y cómo repartiríamos las
cargas entre los tres? Opte por llevar cuatro alforjas.
Las dos más pesadas las llevaría yo: una con
mi ropa y otra con las camperas rompevientos de los tres.
También llevaría yo el mapero delantero. En
él: el mapita con el circuito a realizar, mi riñonera
con el dinero y documentos de todos, las cámaras
de repuesto (tres para las bicis de los chicos, rodado 26,
y dos para la mía, rodado 28), la maquina de fotos,
etc.; y además una alforjita tipo bolso de mano superior
trasera, donde llevaría varias cosas tales como faroles
delanteros, destelladores traseros, inflador, protector
solar, gorritas, un pequeño botiquín, dos
bolsitas de chicles, papel higiénico, etc. Por su
parte, Carlitos, el mayor, llevaría dos alforjas
algo más chicas: una con su ropa y la otra con la
ropa del hermano. Por último, Julián se limitaría
a llevar las bolsas donde se embalan las bicis en el avión,
obviamente plegadas, que también tienen su peso,
y que indefectiblemente hay que transportar para el regreso.
Faltaba
sólo embalar nuestras tres bicicletas. Para ello,
sólo les sacamos la ruedas delanteras de las dos
Zenith "Andes" de los chicos y las adosamos con
precintos plásticos a sus respectivos cuadros, y
cada una a su bolsa. Lo mismo hice con mi híbrida
Diamondback "approach". Ya estábamos listos
para partir.
Domingo
10 de febrero de 2002. Partimos en un vuelo de Dinar a las
13:30 desde el Aeroparque, en Buenos Aires. Luego de una
escala en Tucumán, llegamos a Salta a las 16:25.
En el mismo aeropuerto armamos nuestras bicicletas y fuimos
pedaleando hasta la capital salteña, que está
a unos pocos kilómetros.
Lo
primero, ir y buscar un lugar donde pasar la noche. A 15
cuadras del Centro conseguimos un lugar económico,
15 pesos los tres, en una casa de familia, que disponía
de varias camas. La tarde y la noche las dedicamos a recorrer
lo más que pudimos y a pie la capital salteña.
Anduvimos por su peatonal, conocimos la Iglesia de San Francisco.
Luego cenamos las famosas empanadas salteñas, que
las hacen por todos lados y están $0,50 cada una.
Al día siguiente comenzaríamos el raid.
Primer
día: emoción y expectativas
Lunes
11 de febrero de 2002. Tras resetear los tres ciclocomputadores
de nuestras bicis (aunque solamente el mío sería
el de la lectura oficial de los datos, mientras que aprovecharía
el de los pibes para los parciales entre pueblos) y siendo
las 08:15 de la mañana, comenzamos nuestro raid por
el Norte argentino. Como toda salida de una gran ciudad,
en este caso Salta, lo hacemos con un pedaleo muy lento
y poniéndonos "a tono" con nuestras bicicletas
y cargas, teniendo en cuenta el comportamiento del trafico.
A unos 8 kilómetros, y luego de circular algunos
de ellos por una cómoda ciclo-vía, llegamos
a una rotonda donde se dividen dos rutas: una va hacia el
oeste, a San Antonio de los Cobres, la otra, la que efectivamente
tomamos, hacia el Sur. Se trata de la Ruta Nacional, que
va hacia donde dice "Cerrillos, Cafayate". Efectivamente,
no la abandonaríamos hasta llegar a Cafayate, donde
termina la ruta al cruzar con la famosa Ruta 40.
Cuando
llegamos a la localidad de Cerrillos, a las 09:50, hicimos
nuestra primera parada en una estación de servicio.
Lo primero fue ponernos protector solar en las caras y en
el cuello, debajo de la nuca, que son partes muy sensibles.
¿Por qué no en otros lados? Estábamos
los tres con ropa larga, tanto calzas como remeras.
A 10:37, a 26 kilómetros de la partida, llegamos
a La Merced, otro pueblo de importancia. El día,
espectacular, con un solcito que empezaba a pesar cada vez
más y con un cielo muy celeste. La ruta es cómoda
para el pedaleo. A medida que nos íbamos alejando
de la capital salteña, el tráfico empezaba
a aflojar un poco más.
A
nuestros costados, quintas y más quintas con sembrados.
En el horizonte, semi sombras, los cordones montañosos.
Nosotros pedaleábamos por la ruta en fila india.
Primero yo, luego, en orden, Julián y Carlitos. Por
mi pequeño espejo retrovisor, las caras llenas de
emoción y expectativa por querer hacer kilómetros
en bici. A las 11:52 cruzamos el Río Rosario e ingresamos
al Departamento de Chicoana. Antes, y arriba del puente,
aprovechando que se acercaban caminando dos chicas salteñas,
les pedí que nos sacaran nuestra primera foto.
Llegando
al pueblo de El Carril, metros antes de cruzar el Río
Pulares, pincho mi rueda delantera. Así que a un
costado de la ruta y bajo la sombrita de un árbol,
cambiamos la cámara averiada. Pero luego me ocurrió
algo que nunca me había sucedido. Después
de cambiar la cámara e inflarla, cuando me disponía
a colocarla en la horquilla delantera, de repente, un "¡buuummmm!"
¿Qué había pasado? Parece que las 40
libras que le di con mi inflador de mano, eran excesivas.
A desarmar de vuelta y poner mi tercera y última
cámara de repuesto. En este reventón, lo primero
que pensé fue en la cubierta. Menos mal. ¡Ahí
sí que estaba listo! Cubierta de repuesto no habíamos
llevado. En pocos minutos me reanudamos el viaje, sin cámaras
de repuesto. Había que parar en algún pueblo
y emparchar.
Las
uvas de Don Gerone
Llegamos
a El Carril a las 11:32 y con el sol a pleno. A las 12:29
pasamos por el Río Osma, cuyas aguas desde la misma
ruta se podían apreciar cristalinas. Al mismo tiempo,
cien metros más adelante se podía ver un puesto
de almacén. Me dije, buena oportunidad para parar,
descansar, esperar que baje el sol y luego regresar hasta
el río para un chapuzón o, al menos, "a
mojar las patas". Así, a la vera de este típico
río de montaña, dejamos nuestras bicis contra
un alambrado y los tres nos sumergimos "acostándonos"
en él y usando literalmente de "almohada"
alguna piedra grande. Realmente fue relajante no sólo
el ruido del agua contra las piedras, que era como un arrorró,
sino también la fuerza que traía la misma
al dar contra nuestros cuerpos.
Luego
de este alto, reanudamos el pedaleo a las 15:30. El clima
había cambiado, el cielo se cubrió y empezó
a "chispear"; noté entonces un ruido en
la bici de Julián y comprobé que el descarrilador
de los platos tocaba la cubierta, así que paramos
y simplemente lo enderecé un poco con la mano.
El terreno se torna en esa parte ondulado y con mucha vegetación.
A las 16:08 llegamos a Coronel Moldes. Habíamos hecho
66 kilómetros. Paró de llover, comenzó
a hacer calor y el día se tornó muy pesado.
Nos cruzamos con un matrimonio de cicloturistas y nos saludamos.
Por todos lados, a medida que nos aproximábamos al
centro de este pueblo, pero siempre sobre la ruta, veíamos
bares, puestos y minutas que promocionan un menú
que resultó ser el platillo del lugar: el pejerrey.
Lo hacen frito, a la vasca, al ajillo y de otras variadas
formas. Esto es así debido a la proximidad del dique-embalse
Cabra Corral, que si bien desde la ruta no se ve, está
a unos cinco kilómetros.
Ingresamos
al pueblo con un objetivo fundamental: arreglar mi cámara
pinchada. Si bien este pueblo no dispone de bicicletería,
preguntando a un lugareño conseguí a una persona
que se dedica a arreglar y hace las veces de bicicletero
del lugar, en el tallercito de su casa. Así conocí
a Don Gerone, oriundo de Santa Rosa de Tastil (Salta), quien
se prestó muy amablemente a arreglar la cámara.
Mientras tanto, nos convidó a los nenes y a mí
con uvas fresquitas que tenía en su heladera. Me
cobró un peso, charlamos y luego nos despedimos.
Entonces, un dato útil para aquellos cicloturistas
que pasen por Coronel Moldes. Sepan que en este pueblo se
encuentra esta buena persona, que no sólo arregla
pinchaduras, sino que también alinea llantas y cambia
rayos, entre otras cosas.
La
Viña: fin de la primera etapa
Otra
vez se nubló totalmente. Salimos a las 17:08. Desde
que salimos del pueblo, y a nuestra izquierda, se ven los
cerros atenuados por un gris intenso de lluvia, la misma
que en cualquier momento estaría con nosotros. Nos
lo decía la dirección del viento. Ahora, si
mirábamos con atención a lo lejos, hacia los
cerros, debajo y costeándolos aparecía el
embalse Cabra Corral. Pedaleábamos en fila india,
despacio, en silencio y con viento. Mientras comenzaba la
llovizna, la Ruta 68 parecía hacerse algo más
angosta.
A
pesar del clima, a nuestra izquierda, muchos obreros rurales
trabajaban en viñedos. A nuestra derecha, prolijas
plantaciones de arbolitos de olivo nos acompañaron
unos cuantos kilómetros. Por fin paró de llover.
Nos asombró la cantidad de palmeras, con largos troncos
con sus hojas y ramas en una posición altísima.
A
las 18:50 llegamos a La Viña. A su entrada vimos
a un grupo de mochileros que entraban caminando al pueblo.
Sabíamos de antemano que este pueblo no dispone de
camping, pensión, hostal ni hotel. Pero lo que sí
sabíamos es que hay casas de familia que tienen a
disposición algunas camas y ducha caliente para pasar
la noche, muy económicas. Fue así que nos
recomendaron ir a la casa de doña María Copa,
quien a un precio muy económico de 6 pesos cada uno,
nos permitió pernoctar durante ésta primera
parada de la travesía. Como sería durante
los cuatro días siguientes, lo que hicimos fue alojarnos,
bañarnos, cambiarnos, salir a cenar y caminar para
conocer el lugar donde parábamos.
Continuará...
Datos
de la primera etapa de nuestro viaje:
-Distancia recorrida en el día: 91,31 Km.
-Tiempo de pedaleo: 5 hs. 51 min. 38 seg.
-Velocidad promedio: 15,6 Km.
Nota:
e-mail:
amigosbicioeste@hotmail.com
Ver:
Vuelta por los Valles Calchaquíes
2002, parte I
Ver: Vuelta
por los Valles Calchaquíes 2002, parte II
Ver:
Vuelta por los Valles Calchaquíes
2002, parte III
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