Expedición
chilena a los Hielos Continentales
Rodrigo Fica Perez
- Experto Aventurarse
"Partiríamos
desde el extremo norte del Campo de Hielo Sur (Hielos
Continentales) con la logística necesaria para
recorrer 260 kilómetros y alcanzar el borde norte
de la Falla de Reichert. (...) abandonaríamos el
equipo superfluo y, sólo con una mochila por persona,
bajaríamos hasta el fondo de la depresión
o "Corredor Chileno". (...) tendríamos
que remontar el Corredor Chileno, ascender el borde sur
de la falla, descender su desconocida Pared Sur y caminar
160 kilómetros más hasta el Glaciar Balmaceda,
punto final de nuestra travesía" (Ver: La
hazaña del siglo en los Hielos Continentales).
Así,
el equipo chileno compuesto por Pablo Besser, José
Montt, Mauricio Rojas y quien escribe, Rodrigo Fica, intentaría
lograr la hazaña de cruzar los 400 kilómetros
de los Hielos Continentales. Una vez en el lugar, así
fue la historia:
El
16 de noviembre de 1998 arribamos a la meseta. Hasta entonces
habíamos estado protegidos de las caricias del
clima, pero a partir de ese instante entramos a un estado
de tormenta permanente. Para evitar quedar bloqueados
mucho tiempo en un lugar, salíamos a caminar todos
los días, aunque el clima fuese en verdad malo.
Así, logramos avanzar a un promedio de 15 kilómetros
cada jornada.
Los
días se sucedieron. Pasamos por la Meseta de Todas
Las Madres, el Corredor Hicken, el Nunatak Witte. En ese
punto se nos rompió una tienda cuando cayó
sobre ella el muro de contención. Se habían
desencadenado lo que jocosamente llamamos los "jet-streams":
vientos bajos, veloces, breves, cargados de material y
muy destructivos. Para evitarlos, debimos construir un
verdadero bunker de nieve con murallas dobles y triples.
Dos
días después, en el Nunatak Viedma, volvimos
a tener problemas aún más serios con el
viento. Enormes trombas y remolinos que bajaban desde
el Cordón Mariano Moreno nos botaban continuamente
y dañaban el equipo. No habría carpa alguna
que resistiera tales golpes, así que cavamos una
pequeña cueva donde pasamos una noche miserable.
Al día siguiente, huimos aprovechando una pausa
en la tormenta.
Minucias
más, minucias menos, fuimos avanzando sostenidamente:
Upsala, Gran Paso, Meseta Italia y Meseta Japón.
Finalmente, el 9 de diciembre, tras 46 días de
expedición y 255 kilómetros de recorrido,
arribamos al borde norte de La Falla de Reichert.
Viejos
Conocidos
Establecimos
nuestro campamento en una pequeña planicie sin
grietas. El descenso lo postergamos durante días,
hasta que, el 14 de Diciembre, mejoró el clima
y partimos. Era vital contar con un mínimo de visibilidad
para encontrar las pasadas precisas dentro del laberinto
de séracs y grietas que estaba frente a nosotros.
Nos
encordamos de a dos para avanzar rápido. La ruta
técnicamente no era difícil, pero había
un peligro cierto de caída de avalanchas y séracs,
sobre todo en la parte intermedia. Primero hicimos una
travesía horizontal hacia la izquierda para acercarnos
lo máximo posible a las bandas de roca. Una corta
subida nos conectó con el sistema de rampas de
nieve que llegaba hasta abajo.
Como
había nevado mucho, la mayor parte de las grietas
estaban tapadas, pero nuestros pasos generaban pequeñas
avalanchas que nos recordaban que andábamos con
el tiempo prestado. Más adelante cruzamos por las
huellas de un rodado tan reciente, que sus restos aún
no se fundían con la superficie. Apuramos el paso
sin pensar en nada.
Al
descender, mejoró la visibilidad y aparecieron
viejos conocidos: el Corredor Chileno, el Borde Sur de
la Falla de Reichert y el Océano Pacífico.
Fue un instante memorable para Pablo y para mí,
pues repetíamos exactamente lo realizado dos años
atrás.
Poco
a poco la pendiente aflojó y en horas de la tarde
paramos tranquilamente en el fondo de la depresión
y nos dimos un cálido abrazo entre todos. Dos días
más tarde, salimos del hielo y acampamos en la
Laguna Hueso, situada al borde del Glaciar García,
a unos 700 metros de altitud. Volvíamos a ser terrestres.
El
canto de las sirenas
La
mañana del 16 de diciembre, concientemente no desayuné,
para así llegar con más hambre al depósito
y poder desquitarme con gusto. Atravesamos algunas morrenas
y luego, directamente, bajamos por la vegetación
hasta el mar. Aparecieron colores y aromas olvidados.
Se sentía una mayor temperatura y nada invitaba
a regresar al Hielo. Era una sensación que nos
debilitaba y distraía. Éramos víctimas
de un susurro seductor que la mitología ya había
descrito antes: el canto de las sirenas.
El
año que vivimos en peligro
El
31 de diciembre, tras varias tormentas, llegamos a la
cumbre de la montaña que nos cerraba el paso hacia
el sur. El clima empeoró y nos obligó a
trabajar en grupos de a dos: Mauricio y Pablo se encargaron
de tender las cuerdas fijas hacia el otro lado del cerro,
mientras José y yo traíamos todo el material
desde nuestro último campamento hasta la cumbre,
en varios viajes.
En
la tercera subida, la tormenta se desató feroz
y nos costó mucho subir. Iba dejando esquíes,
bastones y varios soportes a manera de jalones para encontrar
la ruta en el siguiente viaje. Desde la cumbre, vimos
a Pablo y Mauricio que hacían una cueva de nieve
50 metros más abajo. Habían logrado tender
la mitad de la cuerda fija e incluso alcanzaron a bajar
un trineo, antes que se desatara la tormenta.
Le
pedimos ayuda a Mauricio para que nos acompañara
al campamento inferior, y así subir todo lo que
quedaba. Bajamos con problemas. Ya la visibilidad era
nula y la vestimenta estaba congelada, como si fuera de
plástico. En el campamento armamos las mochilas
y los dos trineos que aún quedaban por subir. Sobró
algo de comida y, en un acto de irracionalidad jocosa,
nos pusimos a jugar fútbol con las bolsas de los
chocolates. ¡Cuánto no arrepentiríamos
después!
Teníamos
que seguir dirección sur, pero cometimos un pequeño
error de apreciación y no ubicamos los jalones.
Al principio, pensamos que no habíamos caminado
lo suficiente. Luego comprendimos que estábamos
perdidos en la más espantosa y desoladora tormenta
que haya visto alguna vez: ciegos, sordos y mudos.
Subir
o bajar daba lo mismo. Estábamos solos, absolutamente
solos. Las horas pasaron lentamente. En un momento, José
nos dijo que había que ir más hacia la derecha
y, ¿por qué no?, también podría
ser a la izquierda.
Uno
o dos minutos después, en medio de la nada, apareció
un absurdo tubo mostrándonos el largo camino a
casa. Cuando nos reunimos en torno a él, gritamos
como sólo los desesperanzados lo saben hacer. Cinco
horas tardamos en hacer ese último porteo, cuando
no debió habernos tomado más de 90 minutos.
Arribamos
tarde a la cueva sólo para descubrir con horror
que Pablo no había podido agrandarla dada la continua
cascada de nieve que le caía por la pendiente.
Él también la vio mal, pues como estaba
el equipo desperdigado no poseía comida, anafre
ni ropa para pasar la noche.
Pero
todos, ya reunidos, pudimos ensanchar los dos metros cúbicos
iniciales hasta hacer una cueva patagónica en regla,
cuya última paleada fue dada cinco minutos antes
de la medianoche. También año nuevo vino
y se fue, pero dejó una marca imborrable en nosotros.
El
tiempo se congela
Frente
a nosotros se extendía el sector sur de los Hielos
continentales, pero para llegar a él era necesario
bajar un precipicio de hielo virgen de 600 metros de desnivel.
La única referencia era una fotografía tomada
por Sebastián de la Cruz en la expedición
española de 1992. Para realizar el descenso con
éxito era necesario contar con buen clima, pero
la tormenta continuó y la cueva de momentánea
pasó a permanente. Era
un lugar húmedo, frío y oscuro: mi paradigma
del infierno. También apareció el fantasma
del hambre pues las raciones escaseaban. Comenzamos a
racionar. Los días pasaban. Tratamos de forzar
la salida, pero la tormenta literalmente nos escupió
de regreso, así que nos resignamos a esperar alguna
mejoría climática.
Nueve
días más tarde, eran las 10.00 de la mañana,
cuando Mauricio vio un pequeño rayo de luz que
alumbraba la entrada. ¡Sol!, ¡Sol!, ¡Sol!,
y todos frenéticamente nos agolpamos a ver cómo
el astro rey calentaba a la Patagonia entera y con ella
nuestro destino.
Nos
movimos enloquecidos. Pablo preparó los anclajes.
Mauricio y José bajaron los trineos y yo descendí
por las cuerdas, explorando el terreno. Era extraplomado
en gran parte, y se veían enormes torres de hielo
sobre nosotros. Era una pradera prohibida para el hombre.
Había peligro de desprendimientos en la pared y
eso nos ponía muy nerviosos.
Descendimos
150 metros aéreos, luego una plataforma de nieve,
después otro rapel de 130 metros, también
en parte, extraplomado. Los trineos se atascaban, las
epopeyas se sucedían. El sol se iba y aún
nos faltaba.
Ya
con las últimas luces, logramos reunirnos donde
la pared se tumbaba. Dame palabras Dios mío para
poder expresar qué reflejaban nuestras caras al
sentarnos en el plano, mirar hacia el Sur y empezar a
creer que quizás, tal vez, a lo mejor, podríamos
tener éxito.
La
travesía del hambre
Éramos
los primeros hombres en cruzar la Falla de Reichert, pero
estaba claro que habíamos tenido suerte. Si la
tormenta duraba sólo algunos días más,
hubiéramos tenido que abandonar. Además,
al día siguiente, mientras descansábamos,
vimos dos enormes caídas de séracs a la
derecha de nuestra ruta. Ambas barrieron la pared y su
onda expansiva lo cubrió todo, incluida nuestra
línea de descenso.
El
período de espera en la cueva nos había
obligado a racionar la comida a la mitad. Odio pasar hambre,
me molesta y me pone incómodo. Me hace vivir pensando
en comida. Mi intelecto sabe que lo nuestro no es nada
comparado con aquellas épicas historias polares
que hemos leído más de alguna vez. Pero
igual tenía hambre.
El
11 de enero, reiniciamos la marcha sabiendo que quedaba
más de lo mismo. Hicimos un esfuerzo brutal para
avanzar; dejamos atrás el paso Dos Codos, el Glaciar
Perito Moreno, el Calvo y la amplia cuenca del Dickson.
Ahí se produjo una helada tan grande que congeló
la superficie por dos días, obligándonos
a guardar los esquíes y a usar grampones.
Seguimos
hacia el sur, sorteando varios desniveles y collados que
nos agotaban: el Amalia, el Tyndall, el Altiplano de los
Franceses. Cada día ocurrían mil duelos
extraños y la irrealidad de nuestro presente parecía
no tener fin. Cerca del final, volvieron a aparecer los
"jet-streams". Es que los Hielos Continentales
no nos querían soltar. En mis sueños adquirían
vida y personalidad propia, con sus manos que emergiendo
de la nieve y golpeándonos inmisericordes.
Intuíamos
el final y eso nos ponía nerviosos. A tropezones,
arribamos al collado donde nace el Glaciar Balmaceda,
punto final de la travesía. Descendimos la complicada
cuenca superior y abandonamos el Hielo para siempre. En
un salvaje claro a orillas de un lago desconocido, tuvimos
una comida frugal, un sueño ansioso y una tormenta
interior que acompañaron por siempre aquella memorable
noche.
Jaque
mate
A
las 3:00 comenzamos a movernos. Mi desayuno fue un sobre
de café en medio litro de agua, sin azúcar.
Ésta se había acabado hacía como
10.000 años!
Tan
débil estaba que seleccioné sólo
lo imprescindible para llevar en esta última jornada:
mi ropa, una cuerda, mi bitácora. El mar estaba
a 7 kilómetros de nuestro campamento, pero el terreno
a recorrer era casi virgen y con muchos bosques.
Como
los vikingos o como Cortés, quemamos nuestras cosas
y enterramos los restos. El viaje era sin retorno. Amanecía
cuando nos pusimos en marcha. Bordeamos un lago, y luego
subimos y bajamos tupidas colinas con densa vegetación.
Las horas pasaban mientras el sol y la lluvia se alternaban
en una lucha eterna y sin ganador. Ya en la tarde, desde
la última loma vi un extenso pantano que llegaba
libre de obstáculos hasta el mar. Como era habitual,
iba último, pero ya nada importaba.
A
las 15:00 del 30 de Enero de 1999, después de 98
días de travesía, descendí a una
solitaria playa del Seno de la Ultima Esperanza, a orillas
de un gélido océano que me acogía
como nunca antes hubiera imaginado. Lloviznaba. Toqué
con mi pie el mar y algo dentro de mí se derrumbó.
Los
esfuerzos y privaciones de los últimos años
se me borraron de la mente y desaparecieron. No hacía
frío, ni tenía hambre. Los bosques, el marjal,
las flores, en fin, el universo entero se me acercó
y se hizo uno conmigo. Silencio. Paz. Y un fugaz pensamiento
que me decía que por fin podría descansar.
Mis amigos estaban a mi derecha y me hicieron una seña.
Me uní a ellos y me tendí sin decir nada.
Nadie dijo nada. Ya nos lo habíamos dicho todo.
Sentados
en silencio mirando el mar, mientras llovía cálidamente
y mis ojos se nublaban, me di cuenta que los Hielos Continentales
ya nunca más serían los mismos.