Viaje al Infinito Blanco
Gadi
Slomka
- Experto Aventurarse
En
1997, tuve el placer inigualable de recorrer los Hielos
Continentales. Desde ese momento el lugar me atrapó
y sabía que no tardaría mucho en volver.
Y lo hice, un año después. Al regresar de
ese segundo viaje, sentía que el llamado seguía
vigente, era imposible eludirlo. Así se gestó
un nuevo sueño, más complicado, más
largo y, sin dudas, más ambicioso: realizar el
cruce longitudinal de los Hielos Continentales desde el
Glaciar Marconi hasta el Glaciar Spegazzini.
Se trataba de un recorrido complicado, con la necesidad
de permanecer más de un mes allí, algo nunca
antes encarado por una expedición argentina. La
concreción de semejante travesía, requería
una planificación muy a conciencia. Demandó
ocho meses de trabajos arduos, ante la necesidad de no
dejar aspecto alguno librado al azar. Finalmente, el 5
de febrero de 1999 partimos hacia El Chaltén, Provincia
de Santa Cruz, la localidad más cercana a los "Hielos".
El grupo, además de mí, lo integraban Gerardo
Savenia, Marcelo Janik y Guillermo Glass.
La
plataforma de Hielo Continental es una sucesión
de glaciares de casi 400 kilómetros de largo, ubicada
en el extremo sur de la Cordillera de los Andes. Es también,
sin dudas, uno de los lugares más misteriosos del
planeta, por lo inaccesible de su emplazamiento y por
el rigor del clima que domina la región, y representa
la mayor reserva de agua potable de América del
Sur.
A través de esta nota intento compartir con el
lector la experiencia de más de un mes en ese lugar
inhóspito, tomando en cuenta tanto los momentos
bellos o emocionantes como aquellos en los que la incertidumbre
y el cansancio dejaban su huella en nuestros ánimos.
En fin, es la vida, con todo lo que ello implica.
La partida
El
Chaltén, Provincia de Santa Cruz, Argentina. 8
de febrero de 1999. Ocho meses de sueños y preparativos
llegan a su fin. Nos encontramos al borde de los Hielos
Continentales. Sabemos que no será fácil
atravesar los 150 kilómetros, entre los glaciares
Marconi y Spegazzini. El primer objetivo es portear los
equipos desde El Chaltén hasta el Glaciar Marconi.
De ahí en adelante, tendremos los inabarcables
"hielos" por delante. Tres amigos -Nari Galati,
Pedro Fina y Juan José Guerra- nos acompañan.
Llevamos más de 350 kilogramos, entre equipos personales
y grupales. La superficie, aún sin glaciar, no
nos favorece.
El primer día caminamos toda la jornada. Nos acompaña
un sol radiante. Ni bien franqueamos Piedra del Fraile,
el viento nos hace sentir todo su rigor. Cualquier paso
al frente se convierte en tres o cuatro pasos hacia atrás
o al costado. Gerardo se desmaya a consecuencia de un
certero golpe de trineo en la cabeza. El equipo de rescate
lo socorre rápidamente. Fue sólo un susto.
Una vez en el campamento
superior, a los pies del glaciar, la molestia que representaba
el viento, es reemplazada por un día espléndido.
Apuramos la partida. La primera sorpresa nos la llevamos
a 800 metros del campamento, al comienzo mismo del glaciar,
donde un pequeño charquito se ha transformado en
un tremendo lago de agua helada. Ante esta jugarreta de
la naturaleza, decidimos convertir los trineos en velocísimos
botes cargueros de 1.6 metros de largo. Esto no evita
que durante varios minutos nos congelemos las piernas,
mientras aquí y allá flotan y nos saludan
algunos témpanos.
Al día siguiente,
comenzamos la subida por el flanco izquierdo de la lengua
glacial, allí donde hay menos grietas. Algo más
arriba encontramos chorrillos de agua que forman surcos
sobre el hielo hasta que, como parte de una gran corriente,
se pierden en un sumidero.
Los días se suceden y comenzamos a sentir el esfuerzo.
Me siento bien, aunque con algo de ansiedad por llegar
a los hielos. Por fin tocamos el paso Marconi, lo que
anuncia el comienzo de una nueva etapa. La alegría
se mezcla con tristeza. Parten de regreso los tres amigos
porteadores que nos ayudaron en la difícil tarea
de cargar a las espaldas los equipos desde Piedra del
Fraile.
Quedamos nosotros cuatro,
solos. Esperamos que mejore un poco el tiempo para comenzar
la expedición en el propio Hielo Continental. Se
sienten los silencios, se sienten los vientos, se sienten
los espacios, se sienten las ausencias, se sienten las
presencias. Nos sorprendió la tarde. Estamos los
cuatro juntos. Solos.
El
hielo
Nos
encontramos en Paso Marconi. Llueve y sopla un viento
infernal. Cada tanto, las fuertes ráfagas de viento
golpean el sobretecho de la tienda. No tenemos demasiadas
opciones. Dormimos. Al día siguiente, subimos una
dura pendiente, la última antes del Hielo Continental,
mientras el cielo se pliega de nubes y el viento hace
volar pedacitos de hielo por el aire. Tenemos que dar
un gran rodeo hacia el norte y luego, más arriba,
hacia el oeste, para esquivar un gran campo de grietas.
Aquí y allá
se abren grietas a nuestro paso, profundas y tapadas por
un manto de nieve. En varias oportunidades, las partes
inferiores de nuestros cuerpos desaparecen devoradas por
ellas. En todo momento, vamos encordados a unos 15 metros
de distancia uno de otro. Cuando uno se detiene, nos detenemos
todos, cuando el primero comienza a andar, todos caminamos
tras él. Finalmente, luego de varias detenciones
y avances, caídas y trepadas, se presenta ante
nosotros el espectáculo tan ansiado. Ante nuestros
ojos, danzan miles de luces y sombras, en un escenario
que abarca cientos de kilómetros.
Acampamos.
Amanece lloviendo. Decidimos quedarnos aquí un
día más a recuperar fuerzas y arreglar equipos.
La mañana nos encuentra escuchando los sonidos
del viento y la nieve que golpean el sobretecho de nuestra
carpa. Tememos otro día en el campamento. De pronto,
el viento deja de soplar. Nos miramos. Salimos afuera
y, sin decirlo, la decisión ya está tomada.
Cada uno empieza a juntar sus cosas.
Los primeros kilómetros
son de un goce total. Los esquís se deslizan en
la nieve y cantan una áspera melodía al
ritmo de nuestros pasos. La primera parada, nos encuentra
felices, desbordados de alegría. Tomamos un té
y nos palmeamos mutuamente. Prosigue la marcha.
Al rato se larga un viento
cada vez más duro y comienza a empujarnos hacia
atrás. La visibilidad se reduce. Gerardo, que lleva
el GPS y va segundo en la cuerda, me grita derecha o izquierda
mientras yo hago las veces de timón.
La tormenta
El
tiempo no había sido muy benigno hasta aquí,
pero tampoco esperábamos que fuera el Caribe. Tenemos
la esperanza que esto mejore. Mientras comemos y nos vestimos,
el viento golpea nuestra puerta en forma de violentas
ráfagas que levantan enormes cantidades de nieve.
Así y todo partimos dispuestos a hacerle frente.
El viento aumenta su intensidad hasta arrastrarnos del
lugar, trayendo consigo, además, una fuerte lluvia.
Después de charlar los cuatro un instante, decidimos
posponer la partida. Fue la decisión correcta,
pues se la tormenta cobra una violencia terrible, sin
duda la mayor desde que llegamos aquí. Dormimos.
Al amanecer, vemos la puerta principal de la tienda principal
tapada completamente por la nieve. La despejamos con la
pala, pero las ráfagas siguen soplando y comprimen
la tienda poco a poco. La situación no es fácil,
pero pasa. Recobramos la tranquilidad.
Estamos
atrapados. Ya son cinco los días que llevamos encerrados
en medio del Glaciar Viedma, un casquete de hielo de decenas
de kilómetros. Comemos, dormimos, intentamos secar
algo de ropa. A veces el bravo viento huracanado afloja
en su furia y da lugar a una pesada y constante lluvia,
que repiquetea en nuestro techo y entona una juguetona
melodía ya casi insoportable. Por fin nos movemos.
Por primera vez en días, despertamos gracias al
reloj y no al viento. Casi no lo podemos creer. No se
escucha ni lluvia, ni nieve, ni viento. Una vez afuera,
nos dedicamos, durante más de dos horas, a desenterrar
los trineos, que quedaron cubiertos por una espesa capa
de nieve.
El clima mejora. Los fuertes
vientos parecen haber quedado atrás. Por momentos,
nos sorprende una breve llovizna. Es sólo pasajera.
La marcha se hace placentera.
Las grietas
Alistamos
los trineos y partimos en nuestro primer día de
sol radiante desde que llegamos al hielo. Después
de una dura jornada de caminata, nos ubicamos en las últimas
estribaciones del Cordón Mariano Moreno, allí
donde agonizan los faldeos del Cerro Dos Cumbres. Al reanudar
la marcha, y casi sin darnos cuenta, nos encontramos inmersos
en un laberinto helado. Comenzamos a saltar las grietas
una tras otra. Nuestros trineos se golpean en la lucha
que nos impone el terreno; viramos fuertemente al este,
tratando de encontrar un terreno mas propicio para nuestro
avance.
Marchamos durante horas.
La falta de nieve nos impide encontrar un plano para deslizarnos
libremente. De golpe, un fuerte viento comienza a soplar
y levanta oleadas de granizo que golpean en nuestra única
parte expuesta, el rostro. Algunas ráfagas llegan
a volcarnos los trineos de lado y retrazan, aún
más, nuestra pesada marcha. No hay alternativa:
debemos armar campamento. Perdemos un día completo
en la tienda, debido a la tormenta que sepultó
bajo medio metro de nieve a los trineos, hasta hacerlos
desaparecer.
Por fin, luego de días
de dificultades, logramos adelantar 14,5 kilómetros,
ya que encontramos un terreno con nieve que tapaba las
grietas que tanto nos atrasaron. Comenzamos entonces a
esperanzarnos con la posibilidad de que los días
se presenten, de aquí en más, mejores.
Al
día siguiente, marchamos con tranquilidad. A los
cuatro kilómetros, la fijación de uno de
mis esquís no soporta el ritmo de la marcha y sin
avisar decide tomar otro rumbo. Esta rotura entorpece
nuestro avance ya que, mientras tres esquían, yo
debo caminar. Esto se vuelve aún más emocionante
cuando ingresamos a un campo de grietas cubiertas de nieve.
Guillermo fue el primero en descubrirlas cuando su trineo
desapareció casi por completo dentro de una de
ellas, quedando suspendido casi solamente por los cordines
con los que él lo arrastraba. Continuamos encordados
hasta armar el campamento; durante este tramo pruebo 41
grietas con distintas partes del cuerpo.
El terreno está
complicado, los cuerpos cansados. Llegamos, además,
a la conclusión de que dada la escasez de alimentos
y la distancia que nos separa del glaciar Spegazzini,
sería demasiado riesgoso continuar la marcha hasta
allí con un margen de seguridad aceptable. Los
más de diez días de tormenta que nos inmovilizaron
en los campamentos del Glaciar Viedma, sumados a la escasa
nieve que en la primera etapa nos dejó avanzar
muy pocos kilómetros por día, nos llevaron
a esta situación, restándonos alternativas
de elección. La decisión no es fácil.
La decisión
Durante
todo un día hemos intentado cruzar, con nuestros
trineos, un gigantesco e inexpugnable campo de grietas.
Muchísimas veces tuvimos que caminar al borde de
un precipicio y arriesgar nuestra integridad física,
para avanzar tan sólo 5 ó 10 metros. Así
y todo, luego de luchar el día entero, nos encontramos
prácticamente en el mismo lugar. Nos quedan alimentos
tan sólo para tres días. Nos enfrentamos
a una importante decisión. Esto es, abandonar los
trineos y continuar con los elementos indispensables en
dirección al Lago Argentino, no sin antes pedir
a Gendarmería Nacional el recupero de los equipos
con el helicóptero destacado en la zona.
Partimos con cuatro mochilas
colmadas a más no poder sobre nuestras espaldas.
Atrás quedan nuestros trineos, que atesoran en
su interior, gran parte de nuestros equipos y algo de
nosotros también. El terreno nos vapulea metro
a metro. Caminamos, por momentos, sobre filos de 15 centímetros
de ancho, con precipicios a ambos lados, que se pierden
en los profundos azules de las grietas. Medimos cada paso,
pues no contamos con una segunda oportunidad, ante un
tropiezo. Eso se nota en el silencio que reina por estas
horas. Cientos de grietas quedan atrás, mientras
nuestros cuerpos acumulan saltos, trepadas, violentos
descensos y hasta alguna arrastrada.
Los kilómetros se
acumulan. Extenuados, casi arrastramos los pies y, con
nuestras últimas fuerzas, llegamos a un lago y
tomamos posesión de una pequeña parcela
de arena a tan sólo un metro del agua.
Recorremos la margen este
de un lago sin nombre. Por el oeste, caen a sus aguas
enormes paredes de hielo, que nos hacen voltear las cabezas
una y otra vez. El camino nos lleva también por
cristalinos chorrillos, sonoras cascadas que se anuncian
desde lo lejos y transparentes piletones de aguas serenas
de las que jamás hombre bebió. Así
somos testigos, también, de angostas correderas
entre paredes graníticas que, partiendo de nuestros
pies, llegan hasta el cielo.
El altímetro atestigua
nuestro rápido descenso y con cada paso nos alejamos
de las grandes masas heladas. A nuestra derecha, una torrentosa
cascada formada por el río Pascale, se estrella
en cada piedra hasta amansarse, allá en lo bajo,
en una gran olla granítica atravesada por líneas
de diversos colores. Armamos nuestra tienda. Nos dedicamos
a recontar por enésima vez los alimentos y a reponer
fuerzas para el día siguiente.
Continúa la marcha.
Pocas palabras. Ninguno de nosotros parece estar acá.
Ya no hay nieve. Hay colores, olores, plantitas con flores
y todo. Seguimos bajando. Un cóndor pasa. Lo escucho
volar, lo escucho cortar el viento. Va, viene y se vuelve
a ir, gira su cabeza y nos mira.
No paro de caminar. De
repente la pradera. Ahora ya está, camino y camino
sin levantar la cabeza. Se me pegan los abrojos y se me
embarran las botas. Hay olor a bosta y pisadas de caballos
por todos lados. Veo la casa, le apunto derechito. Escucho
el ruido de un tractor, ya casi llego. Choco contra un
río y cruzo miradas con los chicos. Los Hielos
Continentales quedaron atrás.