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Viaje
en moto a La Rioja, Argentina
Pablo
Fontaiña -
Aventurero
El
viaje comenzó un lluvioso y frío sábado
de la recién comenzada primavera. Sólo seríamos,
esta vez, mi Súper Teneré y yo. La primera
jornada me dejó reponer fuerzas, ya casi llegada
la medianoche, en Carlos Paz, y después de luchar
contra un viento que me tuvo a maltraer por un par de cientos
de kilómetros. Luego de una suculenta cena, premio
merecido tras más de 750 kilómetros bastante
sufridos, conseguí un hotel muy económico,
de esos con precio fuera de temporada. La mañana
siguiente me recibió con un clima frío, pero,
por suerte, con un cielo diáfano que me acompañaría
por uno de los paisajes más impresionantes a la vez
que desoladores que jamás haya conocido.
El
asfalto, que termina a los pocos kilómetros de Carlos
Paz, abre paso en el pueblo de Tanti a un ripio áspero;
desde allí, la "Súper" demostraría
su espíritu más aventurero. En cuanto a mí,
sólo me restaba disfrutar del momento y sorprenderme
con cada lomada y cada curva, y con esos paisajes maravillosos
a que nos tiene acostumbrados la Argentina. Las largas rectas
de los valles, acompañadas luego por los faldeos
de cornisa al acercarnos a Los Gigantes, son motivo perfecto
para varias paradas y deliciosas fotografías.
Me acompañaba un frío y cortante viento serrano,
a la vez que un imponente cielo azul turquesa. Él
único paraje posible con algún servicio (pocos
en día domingo) entre Tanti, en Córdoba, y
Chepes, en La Rioja, es el pueblo de Taninga, que se encuentra
en la Ruta Provincial 15, que une Cruz del Eje con Mina
Clavero.
Entre
Taninga y Chepes, lo inesperado. A los pocos kilómetros
comienza el llamado camino de Los Túneles, en lo
que fuera a principios del siglo XX uno de los proyectos
viales más audaces. En medio de un tosco camino atravesamos,
mi Súper y yo, cinco túneles "cavados"
en la ladera de los cerros, acompañados de un camino
de cornisa que nos permitía ver a lo lejos un interminable
valle, que perdía nuestra mirada en tierras riojanas.
Dejamos
atrás la cornisa y las curvas con precipicios de
hasta 300 metros, para transitar una recta desolada y con
eventuales arenales, que en más de una ocasión
amenazaron la marcha vertical de la moto. Fue en este trayecto
donde experimenté quizá la sensación
de soledad más profunda jamás imaginada. A
proa, una poco amigable recta; en mis retrovisores, los
cerros que desaparecían lentamente, tragados por
el horizonte; a los costados del camino, montes de jarilla
cerrados que imposibilitaban cualquier tipo de asentamiento
humano.
Llegar
a la ciudad de Chepes, me dio la antagónica sensación
de tranquilidad y tristeza, la primera, por haber llegado
a un sitio civilizado después de tantos kilómetros
de soledad, la segunda por haber dejado atrás paisajes
que sabía no volvería a disfrutar, al menos
en lo que restaba de viaje.
La
Luna en la Tierra
El
pueblo de San Agustín fue la meta del siguiente día.
En lo que respecta a la ruta que une ambas localidades,
se podría decir que es digna de una moto trail o
de una 4x4, ya que los pozos, por no llamarlos cráteres,
están a todo su ancho y por muchos kilómetros.
San Agustín tiene el "olor" de esos pequeños
pueblos que prosperan de un día para el otro, y todo
gracias al turismo, en este caso específico gracias
al Parque Nacional Ischigualasto, ubicado a unos 80 kilómetros.
Se llega al parque por un parejo ripio en perfecto estado
de conservación y que espero, como amante de los
paisajes vírgenes, jamás asfalten.
Más
conocido como el Valle de la Luna, por su paisaje que por
momentos nos transporta al viaje espacial realizado por
Neil Amstrong en 1969, esta maravilla natural se implanta
en la provincia de San Juan, a pocos kilómetros de
La Rioja, hecho que genera más de una disputa entre
sus pobladores. Todo allí es encanto, soledad y magnificencia.
El recorrido se realiza con la compañía de
un guía y guardaparque, con varias paradas que nos
van mostrando distintas formaciones: El Gusano, La Cancha
de Bochas, El Submarino, entre otras igual de famosas.
Al
ver mi gusto y afición por la fotografía e
imaginando que me gustaría alejarme del grupo de
autos que me precedió durante todo el recorrido,
el guía me indicó en la última parada
el camino para salir de allí y me "autorizó"
a desprenderme del resto, para eternizar, con la lente de
mi cámara, los paredones de cientos de metros de
altura de color rojizo que acompañan el trayecto.
Vaya lo pequeño que uno se siente en medio de ese
paisaje.
Desandar
el camino de ripio que me separaba de San Agustín,
implicó torcer un poco más la muñeca
derecha, con el consiguiente riesgo de caída en el
terreno poco firme, lo que sumó un poco de adrenalina
a la jornada.
Mi
Buenos Aires querido
No
menos imponente resultó el Parque Talampaya. Con
muy poca fortuna, mi estado de salud me hizo recalar en
Villa Unión, no pudiendo retomar viaje hasta el otro
día, ya repuesto de mis malestares. Desde esta localidad
hasta Chilecito, pueblo encantador como pocos, la Cuesta
de Miranda, de ripio (como es natural en estas latitudes),
es una de los regalos más maravillosos de nuestra
geografía. Otra vez me acompañó el
eterno viento que resoplaba entre cerros, con juguetones
silbidos que ahondaban la belleza del lugar.
La
siguiente etapa me llevaría, tomando por la impecable
aunque por tramos sin señalizar Ruta 40, hasta Anillaco,
ciudad natal del ex presidente argentino Carlos Menem. Allí,
por supuesto, no dejé de visitar la pista de aterrizaje,
que nos sorprende en pleno desierto riojano, y "La
Rosada", que esperaba impasible la inminente llegada
de su propietario que, según los habitantes convulsionados
del pueblo, se daría ese mismo día.
El
regreso a "mi Buenos Aires" lo emprendí
pasando por ciudad de La Rioja y Cruz del Eje, para recalar
y reponer fuerzas en Villa General Belgrano, donde pasé
dos deliciosos días. Pero esto es para otra historia.
Nota:
e-mail:
hotelnontue@sinectis.com.ar
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