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Cumbres de Cataluña

Gadi Slomka - Experto Aventurarse

Cuando oí el grito convenido no dudé mucho y abandoné el último relevo en busca de la cumbre. La primera cumbre española. Estaba en medio de la mítica zona de Montserrat, en la aguja Ganivet Diables, y en cada paso sentía el goce profundo de poder estar donde deseaba.

La escalada se hacía más y más fácil a medida que avanzaba, y con ello me iba relajando aún más, de tal modo que fluyeran por mi cabeza las imágenes de la piedra: color, sombra, textura, un agujero, una pequeña regleta. Una mano por aquí, un pie por allá y el cuerpo desplazándose libre. El sol compartía conmigo la alegría del encuentro con la piedra, dándome sus mejores rayos hasta confluir con la cumbre.
Allí fue el abrazo y la felicitación con mis compañeros catalanes: Txavi y Oscar, a quienes había conocido unas horas antes en el refugio de Santa Cecilia (se trata de un lugar de paso obligado para todo escalador en busca de información o de compañero de escalada).


El comienzo

No hizo falta que les rogara mucho a los "compañi" para que me aceptasen como parte del grupo, tras lo cual me contaron de la vía L'Arc al Ganivet Diables, una clásica de principios de los 70 que aún conserva clavos de expansión de aquella época, oxidados y caducos que en algunos casos se parten con sólo apoyarse. La vía se presentaba no muy complicada, así que decidimos que cada uno haría dos o tres largos de cuerda seguidos, equipando en cabeza de cordada para hacer más simple y rápida la ascensión. Comenzó a subir Txavi, después de 15 minutos de intentar convencerse el uno al otro para cederse el privilegio de ir primeros, con frases como: "Si para ti es importante, empieza", "Empieza tu que yo vendré en otra oportunidad" o "A mí me hace ilusión... pero...". Me puse a un costado para ver lo que para mí era una muestra de exceso de cultura. Después de un rato comencé a subir hasta ellos, quitando los seguros que habían colocado. Al empezar se me heló la sangre: lo que muchos catalanes me habían descrito como una roca "muy buena y súper compacta", no era más que una masa de cantos rodados pegados entre sí con un fino polvillo, los cuales a cada paso se desprendían, cayendo al vacío y dejando en su lugar agujeros del tamaño de un puño.

Íbamos escalando por un diedro que comenzaba parado y se iba acostando hasta formar un gigantesco arco de más de 200 metros, en el cual nos empotrábamos dentro de las formas más extrañas e inverosímiles. Después de unas horas me tocó el turno de escalar en la vanguardia. MIS compañeros me acercaron todo tipo de elementos de ferretería y carpintería, que rechacé en forma amable: nueces, friends, clavos, maza, estribos, chapas y otros menesteres. Tomé siete u ocho cintas Express y me abalancé sobre mis tres largos. Ya me sentía cómodo en tan compacta y firme piedra y había aprendido a tocarla suavemente antes de traccionar sobre ella; si sentía algún movimiento, la dejaba y escogía otra. El primer problema que se planteo fue un árbol seco que decidió crecer justamente en mi camino, desafiando todas las leyes de la física y de la lógica. Fiel a mi forma de concebir la escalada libre, comencé a unir una serie de delicados pasos para esquivarlo, mientras mis amigos catalanes trataban de comprender mi obstinación.

Después de varios metros de escalada artificial sobre buriles viejos, encontré cuatro clavos antiguos que lo único que tenían era un argollita de alambre cerrada a mano. Los clipeé haciendo uso de la concepción de que "todo lo que tiene argolla... se mosquetonea". Ya en la cumbre, tuvimos una espectacular vista del valle del Río Llobregat, que en una de esas márgenes permite apreciar el pueblo de Minestrol (lugar de paso obligado para todo aquel, que quiera conocer el centenario convento de Montserrat).

Unas horas después, nos encontrábamos en el centro de Barcelona mezclados en los festejos del festival Mercé, junto a cientos de miles de personas circulando de plaza en plaza, gozando de los distintos espectáculos musicales, que van del flamenco al rock. Así se destaca lo que es una constante del lugar, la pluralidad y la libertad de pensamiento y culto. Los bares están uno al lado del otro, con vagones de un interminable tren en los que ingresamos en más de una oportunidad para beber esa cosa tan rica, Horchata de chufa(leche vegetal con alcohol). La rambla de la ciudad se trasforma en una feria. internacional del espectáculo callejero, donde la gente se gana la vida de diversas formas, algunos tocando flamenco o música africana en ?paquetes restaurantes, y otros haciendo teatro o la clásica estatua viviente. La siguiente escalada la planeamos en San Benet, un rincón de Montserrat con más de 600 vías de escalada deportiva, que cuenta con una capilla trasformada en refugio para escaladores, una verdadera base de operaciones para hippies y ermitaños.

El día era soleado aunque algunas nubes cruzaban rápidamente y se iban acumulando sobre nosotros. Comenzamos a subir los cientos de escalones que conducen al refugio con fama de ser poco hospitalario para los extraños. Desde allí un sendero angosto nos dejó al pie de la vía haus-estrem (6 A), escalada por primera vez en 1946 y que corta la aguja La Momia por la mitad.

Preparamos el equipo y nos calzamos arneses y zapatillas de escalada, mientras -como ya era costumbre- decidíamos quien comenzaba a escalar. Al rato empezaron a caer las primeras gotas, Oscar miró el cielo y sentenció: "son sólo unas gotas y para". Ante tanta sapiencia me preparé para darle seguro en el primer largo, que era una Chimenea complicada pero bien asegurada con parabolts. Después de cuarenta metros estaba en el relevo, Oscar me dio seguro y lo alcance, seguía lloviendo pero a nosotros no nos afectaba, ya que el diedro formado por la chimenea nos cubría.


Otra vez la lluvia

El siguiente largo lo equipé sobre una delicada placa vertical. Las presas eran cantos rodados muy lisos o los típicos agujeros que quedaban después de una caída de piedras. Al segundo relevo llegué seco pero con mucho frío, estaba en short y remera y el viento era muy fuerte. Mientras le daba seguro a Oscar, comencé a bambolearme colgando de un lado al otro para tratar de entrar en calor. Al rato la lluvia se intensificó y comenzaron a caer rayos en las agujas vecinas, lo mío parecía ya una danza ritual de los indios Anasazi (escaladores de los Estados Unidos). Aun nos faltaban dos largos más para llegar a la cumbre, que por los rayos se tornaba un tanto peligrosa. Creía tener en claro que cuando Oscar me alcanzara en el relevo, bajaríamos. Más tarde, la oruga catalana se me unió y ante mi sorpresa se preparó para seguir escalando. Le dije, entre serio y jocoso, que me estaba helando, que se estaba poniendo peligroso, y que extrañaba a mi mamá, pero nada... no hubo caso, el hombre siguió y yo, contradictoriamente, me maldije por no haber insistido. De pronto, lo perdí de vista y ante mis gritos no obtuve respuesta, lo único que se oían eran los truenos el agua que caía a baldazos.

La cuerda se había tensado del todo, convirtiéndose en un objeto inanimado. Fui tras ella. Subí unos metros más y me monté sobre un espolón, donde la lluvia empezó a castigarme. Al minuto, me había transformado en un tembleque que subía. Un metro, otro, y la pregunta que comenzaba a surgir: "¿Cuánto faltaba?".

La ropa parecía un trapo de piso empapado y las zapatillas dos bañeras, pero sentía que debía seguir. Mientras, los rayos me iluminaban haciéndome recordar un libro de Pit Schubert, donde existen estadísticas sobre escaladores muertos por rayos, y me imaginaba ocupando dos renglones del libro. Instantes después logro ver a Oscar que me daba seguro, mientras el agua le chorreaba como una cascada. En el momento en que sacaba mi mosquetón para auto-asegurarme y tratar de preguntarle "¿dónde?", noto que no me salía palabra y que temblaba como un animal; entonces pude ver a Oscar un poco asustado por mí, preparando los rappeles.

El acceso a la cumbre no convenía porque era la zona donde caían más relámpagos. Bajé primero y armé un relevo en medio de la pared. Seguía temblando, aunque un poco menos. Poco después, aparecía Oscar que se había contagiado de mí y hablaba incongruencias. Lo dejé rapelar y luego me le sumé hasta aterrizar en medio del bosque. Ya más tranquilos, vimos cómo poco a poco, la lluvia iba disminuyendo hasta que paró del todo. Nos miramos y descubrimos que nuestro aspecto daba verdadera lástima. Con un poquito de culpa, Oscar llegó a decirme: "Lo lamento, compañi". Más tarde, en la bajada hacia el convento de Montserrat y bajo la mirada sorprendida de un grupo de turistas se podía oír el crujir del agua en nuestras zapatillas y nuestras risas por la mala pasada.

Antes de partir de la Península Ibérica pude conocer la pedriza, zona de escaladas en granito que se encuentra a unos 40 kilómetros de Madrid y que, como es costumbre en España, cuenta con acceso por ruta hasta casi llegar las paredes mismas, lo que hace que los fines de semana se produzcan enormes atascamientos de autos. Allí, la escuela posee más de 1500 vías, la mayoría de adherencia, equipadas con parabolts desde abajo, lo que hace que en algunos casos no tengan suficientes seguros. Cuando alguien se topa con una vía de este tipo, la respuesta de quien la abrió siempre es la misma: "si no te da el nivel... sigue entrenando".

Irse de España para un escalador siempre implica quedarse con las ganas de más, no sólo por contar ahí con muchísimas zonas para la escalada deportiva o alpinismo, sino porque también hay mucho que aprender de los españoles, tanto en lo técnico como en lo humano.

 



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